Diario de un encierro. Día XLV





Saben aquell que diu 

Por necesidad sobrevenida, dadas las actuales circunstancias, por salud o porque todos los gremios que tienen un amplio repertorio de chistes sobre sí mismos tienen salarios medios que, eliminando los casos extremos, quintuplican el de un entrenador de baloncesto, creo que nos convendría rescatar de entre los sesudos análisis de pitagorín y las poses de escritor maldito un poco de sentido del humor.

Menos mal de Darío Méndez, que pone ante los espejos cóncavos y convexos de El Callejón del Gato muchas de las circunstancias cotidianas que rodean nuestro oficio. También de Guillermo Giménez y Antoni Daimiel, que encuentran siempre un recoveco donde incluir una hipérbole o una anécdota, siguiendo a su manera la estela que aún ilumina el cielo al sur de Madrid, esa que dejó Andrés Montes con su humor tan reconocible al tiempo que no exento de un cierto amargor.

Esto no necesariamente iría en contra del famoso ego del entrenador, ese que le protege contra los posibles contratiempos y que, quizá, le impida hablar con humor de sí mismo. Hay algo en el discurso cómico que, al contrario de lo que pudiera parecer, al encaramar al sujeto a la altura de lo parodiable, lo enaltece dotándolo de una superior categoría. En determinadas culturas, no eres nadie hasta que no eres portada de revistas satíricas, personaje de monólogos malintencionados o si tú mismo no eres capaz de hablar de ti mismo con cierta distancia, recordando aquella vez en la que te confundiste, ordenaste a un jugador hacer lo contrario a lo que indicaba al sentido baloncestístico, y salió bien, o aquella otra en la que te quedaste en blanco durante el discurso más importante de tu carrera.

Urge un monólogo sobre el oficio, con Gila al teléfono o un dúo como Tip y Coll explicando cómo se anota un tiro libre en dos idiomas. También me imagino a Chaplin jugando con una pizarra sintiéndose el amo del universo o a Chiquito explicando el porqué de una decisión definitiva a su directiva en el vino de después del partido. Necesitamos humor, carcajadas, relajar la tensión de los músculos de la cara, aceptar que estamos en manos de otros y que dios hubo solo uno y se llama Michael Jordan, no Phil Jackson, como a muchos nos gustaría pensar. Necesitamos humor para ocultar, como Eugenio, la tragedia que nos acompaña.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS




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