La famiglia




Si soy seguidor de los Boston Celtics es, además de por numerosos motivos irracionales, por todas las lecciones que he extraído haciendo un repaso a su historia, a sus jugadores insignia, a todas las citas puntuales en las que demostró ser algo más que una franquicia con ADN ganador y un puñado de anillos como resultado. Si algo admiro de los Boston Celtics es cómo, a lo largo de su trayectoria, han sabido sobreponerse a la adversidad, superar los estados de crisis con soluciones ancladas en lo mejor del espíritu humano.

Esta semana lo han vuelto a hacer. Tras la muerte en accidente de tráfico de la hermana de su jugador estrella, Isaiah Thomas, y después de atravesar un (lógico) estado de shock que les llevó a jugar el peor baloncesto de la temporada en los dos primeros partidos de la serie frente a Chicago, los pupilos de Brad Stevens consiguieron reagruparse y ofrecer su mejor versión. Al parecer ayudó un mensaje que Kevin Garnett, líder de la plantilla que consiguió el último triunfo en 2008, y en el que insistía en el que los Celtics están llamados a ser el equipo más duro en pista. Siempre y sin excusas.

No es nuevo. Se trata del mismo sentimiento de fraternidad que mostraron acompañando a sus jugadores negros cuando las leyes de segregación racial les impedían comer en los mismos restaurantes o descansar en el mismo hotel. O el que sacan a relucir cuando más improbable parece la victoria. Los orgullosos Celtics son el equipo que más veces ha sido enterrado en vida. Lo fueron en 1969 y se alzaron con el anillo. Lo fueron a finales de los ochenta, por el estado de la espalda de Bird y el tobillo de McHale, y los Pistons tuvieron que matarlos y rematarlos sin descanso. Lo mismo sucedió con el Big Three, que prolongó la que iba a ser una ventana de tres años de alto rendimiento hasta un quinto en el que hicieron temblar al mismísimo Lebron.

Una vez cerrada la eliminatoria y antes de tomar un vuelo hacia Tacoma, en la otra punta del continente, Isaiah Thomas solo pudo decirle a sus compañeros que prepararan bien el duelo que les habrá de enfrentar a partir de mañana domingo a los Washington Wizards. Él, mientras, le dará la debida despedida a su hermana pequeña y tratará de imprimir fortaleza a su familia de sangre antes de regresar a Boston. “Vosotros entrenad duro, que yo regresaré preparado”, sentenció. Nadie alberga ninguna duda.

Boston vuelve a ser una famiglia, un ejército en guerra que no necesita causas nobles para luchar por su país, una comunidad ligada por algo más que un tonto anhelo de gloria. Pasado el trance, los Celtics son ahora más peligrosos que nunca. La tragedia los ha puesto a remar juntos, como un solo hombre, en contra de una corriente de realismo que los proclama muy inferiores a otros equipos. Pero ahora son temibles.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Por su nombre




Este será el último error de la temporada. Me permito hacer balance antes, incluso, de que se apaguen las luces del pabellón y se cierren las puertas hasta el próximo otoño. Lo hago ahora, con el sabor de las derrotas en la Final a 4 de Castilla y León aún reciente, con la herida aún abierta de no haber sabido llegar bien al momento oportuno de la temporada, cuando se ponía en juego una plaza para el Campeonato de España. Lo hago ahora, cuando aún es posible llamar al fracaso por su nombre y reconocer que todo lo que no sea aceptación y aprendizaje no sería otra cosa que una excusa de mal deportista, de esas que los entrenadores no queremos en boca de los jugadores.

De la experiencia de este fin de semana, mala (sin paliativos), he extraído una serie de conclusiones que no por inmediatas adquieren la categoría de precipitadas, y es que muchas han sido valoradas con anterioridad como una posibilidad con serios riesgos de volverse certera. Simplemente, las traigo al primer plano antes de que medien los paños calientes, las secuelas de la autocomplacencia o la narrativa de naturaleza redentora que, pasados unos días, solemos aplicarnos como remedio para la desilusión.

1. Lo primero, la dinámica. Bueno, quien dice la dinámica dice el respeto al juego, a ese ente llamado “equipo”, al entrenador, a los compañeros. Para su implantación, en grupos que, sin querer, están viciados, no vale la oratoria, la repetición bienintencionada de mensajes, el uso de las metáforas. El problema (primera excusa) es que son muchos los frentes a atajar (la narrativa al fondo de banquillo, el reproche malencarado, el tiro a destiempo en los entrenamientos, la relajación en la aplicación de la puntualidad, el desentendimiento de las reglas más básicas de autodisciplina alimentaria o de descanso,…) y pocas las horas del día en las que actúas como referencia. Pero es fundamental. El baloncesto que juegue tu equipo será el reflejo de estos dinamismos e invalidará la mejor de las propuestas teóricas, por bien planificada que esté.

2. ¿Nunca es tarde para convencer? No sé si estoy perdiendo la fe, pero con grupos con niveles moderados (primer eufemismo) de motivación intrínseca hacia la tarea urge un estilo más directivo y una imposición menos flexible de límites. El problema (segunda excusa) es no poder contar con mecanismos más efectivos de filtrado y selección natural que hagan inevitable el pago del peaje que se requiere para formar parte de un equipo de alto rendimiento. En cualquier caso, cada vez estoy más convencido de que he sobrevalorado el hecho de “salvar” a jugadores que no comprenden lo que significa ser un deportista (que es mucho más que ponerse unas zapatillas, una camiseta y tirar un balón) y un buen compañero (que es mucho más que colega).

3. Menos es más. Aquí es inevitable echar mano de la frase de Yoda en El imperio contraataca: Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes. Demasiados entrenamientos se prolongaron más de la cuenta. Es más, alguno, incluso, no tuvo ni siquiera que empezar. Si no hay una predisposición mínima, un grado de concentración adecuado, el equipo no solo no mejora, sino que empeora (se acostumbra a jugar a un nivel pobre, a defender a ese nivel, a pasarse la bola con ese nivel de intensidad,…). Créanme, no volveré a empezar una sesión hasta que no vea ese gesto de concentración en la cara de mis jugadores.

4. No seas resultadista. En determinados momentos de la temporada, aquejados por lesiones (tercera excusa), fui demasiado paciente con algunos jugadores sin cuya participación, pensaba, no podríamos competir en el momento y alcanzar los objetivos de competición prefijados. Lo que sus actitudes demandaban era haberlos dejado en el banquillo en más de una ocasión y haber enviado, de esta manera, un mensaje a la plantilla. El problema es que lo que caló fue un cierto sentimiento de impunidad que contribuyó al endiosamiento de determinados personajes, a la mayor gloria de sus comportamientos mediocres, lo que fue rebajando progresivamente el umbral de exigencia del colectivo. Nunca más me volveré a alinear del lado del potencial o el talento si no vienen acompañados de un mínimo de compromiso, dedicación y generosidad.

5. Las diez mil repeticiones… Se quedan cortas. La teoría de que para asimilar un talento o habilidad hay que dedicarle diez mil horas solo es útil en actividades individuales. Cuando se trata de trabajos en equipo probablemente necesites otras diez mil, que son las que necesitará el jugador menos listo, inteligente o predispuesto para comprender el concepto. Es una putada (cuarta excusa), pero no hay nada más terrible que tener en pista a un jugador que no está en la misma agenda que el resto, que rompe todos los espacios creados, que altera la armonía en los sistemas o que reacciona tarde a cada situación del juego que demanda inmediatez (que acaso son todas). No sé por qué vía, si entrenando diez mil horas más o no consintiendo que un jugador que no sabe por dónde le sopla el viento arruine el trabajo del colectivo, pero nunca más tendré en pista a la verdadera definición de “troll” en baloncesto.

6. Si las cosas parecen que van bien… Más alerta que nunca. No hay caldo de cultivo más propicio para que la tendencia positiva se revierta que las sensaciones que acompañan a un gran triunfo o a una buena primera parte. Ayer lo hablaba con mi entrenador ayudante. Nos dejamos dos partidos clave por la relajación subsiguiente a una buena racha de triunfos y dos muy buenos cuartos.

7. Es la técnica individual,... Hay dos acciones en el primer partido de la Final Four que resumen la batalla perdida que he librado por convencer a los chicos de que lo más importante en una pista de baloncesto es dominar los fundamentos más básicos. De haber dejado dos bandejas con la mano apropiada nos hubiéramos metido de lleno en el partido, pero claro, a los quince años uno ya lo sabe todo (primera y última ironía) o ya no tiene capacidad para aprender. En fin, fracasé también en esto, no tiene otro nombre y no le hace falta. Tampoco me busquen en las vías del metro (hipérbole), pues he aprendido tanto que ya espero la siguiente oportunidad de trabajar (trabajar es el verbo) y ponerlo en práctica. Para tener éxito o, en todo caso, para fracasar de otra manera.

P.D. También hubo momentos buenos




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Ese juego tan serio






Aquí me pillan, administrándome la dosis diaria de folio en blanco, la que necesito después de varios días inmerso en tareas baloncestísticas y, peor aún, tras una larga jornada tratando de argumentar por qué lo hago, qué fue lo que se me perdió en la sierra de Béjar o en los llanos de Alcalá para invertir siete días de mi vida por aquellos lares. A veces hay que recurrir a eso de “se trata de un sentimiento muy íntimo” o “no lo vas a entender” para zanjar la conversación. Incluso darles la razón puede ser una buena salida, antes de que te pregunten a qué te dedicas. A qué te dedicas de verdad.

Pero regreso contento. Mejor entrenador, diría, si ser mejor entrenador es haber hallado más y mejores preguntas y alguna que otra posible respuesta gracias al contacto con otros técnicos más experimentados y al tener que enfrentar nuevos y diferentes retos. Uno de ellos fue tener que cambiarme de uniforme y de máscara en menos de media hora, en el lapso de tiempo que medió entre la concentración de minibasket y la salida para el torneo cadete. En apenas treinta minutos hube de mudar el lenguaje, las formas, los discursos, los contenidos y los objetivos. En realidad no tanto –luego me di cuenta–, pues no cambiaron las dos canastas, el balón (aunque fuera más grande) y el amor de los chicos por la competición, por el juego, esa cosa tan seria.

Cambian, esto sí, las perspectivas, las dimensiones de los problemas, que se agrandan con la edad, a pesar de observarlos desde más arriba. No la convivencia entre iguales, creo, igualmente compleja por esta visión tan extendida en la sociedad de que los bienes en disputa (canastas, chicas guapas, minutos, reconocimiento,…) son necesariamente escasos y, por lo tanto, objeto de competencia dentro del grupo. Para mitigar esta creencia, hay que inculcar la “política” del pequeño detalle, la de la igualdad bien entendida (dar a cada uno lo suyo, no a todos lo mismo). Mejor antes que después, no vaya a ser tarde.

Hay que escuchar. Escuchar de verdad. Al otro y lo que dice el otro, no a tu interpretación, llena de prejuicios. Para inculcar disciplina hay que ser generoso y mostrar preocupación sincera. Para que doce jugadores, de la edad que sea, vayan a muerte contigo tienes que estar dispuesto a matar por ellos –y que lo vean. Liderar es un verbo regular solo en su conjugación. En su significado, dada su naturaleza polimorfa, está lleno de aristas.

Entrenar es (también) solventar una cadena de problemas eslabón a eslabón, comprendiendo la globalidad causal de los mismos, pero atendiendo su particular idiosincrasia, atajándolos uno a uno hasta que la montaña se desmorone. “A cada problema una solución” repetía una y otra vez uno de los más experimentados entrenadores con los que he compartido estos días. Y no hizo otra cosa que predicar con el ejemplo.


Así que lo volvería a hacer, sí, volvería a emplear otros siete días de vacaciones relacionado con el baloncesto. Aquí, en este erial donde todo esfuerzo vocacional, por el hecho de serlo, es recompensado parcamente, o en China o Estados Unidos, donde el entrenador de baloncesto, como el de gimnasia o atletismo, es un educador de referencia. Con chicos de cualquier edad, pero preferiblemente con chicos antes que con adultos. Pues, al fin y al cabo, se trata de un juego, de un juego muy serio y que me encanta. Y que se llama baloncesto.  

Lo que nos enseñó el kickboxing




A veces olvidamos que circunstancias adversas han jalonado todas las épocas de nuestra historia. Ya fueran crisis de subsistencia provocadas por una prolongada sequía, pestes u otras epidemias, la arbitrariedad de gobiernos autócratas y despóticos o guerras provocadas por asuntos a cada cual más absurdo. Lo cierto es que siempre ha habido motivos para enarbolar la bandera blanca y ceder ante los avatares del destino o el devenir de las sociedades; para integrarse en la masa y no separarse de ella, dejando que la existencia se explique a sí misma su propio sinsentido.

Digamos que lo que ha cambiado es el grado de conciencia acerca de la situación. Ahora todos somos conocedores de la corrupción en las altas esferas institucionales, de la incertidumbre que introducen los avances tecnológicos en un mundo que se renueva con cada vez mayor celeridad para desquicie de sus habitantes, de lo vacío de significado que se encuentra el concepto “justicia”. Consciencia y, al mismo tiempo, ignorancia, dialogan extrayendo de su propia conversación conclusiones inevitablemente pesimistas de las que corren a alimentarse los jóvenes, esos a los que se forma para un trabajo que aún no ha sido inventado y que, tal vez por ello, conocedores de lo que sucede, aceptan que su valor personal se mida en menciones, retuits o followers, peligrosas aristas de un concepto aún más controvertido, la popularidad, una meta para la que no dudan en alterar su apariencia física o su forma de pensar.

Cualquier otro objetivo es secundario. Progresar académicamente es simplemente una concesión que la mayoría hace a sus familias en una suerte de devolución de favores. No hay inclinación o motivación intrínseca hacia nada que suponga un esfuerzo sin gratificación inmediata, hacia objetivos a medio plazo que exijan temporadas de arado,siembra y paciencia. Es paradójico, cuanto más culturales deberían ser las sociedades, más se asemeja el comportamiento de sus miembros al del perro de Pavlov. Al del perro de Pavlov, digo, sin la humildad que, por definición, caracterizaba a este.

En medio de este contexto, Manuel García Sánchez, luchador de kickboxing instalado en la élite de este deporte desde hace años, acudió a la llamada de Javier Paniagua, entrenador del Club Baloncesto Tormes, para dirigirse a veinticuatro chicos en edad cadete. De pie, ante todos ellos, les habló de su experiencia en el mundo del deporte, de cómo fue dando uno a uno los pasos necesarios para llegar a lo más alto, de cómo disfrutó cada uno de ellos, aunque alguno exigiera irse a las diez y media a la cama para levantarse a las seis. De cómo concilió el estudio de dos carreras con los entrenamientos y los campeonatos. Fue fantástico escucharle, desde su óptica de deportista, pero también en cuanto que entrenador y técnico de su deporte.

Sin embargo, el auditorio, impecablemente educado, no pudo disimular la aparición de rostros que, traducidos al lenguaje verbal, serían sinónimos de “para qué”, “tú estás loco”, “ni de coña hago yo eso”, “el tuyo es otro nivel”. Todas las profecías autocumplidas que actúan como motor, no ya de la juventud, sino de la sociedad en general, se materializaron en la mirada de esos veinticuatro chicos de 14 a 16 años que al terminar la charla entrenaron, es cierto, a un nivel superior al habitual, pero que se fueron a dormir, no hace falta ser experto en Tarot para ello, pensando en lo bien que se lo van a pasar el viernes por la noche, en la próxima salida de fin de curso o en alguna que otra circunstancia más bien casual.


Manuel lo intentó, como lo hacemos los demás todos los días del año, en cada sesión de entrenamiento. Desde nuestras propias carencias y sin poder desprendernos del todo de nuestros particulares miedos y debilidades. De su charla extraje para mí la necesidad de seguir intentándolo, de aprender nuevos métodos para motivar a generaciones que el irremediable paso del tiempo me obliga a observar desde un lugar cada vez más lejano. Es necesario, sí, combatir la mediocridad a la que nos vemos abocados como individuos y grupos sociales en base a los mensajes autocomplacientes que nos damos constantemente a nosotros mismos y que nos llegan, reforzados, desde todos los ángulos de nuestra existencia. Cada vez considero más imprescindible visualizar metas, enfocarse hacia algún objetivo en particular aunque ello suponga renunciar al resto de millones de objetivos posibles y, por supuesto, pese a que exija acostarse pronto, madrugar, hacer mil ejercicios que no nos gustan o tratar con gente que enviarías, sin dudarlo, al cadalso. Es necesario, digo, porque conduce a una vida más plena.

En lo que aún creo



Llevo más de ocho años entrenando. No son muchos, desde luego. Ni siquiera alcanzan a dotarme de perspectiva sobre una posible evolución del juego o de las características psicológicas y sociológicas de la juventud. No he ganado nada, nada reseñable, digo, para poner en el currículum y presumir de ello en las reuniones de vanidosos anónimos, típicas de todos los gremios, en la que tras un par de copas el ambiente se carga de hazañas pasadas que sacan a relucir egos maltrechos. En cualquier caso, ocho años sí han sido suficientes para ir despojándome de ingenuas creencias, para ir descartando la vigencia de teorías que, por momentos, creí infalibles. Pero como no se trata –ni hay tiempo– de dar una charla de escepticismo, de ir desmontando, una a una, el conjunto de leyendas que sostienen muchas veces el armazón social, haré el ejercicio contrario. Porque si después de un largo despertar de ocho años, aún resisten en pie determinados juicios será porque su fortaleza es digna de ser tenida en cuenta. Así, resumiendo, digamos que esto es en lo que aún creo.

1. El baloncesto es un deporte magnífico para enseñar dinámicas de grupo, para enseñar/aprender a trabajar en equipo. El reglamento, con cambios ilimitados, permite reprochar –y corregir– acciones egoístas al momento de su comisión. La propia estructura del juego, que obliga a que todos ataquen y defiendan, exige que todos los jugadores en pista pongan a disposición del grupo su talento y capacidad de trabajo. Es tarea del entrenador dar visibilidad a las acciones menos vistosas, percatarse y compartir con su equipo que la canasta es el resultado de una suma de esfuerzos colectivos (generación de un espacio, ejecución de un bloqueo), no el producto, únicamente, de un gesto técnico individual. Y lo mismo sucede cuando se fuerza el error del contrario, aunque se materialice en un rebote o robo de un jugador concreto. Maldita estadística.

2. El baloncesto es ideal para educar en el siempre controvertido binomio creatividad-responsabilidad. Un buen entrenador es aquel que genera ambientes que le permitan al jugador probar nuevas formas de llegar a los mismos resultados equivocándose en el camino, pero, al tiempo, debe ser la persona que muestre la responsabilidad que supone formar parte de un equipo, el hecho de que, como en la vida, en el baloncesto todo acto (balance no realizado, pobre esfuerzo en la defensa de una línea de pase,...) tiene sus consecuencias.

3. El gran reto del futuro, no solo en el baloncesto, tiene que ver con la concentración. Solo metidos únicamente en la tarea que nos ocupa podremos alcanzar los objetivos de realización previstos para una sesión, un mesociclo o una temporada. Este mal –discrepo con quienes no lo consideren– viene ocasionado no solo por una multiplicación de los estímulos, sino por la erosión del valor de los compromisos adquiridos. Es un hecho sociológico, con base neurológica, pero también ética. Y la ética, lo siento mucho, se aprende en casa. No hay jugador más dañino para un equipo que aquel que no acude al entrenamiento dispuesto, únicamente, a dejarse la piel y terminar reventado –y por ello feliz. Aunque tenga examen de matemáticas el día siguiente.

4. El juego camina hacia una simplificación de los esquemas tácticos. En parte por lo anterior, cierto, pero sobre todo por el salto de calidad que se ha producido en las últimas décadas a nivel individual. Cada vez más jugadores son capaces de fabricar una ventaja desde el juego uno contra uno o desde el bloqueo directo o indirecto, por lo que la táctica del futuro va a pasar por esquemas que propicien una rápida generación de ventajas y conceptos de spacing y juego sin balón para que estas puedan ir incrementándose hasta materializarse en un “buen tiro”.

5. Sin embargo, a pesar de toda esta evolución, el baloncesto sigue apelando a sus raíces más antiguas cuando enseña, como sigue haciéndolo, que los fundamentos básicos son el pase y el tiro. No, no sobra todo el trabajo de manejo de balón, recursos sobre bote, etc. pero los partidos se los suelen llevar los equipos que pasan y, sobre todo, tiran bien. Y meten. Lo digo para que lo tengamos en cuenta a la hora de planificar las sesiones.

6. He sido muy beligerante con los árbitros en el pasado, pero creo que de un tiempo a esta parte he adquirido la actitud adecuada en la relación con ellos. Doy por descontado que acuden a hacer las cosas lo mejor que saben y desmonto, en mi cabeza, cualquier teoría conspiranoica que me quiera jugar una mala pasada. Pitan lo que ven y a veces se equivocan, como todos. Nuestra labor pasa más por ayudarles que por hacerles frente y eso se consigue al aceptar una explicación con la que no estamos de acuerdo o, simplemente, al centrarnos en nuestro trabajo dejando que ellos se ocupen del suyo.

7. La magia no se hace con la pizarra. Tampoco con una chistera. La verdadera magia es un acto continuo de comunicación y empatía con los jugadores, es que salgan de cada conversación, individual o grupal, con la certeza de haber sido escuchados, sí, pero convencidos al mismo tiempo de que el mensaje del entrenador es el más adecuado para el bien común. Esta fórmula podría quedar resumida en la palabra “credibilidad”, que a su vez se alimenta de otras como honestidad, coherencia y sensibilidad, y es la clave, junto a la estabilidad psicológica, del éxito del funcionamiento eficiente de todo el equipo. No del éxito deportivo, de los triunfos y campeonatos, pues ahí ya interviene el azar con sus múltiples disfraces. Y de la suerte, amigos, ya no me creo nada.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Lo que significa... y lo que no




El correo de esta mañana incorporaba una pequeña sorpresa: el título de entrenador superior correspondiente al curso de 2014 y al proyecto y las prácticas realizadas durante la temporada 2014-2015. Pequeña, digo, porque el secretario de la federación regional y del área de entrenadores ya había contactado conmigo para advertirme de su inminente llegada. Pequeña, digo, también, porque, una vez finalizado, el curso deja de ser un horizonte o una meta para pasar a ser un recuerdo, una agenda repleta de teléfonos o una diminuta semilla en medio de un vasto campo recién arado.

Muchas veces el título es como esa felicitación navideña que se extravía y llega por Carnaval, o como esa cita del médico para curar ese tobillo que, o ya está curado o listo para amputar. Quiero decir que hace la ilusión justa, pues uno ya está al corriente de su significado. A esta generación ya no le coge por sorpresa el hecho de que las credenciales, a las que tanto valor otorgaban nuestros padres, tengan en realidad un sentido simbólico o que sean, como mucho, un punto de partida, una invitación a seguir bregando en el barro, pues cuanto más conocido el camino, más enfangado se vuelve ante nuestros ojos.

Es más, diría que el diploma no tiene ni siquiera un significado filosófico profundo. Su carga de identidad es más bien sucinta. Yo no supe que era entrenador de baloncesto al matricularme del primer curso allá por el otoño de 2009, sino la primera noche que dormí mal tras una derrota, o al sonreír de forma bastante estúpida (a ojos de la gente) tras ver a un chico probar un nuevo gesto técnico o demostrar que había incorporado a su juego un concepto enseñado.

El título, como cualquier otro, es habilitante, pero ni siquiera diferenciador. Si España se caracteriza por ser uno de los países donde menos margen existe entre los salarios en función del grado de formación, en el baloncesto de cantera, por una suerte de acuerdo tácito que encierra en sí mismo muchas virtudes que no debemos olvidar, esta se reduce a la mínima expresión. Este modelo, a priori desincentivador, se sustenta sobre la base vocacional que nos conmina, sobre el desapego hacia lo material que se presupone en quien osa dedicarse a una cuestión tan secundaria en el ranking de “importancia” que las sociedades creen darse a sí mismas. La inversión en formación debe redundar necesariamente en un mejor rendimiento y este mejor rendimiento debe ser, en sí mismo, suficientemente satisfactorio: los chicos aprenden más rápido, el equipo juega mejor, el entrenador está más contento.

Pero claro, también es verdad que el curso no hizo sino aportarnos más dudas, más elementos para el debate que certezas sobre las que elaborar un método didáctico definitivo. En su propia identidad está la ausencia de un principio o método científico. Muchos caminos conducen al éxito y es amplio el poder que se le otorga al azar en un juego en el que diez voluntades distintas libran pequeñas batallas por el tiempo, por el espacio y por ese ser distraído que es el balón. Esta ausencia de sistemática, sumada a la incomprensible minusvaloración de los elementos pedagógicos en el currículum, hacen que los titulados lo seamos única y exclusivamente de baloncesto y que solo de baloncesto se nos permita hablar en sociedad. Pues de baloncesto, y no de educación, es de lo que sabemos; de ganar, y no de enseñar, piensan que es de lo que se trata (y a veces no damos a entender lo contrario).

Así que ahí está el título. Y mi padre, el hombre, quiere enmarcarlo como si su obtención hubiera sido un gran logro, como si ello me permitiera abrir un despacho y cobrar, como un profesional liberal cualquiera, sesenta euros por sesión terapéutica o de asesoramiento legal. Pero está bien que así sea. Verlo cada día en el frente de mi escritorio me permitirá recordar a aquellos amigos que hice en Zaragoza y la suerte que tengo de poder dedicar gran parte de mi tiempo y de mis energías a educar a través del baloncesto. Que eso es lo que intento hacer lo mejor que puedo. Gracias o a pesar del título. Y aunque al vecino del tercero no le resulte suficiente y siempre pregunte: ¿Y qué más haces?


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS