Aclarando conceptos (IX)



Menuda polémica con el paso cero, con este ataque velado a nuestra infancia y a nuestra ingenua manera de contar aprendida en aquellas tardes de Barrio Sésamo. “Uno, dos y tres”, nos decían Epi y Blas. “Uno, dos, tres: pasos” nos decíamos los unos a los otros en el colegio mientras aprendíamos a entrar a canasta. Como “pasos” se oye desde la grada cada vez que hay una acción dudosa del equipo contrario, “ha dado tres pasos, árbitro, uno dos y tres” –cuando no “cámino”, en una versión más antigua y entrañable del término.

Y se seguirá oyendo. Por mucho que FIBA, en un intento por homogeneizar las reglas, haya aceptado el concepto de “gather step” o “paso cero” (hasta ahora nadie lo ha explicado mejor que Miguel Martín en el siguiente enlace), como un primer apoyo coincidente con el amasamiento del balón que no debe contabilizarse, que Epi y Blas deberán omitir a partir del 1 de octubre, al menos a la finalización del dribling y en todas las recepciones en carrera (cortes a canasta, continuaciones tras bloqueo, salidas de pantallas, contraataque,…). En realidad venimos a aceptar aquello que los americanos vienen tiempo llamando “two steps and a half”, lo que en una traducción más o menos literal serían “dos pasos y medio”, siendo el medio el paso que se da durante la toma de control del balón.

Este cambio de reglas ha levantado más expectación de lo habitual por tratarse, en cierta medida, de una capitulación del baloncesto FIBA, del baloncesto de escuela, el de toda la vida. El baloncesto técnico, ortodoxo, más afín al espíritu original del juego, lo que en cierta medida es verdad, pues James Naismith apuntaba en la tercera regla que “a player cannot run with the ball”, vamos que “un jugador no puede correr con la pelota”. Pero claro, aquel reglamento también decía que la segunda falta supondría la salida del jugador del campo hasta que el equipo contrario metiera una canasta (que antes eran goles) y que la tercera falta consecutiva de un equipo daría lugar a una canasta automática para el oponente.

No es que importe mucho, pero mi opinión es favorable al cambio. La introducción del paso cero fomentará situaciones en transición y ganaremos variedad en las finalizaciones, con las que antes era necesario hilar muy fino –demasiado. Recuperaremos los reversos para sortear la ayuda de los grandes y, en teoría, podremos respirar tranquilos viendo a nuestros jugadores practicar el traspiés o el euro step, esos fundamentos que entrenábamos los lunes poniendo mucha atención al momento de agarrar el balón para que luego, los fines de semana, siempre fueran pasos “por si acaso”, preventivos.

Para un seguidor habitual de NBA este cambio no es ni mucho menos dramático y, en general, como truco, creo que debe interpretarse como una relajación de la regla. Todo lo que antes (en las situaciones descritas) nos parecía una infracción por pasos ya no debe ser entendido de esta manera. ¿Y a la hora de entrenar? Pues lo que les decía: a recuperar los reversos en tres apoyos (dos apoyos y medio o cero más dos), a relajarse con los traspiés y “euro steps”, a insistirle a los grandes con aquello de que no boten en las continuaciones, a desaprender lo de palmear el balón en las recepciones en contraataque para pasar a agarrarlo y a correr antes de botarlo (lo que acabará con aquello de no dársela al grande en contraataque), y a fomentar los cortes y el juego sin balón, pues difícilmente después de una recepción de este tipo un jugador dará tres apoyos y medio, los necesarios para que un árbitro interprete pasos de acuerdo con la nueva norma. Aunque who knows?





UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Al nordeste de la ciudad




Han pasado más de dos décadas. Fue en Radio Voz, durante la temporada del histórico doblete del Atlético de Madrid. Cada semana, antes y después de que el equipo dirigido por Radomir Antic disputara su encuentro, Andrés Montes clamaba aquello de “algo se mueve al sur de la ciudad”. Esta frase, una más dentro de un amplio catálogo de chascarrillos ingeniosos, conectaba con la audiencia colchonera y la rescataba de las pesadillas anticipadas de un nuevo lunes en la fábrica o la oficina. El pequeño locutor sabía cómo entretener y entusiasmar aprovechándose de la asombrosa existencia de las ondas electromagnéticas y la radiodifusión, de esa magia que concede la distancia física entre el emisor y el receptor del mensaje.

Esta semana he podido comprobar cómo otro sector geográfico de la capital reclama para sí un merecido protagonismo. Como técnico de la séptima edición de los Golden Basket Camp, he comprobado que no hay otro sitio como Madrid para entablar relaciones y establecer contactos en ámbitos muy diversos, en este caso el baloncesto. Más aún si, como sucede en Daganzo de Arriba, se juntan unos cuantos locos y empiezan a dar forma a un proyecto humilde pero ambicioso anclado en el amor al deporte y la firme creencia en unos cuantos valores. No demasiados. Los suficientes.

Cuando acepté la propuesta de Raúl Moreno, director del campus y entrenador del primer equipo del Baloncesto Daganzo CDE, con quien tuve la suerte de coincidir en el Curso de Entrenador Superior hace ya tres años, lo que más me apetecía era conocer otra realidad baloncestística, saber qué se viene haciendo en otras coordenadas geográficas y acceder a nuevos y enriquecedores puntos de vista. Como cicerones de todo ello, conté con la inestimable colaboración de Felipe Rodríguez, entrenador del club, y Cedric Arregui Guivarch, también compañero en el curso. Viéndolos trabajar y comunicarse con los chicos engordé mi mochila de conocimientos y posibilidades didácticas de cara a futuras temporadas, aunque agradeceré el reposo que me ha de llegar el próximo 2 de agosto para iniciar el necesario proceso de reflexión, ese que otorga sentido y separa lo esencial de lo anecdótico. 

Del campus destacar la orientación claramente volcada al trabajo y la mejora, la ética del esfuerzo con la que primero se comulga y luego se pregona. Con una ratio de cinco a siete jugadores por entrenador es muy sencillo dar calidad a las tareas y, fundamentalmente, a las correcciones. Me gusta la idea de que los campus sirvan para abrirle a los chicos una ventana de posibilidades y motivarlos para que se asomen a través de ellas. Muchos de ellos, de hecho, conocieron posibilidades técnicas y conceptos de táctica individual absolutamente nuevos. Ahora los reconocerán en la tele y los practicarán en los parques. Así, de esta manera, poco a poco habrá más “baloncestohablantes” en el mundo, un idioma claramente vinculado a los dialectos de la solidaridad, el trabajo y la fe, los mismos en los que Moussa Diagné (pívot del Barcelona) y David Sainsbury (Monk, primera división belga), jugadores invitados, se dirigieron a los chicos en una lección de humildad y simpatía. 

De nuevo en lengua castellana, en la de un ciudadano de a pie cobijado en un dormitorio cualquiera de la España vacía, echo de menos esa vida baloncestística que se respira en Madrid, donde, además de un metro siempre a punto de partir, hay un loco en cada esquina, un soñador que no entiende de lindes, autoprofecías catastrofistas ligadas al cultivo de la tierra o atávicos miedos que invitan al conservadurismo. Desde el silencio de una Salamanca veraniega aún me llega el eco procedente de Daganzo. En la voz de Andrés Montes escucho “algo se mueve al nordeste de la ciudad” mientras me envuelvo en la paz y envidio, al mismo tiempo, el movimiento. 

Gracias por todo, chicos. ¡Volveré!


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

RF5=(28*15)^2





Hace menos de cuarenta y ocho horas regresaba a Salamanca procedente de Mallorca dejando atrás siete días de emociones intensas en el Campus Rudy Fernández, una cita que se ha consolidado como hito imprescindible en el calendario veraniego de este tipo de eventos. El cansancio, que hizo del trayecto en autocar entre Madrid y Salamanca un parpadeo, se mezclaba con el aluvión de recuerdos que poco a poco irán haciéndose hueco en la memoria a largo plazo hasta formar parte de mi biografía.

Cuando Alberto Miranda, entrenador ayudante en UCAM Murcia, me comunicó su interés en que formara parte del equipo de este campus no lo dudé. Comprobé que no habría incompatibilidades con otras citas y confirmé mi presencia expresando de forma tácita mi deseo de compartir experiencias y teorías con otros entrenadores, de seguir aprendiendo de los chicos a través de esas dos fuentes de conocimiento que son la observación y la escucha atentas. También de aportar, claro, en la pista y fuera de ella, en todos los ámbitos que fueran necesarios para que más de doscientos jóvenes de entre 8 y 18 años pudieran convivir de la manera ejemplar que lo hicieron.

Nada más llegar a Pollença, además de conocer los efectos de la humedad, comprendí que, si la marca “Rudy Fernández”, su valor intrínseco y su capacidad mediática, bien pudiera llenar uno, dos y hasta tres campus por sí sola, su organización, en cambio, es ante todo un ejemplo de empresa familiar capitaneada por Marta, la hermana mayor del jugador del Real Madrid y, no lo olvidemos, ex jugadora de élite con experiencia en la WNBA. El binomio que esta forma junto a su pareja, el ya mencionado Alberto Miranda, es el ancla que soporta el peso de toda una estructura que, durante una semana, adquiere una dimensión difícilmente manejable.

El número de Dunbar nos viene a decir que la cantidad de individuos que pueden desarrollarse plenamente dentro de un sistema es de 150 personas. Hacer funcionar una comunidad bastante mayor (en torno a 270 personas entre jugadores y monitores) no es nada sencillo, aunque se establezcan grupos, se fijen rutinas y protocolos, se especialicen roles y todas las noches se realice una reunión de control y planificación del día siguiente. Pero lo cierto es que se consiguió y que la maquinaria funcionó de forma eficiente a lo largo de toda la semana, fundamentalmente gracias a un grupo humano que entendió enseguida cuál era su misión.

Gracias a eso, a la labor de coordinación y a una solidaria y eficaz ejecución de las tareas, los chicos pudieron disfrutar de un modelo de campus no apto para naturalezas perezosas o corazones enfermos. Y es que además de una oferta variada de baloncesto, que incluía entrenamientos de calidad pero también una amplia variedad de juegos y competiciones (incluida el famoso “Tu momentum”, en el que chicos y chicas tratan de imitar una acción propuesta por Rudy), los chicos pudieron disfrutar de la práctica de otros deportes, la realización de talleres y actividades de tiempo libre, visitas de jugadores de élite, viajes a un parque acuático y a la playa o actividades educativas orientadas a temas tan prioritarios en nuestros días como el reciclaje o una buena alimentación.

Todo eso y mucho más. Sobre todo una intensa convivencia basada en los valores de respeto y cooperación que nuestro deporte lleva en el ADN desde hace más de cien años. Una vida en comunidad que terminó diluyendo, sin extinguirlos, los diferentes acentos e idiomas hasta terminar expresándose en el lenguaje de las emociones, que es también el del baloncesto. Emociones que no pudieron contenerse (¿acaso deben?) en el momento de la despedida, en ese “pobre de mí” que anuncia un largo periplo alejados de todas las amistades que se hicieron entre literas, vasos de desayuno, bailes de moda y, sobre todo, que nadie se olvide, en los 28x15 de ese rectángulo de los sueños que es una cancha de basket.


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Pequeña gran experiencia




Hay pocos sonidos más estremecedores que el de un campus de baloncesto recién finalizado, ese silencio que invade el albergue cuando el último chico sube al autobús que lo dejará de vuelta en casa. Atrás queda el ruido de balones, el entusiasmo por acceder el primero a la máquina de gominolas o al surtidor de chocolate. Más aún si la actividad es de Minibasket y los chicos no pasan de los once años, una edad a la que aún no tienen cabida las confesiones íntimas, susurradas, y la expresión del yo, por sincera, se hace necesariamente en voz alta.

El pasado domingo experimenté esta sensación de vacío que he descrito, ese derrumbe que sigue al júbilo y que, por oposición a este estado de ánimo, delata que fue una semana intensa, repleta de acontecimientos y emociones. Por suerte, aunque el campus mini de la Federación de Baloncesto de Castilla y León finalizó con éxito (sin incidencias reseñables y con un notable y generalizado ambiente de satisfacción), el camino no ha hecho más que empezar. Y es que el pasado enero fui requerido por el secretario técnico de la federación para ser el entrenador ayudante de la selección regional de minibasket, un puesto que acepté sin saber aún quién serían el entrenador principal y el delegado, consciente de todo el esfuerzo que requerirá la adaptación a una categoría que no he visitado mucho y de la que he sufrido un instantáneo enamoramiento.

Y es que en minibasket el sesudo lenguaje del baloncesto se simplifica hasta desentrañar las claves más aparentes del juego. Ayudar es ponerse delante del jugador que avanza liberado con el balón hacia nuestra canasta. Usar las manos es ir a robar como buenamente intuya el chico o la chica. Defender la línea de pase, algo tan sencillo como evitar que el jugador que defiendes reciba la pelota (y es peor si lo hace estando más cerca de tu canasta que tú). En minibasket, más que en ninguna otra categoría, se vuelve imprescindible eso que a veces olvidamos: que el baloncesto es un juego en el que hay que correr, saltar y “pegarse”: contactar antes de coger un rebote, luchar por un balón suelto o para evitar que el atacante se aproxime a nuestro aro. En Minibasket está permitido cometer errores y prohibido jugar andando para no hacerlos. En Minibasket están permitidos los tiros abiertos y casi prohibido no hacerlos. En Minibasket hay que dar siempre ese pase que el chico ve, aunque se pierda, y sienta mal ese bote de más, el abuso de la individualidad. Ni hablar del reproche entre compañeros o el gesto al aire.


Afronto encantado la aventura. Muy bien acompañado en el viaje y con un cuaderno de apuntes siempre a mano para tomar notas de conceptos y metodología, pero sobre todo para aprender de la ingenua y primitiva percepción de la cancha y de la vida que tienen los niños, esa de la que tantas veces hubiera querido disponer mientras rellenaba papeles, mediaba entre adultos o diseñaba sistemas en la pizarra.  

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Setenta veces siete




Lo sé, es pecado capital. Recordar la fecha de la primera publicación de este blog no es sino un acceso preocupante de vanidad. Emplearé como defensa el simbolismo del solsticio de verano y la noche de las hogueras, la asociación del nacimiento de este diario con la necesidad de desprenderme, al menos verbalmente, de muchas de mis obsesiones relacionadas con el baloncesto, esas que ahora se consumen en el fuego permanente de la red.

Pero más allá de ser un sumidero de obsesiones, depósito natural de ideas, dudas y temores, este diario ha sido también un asa a través del cual agarrar, aunque sea con la punta de los dedos, el sentido de la vida. Sin hijos a los que alimentar, sin el valor para encarar proyectos filantrópicos que justifiquen interiormente, más allá de teorías biologicistas, mi existencia, tras comprobar que no hay victorias excesivamente duraderas ni (sobre todo esto) derrotas catárticas, la escritura regular en este cuaderno me ha servido para reforzar los finos hilos que me sujetan al gran titiritero que mueve el mundo.

Sin embargo, en la medida en que esta terapia ha adquirido una cierta (y bienvenida) apertura, y se ha convertido en una carta abierta a quien la haya querido leer, debo incorporar, con siete años de retraso, las prevenciones que debí incluir en el contrato inicial. Tómenlas como cláusulas con efectos retroactivos, reciban de buen grado mis disculpas y multiplíquenlas por setenta si Mateo, 18: 21-35 es una de sus lecturas de cabecera.

1. Perdón por el ritmo irregular de las entradas. Si quisieron convertir su lectura en una rutina, no se lo puse fácil.

2. Perdón por la elección de los temas. Seguramente muchos fueron inapropiados; otros insulsos o descontextualizados. Muchos temas de actualidad merecieron una entrada –o una entrada mejor y más reposada, mejor documentada– y otros un silencio que no supe guardar.

3. Perdón por echar mano del humor en situaciones trágicas o por ser demasiado solemne cuando el trance demandaba una vis cómica. No es fácil saber de qué caprichoso modo se está repitiendo la historia en cada momento.

4. Perdón (en realidad no) por ser un Celtic y no ser objetivo con la mejor franquicia de la historia, con mi ídolo de adolescencia (Paul Pierce) y con las expectativas de un equipo, el actual, que a duras penas ganaría la Euroliga (pese a jugar muy bien y contar con un gran entrenador).

5. Perdón por poner sobre la mesa temas incómodos: la relación entre entrenadores y padres, la ausencia de vocaciones, las graves taras de la educación. Perdón, sobre todo, por no ofrecer ninguna solución viable, por acabar cada artículo con una sucesión de dudas.

6. Perdón por no acusar a Orenga, por criticar a uno de los popes del baloncesto, por no acertar un pronóstico sobre los playoff de la NBA. Por salir en defensa de quienes sí fueron profetas en su tierra (aunque no se lo reconozcan), por contar mi experiencia en los cursos de entrenador y de cuantas aventuras consideré suficientemente relevantes para los despistados que van dejándose caer, cada vez más, por este espacio de encuentro.

7. Perdón, en definitiva, por esta autobiografía en movimiento disfrazada a través de historias, crónicas, reseñas de libros, semblanzas biográficas de leyendas, diccionarios de términos y, fundamentalmente, reflexiones sobre un deporte que sigue quitándome el sueño, desvelándome y haciéndome preguntas. Preguntas que seguiré compartiendo, no sé si siete años más.


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Poco que decir




Durante la temporada NBA he guardado un respetuoso silencio basado en dos hechos incontestables: no he podido seguirla con la atención de otros años y, en relación con la anterior, no tenía nada que aportar a la visión del aficionado, una visión cada vez más experta gracias a la ayuda de divulgadores del nivel de Piti Hurtado. Algo parecido me sucede tras haber asistido a unas finales de relumbrón, un evento que ha citado en la misma pista a los dos jugadores más relevantes de la década junto a los dos bases mejor dotados técnicamente (en conjunto) de la historia del baloncesto.

Pero la NBA tiene un problema, o eso me parece a mí. La coincidencia en el tiempo de la ampliación de los límites salariales y la cultura del “si no puedes con tu enemigo, únete a él” ha generado dos “trusts” en Cleveland y San Francisco que se saltan todas las leyes de la competencia e invalidan el equilibrio que propicia el sistema de draft. La NBA tiene un amplio arsenal de talento a disposición de las franquicias, pero el más despampanante se concentra en solo dos. Esto ha conducido a unos playoff claramente aburridos, a una liga a la escocesa que no ha dejado margen a las “Cincerella stories”.

Ahora bien, si en el choque de trenes en que se convirtió la final ganaron los Warriors fue por la dosis extra de talento, sí, por la mayor profundidad de banquillo, claro, pero especialmente por estar mucho más rodados tácticamente, especialmente en defensa. Más rodados y más implicados. Más responsabilizados de que no hubiera tiros abiertos, canastas debajo del aro o en transición. Se demuestra una vez más que los tipos de traje en el banquillo tienen mucho que ver en el juego de sus equipos, también en la gestión de los egos. Si en los Cavaliers todo pasa por Lebron, por las caras que pone, por su lenguaje corporal; en los Warriors todo pasa por Kerr, un entrenador que ha hecho de la modestia y un liderazgo tranquilo e inteligente las bases de su carisma.

Estas finales han puesto a prueba también la resistencia de los nostálgicos, su capacidad para no pulsar el botón rojo de los mandos de su televisor. La ausencia de interiores de verdad, canalizadores del juego ofensivo de sus equipos, el ritmo desenfrenado, alocado que dirían mis amigos noventeros, y el abuso del triple, aunque amparado por la estadística, les lleva a proponer medidas reglamentarias que limiten el circo en que se ha convertido este deporte tan serio. No sé, quizá pueda alejarse la línea o elevarse la canasta, pero la tendencia es imparable. La polivalencia, la capacidad de jugar a 105-110 posesiones por partido, la precisión para ejecutar acciones a este ritmo y el tiro exterior como amenaza habilitadora de espacios, son las cualidades que necesita todo jugador de élite, mida 1,80 o 2,21, para disputar unas finales de la NBA.


Si Boston no lo remedia dando buen uso a la primera elección del próximo draft, si Houston no acompaña y adapta el talento de Harden hacia el logro colectivo o si San Antonio no rodea mejor a Kawhi Leonard, apuesten por una cuarta entrega de las finales, por la consolidación de una rivalidad que, si bien puede equipararse en números a la de Celtics y Lakers en los 80 nada tiene que ver, en cambio, en cuanto a la pasión desplegada o el “odio” deportivo que se profesaban unos y otros. Nuevos tiempos.  

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La incomodidad necesaria




Esta semana me he dado el gustazo de regalarme la presencia en el clínic “El uso del vídeo en formación” que ha organizado la ACLEB en Valladolid, una atractiva propuesta bien llevada por su coordinador, Iñaki Martín, quien no dudó en rodearse de alguno de los mejores nombres del panorama del scouting y el trabajo en la sombra de nuestro país. Y si hace escasas semanas acudía a una reunión de editores y libreros en Letras Corsarias y esta empezaba con las palabras del anfitrión anunciando que todos los allí presentes tenían en común que dentro de cinco años estarían jodidos económicamente, lo cierto es que todos los "profesores" en estas jornadas de formación lucían ojeras de amplio radio amén de algunas otras señales de la dureza de un trabajo que implica numerosas horas frente a una pantalla y una casi obligatoria nocturnidad.

Lamentablemente, por cuestiones de agenda, no pude asistir a las charlas de Víctor Pérez, entrenador ayudante de Obradoiro, y Piti Hurtado, comentarista de Movistar Plus, por lo que ceñiré el contenido de este post a la doble intervención de Jenaro Díaz, ex ayudante de la selección nacional, Real Madrid y Khimki. El asturiano es todo un referente en el manejo de las herramientas audiovisuales, pero sería injusto no reconocerle el destacado papel de azote del conformismo y la tradición. Y es que Jenaro, quien desde hace años se levanta temprano para meditar, reniega de la imitación idólatra –“si lo hace Obradovic será porque es la leche”– y del mantra del inmovilismo –“si se viene haciendo de esta manera será por algo”–. Por esto mismo resulta injusto resumir el amplio abanico de propuestas que puso sobre la mesa en solo unos pocos titulares. Pero son los siguientes:

Antes dudaba, ahora no sé”. Con la libertad del que se tiene por un ignorante, así se dirigió Jenaro al auditorio tras advertirnos de que se prepara muchísimo las charlas para luego saltarse por completo el guión establecido. En realidad nos engaña: su ignorancia es de corte socrático, una sofisticada herramienta para sacar lo mejor de sus interlocutores. Todo lo contrario que su humildad, de la que nadie osaría dejar de juzgar como auténtica.

El poder de los abrazos… sin zapatillas. Darnos tres abrazos y quitarnos las zapatillas. Esas fueron las principales demandas de Jenaro para iniciar su charla. Y es que gran parte de la misma versó sobre energía y comunicación, dos aspectos que anticipan en mucho el desempeño técnico y táctico de un equipo y que ejemplificó a través de dinámicas colectivas claramente detectables en apenas treinta segundos de semifinal de Final Four o a través de pequeñas claves para aprender a hablar y escuchar a los jugadores. Siempre desde donde ellos están. Acompañándolos en el proceso mismo de saberlo. Porque solo cuando ellos se sitúen tú podrás conocer desde dónde reciben los mensajes y cómo, por lo tanto, puedes enviárselos para que se produzca la epifanía.

Aunque a veces no lo parezca, lo que más le gusta en el mundo a Jenaro es enseñar a ganar. Ninguna de las propuestas que él nos hizo, por contrarias a las nociones habituales recogidas en los libros de texto para entrenadores que puedan parecer, se basa en un mero intento por provocar o generar una polémica artificial. No, detrás hay años de estudio y visualización de situaciones. Tantos como para permitirse, en primer lugar, mirar con ojos nuevos y rebobinar el carrete de lo aprendido. De ahí que no puedan considerarse “boutades” las expresiones de nuevo cuño que introduce, la implantación de toda una nueva terminología que haríamos bien en tener en cuenta: “el peso del balón”, “cambios de mano incompletos”, “cambios de ritmo defensivos”, defensa cruzada de las líneas de pase,… No, no es un mero glosario para eruditos, es un conjunto de mensajes cifrados de cuya traducción puede depender el triunfo.

Queremos practicar un juego moderno con herramientas tradicionales”. Lo deja caer y se queda tan ancho. Pero tiene toda la razón. Los físicos han evolucionado y los espacios son los mismos. Si seguimos sirviéndonos de rudimentos paleolíticos como la posición de la triple amenaza, la toma de decisiones en función de la defensa o, por el contrario, las defensas que siempre reaccionan a lo que les propone el ataque, estamos jodidos. Y lo mismo sucede en aspectos relacionados con la motivación, la comunicación o las dinámicas de grupo, aspectos en los que seguimos manejando herramientas arcaicas, libros del ya extinto COU.

Y entonces te empieza a caer sudor por la frente, te vienen de golpe, en una sola secuencia, todos los pasajes de todos los entrenamientos en que apenas te cuestionaste estos asuntos. Te aprieta el cinturón y quieres salir corriendo a pedir perdón a todos los jugadores a los que enseñaste en virtud del viejo manual, desde el ordeno y mando, desde una ignorancia atrevida y necia, que no socrática. Te sientes incómodo, pero luego te das cuenta de que es la sensación adecuada, el origen de una siguiente pregunta, el acicate de una nueva búsqueda que dé sentido al camino.


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"Entribadores" del mundo...




Puede que el entrenamiento deportivo no sea un sector estratégico. Puede que ni siquiera sea prioritario en un momento en el que lo fundamental es formar a los adolescentes en aquellas facetas técnicas que les harán falta –o eso parece– para aspirar a un futuro relativamente próspero en entornos cada vez más competitivos. Tal vez no seamos ni siquiera su primera opción de ocio y la señal de nuestra llamada sea tenue, casi indistinguible entre la polifonía disarmónica que inunda sus oídos a diario desde emisores de radio tan potentes como las personas del otro sexo, las redes sociales que ofrecen copiosas raciones con las que alimentar el ego u otros soportes desde los que poder expresar su identidad y compararse con los otros, principales ambiciones de la generación llamada a convivir, en su edad adulta, con múltiples derivadas de la inteligencia artificial.

A pesar de ello, justo hace un año, en las vísperas –como hoy– de un Día del minibasket en Salamanca, invitaba a librar la batalla embebido de una fe de la que, trescientos sesenta y cinco días después, me hallo realmente escaso. Lo cierto es que no ha cambiado nada. El panorama sigue siendo parecido y uno no sabe si las claves de esta visión son territoriales, sectoriales o fundamentalmente íntimas y personales. Es decir, si las soluciones pasan por mudarse de ciudad (o de planeta, que diría Sabina), cambiar de oficio u hospedarse en otro cuerpo.

Hace escasas fechas, al calor de la red social Twitter, unos cuantos entrenadores de baloncesto, entre los que cabe destacar, por citar algunos nombres, al ex jugador ACB Óscar Yebra o Jorge F. Campomanes, mantuvieron una conversación de esas que por su esterilidad (más o menos la misma que la de esta entrada de blog) parecen tener lugar a grito pelado en medio del Death Valley. En ella valoraban el estatus actual del entrenador de baloncesto, la relevancia de su función en un contexto más amplio, las condiciones laborales de lo que debería ser un oficio y sin embargo pasa por ser poco más que un hobby. Hablaron de ello donde pudieron, tras una larga jornada en los patios y pabellones, de la manera informal en la que se aborda todo en este país mientras los cuatro tipos más ambiciosos y organizados de la clase hacen y deshacen a su antojo (sí, esos a los que les prestabas apuntes, gilipollas).

Lo cierto es que al tiempo que la Tierra se vuelve plana, los procesos se globalizan y las inercias devienen más poderosas, el individuo, paradójicamente, se encuentra cada vez más aislado. En la lucha por la supervivencia, mientras cava a conciencia para obtener vetas de tiempo con las que completar un nuevo trabajo, se aleja de la idea de comunidad, del asociacionismo que reclaman los tiempos de la tiranía de las economías de escala (pez grande, pez chico) y los discursos hegemónicos (generadores de opinión pública, de valores dominantes y prioridades sociales). Salva su culo, en definitiva, ignorante de que haciéndolo de cualquier manera, aceptando determinadas condiciones, hipoteca su propio futuro.

Es hora de reunirse, de sumar fuerzas, de explicarle al mundo que cuando entrenamos baloncesto, o cualquier otro deporte, educamos a través de una materia como otra cualquiera, que les va a hacer igual de ricos o pobres que las recogidas en el currículum y de la que, por la mayor motivación con la que la afrontan, es posible que conserven más y mejores recuerdos el día de mañana. Es tiempo de explicarle a todos los actores relacionados que es importante alcanzar una regulación laboral que vaya más allá de una ley que desconoce la realidad del asunto, elaborada desde el barro –y el barro no es otra cosa que las reuniones donde tendrían que juntarse los representantes que no tenemos, las asociaciones que solo figuran formalmente. De lo contrario seguiremos asistiendo a la dedicación parcial y a la formación incompleta de los preparadores; a la ausencia de proyectos formativos coherentes y de la debida personalización del aprendizaje. A algo que, efectivamente, realizado de esta manera, no es otra cosa que eso que muchos padres llaman “pasar el rato alejados de las drogas”.


Sinceramente, creo que convendría darle una vuelta al asunto, convocar a todos los interesados en un foro que podría abarcar todos los deportes (cuantos más seamos, más poder para negociar) y sacar adelante un documento que nos defina en función de lo que somos y lo que queremos ser, que ponga negro sobre blanco los derechos y los deberes del entrenador. Del entrenador, que no del monitor, el acompañante o chico o señor del chándal. Del entrenador que, antes de caer en esos vicios tradicionalmente gremiales de la envidia o la rapiña, debería aprender de las defensas de lo suyo que hacen algunas corporaciones sindicales como –aprovechando que está de actualidad– el sector de la estiba. Así que parafraseando a Marx y permitiéndome un tonto juego de palabras… Entribadores del mundo… Uníos.  

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La famiglia




Si soy seguidor de los Boston Celtics es, además de por numerosos motivos irracionales, por todas las lecciones que he extraído haciendo un repaso a su historia, a sus jugadores insignia, a todas las citas puntuales en las que demostró ser algo más que una franquicia con ADN ganador y un puñado de anillos como resultado. Si algo admiro de los Boston Celtics es cómo, a lo largo de su trayectoria, han sabido sobreponerse a la adversidad, superar los estados de crisis con soluciones ancladas en lo mejor del espíritu humano.

Esta semana lo han vuelto a hacer. Tras la muerte en accidente de tráfico de la hermana de su jugador estrella, Isaiah Thomas, y después de atravesar un (lógico) estado de shock que les llevó a jugar el peor baloncesto de la temporada en los dos primeros partidos de la serie frente a Chicago, los pupilos de Brad Stevens consiguieron reagruparse y ofrecer su mejor versión. Al parecer ayudó un mensaje que Kevin Garnett, líder de la plantilla que consiguió el último triunfo en 2008, y en el que insistía en el que los Celtics están llamados a ser el equipo más duro en pista. Siempre y sin excusas.

No es nuevo. Se trata del mismo sentimiento de fraternidad que mostraron acompañando a sus jugadores negros cuando las leyes de segregación racial les impedían comer en los mismos restaurantes o descansar en el mismo hotel. O el que sacan a relucir cuando más improbable parece la victoria. Los orgullosos Celtics son el equipo que más veces ha sido enterrado en vida. Lo fueron en 1969 y se alzaron con el anillo. Lo fueron a finales de los ochenta, por el estado de la espalda de Bird y el tobillo de McHale, y los Pistons tuvieron que matarlos y rematarlos sin descanso. Lo mismo sucedió con el Big Three, que prolongó la que iba a ser una ventana de tres años de alto rendimiento hasta un quinto en el que hicieron temblar al mismísimo Lebron.

Una vez cerrada la eliminatoria y antes de tomar un vuelo hacia Tacoma, en la otra punta del continente, Isaiah Thomas solo pudo decirle a sus compañeros que prepararan bien el duelo que les habrá de enfrentar a partir de mañana domingo a los Washington Wizards. Él, mientras, le dará la debida despedida a su hermana pequeña y tratará de imprimir fortaleza a su familia de sangre antes de regresar a Boston. “Vosotros entrenad duro, que yo regresaré preparado”, sentenció. Nadie alberga ninguna duda.

Boston vuelve a ser una famiglia, un ejército en guerra que no necesita causas nobles para luchar por su país, una comunidad ligada por algo más que un tonto anhelo de gloria. Pasado el trance, los Celtics son ahora más peligrosos que nunca. La tragedia los ha puesto a remar juntos, como un solo hombre, en contra de una corriente de realismo que los proclama muy inferiores a otros equipos. Pero ahora son temibles.


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Por su nombre




Este será el último error de la temporada. Me permito hacer balance antes, incluso, de que se apaguen las luces del pabellón y se cierren las puertas hasta el próximo otoño. Lo hago ahora, con el sabor de las derrotas en la Final a 4 de Castilla y León aún reciente, con la herida aún abierta de no haber sabido llegar bien al momento oportuno de la temporada, cuando se ponía en juego una plaza para el Campeonato de España. Lo hago ahora, cuando aún es posible llamar al fracaso por su nombre y reconocer que todo lo que no sea aceptación y aprendizaje no sería otra cosa que una excusa de mal deportista, de esas que los entrenadores no queremos en boca de los jugadores.

De la experiencia de este fin de semana, mala (sin paliativos), he extraído una serie de conclusiones que no por inmediatas adquieren la categoría de precipitadas, y es que muchas han sido valoradas con anterioridad como una posibilidad con serios riesgos de volverse certera. Simplemente, las traigo al primer plano antes de que medien los paños calientes, las secuelas de la autocomplacencia o la narrativa de naturaleza redentora que, pasados unos días, solemos aplicarnos como remedio para la desilusión.

1. Lo primero, la dinámica. Bueno, quien dice la dinámica dice el respeto al juego, a ese ente llamado “equipo”, al entrenador, a los compañeros. Para su implantación, en grupos que, sin querer, están viciados, no vale la oratoria, la repetición bienintencionada de mensajes, el uso de las metáforas. El problema (primera excusa) es que son muchos los frentes a atajar (la narrativa al fondo de banquillo, el reproche malencarado, el tiro a destiempo en los entrenamientos, la relajación en la aplicación de la puntualidad, el desentendimiento de las reglas más básicas de autodisciplina alimentaria o de descanso,…) y pocas las horas del día en las que actúas como referencia. Pero es fundamental. El baloncesto que juegue tu equipo será el reflejo de estos dinamismos e invalidará la mejor de las propuestas teóricas, por bien planificada que esté.

2. ¿Nunca es tarde para convencer? No sé si estoy perdiendo la fe, pero con grupos con niveles moderados (primer eufemismo) de motivación intrínseca hacia la tarea urge un estilo más directivo y una imposición menos flexible de límites. El problema (segunda excusa) es no poder contar con mecanismos más efectivos de filtrado y selección natural que hagan inevitable el pago del peaje que se requiere para formar parte de un equipo de alto rendimiento. En cualquier caso, cada vez estoy más convencido de que he sobrevalorado el hecho de “salvar” a jugadores que no comprenden lo que significa ser un deportista (que es mucho más que ponerse unas zapatillas, una camiseta y tirar un balón) y un buen compañero (que es mucho más que colega).

3. Menos es más. Aquí es inevitable echar mano de la frase de Yoda en El imperio contraataca: Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes. Demasiados entrenamientos se prolongaron más de la cuenta. Es más, alguno, incluso, no tuvo ni siquiera que empezar. Si no hay una predisposición mínima, un grado de concentración adecuado, el equipo no solo no mejora, sino que empeora (se acostumbra a jugar a un nivel pobre, a defender a ese nivel, a pasarse la bola con ese nivel de intensidad,…). Créanme, no volveré a empezar una sesión hasta que no vea ese gesto de concentración en la cara de mis jugadores.

4. No seas resultadista. En determinados momentos de la temporada, aquejados por lesiones (tercera excusa), fui demasiado paciente con algunos jugadores sin cuya participación, pensaba, no podríamos competir en el momento y alcanzar los objetivos de competición prefijados. Lo que sus actitudes demandaban era haberlos dejado en el banquillo en más de una ocasión y haber enviado, de esta manera, un mensaje a la plantilla. El problema es que lo que caló fue un cierto sentimiento de impunidad que contribuyó al endiosamiento de determinados personajes, a la mayor gloria de sus comportamientos mediocres, lo que fue rebajando progresivamente el umbral de exigencia del colectivo. Nunca más me volveré a alinear del lado del potencial o el talento si no vienen acompañados de un mínimo de compromiso, dedicación y generosidad.

5. Las diez mil repeticiones… Se quedan cortas. La teoría de que para asimilar un talento o habilidad hay que dedicarle diez mil horas solo es útil en actividades individuales. Cuando se trata de trabajos en equipo probablemente necesites otras diez mil, que son las que necesitará el jugador menos listo, inteligente o predispuesto para comprender el concepto. Es una putada (cuarta excusa), pero no hay nada más terrible que tener en pista a un jugador que no está en la misma agenda que el resto, que rompe todos los espacios creados, que altera la armonía en los sistemas o que reacciona tarde a cada situación del juego que demanda inmediatez (que acaso son todas). No sé por qué vía, si entrenando diez mil horas más o no consintiendo que un jugador que no sabe por dónde le sopla el viento arruine el trabajo del colectivo, pero nunca más tendré en pista a la verdadera definición de “troll” en baloncesto.

6. Si las cosas parecen que van bien… Más alerta que nunca. No hay caldo de cultivo más propicio para que la tendencia positiva se revierta que las sensaciones que acompañan a un gran triunfo o a una buena primera parte. Ayer lo hablaba con mi entrenador ayudante. Nos dejamos dos partidos clave por la relajación subsiguiente a una buena racha de triunfos y dos muy buenos cuartos.

7. Es la técnica individual,... Hay dos acciones en el primer partido de la Final Four que resumen la batalla perdida que he librado por convencer a los chicos de que lo más importante en una pista de baloncesto es dominar los fundamentos más básicos. De haber dejado dos bandejas con la mano apropiada nos hubiéramos metido de lleno en el partido, pero claro, a los quince años uno ya lo sabe todo (primera y última ironía) o ya no tiene capacidad para aprender. En fin, fracasé también en esto, no tiene otro nombre y no le hace falta. Tampoco me busquen en las vías del metro (hipérbole), pues he aprendido tanto que ya espero la siguiente oportunidad de trabajar (trabajar es el verbo) y ponerlo en práctica. Para tener éxito o, en todo caso, para fracasar de otra manera.

P.D. También hubo momentos buenos




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Ese juego tan serio






Aquí me pillan, administrándome la dosis diaria de folio en blanco, la que necesito después de varios días inmerso en tareas baloncestísticas y, peor aún, tras una larga jornada tratando de argumentar por qué lo hago, qué fue lo que se me perdió en la sierra de Béjar o en los llanos de Alcalá para invertir siete días de mi vida por aquellos lares. A veces hay que recurrir a eso de “se trata de un sentimiento muy íntimo” o “no lo vas a entender” para zanjar la conversación. Incluso darles la razón puede ser una buena salida, antes de que te pregunten a qué te dedicas. A qué te dedicas de verdad.

Pero regreso contento. Mejor entrenador, diría, si ser mejor entrenador es haber hallado más y mejores preguntas y alguna que otra posible respuesta gracias al contacto con otros técnicos más experimentados y al tener que enfrentar nuevos y diferentes retos. Uno de ellos fue tener que cambiarme de uniforme y de máscara en menos de media hora, en el lapso de tiempo que medió entre la concentración de minibasket y la salida para el torneo cadete. En apenas treinta minutos hube de mudar el lenguaje, las formas, los discursos, los contenidos y los objetivos. En realidad no tanto –luego me di cuenta–, pues no cambiaron las dos canastas, el balón (aunque fuera más grande) y el amor de los chicos por la competición, por el juego, esa cosa tan seria.

Cambian, esto sí, las perspectivas, las dimensiones de los problemas, que se agrandan con la edad, a pesar de observarlos desde más arriba. No la convivencia entre iguales, creo, igualmente compleja por esta visión tan extendida en la sociedad de que los bienes en disputa (canastas, chicas guapas, minutos, reconocimiento,…) son necesariamente escasos y, por lo tanto, objeto de competencia dentro del grupo. Para mitigar esta creencia, hay que inculcar la “política” del pequeño detalle, la de la igualdad bien entendida (dar a cada uno lo suyo, no a todos lo mismo). Mejor antes que después, no vaya a ser tarde.

Hay que escuchar. Escuchar de verdad. Al otro y lo que dice el otro, no a tu interpretación, llena de prejuicios. Para inculcar disciplina hay que ser generoso y mostrar preocupación sincera. Para que doce jugadores, de la edad que sea, vayan a muerte contigo tienes que estar dispuesto a matar por ellos –y que lo vean. Liderar es un verbo regular solo en su conjugación. En su significado, dada su naturaleza polimorfa, está lleno de aristas.

Entrenar es (también) solventar una cadena de problemas eslabón a eslabón, comprendiendo la globalidad causal de los mismos, pero atendiendo su particular idiosincrasia, atajándolos uno a uno hasta que la montaña se desmorone. “A cada problema una solución” repetía una y otra vez uno de los más experimentados entrenadores con los que he compartido estos días. Y no hizo otra cosa que predicar con el ejemplo.


Así que lo volvería a hacer, sí, volvería a emplear otros siete días de vacaciones relacionado con el baloncesto. Aquí, en este erial donde todo esfuerzo vocacional, por el hecho de serlo, es recompensado parcamente, o en China o Estados Unidos, donde el entrenador de baloncesto, como el de gimnasia o atletismo, es un educador de referencia. Con chicos de cualquier edad, pero preferiblemente con chicos antes que con adultos. Pues, al fin y al cabo, se trata de un juego, de un juego muy serio y que me encanta. Y que se llama baloncesto.  

Lo que nos enseñó el kickboxing




A veces olvidamos que circunstancias adversas han jalonado todas las épocas de nuestra historia. Ya fueran crisis de subsistencia provocadas por una prolongada sequía, pestes u otras epidemias, la arbitrariedad de gobiernos autócratas y despóticos o guerras provocadas por asuntos a cada cual más absurdo. Lo cierto es que siempre ha habido motivos para enarbolar la bandera blanca y ceder ante los avatares del destino o el devenir de las sociedades; para integrarse en la masa y no separarse de ella, dejando que la existencia se explique a sí misma su propio sinsentido.

Digamos que lo que ha cambiado es el grado de conciencia acerca de la situación. Ahora todos somos conocedores de la corrupción en las altas esferas institucionales, de la incertidumbre que introducen los avances tecnológicos en un mundo que se renueva con cada vez mayor celeridad para desquicie de sus habitantes, de lo vacío de significado que se encuentra el concepto “justicia”. Consciencia y, al mismo tiempo, ignorancia, dialogan extrayendo de su propia conversación conclusiones inevitablemente pesimistas de las que corren a alimentarse los jóvenes, esos a los que se forma para un trabajo que aún no ha sido inventado y que, tal vez por ello, conocedores de lo que sucede, aceptan que su valor personal se mida en menciones, retuits o followers, peligrosas aristas de un concepto aún más controvertido, la popularidad, una meta para la que no dudan en alterar su apariencia física o su forma de pensar.

Cualquier otro objetivo es secundario. Progresar académicamente es simplemente una concesión que la mayoría hace a sus familias en una suerte de devolución de favores. No hay inclinación o motivación intrínseca hacia nada que suponga un esfuerzo sin gratificación inmediata, hacia objetivos a medio plazo que exijan temporadas de arado,siembra y paciencia. Es paradójico, cuanto más culturales deberían ser las sociedades, más se asemeja el comportamiento de sus miembros al del perro de Pavlov. Al del perro de Pavlov, digo, sin la humildad que, por definición, caracterizaba a este.

En medio de este contexto, Manuel García Sánchez, luchador de kickboxing instalado en la élite de este deporte desde hace años, acudió a la llamada de Javier Paniagua, entrenador del Club Baloncesto Tormes, para dirigirse a veinticuatro chicos en edad cadete. De pie, ante todos ellos, les habló de su experiencia en el mundo del deporte, de cómo fue dando uno a uno los pasos necesarios para llegar a lo más alto, de cómo disfrutó cada uno de ellos, aunque alguno exigiera irse a las diez y media a la cama para levantarse a las seis. De cómo concilió el estudio de dos carreras con los entrenamientos y los campeonatos. Fue fantástico escucharle, desde su óptica de deportista, pero también en cuanto que entrenador y técnico de su deporte.

Sin embargo, el auditorio, impecablemente educado, no pudo disimular la aparición de rostros que, traducidos al lenguaje verbal, serían sinónimos de “para qué”, “tú estás loco”, “ni de coña hago yo eso”, “el tuyo es otro nivel”. Todas las profecías autocumplidas que actúan como motor, no ya de la juventud, sino de la sociedad en general, se materializaron en la mirada de esos veinticuatro chicos de 14 a 16 años que al terminar la charla entrenaron, es cierto, a un nivel superior al habitual, pero que se fueron a dormir, no hace falta ser experto en Tarot para ello, pensando en lo bien que se lo van a pasar el viernes por la noche, en la próxima salida de fin de curso o en alguna que otra circunstancia más bien casual.


Manuel lo intentó, como lo hacemos los demás todos los días del año, en cada sesión de entrenamiento. Desde nuestras propias carencias y sin poder desprendernos del todo de nuestros particulares miedos y debilidades. De su charla extraje para mí la necesidad de seguir intentándolo, de aprender nuevos métodos para motivar a generaciones que el irremediable paso del tiempo me obliga a observar desde un lugar cada vez más lejano. Es necesario, sí, combatir la mediocridad a la que nos vemos abocados como individuos y grupos sociales en base a los mensajes autocomplacientes que nos damos constantemente a nosotros mismos y que nos llegan, reforzados, desde todos los ángulos de nuestra existencia. Cada vez considero más imprescindible visualizar metas, enfocarse hacia algún objetivo en particular aunque ello suponga renunciar al resto de millones de objetivos posibles y, por supuesto, pese a que exija acostarse pronto, madrugar, hacer mil ejercicios que no nos gustan o tratar con gente que enviarías, sin dudarlo, al cadalso. Es necesario, digo, porque conduce a una vida más plena.

En lo que aún creo



Llevo más de ocho años entrenando. No son muchos, desde luego. Ni siquiera alcanzan a dotarme de perspectiva sobre una posible evolución del juego o de las características psicológicas y sociológicas de la juventud. No he ganado nada, nada reseñable, digo, para poner en el currículum y presumir de ello en las reuniones de vanidosos anónimos, típicas de todos los gremios, en la que tras un par de copas el ambiente se carga de hazañas pasadas que sacan a relucir egos maltrechos. En cualquier caso, ocho años sí han sido suficientes para ir despojándome de ingenuas creencias, para ir descartando la vigencia de teorías que, por momentos, creí infalibles. Pero como no se trata –ni hay tiempo– de dar una charla de escepticismo, de ir desmontando, una a una, el conjunto de leyendas que sostienen muchas veces el armazón social, haré el ejercicio contrario. Porque si después de un largo despertar de ocho años, aún resisten en pie determinados juicios será porque su fortaleza es digna de ser tenida en cuenta. Así, resumiendo, digamos que esto es en lo que aún creo.

1. El baloncesto es un deporte magnífico para enseñar dinámicas de grupo, para enseñar/aprender a trabajar en equipo. El reglamento, con cambios ilimitados, permite reprochar –y corregir– acciones egoístas al momento de su comisión. La propia estructura del juego, que obliga a que todos ataquen y defiendan, exige que todos los jugadores en pista pongan a disposición del grupo su talento y capacidad de trabajo. Es tarea del entrenador dar visibilidad a las acciones menos vistosas, percatarse y compartir con su equipo que la canasta es el resultado de una suma de esfuerzos colectivos (generación de un espacio, ejecución de un bloqueo), no el producto, únicamente, de un gesto técnico individual. Y lo mismo sucede cuando se fuerza el error del contrario, aunque se materialice en un rebote o robo de un jugador concreto. Maldita estadística.

2. El baloncesto es ideal para educar en el siempre controvertido binomio creatividad-responsabilidad. Un buen entrenador es aquel que genera ambientes que le permitan al jugador probar nuevas formas de llegar a los mismos resultados equivocándose en el camino, pero, al tiempo, debe ser la persona que muestre la responsabilidad que supone formar parte de un equipo, el hecho de que, como en la vida, en el baloncesto todo acto (balance no realizado, pobre esfuerzo en la defensa de una línea de pase,...) tiene sus consecuencias.

3. El gran reto del futuro, no solo en el baloncesto, tiene que ver con la concentración. Solo metidos únicamente en la tarea que nos ocupa podremos alcanzar los objetivos de realización previstos para una sesión, un mesociclo o una temporada. Este mal –discrepo con quienes no lo consideren– viene ocasionado no solo por una multiplicación de los estímulos, sino por la erosión del valor de los compromisos adquiridos. Es un hecho sociológico, con base neurológica, pero también ética. Y la ética, lo siento mucho, se aprende en casa. No hay jugador más dañino para un equipo que aquel que no acude al entrenamiento dispuesto, únicamente, a dejarse la piel y terminar reventado –y por ello feliz. Aunque tenga examen de matemáticas el día siguiente.

4. El juego camina hacia una simplificación de los esquemas tácticos. En parte por lo anterior, cierto, pero sobre todo por el salto de calidad que se ha producido en las últimas décadas a nivel individual. Cada vez más jugadores son capaces de fabricar una ventaja desde el juego uno contra uno o desde el bloqueo directo o indirecto, por lo que la táctica del futuro va a pasar por esquemas que propicien una rápida generación de ventajas y conceptos de spacing y juego sin balón para que estas puedan ir incrementándose hasta materializarse en un “buen tiro”.

5. Sin embargo, a pesar de toda esta evolución, el baloncesto sigue apelando a sus raíces más antiguas cuando enseña, como sigue haciéndolo, que los fundamentos básicos son el pase y el tiro. No, no sobra todo el trabajo de manejo de balón, recursos sobre bote, etc. pero los partidos se los suelen llevar los equipos que pasan y, sobre todo, tiran bien. Y meten. Lo digo para que lo tengamos en cuenta a la hora de planificar las sesiones.

6. He sido muy beligerante con los árbitros en el pasado, pero creo que de un tiempo a esta parte he adquirido la actitud adecuada en la relación con ellos. Doy por descontado que acuden a hacer las cosas lo mejor que saben y desmonto, en mi cabeza, cualquier teoría conspiranoica que me quiera jugar una mala pasada. Pitan lo que ven y a veces se equivocan, como todos. Nuestra labor pasa más por ayudarles que por hacerles frente y eso se consigue al aceptar una explicación con la que no estamos de acuerdo o, simplemente, al centrarnos en nuestro trabajo dejando que ellos se ocupen del suyo.

7. La magia no se hace con la pizarra. Tampoco con una chistera. La verdadera magia es un acto continuo de comunicación y empatía con los jugadores, es que salgan de cada conversación, individual o grupal, con la certeza de haber sido escuchados, sí, pero convencidos al mismo tiempo de que el mensaje del entrenador es el más adecuado para el bien común. Esta fórmula podría quedar resumida en la palabra “credibilidad”, que a su vez se alimenta de otras como honestidad, coherencia y sensibilidad, y es la clave, junto a la estabilidad psicológica, del éxito del funcionamiento eficiente de todo el equipo. No del éxito deportivo, de los triunfos y campeonatos, pues ahí ya interviene el azar con sus múltiples disfraces. Y de la suerte, amigos, ya no me creo nada.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Lo que significa... y lo que no




El correo de esta mañana incorporaba una pequeña sorpresa: el título de entrenador superior correspondiente al curso de 2014 y al proyecto y las prácticas realizadas durante la temporada 2014-2015. Pequeña, digo, porque el secretario de la federación regional y del área de entrenadores ya había contactado conmigo para advertirme de su inminente llegada. Pequeña, digo, también, porque, una vez finalizado, el curso deja de ser un horizonte o una meta para pasar a ser un recuerdo, una agenda repleta de teléfonos o una diminuta semilla en medio de un vasto campo recién arado.

Muchas veces el título es como esa felicitación navideña que se extravía y llega por Carnaval, o como esa cita del médico para curar ese tobillo que, o ya está curado o listo para amputar. Quiero decir que hace la ilusión justa, pues uno ya está al corriente de su significado. A esta generación ya no le coge por sorpresa el hecho de que las credenciales, a las que tanto valor otorgaban nuestros padres, tengan en realidad un sentido simbólico o que sean, como mucho, un punto de partida, una invitación a seguir bregando en el barro, pues cuanto más conocido el camino, más enfangado se vuelve ante nuestros ojos.

Es más, diría que el diploma no tiene ni siquiera un significado filosófico profundo. Su carga de identidad es más bien sucinta. Yo no supe que era entrenador de baloncesto al matricularme del primer curso allá por el otoño de 2009, sino la primera noche que dormí mal tras una derrota, o al sonreír de forma bastante estúpida (a ojos de la gente) tras ver a un chico probar un nuevo gesto técnico o demostrar que había incorporado a su juego un concepto enseñado.

El título, como cualquier otro, es habilitante, pero ni siquiera diferenciador. Si España se caracteriza por ser uno de los países donde menos margen existe entre los salarios en función del grado de formación, en el baloncesto de cantera, por una suerte de acuerdo tácito que encierra en sí mismo muchas virtudes que no debemos olvidar, esta se reduce a la mínima expresión. Este modelo, a priori desincentivador, se sustenta sobre la base vocacional que nos conmina, sobre el desapego hacia lo material que se presupone en quien osa dedicarse a una cuestión tan secundaria en el ranking de “importancia” que las sociedades creen darse a sí mismas. La inversión en formación debe redundar necesariamente en un mejor rendimiento y este mejor rendimiento debe ser, en sí mismo, suficientemente satisfactorio: los chicos aprenden más rápido, el equipo juega mejor, el entrenador está más contento.

Pero claro, también es verdad que el curso no hizo sino aportarnos más dudas, más elementos para el debate que certezas sobre las que elaborar un método didáctico definitivo. En su propia identidad está la ausencia de un principio o método científico. Muchos caminos conducen al éxito y es amplio el poder que se le otorga al azar en un juego en el que diez voluntades distintas libran pequeñas batallas por el tiempo, por el espacio y por ese ser distraído que es el balón. Esta ausencia de sistemática, sumada a la incomprensible minusvaloración de los elementos pedagógicos en el currículum, hacen que los titulados lo seamos única y exclusivamente de baloncesto y que solo de baloncesto se nos permita hablar en sociedad. Pues de baloncesto, y no de educación, es de lo que sabemos; de ganar, y no de enseñar, piensan que es de lo que se trata (y a veces no damos a entender lo contrario).

Así que ahí está el título. Y mi padre, el hombre, quiere enmarcarlo como si su obtención hubiera sido un gran logro, como si ello me permitiera abrir un despacho y cobrar, como un profesional liberal cualquiera, sesenta euros por sesión terapéutica o de asesoramiento legal. Pero está bien que así sea. Verlo cada día en el frente de mi escritorio me permitirá recordar a aquellos amigos que hice en Zaragoza y la suerte que tengo de poder dedicar gran parte de mi tiempo y de mis energías a educar a través del baloncesto. Que eso es lo que intento hacer lo mejor que puedo. Gracias o a pesar del título. Y aunque al vecino del tercero no le resulte suficiente y siempre pregunte: ¿Y qué más haces?


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS