Diario de un encierro. Día XL




Un día para olvidar



Saber que existe un día del entrenador de baloncesto en la víspera del Día del Libro no deja de ser reconfortante. El entrenador, como el propio libro, es un ente en constante crisis pero también un gran ejemplo de supervivencia. Si se trata de un entrenador de formación, las generaciones se suceden, con sus propios ritmos vitales, estructuras sociales, espíritu colectivo y ética particular. Ello mientras el primero permanece, anclado en sus raíces y en sus principios, puede que formándose, pero formándose siempre desde su posición; qué difícil es dejar de ser quienes somos (sin ser conscientes de que lo estamos haciendo, o intentándolo).

Si hablamos de un entrenador profesional, cambian los entornos, las directivas, los jugadores, las exigencias, pero siempre permanece la urgencia de obtener resultados, de convertir en hechos las teorías menospreciando el valor de la suerte, aunque, bien mirado, este sea siempre un factor capital. La incertidumbre se convierte en el pan de cada día, el abismo en un paisaje habitual. Es lógico, muchos intereses están en juego.

No sé si es meramente semántica la distinción entre adiestrador, formador, entrenador, técnico o cualquier otro en apariencia sinónimo. Creo que hay matices, claro, en función del propósito y los medios a emplear, también en la propia relación que establezcamos, precisamente, entre los medios y el propósito. Puede que unos se centren en el proceso, pensando en el mañana y que otros lo hagan en el resultado, pensando en el hoy que ya es prácticamente ayer. En cualquier caso, sea uno u otro el contexto, creo que en todos los casos posibles el entrenador debe ser un líder: un seductor de almas, un abanderado de la causa y un intachable ejemplo para su plantilla.



Esta mañana leía como Benny Goodman, célebre líder de una de las orquestas más famosas del mundo del jazz fue una auténtica guillotina para muchos buenos músicos que llegaron a él esperanzados en formar parte de su proyecto. Su perfeccionismo impedía los avances; su intensidad, al contrario de lo que pudiéramos suponer, desalentaba a los candidatos. En cambio, Duke Ellington prosperó hasta el punto de ser estudiado, hoy en día, como un caso paradigmático de liderazgo exitoso. Uno de los más famosos artistas que pisaran nunca el famoso Cotton Club construía el éxito de sus bandas partiendo de los puntos fuertes de sus músicos, lo que derivaba en una atmósfera más dispuesta al trabajo y al disfrute. Mientras los músicos iban y venían de la orquesta de Benny, muchos de los músicos que trabajaban a las órdenes de Duke lo harían durante décadas.



Estaría bien recordar esto cuando en el día del entrenador, o en el resto de días del año, nos den ataques de ello. En mi opinión, aspirar a que el jugador amplíe su rango de habilidades es necesario, pero partir y fomentar sus puntos fuertes es obligatorio. Solo con un jugador con la autoestima saneada, que sienta de su entrenador el aliento tras una buena acción, se puede emprender un plan de mejoría técnico-táctica que, como todo, debe partir de la detección de una necesidad, de un pacto o convicción interna (interna del jugador, siento que debo introducir el matiz) y de un plan con su correspondiente seguimiento, evaluación y replanteamiento al que le pediremos cuentas mucho más adelante, casi cuando nos hayamos olvidado de nuestra genial idea, de nuestra capacidad de convicción y, por supuesto, de que somos entrenadores de baloncesto y el 22 de abril se celebra nuestro día. Nuestro día, tíos. La hostia. 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

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