Diario de un encierro. Día XXXVIII





Niño, deja ya de joder con la pelota.



Solo he visto el primer capítulo de The last dance y creo que tampoco me va a rescatar de la cuarentena emocional y psicológica. Supongo que su estilo de narración coincide con la forma en que se consume no ficción hoy en día. A mi gusto, el relato avanza de forma atropellada, no se sirve de las pausas necesarias, lo que hace que ni siquiera nos emocione la lectura de la carta que Jordan le enviara a su madre en la universidad (aunque a ella y al propio Michael sí que se les escapen algunas lágrimas). Tampoco se detiene en torno a la metáfora de “The last dance” que utiliza Phil Jackson para unir a sus jugadores, una metáfora que empleará a lo largo de la temporada para dar un sentido al esfuerzo y las renuncias. De poco sirve defender bien las situaciones de bloqueo directo si no hay un motivo superior para hacerlo, por ficticio que sea.

Por eso creo, y cada vez estoy más convencido, que el bagaje técnico-táctico que podamos obtener estos días, a priori tan alejados en el tiempo de su posible aplicación práctica, palidece en comparación con las inversiones diarias en una noción más amplia de capital humano que incluiría parcelas tan distintas como la filosofía, la literatura, las matemáticas, la física o la cocina, por qué no. Lo más importante para sobrevivir a la cuarentena y a su inevitable compañera de viaje, la incertidumbre, será reforzar el armazón emocional, conocerse mejor a uno mismo y mejorar la calidad del diálogo interior reconociendo por igual excesos de autocomplacencia o de rigor injustificado.

Incluso en las aproximaciones al juego, viciados como estamos por la visión del detalle, importante, cómo no, creo que no nos hemos dado tiempo para acceder a la esencia del mismo. Lo más saludable, seguramente, hubiera sido dedicar la primera semana confinados en olvidarnos que somos entrenadores, en desaprender las reglas escritas y no escritas del baloncesto. Y eso que no puedo dar lecciones en este sentido, la verdad, hace mucho tiempo que no me siento en el sofá desprovisto de las gafas de leer, la lupa o el bisturí. Y lo echo de menos, la verdad, no solo por sentir de nuevo la pasión ingenua del aficionado, sino porque creo que solo con una lectura despegada de nosotros mismos, del andamiaje conceptual del que nos hemos dotado, podremos sentir el ritmo de los partidos, la armonía en las relaciones dentro de los equipos, el fluir o el discurrir de ese duelo entre dos naturalezas y filosofías que es un partido si nos sentamos y nos relajamos para verlo.

En los últimos días he estado dándole vueltas al concepto “toma de decisiones”, creo que uno de los que más he utilizado en mis planificaciones. De verdad, me genera ansiedad esta noción y, mucha más aún, pensar que podemos enseñarla. Estoy más en la línea de que lo que tiene que entrenar el jugador son los mecanismos de percepción, que lo que tiene que entender es que forma parte de un equipo, que hay una canasta en la que depositar el balón y, como mucho, que hay unos patrones que la ortodoxia del baloncesto (que avance y retrocede según modas explicadas por números que hablan del pasado), aplicada punto por punto por el noventa por ciento de los entrenadores, nos permiten saber cómo puede reaccionar la defensa.

Pero enseñar a decidir, casi siempre una acción no consciente explicada con sesudos argumentos racionales, me parece una auténtica locura. Enseñar a decidir es casi suplantar al jugador. No hay corrección ni estadística que se compruebe siempre. Otra cosa es que las decisiones del jugador estén motivadas por móviles egoístas incompatibles con el desempeño del equipo, ahí nos serviremos del banquillo o de la rescisión de contratos, en función de la categoría. Pero insisto, decir qué, cómo, cuándo y por dónde es como decirle al niño que deje de joder ya con la pelota.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

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