Zidane miente


Créanme, tengo varios motivos objetivamente más graves para pasar una mala noche que haber perdido un partido de liga autonómica en Palencia. Es más, cualquiera los tendría, la vida es complicada, el trabajo escasea y se ciernen diferentes amenazas sobre la libertad y el bienestar social. Y, sin embargo, a lo único que se ha dedicado mi cerebro la pasada noche de domingo es a repasar mentalmente el partido, a analizar una a una las jugadas, la toma de decisiones, la capacidad estratégica que uno tiene como entrenador, también a planificar el próximo, una posible revancha. Y aunque de vez en cuando me aliviaba a mí mismo repitiendo como un mantra las palabras que está empleando Zinedine Zidane para no naufragar en medio de la mayor crisis de resultados que ha vivido el Real Madrid en décadas, me parece que el francés está más jodido de lo que aparenta.

Tenía que confesarlo. Estoy hasta los cojones de que las victorias me dejen un leve regusto de satisfacción que apenas alimenta la motivación antes de encarar la semana y las derrotas, en cambio, estos dolores de cabeza que hipotecan el descanso y, en última instancia, la salud. De verdad, cuando empiezo a repasar los partidos perdidos por mi equipo, sobre todo los igualados, aceptaría ser el responsable de crímenes abominables cometidos contra la humanidad, no tendría dudas de haber colocado los explosivos nucleares a bordo del Enola Gay. La noche después de una derrota nunca me contento con las explicaciones salvíficas; soy incapaz de dar por buenas las razones que me exculpan, que me hablan de una capacidad de acción limitada (ya saben, uno no puede meter los tiros).

Maldito ego el del entrenador, qué autodestructivo se vuelve cuando te lleva a considerar que victorias y derrotas (más estas últimas) pasan únicamente por tus manos. Y sabes que son dos impostoras, enemigas del proceso y del trabajo, pero también que lo mediatizan todo y terminan afectándote. Cuando juegas, juegas a ganar y cuando pierdes, es evidente que algo se pudo hacer mejor. Pero no es probable que tengas siempre razón cuando piensas que fulano debió jugar más. Y también aquel otro y, por supuesto, el otro. O sí, pero vaya, que al final solo puede haber cinco jugadores en el campo y no hay constancia de una mejora obligatoria del rendimiento.


Así que “seguir trabajando”, “perseverar” o “insistir” son las fórmulas correctas para abandonar este estéril circunloquio y seguir avanzando. Sobre todo porque lo que toca es demostrar que mantienes intacta la fe, lo que ahora vuelve a ser cierto, aunque no lo fuera durante la noche, y contagiar a los jugadores para que suban el nivel en los entrenamientos, defiendan más duro y metan más tiros en los partidos. Toca asumir este discurso, actuar con una inquebrantable firmeza en tus posibilidades y en las del equipo e ignorar lo que tú, entrenador de club de baloncesto en Castilla y León sabes muy bien. Que Zidane, entrenador del equipo con mayor presión del mundo, miente cuando dice que está tranquilo. Y que no es fácil, ni siquiera muchas veces divertido. Puta droga esta.

Cómo tener un hijo profesional


Ayer asistí a las finales del Campeonato de España cadete de selecciones autonómicas en las que la Comunidad de Madrid se impuso con claridad a Andalucía sirviéndose de un juego roto (o por conceptos, como prefieran) y, especialmente, de unas mucho mejores aptitudes atléticas (citius, altius, fortius). En la grada, imagino, muchos de sus familiares, expectantes ante la cita y conscientes, supongo, de contar con un deportista excepcional en sus casas: estar entre los doce mejores (no siempre) de su generación en una comunidad autónoma de esas características deja margen para soñar.

Eso sí, a esos padres habría que decirles que el baile no ha hecho más que empezar y que, contra todo pronóstico, hay una alta proporción de jugadores en ligas profesionales o semiprofesionales que no participaron de este tipo de campeonatos porque aún no se habían desarrollado físicamente, pero también porque ese tiempo en el que los técnicos de las federaciones primaban los objetivos competitivos, estos, los excluidos, lo dedicaron a mejorar sus habilidades individuales, su manejo de balón, el control de su cuerpo; los fundamentos, en definitiva. Pero tampoco canten victoria esos padres cuyos hijos se han pasado las navidades tecnificando en sus clubes o acudiendo a campus. Seguro que ahora pasan y tiran mejor, pero hay tantas variables que entran en juego que lo mejor es resumirlas brevemente antes de hacer una apuesta arriesgada. Seguro que me dejo muchas, así que ayúdenme, si lo desean, con sus comentarios.

1. Preguntar, o averiguar si preguntar le parece demasiado impertinente, el historial genético de su pareja antes de ponerse al lío. Lo siento, pero el porcentaje de personas por encima de 1,90 se invierte cuando comparamos la sociedad y la cancha. De las doce plazas que componen un equipo, solo dos, tres en el mejor de los casos, quedan reservadas para pequeños. Luego el 80 por ciento de la población se pelea por el 20 por ciento de las plazas en el “backcourt” a la inversa de lo que sucede en las posiciones de alero. Echen cuentas y tengan presente que la tendencia de poblar la pista de jugadores espigados de gran envergadura es imparable y empieza a afectar al tradicional nicho de los pequeños: la posición de base.

2. Tener suerte (o saber elegir) con los primeros entrenadores de sus hijos. Un buen entrenador sembrará de entusiasmo el camino. Un mal entrenador puede, directamente, hacer que lo abandone. Un mal entrenador hará todo lo posible para ganar. Uno bueno, todo lo que esté en su mano por formar. Subraye este punto si su hijo destaca por su tamaño en las fotografías de la escuela. De ello depende que se pase su infancia yendo de aro a aro abusando de su tamaño o que pueda llegar a ser un jugador completo.

3. Colaborar con el entrenador (si este es como debe ser), reforzar sus mensajes de esfuerzo, disciplina y humildad. Aceptar que una persona ajena a la familia se ocupe de una parte esencial de su educación y poner todos los medios –es decir, ninguno– para que pueda llevar a cabo su labor. Practique la invisibilidad en las gradas.

4. Compartir los sueños de su hijo o hija. Hacerles partícipes de las dificultades, pero visualizar con ellos la meta. Nadie ha alcanzado un objetivo que no haya imaginado antes. Si su hijo tiene las aptitudes y actitudes necesarias y un entusiasmo desproporcionado, los miedos y precauciones propios deben quedar bien sellados en una caja fuerte. Todo ello sin perder el equilibrio y evitando mezclar las agendas: su felicidad no puede depender nunca del rendimiento deportivo de su niño o niña.

5. Tener las maletas preparadas. El determinismo geográfico choca con todas las teorías del “si quieres, puedes”. No es lo mismo que cada dos domingos haya un partido profesional de baloncesto o que no lo haya, que tu club pueda ofrecerte entrenamientos individuales y un trabajo especializado de gimnasio que hacer dinámicas de grupo y recibir las indicaciones como un miembro más. No es lo mismo ser el mejor de tu equipo, dominar cada entrenamiento casi sin esfuerzo, que tener que superarte cada día para coger un rebote, generar un lanzamiento o conseguir una línea de pase. Y eso, muchas veces, solo lo ofrecen determinadas ciudades y clubes.

6. Educar en la humildad, pero no en la modestia. La humildad es siempre buena consejera, amiga íntima del trabajo y de la atención a los consejos bienintencionados. La modestia, en cambio, en cuanto que “carencia de vanidad” es limitante, familia de la profecía autocumplida y de la explicación que tranquiliza al mismo tiempo que nos mantiene anclados en el mismo lugar. El límite, como la distinción semántica entre ambos vocablos, es casi inapreciable, pero definitivo. Aplique esto en la educación de sus hijos, premiando los primeros comportamientos y cortando los segundos. De la soberbia y el engreimiento ni hablo. Hay jugadores investidos de estos valores, es verdad, pero no los querría ni en mi equipo ni en mi casa.

7. Practicar el optimismo en la vida diaria, al afrontar los inevitables contratiempos relacionados con la salud, la economía o los afectos. Generar un entorno libre de drama o susceptibilidades exageradas, normalizar lo excepcional. No sé por qué, pero llegado a este punto pienso en la familia Gasol.

8. Tirarse con paracaídas. Primar la educación, hacerla compatible con los entrenamientos, aunque ello implique madrugar o trasnochar. Si algo ha caracterizado al baloncesto, en la comparación con otros deportes, es su vinculación con la escuela, la formación de muchos de sus mejores representantes. Esta seguridad restará trascendencia a los pequeños fracasos, esos que son necesarios como parte del aprendizaje pero que, mal interpretados, llevados a su última expresión, pueden comportar el abandono.

9. No olvidar la primera




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Mientras guardaba silencio


Individual o Zona cierra 2017 con solo veintidós entradas, mínimo histórico de un blog que cumplía siete años el pasado 23 de junio, víspera de una noche de hogueras que preludiaron, al menos en mi caso, un intenso verano de campus entre Béjar y Espinho pasando por Mallorca y Madrid. Aquellas fueron semanas de aprendizaje y crecimiento personal, puede que también profesional y, por encima de todo, preciosas oportunidades para conocer a un conjunto de personas que encuentran en el baloncesto una ligazón que convierte en secundario y prescindible todo lo demás.

Y aunque la mayor parte del tiempo guardara silencio, manteniendo a raya el impulso comunicativo que me lleva a escribir y publicar con alta periodicidad sobre este y otros temas, lo cierto es que 2017 ha sido un año productivo en cuanto al conocimiento del deporte, de la faceta educativa y didáctica que comporta y también de mí mismo, en cuanto que compañero inseparable (el hombre que siempre va conmigo) del entrenador y pedagogo que pretendo llegar a ser. Estas son algunas lecciones que aprendí:

1. Empieza por ti mismo. Pon orden en tu casa y tus asuntos. Llena de armonía tu salón. Pon nombre a los demonios para desmitificarlos, sacude con frecuencia las alfombras. Alcanza, en definitiva, una estabilidad en medio del temporal. Cuando entrenamos, mucho más que contenidos concretos o valores previamente tamizados, transmitimos lo que somos, el yo pero también su circunstancia.

2. Se trata del proceso. En efecto, se trata del proceso y no bastaría con escribirlo una tercera vez para poder interiorizarlo. Se trata del proceso (voy a probar, por si acaso), pero demasiadas inercias van a intentar desviarte de esta creencia. Se trata del proceso pero, si no tienes experiencia o principios muy sólidos, acabas cometiendo el error de perderlo de vista y enfocarte en el resultado, de compartir con tus jugadores que una victoria lo puede todo. Y entonces ya será tarde para quitarle dramatismo a la derrota, para hacerles comprender que el cómo va antes que el qué, y no solo en el diccionario.

3. Que la del entrenador sea una actividad solitaria es solo una posibilidad, una forma de hacer las cosas. Tras haber tomado contacto con entrenadores de gran nivel me he dado cuenta de que el camino es mucho más tortuoso si se camina sin mapa ni compañía. El túnel se convierte en un mirador si añades otros puntos de vista. La inclinada pendiente en un suave repecho si te espera, y lo aceptas con sinceridad y sin reparos, un gesto de comprensión y de ánimo al subir al autobús o al llegar a casa.

4. Si el sabor de las mieles del triunfo apenas sí deja un leve regusto en el paladar, una sonrisa discreta (o una gran celebración, da igual), no debemos dotar a la derrota de ínfulas inmerecidas e innecesarias. No es que triunfos y fracasos sean dos impostores, que también, es que son puntos finales o, como mucho, nuevos puntos de partida. Postales de puertos o playas que, en cualquier caso, debemos dejar atrás, en un modesto cajón de la memoria.

5. No deseches información, por anecdótica que parezca. Échale imaginación y verás que cualquier fuente de agua, por escaso que sea su caudal, puede terminar confluyendo y jugando a tu favor, aportándote claves imprescindibles en la dimensión humana y técnica. Este año he acudido a varias jornadas de formación para entrenadores y, sin ánimo de desacreditar lo que allí aprendí, las mejores enseñanzas me las dejó el kickboxing.

6. Más no siempre es más. Ni menos es siempre es menos. Con ello pretendo poner en valor el baloncesto de formación sin las connotaciones que lo terminan definiendo como una pasarela hacia la élite. Si de verdad, y no solo de palabra, creemos en que se trata del proceso, cualquier entrenamiento o partido es igual de importante, con independencia de la edad y la categoría, más allá de la atención mediática. Aunque no me hagan mucho caso, tal vez todo esto tenga que ver con que este año me encuentro muy vinculado a la categoría mini y me encanta la naturalidad con la que se juega, la nobleza con la que se comportan los jugadores y la ausencia de representantes en las gradas (salvo aquellos padres que no entendieron su papel).

7. Entrenar es un trabajo, sí, que requiere de vocación y formación, que exige planificar y ejecutar y que, como muchos otros, se realiza delante del público con el añadido de que se hace mirando a los ojos, no de funcionario a administrado, sino de alma a alma. Entrenar es una forma de educar como cualquier otra, que te hará tan rico o pobre como cualquier otra, pero que está claramente encaminada, si creemos en eso del proceso y no nos desviamos, a que las futuras generaciones, a lo largo de un exigente camino orientado a la mejora de las capacidades personales (en este caso driblar, pasar y tirar), puedan vivir bien, de forma honesta y sincera, comprendiendo al otro y aceptándose a uno mismo sin margen para la resignación o el conformismo. Entrenar es un trabajo se cobre lo que se cobre

P.D. Esto para un buen amigo que ayer mismo me comentaba que se avergonzaba de decirlo y para mí mismo, que llevo muchos años reduciendo aún más mi ya de por sí tenue hilo de voz al afirmarlo.


UN ABRAZO Y FELIZ 2018 PARA TODOS

Más que una "J"




La noche del pasado sábado la pasé realmente afectado por la imagen que había dado mi equipo cadete en la liga autonómica de Castilla y León, por lo mal que competimos en la segunda parte, cuando todo estaba en juego al descanso. No me servían como excusas las lesiones ni la superioridad física del rival. Habíamos fallado en la comprensión de aspectos muy básicos de la vida de un equipo: no habíamos peleado unidos ni aceptado el reto de competir hasta el final.

Por eso apenas presté atención a una corrección técnica que al final del encuentro un árbitro, de forma bien intencionada, le hacía a uno de los jugadores de mi equipo por su manera de botar. “Hace acompañamiento siempre” (se lo habrán señalado dos veces en toda la temporada), me comentaba y yo le aceptaba agradecido el consejo enterrándolo en el fondo del saco donde guardo todo lo que tenemos que entrenar y mejorar. Y por supuesto no voy a pedirle a mi jugador que cambie su naturalidad, esa adaptación que le permite suplir su falta de explosividad, de exuberancia física. También es talento forzar los límites del reglamento.

Sirva esta anécdota para ilustrar la diferente concepción de árbitros y entrenadores, actores igualmente necesarios para que el baloncesto pueda seguir desplegando sus alas. Yo me llevaba a casa numerosos aspectos sociológicos, psicológicos, también técnicos y tácticos sobre los que reflexionar y él, además de un acta que entregar a la entidad gestora de la competición, la conciencia de haber ayudado a un jugador a adaptar su juego a la norma. Yo me iba jodido y él satisfecho; él con todo hecho, yo con todo por hacer.

Escribo esto desde el respeto que profeso por los árbitros como colectivo y también, faltaría más, de manera particular. Condeno cualquier protesta de mis jugadores y procuro ser educado y generoso con su actuación desde la convicción de que ambos estamos aquí para hacer mejor el baloncesto. Hace dos años que no recibo una técnica y no creo, en absoluto, en la función catártica de una exageración histriónica como la que tantos practican tratando de encontrar en el fondo del colegiado una señal de debilidad que le incite a alterar el criterio a favor de los intereses de su equipo. Todo esto es verdad, pero estoy con Jota.



Sí, estoy con el entrenador del Tecnyconta Zaragoza, con quien comparto mucho más que una consonante en el nombre: al menos una inmensa pasión por el baloncesto, la competición y la enseñanza. De Jota admiro su capacidad de trabajo –qué no habrá hecho por llegar donde está–, el haberlo arriesgado todo por conseguir su propósito en el mundo del baloncesto. Ahora también la claridad con la que se expresó ante una situación que consideraba injusta (el diferente criterio a la hora de juzgar la agresividad defensiva en ambos lados de la cancha), que empezó sacando de quicio a uno de sus mejores jugadores y afectando al estado de ánimo general de su equipo, lo que, entre otras muchas cosas, que también comentó en rueda de prensa (soluciones individuales, pérdida de concentración), terminó costándole, además de una expulsión por doble técnica, una derrota que los mantiene en la parte baja de la tabla, allí donde se duerme infinitamente peor y empieza a correr riesgo el pan de los hijos.

El tono de su rueda de prensa fue duro, pero sus palabras estuvieron bien seleccionadas. Quizá sobró la alusión personal, pero lo hizo desde el convencimiento de que el asunto se estaba desarrollando en dichos términos: de nombre propio a nombre propio. Jota reclamó para su equipo, que es también el de una ciudad, unos patrocinadores y una masa social respeto, solo eso. Jota, aunque puede que influenciado por una visión parcial, pidió igualdad de criterio (algo complicado, es cierto) y una comunicación abierta con los árbitros, no para convertirlos en protagonistas, sino para poder saber a qué atenerse (¿por qué aquella mano sujetando el antebrazo se señaló y aquella otra no? ¿qué vio distinto?) en la búsqueda de una uniformidad de criterio que permita disolver toda sombra de duda, pensar que a alguien pueda provocarle dentera su mera presencia lo que, a la postre, provocará, de forma consciente o inconsciente, decisiones equivocadas que perjudicarán a su equipo.

No hay duda: los mejores árbitros son aquellos que entienden el origen de las ojeras, la tensión de los jugadores; los que se comunican con naturalidad, seguros de sí mismos, y no solo por su conocimiento del reglamento, sino también por la capacidad para gestionar las emociones que suscita la competición, el encuentro agonístico entre dos contendientes que han aceptado medirse en igualdad de condiciones, cinco contra cinco a lo largo de cuarenta minutos. Estoy seguro de que la mayor parte de árbitros ACB son los mejores de nuestro país también en estos aspectos, pero a pesar de todo estoy con Jota, pues no dudo de la génesis de su enfado ni de la esencia de su queja.

Él es mucho mejor entrenador que yo, pero, en otra escala, en otra ciudad, y con mucho más en común que una simple J en el nombre, yo sé mejor que ningún árbitro cómo pudo pasar esta noche Don José Ramón Cuspinera. Mucho ánimo, coach.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

La orfandad del autodidacta


Debió de apiadarse al ver que todas las bolas salían disparadas a la derecha con efecto de slice. A mis diecisiete años, recién iniciado en el golf por una especie de ingenuo enamoramiento, aún no era consciente de que la velocidad de desgiro de mi cuerpo era superior a aquella con la que el palo se desplazaba alrededor del mismo para impactar con la bola, de forma que siempre la alcanzaba con la cara abierta y hacia la punta. Yo solo quería imitar a los profesionales que veía en la tele, especialmente a Sergio García, un genio con un swing heterodoxo y extravagante; un mal ejemplo para un principiante, ahora no me cabe duda. Entonces llegó Dani, el profesor del club, juntó mis piernas y me obligó a hacer el swing sin desplazar el peso hacia la derecha, simplemente haciendo girar el palo en torno a mi tronco. Las bolas empezaron a salir rectas, con altura, bien golpeadas. Un mes después, tras verme realizar tres buenos movimientos y dar tres golpes largos y rectos, me invitó a pasarme por la casa club a firmar mi licencia federativa. Sin embargo, aquella solución que por momentos creí universal no me sirvió aquellas otras tardes en las que la bola salía baja y a la izquierda, topada o taconada provocando en mí una profunda desesperación.

Tampoco tuve entrenador en mi época como portero de fútbol sala, un puesto al que llegué por incompetencia pero en el que terminé sintiéndome profundamente realizado. Durante muchos años disfruté ordenando la defensa, siendo el último baluarte del equipo. En ese tiempo recibí consejos de todo tipo, a veces contradictorios y terminé desarrollando una suerte de instintos que me permitieron manejarme con cierta soltura y oficio bajo los palos. Sin embargo, echando la vista atrás, admito que me hubiera gustado contar con alguien que me acompañara en una de esas mañanas en las que la inspiración me dio de lado y la materia con la que están hechas mis manos parecía ser fácilmente traspasable por los balones del oponente.

Aprendí a jugar al baloncesto tratando de imitar a Herreros, Villacampa o Raül López, como un borracho que se cree Paul Newman abordando a una bella mujer a punto de que cierre el bar en el que consume su vida. Repetí muchas veces movimientos de forma inadecuada, desde una percepción equivocada de mis sensaciones corporales, creyendo estar ejecutando un gesto perfecto y no la contorsión circense (no precisamente de trapecista) que en realidad estaba llevando a cabo. A pesar de todo alcancé el límite de mis posibilidades, me divertí jugando de base con algunos amigos y acumulando ciertos méritos en ligas provinciales. No fantaseo con un presente mucho mejor de haber estado a las órdenes de Obradovic, pero sí hubiera querido que me hubieran ayudado a interpretar las claves motrices, técnicas y tácticas que veía en la televisión. Coño, y que me hubieran dicho que no podía tirar en suspensión como Tracy Mcgrady desde mi mucho más modesto 1,77 y mis veinte centímetros de salto vertical.

Y ahora quiero ser yo el entrenador. Enseñar sin haber sido enseñado, demostrar desde el orgullo con el que siempre abordé el autoaprendizaje que todo es posible, que no hay saber esotérico que quede fuera del alcance de quien tenga la motivación suficiente, la imaginación necesaria, el tiempo y una obstinación casi patológica. De ahí que mi método no pueda tener escuela, beber de fuente (o botella de ron) alguna, recordar a nadie más allá de a Nacho Iglesias, con quien tuve la suerte de coincidir una temporada en Santa Marta. Y lo echo de menos, sí. Echo de menos tener a quién llamar en esas noches en las que nada funciona, en las que el método no se traduce en aprendizaje y el fundamento no llega al entendimiento del chico que entrenas, de lo que te percatas cuando comprendes, con diez años de retraso, que su gesto técnico se parece al que hacías cuando en el parque pensabas que eras Kobe Bryant.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Por si es la última




Siendo muy conscientes de que cualquiera puede ser la última cerveza, el último café. Sin aceptar el fatalismo que podía anunciar la gravísima lesión de Gordon Hayward, alero titular y rutilante adquisición del pasado verano, los Boston Celtics lideran con paso firme la NBA, más aún tras remontar y vencer en su cancha a los Golden State Warriors, máximos favoritos a conquistar de nuevo el anillo de campeón. Con esta son catorce las victorias consecutivas, muchas de ellas logradas sin el soporte de su particular Big Three y otras tantas superando diferencias en el marcador que a muchos equipos hubieran invitado a pensar en el partido siguiente.

Lo hacen liderados por un entrenador que, por su carisma y fácil entendimiento del juego y la naturaleza humana, está llamado a ocupar uno de los asientos de honor en las reuniones en las que, fantaseo, los más grandes de siempre se juntan para charlar de baloncesto. A sus 41 años, y tras lograr la proeza de llevar a Butler, una modesta universidad del estado de Indiana, a jugar dos años consecutivos el partido por el título, todo el mundo en Boston sabe que su futuro y el de los Celtics van a estar ligados mucho tiempo.

Así, aunque de férrea disciplina e infatigable trabajador, lo que más destaca de su método es la imperturbabilidad de ánimo con la que afronta la adversidad, la flexibilidad y originalidad en la búsqueda de alternativas. Tanto es así que en ocasiones lo miro y creo que se está repitiendo internamente aquel lema de la canción de Los mitos, ya saben, “es muy fácil, si lo intentas”. O ese otro que dicta “a cada problema una solución”. Eso es al menos lo que transmite, lo que me queda de haberlo ido siguiendo, partido a partido, en su particular curva de aprendizaje.

Marcus Morris decía de él, al finalizar uno de los últimos partidos de esta impresionante racha que es un gurú, lo que seguro que tiene que ver con la efectividad con la que los Celtics anotan tras tiempo muerto, pero más aún con el modo en el que sus jugadores se sienten protegidos y guiados en la pista. Creo que ningún equipo de la NBA, ni siquiera estos fenomenales y muy conjuntados Warriors, tiene tan asumido el reparto de roles y la idea de depositar en préstamo lo mejor de las esencias individuales para beneficio del colectivo. Esto es, la noción amplia del concepto “aportar”, mucho más allá de lo que pueda decir la tan pobre estadística.

Veo en Boston un equipo generoso, que se pringa en todas las acciones sin balón (bloqueos, bloqueo de rebote, lucha por los balones sueltos, bumps en la defensa de los cortes y de los bloqueos directos), que utiliza las manos, tanto sobre balón como en línea de pase, que se comunica, como bien demuestra su defensa de constantes cambios en los bloqueos y en el que es difícil apreciar un grano de egoísmo: un tiro mal seleccionado (que Irving fuerce situaciones es algo asumido por el conjunto de los compañeros), un balance sin hacer, un reproche con malas maneras,…

Miro a los Celtics –que son mis Celtics, es verdad, lo que resta objetividad a todo lo escrito hasta ahora– y veo a un equipo que transmite emociones, que siente verdadera devoción por el juego y en el que, a pesar de saberse parte de un negocio, sus miembros conciben de manera estrecha la convivencia, ese sentido de la urgencia en las relaciones humanas y en el disfrute del momento presente al que tantas veces restamos valor y que la muerte, como la que el miércoles golpeó tan duro a Jayleen Brown (falleció su mejor amigo del instituto y fue duda hasta escasas horas antes de un partido en el que fue el mejor jugador) suele traer al primer plano en forma de recordatorio póstumo y tardío.

Hay muchas explicaciones, muchos motivos que explican las catorce victorias consecutivas, pero uno fundamental es que los Celtics juegan con la pasión y la urgencia de quien sabe que cualquier cerveza puede ser la última.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

El arte de entrenar






Cuando uno comienza a entrenar equipos en el patio del colegio se dedica a solventar problemas, a plantear retos inconexos a sus jugadores, a trasladarles una visión del baloncesto necesariamente parcial. Son días de inventar sobre la marcha, de probar lo último que se ha visto o leído y de transmitir una pasión ingenua que puede, o tal vez no, sobrevivir en el tiempo. Entonces uno carece de método –tal vez ni siquiera se haya planteado que pueda existir uno–, desconoce el destino y, por lo tanto, le da igual cómo sople el viento y hacia dónde orientar sus velas. Repite dinámicas que ha probado como jugador o traslada a su realidad, y sin adaptación alguna, el entrenamiento individual del último MVP de la NBA y, a pesar de todo, por estar cerca de sus jugadores en términos de edad y aspiraciones, por gozar de un entusiasmo que aún no ha sido puesto a prueba por las dificultades propias del camino, engancha a los chicos.

Pasados unos años aprende, a base de acumular experiencias, qué es lo que hace falta para dirigir un grupo, crear un equipo competitivo y, por eso mismo, se dota a sí mismo de un plan y un método, en prácticas ambos, como es lógico. Adquiere también una mente analítica que va más allá de lo que está sucediendo en apariencia y reacciona con mayor prontitud ante los retos, de todo tipo, que inevitablemente surgen a lo largo de una temporada. Poco a poco, a través de charlas, diálogos con otros entrenadores, visualización de partidos y autocrítica va conociendo el oficio y adquiriendo una mayor variedad de respuestas. Así, al final de un largo proceso, con avances y retrocesos, ensayos y errores, convivencia con la presión exterior, pero también interna, podríamos llegar a hablar de un entrenador.

Si además se cuenta con un carisma especial, un don para la comunicación y la motivación, un conocimiento profundo del alma humana y de todos y cada uno de los fantasmas que la rodean; si uno tiene una capacidad por encima de la media para encajar los golpes, asumir los fracasos y extraer energías de la propia desesperación y, además, se alía con su causa el azar, estaremos hablando de un gran entrenador en términos profesionales. De un entrenador de talla mundial, capacitado para entrenar en ligas internacionales, universidades norteamericanas (si además aúna las virtudes éticas y disciplinarias propias del maestro) e, incluso, en la NBA.

Pero permítanme que reserve una categoría especial para aquellos que conciben, o concibieron, esto de entrenar como algo casi místico, una suerte de actividad artística desligada, si acaso, de alguno de sus cánones fundacionales, pero análoga en muchas otras de sus características. Aquí estaría el entrenador “genio”, enfermo del detalle, escultor incansable de piezas impolutas, que concibe su oficio como un ejercicio inevitablemente moral y deudor del que en el pasado ejercieron los grandes maestros a los que, por respeto, no aspira a imitar. Para ellos no importa tanto el método o el plan, pues lo dominan hasta tal punto, como la filosofía que quieren inspirar a través de su obra baloncestística. Y esta filosofía es la de la perfección.

Todo ello tras leer unas magníficas palabras que firma Stefan Zweig dedicadas a Arturo Toscanini, de las que rescato algunos párrafos que me hicieron pensar en todos los genios a los que he visto entrenar, aunque haya sido en televisión. Pongan ustedes, si quieren, los nombres.

Toscanini odia la conciliación en todas sus formas. Desprecia en el arte como en la vida la gentil conformidad, el compromiso, el mísero darse por satisfecho (…). Toda voluntad que se obstina continuadamente en alcanzar lo inalcanzable y en hacer posible lo imposible, logra en el arte y en la vida un irresistible poder.

Tan pronto como la voluntad de Toscanini se vierte sobre una obra, adquiere de inmediato el poder de su santo terror, una fuerza que primero paraliza el sentimiento extasiado y luego empuja hacia mucho más allá de sus propios límites. Con la potencia de una descarga agranda, como quien dice, el volumen sensitivo musical de cada persona fuera de la medida en vigor hasta entonces; aumenta las fuerzas y posibilidades de cada músico y, casi diríase, aún la del instrumento muerto

Ensayar no significa para él crear, sino nada más que adaptar los elementos a esa magníficamente exacta visión interior, pues Toscanini siempre ha terminado ya su labor plástica cuando los músicos inician la suya

¡Trabajo de titán, empresa aparentemente imposible: un grupo de temperamentos y talentos heterogéneos llamado a sentir y a realizar con fidelidad fotográfica, fonográfica, la visión general de uno solo! Pero precisamente esa tarea, aunque mil veces ya realizada con gloria, constituye el goce y el martirio de Toscanini; y todo el que venera el arte en sus formas más elevadas como manifestación de lo moral, percibe cual inolvidable lección el asistir a esa manera de transformar, por asimilación, una multitud en unidad, y de elevar lo informe, con fuerza tensísima, a la perfección.

Se hace el silencio, rodéale aferrado un vacío, y en ese silencio óyese la voz de Toscanini, un cansado, un malhumorado: “¡Ma no! ¡Ma no!”. Suena como un suspiro de desengaño ese reproche doloroso. Algo le ha despertado, ha desilusionado a su visión; el sonido vivo que vibraba perceptible a todos no era el mismo que él, Toscanini, había oído con su órgano interno. Muy tranquilo aún, atento, dominador, trata Toscanini de explicar a los músicos su modo de ver. Después levanta la batuta, se recomienza en la parte imperfecta, y ya la ejecucion se acerca más a lo que interiormente desea, pero aún no se ha logrado la última concordancia, aún no se ajusta la ejecución orquestal del todo a la visión interior. Vuelve Toscanini a golpear, interrumpiendo; su explicación es ya más agitada, más apasionada, más impaciente; deseoso de claridad, se hace más explicativo y, poco a poco, desarrolla todas las fuerzas de la convicción, y el don gesticulativo del italiano se convierte, en su cuerpo magníficamente expresivo, en verdadero genio.

Sírvese con creciente apasionamiento de todas sus fuerzas de convicción, pide, conjura, mendiga, reclama, gesticula, cuenta, canta, se transforma en cada uno de los instrumentos que se propone animar; se forman en sus manos, visiblemente, los movimientos que deben realizar los que tocan los instrumentos de cuerda, de viento y de percusión. Y un escultor que quisiera representar simbólicamente la expresión humana de ruego, impaciencia, ansia, tensión e insistencia, no podría encontrar un modelo más maravillo que el de esos gestos formadores de sonidos que realiza Toscanini.

Pero cuando a pesar de su animación, de esa nerviosa manera de hacer visible, la orquesta sigue sin comprender y sin alcanzar su visión personal, la pena por esa imperfección humana, por ese no-alcanzar, se convierte en Toscanini en verdadero dolor.

Este espectáculo de la lucha resulta más y más conmovedor cuando Toscanini pretende arrancar a los músicos la última, la extrema forma de la obra, aquello con que él soñara y que él escuchara en las esferas. Su cuerpo se estremece de emoción, tiembla como un luchador durante la pelea, su voz se vuelve ronca de tanta animación, el sudor corre por su frente; después de esas horas inconmensurables de trabajo infinito parece siempre envejecido, exhausto; pero él no cede ni una pulgada de la perfección, de su soñada perfección. Empuja y exalta con una energía constantemente renovada hasta que, por fin, la masa de los músicos se ha convertido íntegramente en expresión de su voluntad y, su visión, intachablemente en obra.


Nunca goza el presumido bienestar, nunca lo que Nietzsche llama “la dicha parda” de la distensión, del estar encantado de sí mismo. (…) Lo consume un indómito anhelo de siempre renovadas formas de la perfección, y no es de modo alguno una pose de artista en ese hombre sincerísimo cuando al final de cada concierto, en medio de aplausos tumultuosos, se retira del atril como una mirada cohibida, avergonzada, tímida y sorprendida, y cuando agradece el entusiasmo atronador de la multitud a disgusto y solo para cumplir con la urbanidad. 



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Para toda la vida


El amor a la NBA lo puede todo: la ingenuidad infantil, la evanescencia adolescente, los escarceos de la recién estrenada edad adulta, la rutina condenatoria de la madurez, las ausencias y los olvidos de la senectud,... El amor a la NBA confirma aquello de “no hay amor como el primero”, pero también da pie a la promiscuidad, a enamorarse de unos y otros y a comparar entre jugadores, eras y equipos que marcaron época. Hoy, fecha en la que da comienzo una nueva temporada, todo es nuevo y viejo al mismo tiempo. El gusto por la NBA es nostálgico, sí, pero se renueva cada verano con la ilusión que generan las elecciones en el draft y los jugadores adquiridos vía traspaso.

En el caso de los chicos de mi generación, el amor por la liga americana de baloncesto no fue heredado ni transmitido –nuestros padres apenas seguían la NBA. Surgió una mañana, o una tarde, nadie lo recuerda exactamente, escuchando un nombre, leyendo una estadística, viendo el pasaje fugaz de un mate o un triple ganador. O pudo ser una estadística recogida en la revista Gigantes, una cifra monstruosa de puntos a la que ni siquiera Oscar Schmidt podía aspirar en su virreinato de Valladolid. O el símbolo de una franquicia, o la aparición de algún jugador haciendo un cameo en alguna de las series que nos hicieron perder la inocencia antes de descubrir la farsa de los reyes magos –puede que fuera Space Jam.

Los sonidos anglófonos, la melodía que suena de fondo en el Madison cuando atacan los Knicks, la moda ochentera y noventera con las chaquetas a cuadros, las blusas escotadas y los vaqueros entallados a la altura de la cintura de las mujeres. Una cultura que aún nos era ajena, exótica y por ello, si cabe, más atractiva que ahora. Un horizonte lejano del que nos llegaban los ecos del rock y el metal, los Cadillac y los Mustang y el cine de acción, con efectos especiales y del que solo echábamos en falta una pizca de erotismo (y a Maribel Verdú).

Después llegaron Montes y Daimiel a consolidar el flechazo. Qué pronto entendió el primero aquello de “that´s entertainment”, tema popularizado en el musical “The Band Wagon”, y qué bien se adaptó el segundo al ritmo frenético de narración de Andrés. De mote en mote, de anécdota culinaria en anécdota culinaria, fueron pasando las madrugadas y la era post Jordan se hizo menos dura a pesar de que el nivel baloncestístico tocara fondo. Todo lo demás fue engancharse a algún jugador con carisma, asumir los colores de alguna franquicia, su historia, y ligar a ella la propia felicidad.

Eso y disfrutar con la irrupción de dos jugadores especiales, y nunca antes vistos, como Lebron James y Kevin Durant, de una amplia gama de bases, del clasicismo hecho baloncesto de los Spurs de la temporada 2013-2014 y de la última evolución del "Showtime" en manos de un equipo, los Golden State Warriors, que ha contribuido decisivamente a definir una nueva forma de jugar al baloncesto basada en el acierto desde el perímetro, la constante movilidad de sus cinco jugadores (esto es lo nuevo, que sean los cinco), la ausencia de posiciones definidas en el campo y la apuesta por la versatilidad y polivalencia como clave de su defensa.


Así, pasados más de veinte años (aunque no sean nada) desde aquel enamoramiento infantil, una semana antes de la fecha habitual (que antes era el último martes del mes de octubre), renuevo mis votos de fidelidad a una liga que me ha hecho pasar alguno de los mejores momentos de mi vida. Queden, de paso, depositadas mis esperanzas en los Celtics, mis expectativas en un partido de ochenta puntos de Kevin Durant o Stephen Curry o en algún cuádruple doble de Anthony Davis y el deseo de que la NBA, aunque ya sin ese elemento de exotismo y desconocimiento que la volvía tan atractiva cuando éramos pequeños, siga enamorando a niños y jóvenes y enganchándolos al baloncesto de una vez y para siempre.  



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Missing you, Navarro






Ayer quise dedicarle un poco de tiempo a ver con detenimiento el Eslovenia-España que nos condena a luchar por el bronce en unas horas. No pude seguirlo completo en directo y el poco tiempo que lo hice no pude hacerlo con la concentración con la que me gusta observar estos partidos (sin el móvil cerca, centrado exclusivamente en el juego). De las conversaciones con amigos, muchos de ellos entrenadores y jugadores de baloncesto, quise sacar dos conclusiones: Eslovenia había jugado muy bien y nos había arrollado por un mayor ritmo y acierto y España se había suicidado, jugando poco con los interiores y demasiado tiempo con los dos Gasol en pista, con la rémora que eso supone a la hora de defender situaciones de pick and roll con cuatros abiertos como los que presentaba el rival, especialmente Randolph.

Efectivamente, como suponía, Eslovenia jugó bien. Castigó en el pick and roll a Gasol hasta la extenuación, tanto como lo hacía Nadal con el revés de Federer hace unos años. Una y otra vez, sin piedad, sabiendo sus problemas de movilidad, conscientes de que en todo momento tendría que medir su agresividad para evitar meterse en problemas de faltas, sabedores de que uno de los cuatro jugadores llamados a rotar sería Marc, emparejado con un exterior en la práctica como Randolph. Aquí España se la jugó por orientar hacia la mano menos peligrosa de los atacantes a partir de las nociones extraídas del Scouting. Conducir hacia la pantalla o negar el camino en función de qué dirección tuvieran que tomar Doncic y Dragic principalmente. Mientras, Gasol a la espera, protegiendo el camino al aro, impedido para la acción consecutiva del rebote, mal posicionado para luchar por la posición. Grande para evitar penetraciones, pero no segundas acciones en la continuación o en el lado contrario, donde nuestros aleros (incluido Marc) sufrían para dar auxilio a Gasol y recuperar a su hombre.

No hicieron mucho más los eslovenos que jugar bien la situación de pick and roll atacando el espacio entre el defensor del balón, que lo concedía, y el defensor del bloqueador, que flotaba. A partir de ahí algún floater, alguna bandeja (metidas y falladas con rebote ofensivo), algunos pases alimentando la continuación y muchos otros al lado contrario, donde los jugadores abiertos (lo que los americanos llaman en situación de spot up) castigaban con triples, con fintas y arrancadas o con rápidas circulaciones de balón, los closeouts (las recuperaciones defensivas) de los nuestros, con las nociones de técnica individual en la que los jugadores balcánicos siguen dándonos lecciones.

Es aquí donde más quejas podemos tener los aficionados sobre las decisiones del cuerpo técnico, que esperó al último cuarto para introducir una alternativa defensiva que parase semejante degüello, colocando una zona 2-3. Antes, qué sé yo, pudieron concederle el tiro al jugador al balón pasando de tercero, o exigirle, como hace Serbia con Marjanovic, asomarse un poco más cerca del bloqueo a Gasol impidiendo ganar el corazón de la zona a los bases eslovenos. Lo cierto es que una vez tras otra castigaron esta situación, una situación que pone en valor a todos esos jugadores eficaces en la defensa de hombres grandes y con la movilidad suficiente como para aguantar cambios defensivos en el perímetro. Pienso, claro, en Draymond Green.

En cuanto al ataque, poco que reprochar al planteamiento del seleccionador. Se mezclaron situaciones de juego interior (bastante variadas, por cierto) con otras de pick and roll, de la que muchas veces salieron tiros liberados o situaciones análogas a las que conseguía Eslovenia en el lado contrario, es decir, spot ups con ventaja para el receptor del balón. La diferencia es que en esas situaciones, con todos los respetos para jugadores que son excelentes, teníamos a San Emeterio, Sastre, Juancho o Ricky (que hizo un buen partido en líneas generales) y a ningún cuatro abierto que pudiera ocasionarle quebraderos de cabeza a los interiores que doblaban la defensa sobre Pau. Es cierto que, como indicaba Pepu Hernández en la retransmisión, el balón de España giró más lento que el de Eslovenia una vez generada la ventaja, pero también es cierto que lo hacía por manos menos diestras, más inseguras, menos dotadas para el “catch and shoot” o la arrancada tras finta para parada y tiro, gestos que los balcánicos podrían ejecutar dormidos.

Dicen los expertos que ambos problemas, el ofensivo y el defensivo podrían haberse arreglado con más minutos de Juancho al cuatro, pero es que al joven alero madrileño, a punto de cumplir 22 años, lo empujaron fuera del campo en la lucha por la posición tras un missmatch después de que Marc saltara a defender a Doncic y le quitaron dos rebotes defensivos por una cuestión de dureza. Yo digo, contra las voces que me criticarán por ello, que hubiera jugado más minutos con Navarro, quien al menos se fabricó tres tiros y alimentó a Gasol en un bloqueo y continuación, el único junto con el inicial de Marc que culminamos con claridad cerca del aro, lo que demuestra que a Navarro le siguen temiendo por Europa y enviándole defensores, algo que no ocurre con Ricky, Sastre, Juancho o San Emeterio.

También apunto que jugamos con menos dureza, que no supimos aprovechar tan bien como ellos las faltas que no conceden tiros libres y que ellos emplearon para detener contraataques, eliminar situaciones de missmatch o dejar sobradas muestras de que en su zona nadie pisaría gratis. Y recalco un elemento clave que puede ser significativo, tal vez por haberlo sufrido en un partido importante de la pasada temporada: No se puede empezar el tercer cuarto cuatro abajo y en un minuto ir perdiendo de ocho por dos balances que no hacemos (responsabilidad de nuestros exteriores).

En cualquier caso tenemos lo que tenemos. Un equipo muy mermado en posiciones claves, que hubiera sido otro con algo tan simple como un cuatro que pudiera meter tiros o fabricar juego desde el perímetro (Mirotic) o con algunas de las bajas en el exterior, incluida la de José Manuel Calderón por decisión técnica. Con Llull, Rudy, Calderón o Abrines en pista, los eslovenos hubieran dudado a la hora de sobremarcar los balones interiores y las situaciones de bloqueo y continuación o, en su defecto, hubieran pagado el peaje por hacerlo, cosa que el jueves no pudimos hacer por una notoria falta de talento y acierto.

Un equipo mermado, sí, pero también un conjunto histórico, no lo olvidemos, que despide esta tarde a uno de sus estandartes, un Juan Carlos Navarro que ha sido el Robin perfecto de Pau, el mejor dos posible para que el de Sant Boi pudiera hacer de las zonas rivales territorio conquistado. El mejor escolta, en los dos sentidos del término, de la historia de nuestro baloncesto.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Reverdecen los tréboles




Hay una regla no escrita que planea sobre la atmósfera de los despachos físicos y virtuales de la NBA que dice que el equipo que recibe al mejor jugador es, a la postre, el ganador del intercambio. En sencilla aplicación de esta norma los Boston Celtics son los ganadores de la noche tras adquirir a Kyrie Irving a cambio de Isaiah Thomas, Jae Crowder, Ante Zizic y la primera elección de Nets en el próximo Draft.

Un precio demasiado elevado, tal vez. Menos si tenemos en cuenta que el pequeño base, ahora de los Cavaliers, pretende pedir el máximo salarial al final de la temporada y que Jae Crowder, un efectivo complemento en estos años en Boston, estaba cerrando el camino a dos jóvenes perlas con un potencial muy superior al del alero saliente: Jaylen Brown y Jayson Tatum. Duele, si acaso, ver escapar esa próxima elección del draft, alta a buen seguro si el rendimiento de los Nets resulta tan pobre como se espera.

Entiendo la apuesta de Ainge, sembrador paciente estos últimos cinco años, pero con ganas de reunir al fin un equipo que no se contente con ser finalista de conferencia. Con Irving libre de ataduras y con un sistema, como el de Boston, que, sin interiores de verdad, genera buenas oportunidades para los exteriores, pocos ataques de la liga aspiran a ser tan eficaces. Acompañado de un perro de presa como Smart, de ese culmen de la eficiencia ofensiva que resulta ser Gordon Hayward, de un cuatro abierto correcto como Morris y de Al Horford, un base encerrado en el cuerpo de un pívot, Irving no tiene excusas para no “explotar” con una temporada próxima a los treinta puntos por encuentro y el ejercicio de un liderazgo que ya ejerció al frente de la selección norteamericana en ausencia de Durant y James durante el Mundial de 2014.

La llegada del ex jugador de Duke incrementa al mismo tiempo el atractivo de la franquicia, un valor difícil de medir pero que se está comportando como factor clave a la hora de formar equipos ganadores. Que el talento llama al talento es más evidente que nunca en esta época de inflación salarial a pesar de los intentos de la NBA por frenar esta tendencia a la “conglomeración”. Irving puede ser la antesala del hombre grande llamado a culminar el renacimiento de la franquicia, el definitivo reverdecer de laureles y tréboles que los Celtics llevan preparando a fuego lento durante años.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS