Diario de un encierro. Día XX






"Ha llegado el profesor de baloncesto"


Desde mi cómodo encierro hogareño, al que le sigue faltando el tacto de personas especiales, la conversación inteligente, y sin pantalla por medio, con otras a las que también admiro, y la reconfortante soledad de mis cafeterías oficina, con sus seres anónimos y llenos de secretos, al menos para mí, hoy me he acordado de los chicos y chicas de la residencia infantil y del centro de menores en los que colaboro como “profesor de baloncesto”, ese nombre con el que alerta de mi presencia el guardia de seguridad de uno de ellos, y que, a pesar de gustarme, tan vagamente se ajusta al verdadero perfil de quien les escribe.

(No busquen la conexión entre párrafos, quizá no la haya). Esta tarde he estado siguiendo a unos cuantos amigos charlar sobre minibasket, abarcando un amplio abanico de materias alrededor de su enseñanza. El seguimiento ha sido relativamente masivo, mayor de lo esperado, en cualquier caso, y el debate ha sido interesante. Yo me reconozco lego en la materia, entre otras cosas porque nunca he sabido expresarme en el lenguaje de los niños, o porque mi inteligencia es básicamente verbal, mucho más apta para convencer a quienes ya han formalizado la lógica del español y entienden las nociones abstractas de mis discursos y arengas. Yo sí creo, como sugirió Rafa Gil en el debate, que faltan entrenadores/profesores de minibasket, pero no creo, como se solía decir, que estos deban ser los que más saben de baloncesto. ¿El del senior al mini? En mi opinión no.

Es más, les diré lo siguiente. Creo que al hacer jugar a chicos tan pequeños a un deporte tan normado les cerramos en exceso el campo de posibilidades. Hacer convivir a diez niños y/o niñas en el 26x14 que suelen medir muchas pistas de minibasket, o en el 24x13 o inferior en el que los hacinamos a menudo, requiere de la intervención de un adulto, claro, por poco hay que llamar a las fuerzas de seguridad. Estoy casi convencido de que el nivel perceptivo de un niño que maneja un balón, incluso de un niño que juega sin balón, no va más allá del tercer nivel de lectura, siendo el primero su posición en el conjunto del campo y en relación con la canasta, el segundo su relación directa con el defensor y el tercero su relación directa con el compañero, y su defensor, más cercanos. Ojo, esto pasa también en senior. ¿Cuántos pases a la puerta atrás o a la continuación son interceptados porque no se ha llegado a reconocer la intervención de un tercer jugador?




También es necesario un adulto para que entiendan y compartan los objetivos del equipo: meter más canastas que el contrario. Incluso parece obligatorio que todos entiendan conceptos como línea de aro, línea de pase, ayuda, finta, cuestiones que un niño suficientemente estimulado por el juego podría comprender naturalmente si de verdad siente la necesidad de robar el balón y depositarlo en el aro: a estos los llamamos niños precoces. Entrenando colectivamente, porque parece inviable dar verdaderamente a cada uno lo suyo, equilibramos motivaciones y compensamos energías. Y claro, nos pasa como en la escuela, que el ritmo lo marca el individuo que estadísticamente se sitúa en la mediana, en la cúspide de la campana de Gauss.

Por eso creo que, sin desdeñar las experiencias que pueda añadir el minibasket al currículo formativo de una persona, es necesario combinar esta participación con su presencia en un deporte individual y, no sé por qué, me gusta el tenis por los desplazamientos y la coordinación óculo manual que exige, por su constante toma de decisiones (con toda la carga atencional y perceptiva que esta demanda) y por la necesidad que tiene el jugador de autorregular sentimientos de euforia o frustración, así como de comprender la globalidad del partido, su vertiente estratégica, hecho que, inopinadamente, en el baloncesto asumimos los entrenadores. Cuántas veces echamos de menos esa “lectura de partido” entre jugadores profesionales de baloncesto, cuántas esa capacidad para empezar mal un partido y terminarlo bien. Cuántas nos lamentamos por los déficit de atención. 



En fin, sé que esta reflexión no va a ninguna parte. Ni siquiera tiene un propósito concreto porque la tesis es, en sí misma, ambigua. Sirva de algo, si acaso, si nos hace más conscientes de lo que hacemos y nos invita a reflexionar sobre el valor de cada palabra y cada gesto, de cada segundo de entrenamiento. Sobre todo a los verdaderos profesores de baloncesto, de minibasket, a los que tanto admiro.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Diario de un encierro. Día XIX





Los agentes de la Continental


Pensándolo bien, podía haber sido mucho peor. Me refiero a la crisis del coronavirus, que podía haber llegado en 1989, y no en 2020, y haber sido gestionada por Micheletti, el entrenador del Snaidero Caserta, equipo que disputó la final de la Recopa frente al Real Madrid, un partido que, como tantos otros de aquella época, convendría no haber revisado con los ojos de la actualidad. De haber sido así, estaríamos todos rezando a la puerta de los hospitales para que Oscar Schmidt perpetrara un milagro, o para que Drazen Petrovic intercediera por nosotros en el más allá, donde se iría, tristemente, poco después.

Créanme, con el comentario sobre el entrenador italiano no quiero más que poner de manifiesto la evolución del baloncesto en apenas tres décadas. No suelo ser crítico con el trabajo de gente que ocupa puestos de responsabilidad, más aún cuando no los he visto trabajar diariamente y no he mantenido ni siquiera una conversación con ellos. Soy muy consciente de la dificultad de entrenar y por eso, normalmente, si adopto una posición en los debates a propósito de la misma, es la del abogado defensor, pero cómo hemos cambiado.

Si me diera por empezar a redactar mañana la novela de un tipo taciturno, solitario, amigo de sus amigos, y más aún de la noche, fumador, aunque a veces solo en privado, un tanto altivo cuando se le increpa y con un toque seductor que disimula cuando su esposa y sus hijos están delante, elegiría la figura de un entrenador de los 80 o 90, presa fácil de los abogados especialistas en divorcios, alter ego involuntario de los detectives de Chandler, solo que sin ese gusto obsesivo por las rubias. En este caso podían ser también morenas. O pelirrojas.



El hecho de que aún sobrevivan algunos entrenadores de aquella generación, habla muy bien de Darwin y de su teoría de la supervivencia del más fuerte. Los que siguen sentados en los banquillos han demostrado ser los que más sabían de baloncesto, los que mejor supieron rodearse y los que mejor se han sabido mover por las alfombras rojas del mundillo, también por sus cloacas. Y digo esto elogiándolos por su instinto, capacidad de persuasión y adaptación.  

Si el relevo generacional no ha llegado antes, amén de por la existencia de un cierto conservadurismo instalado en el imaginario colectivo del sector y un moderado clientelismo que hace que las redes de confianza se expandan muy lentamente, es porque estos detectives de la Continental gozan de toda una serie de valores para el liderazgo del que los jóvenes, más leídos y dotados, probablemente, de mayores competencias, carecen por cuestiones generacionales.

Conviven, por lo tanto, en la actualidad de los banquillos, los hombres (en este caso no abarca mujeres, una lástima) que lo aprendieron todo de la vida adentrándose en sus callejones más oscuros en los años 80 y 90 (Aíto, Pedro Martínez, Luis Casimiro, Salva Maldonado), los alumnos aventajados de estos, que ya han cosechado títulos muy importantes (Pablo Laso, Xavi Pascual, Joan Plaza), y los que vienen cosidos a los libros en forma de licenciatura, máster o posgrado.



En fin, todo para decir que echo de menos formación teórica, pero sobre todo experimental, en cuestiones de autogestión de las emociones, liderazgo, ética,... Manejo la teoría de que muchos de los grandes nombres del baloncesto universitario como John Wooden, Dean Smith o Bobby Knight se ganaron la confianza de sus jugadores al ejercer como maestros y guías y no únicamente como exprimidores de rendimiento. Tienes que amar a tus jugadores, como repetía a menudo Chuck Daly, podría ser el mandamiento único de la iglesia de los entrenadores y, sin embargo, seguimos empeñados en descifrar jeroglíficos, medir la distancia de un arco de meridiano o predecir la próxima pandemia. 



Juego a ser Brian aprovechando que esta noche pasaban en la 2 la famosa película de los Monty Python y os digo (me digo) lo siguiente: amemos a nuestros jugadores, forjémonos un carácter, trabajemos en nuestro carisma y seamos buenos maestros interesándonos de verdad en el futuro de dichos jugadores. Miremos, si no, hacia arriba. Y preguntémonos por qué los dioses del oficio siguen siendo los mismos, a pesar de todos sus excesos, y defectos.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Diario de un encierro. Día XVIII.




Cuando éramos honrados mercenarios


No sé por qué, pero quería utilizar el título de uno de los libros recopilatorios de columnas de Arturo Pérez-Reverte en esta primera entrada tras las diecisiete, en realidad dieciséis, que he venido publicando en la web de Sport Coach, espacio de referencia en la formación de entrenadores a escala local e internacional. Tal es el panorama que, presiento, se nos avecina de aquí a unos meses, cuando la contención del virus permita reconquistar las calles, dar a la ciudad mediterránea, y sus plazas, el ruido que con su brutal silencio demandan.

Se plantean varios escenarios y ninguno demasiado halagüeño. Mientras la población aprende a vivir sin deporte en directo, consolidando con su comportamiento el éxito de otras formas de ocio; mientras la enseñanza formal sobrevive a golpe de videoconferencia, plataforma y deberes, el baloncesto se encuentra absolutamente paralizado, y no solo porque no circule el balón por la cancha, sino porque no es una prioridad. Entre otras cosas porque no lo es.

En fin, les cuento. En mi club estamos inmersos en un ERTE, una solución que todos los actores asumimos como razonable ante una posible reanudación de la competición. La liga, en este caso LEB Plata, se encuentra aplazada indefinidamente pues la Federación, ante el temor de posibles denuncias, esperando que sea una entidad superior la que tome la decisión, no quiere sentenciar el caso y aclarar el panorama. Es lógico, como gestores, aplicar la teoría del parche y seguir haciendo funcionar la bicicleta mientras el terreno sea ligeramente favorable y la inercia supere el factor de rozamiento. Pero urge pensar en grande. Y a medio plazo.

Mi apuesta pasa por unificar las Ligas LEB en una sola, con 24, 28, 30 estructuras soportadas por una financiación mixta, equilibrada y suficiente. 24, 28 ó 30 proyectos saneados, viables y serios, con el respaldo de las instituciones, una masa social actual (o potencial) suficiente y unos cimientos que puedan soportar los vaivenes que ocasionarían futuras tempestades. Estas organizaciones podrían dar de alta a una plantilla de 18 a 20 trabajadores, 10 jugadores profesionales, 4 miembros del cuerpo técnico, 2 profesionales médicos y 2 ó 3 profesionales dedicados enteramente a generar valor para la propia empresa. Solo así podrían definirse, y seguirse, planes estratégicos, sinergias con la corporación municipal y la comunidad autónoma, con sectores secundarios y actividades económicas complementarias. Solo así podríamos aspirar a una estabilidad y a ofrecer, a fin de cuentas, un buen espectáculo.

El pastel se reduciría claro. Todos deberíamos profesionalizarnos, abandonar esas medias tintas que a la postre nos vuelven mediocres a nosotros mismos y al espectáculo que terminamos produciendo. En la indefinición solo hemos envejecido, si acaso, viendo cómo unos vecinos se morían y otros se mudaban, pero no hemos mejorado. Toca convertir el buen baloncesto en un producto escaso y codiciado, no apto para todos los paladares, para la cabezonería de un iluminado o el capricho de un nuevo rico.

Pero como esto no va a ocurrir, lo hablo a menudo con buenos amigos a los que no citaré porque me han pedido que oculte su identidad, toca sacar el fusil, encomendarse, tal vez, a un agente, preparar la maleta, dar un beso que tranquilice a la familia y empaparse de pelis y series de mafiosos, de cuando la Ley Seca, el período de entreguerras; de cuando, a pesar de todo, los periodistas, y también los entrenadores, aún podían definirse como honrados mercenarios.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Volleybasketball





Me encanta la red, su papel de frontera, una frontera que, como sucede con la línea divisoria entre dos estados, anuncia un fluido intercambio entre dos realidades distintas. Un intercambio mediado por esa malla que, situada a diferentes alturas, evita el contacto y exige nuevas y creativas formas de intimidación. Una malla que garantiza el respeto entre los contrincantes al fijar una distancia de seguridad y asegurar la inviolabilidad del otro, de su sagrado cuerpo.

No me ha extrañado mucho leer que William George Morgan, el creador del juego del voleibol había conocido a James Naismith y era profesor, al igual que este, de una YMCA (Asociación Cristiana de Jóvenes). Para su invención, precisamente, destacó la necesidad de encontrar un deporte más sosegado que el baloncesto, hecho en el que resulta clave la ya mencionada red. Tampoco extraña que se popularizara en Europa, de la mano de soldados americanos, durante la I Guerra Mundial. Balones en vez de granadas, debían pensar. Redes en lugar de trincheras. Qué alivio.

El origen cristiano se nota en su carácter bienintencionado y en el comunitarismo (Avant la lettre) que promueve como doctrina filosófica: la comunidad define al individuo. Así era también el baloncesto antes de que los medios de comunicación y la sociedad que los sustenta empezaran a demandar héroes, nombres concretos que ejemplificaran determinadas virtudes casi divinas. Así era el baloncesto, un deporte que en sus trece reglas originales no incluía la posibilidad de desplazarse con el balón en la mano (tampoco regateándolo), hasta que el bote, recientemente, se convirtiera en el gran protagonista de los ataques de los mejores equipos del mundo, también de los principales programas de formación.

Ahora ya es tarde para querer jugar a un toque, o a dos. Para fijar roles cerrados y, al mismo tiempo, establecer rotaciones que eviten una especialización excesiva. Sí veo, en cambio, cada vez más líberos en los equipos profesionales de baloncesto, jugadores conminados a las tareas defensivas, profesionales de lo suyo, incluso tan enérgicos y contagiosos como lo son estos especialistas del mundo del voleibol, tan especialistas que ni siquiera visten el mismo color de camiseta. Me sale el nombre de Matthew Dellavedova.

Pero nos costará ver en una pista de baloncesto la naturalidad con la que se globaliza el error de un compañero, no hay pausa para ello, es cierto, pero el siguiente balón muerto podría ser una gran oportunidad. Y lo mismo sucede con el éxito, digerido con mucha mayor indiferencia en el caso del baloncesto, donde la canasta se la apunta un jugador, además del equipo. Eso a pesar de que, sin desdeñar la complejidad del voleibol, el grado de cooperación que es necesario para anotar una canasta en estático es superior, también mucho más sutil (un corte, una pantalla, un buen pase previo al pase de canasta,…). Qué importante es la comunicación de todos estos detalles: el agradecimiento expreso, la manifestación verbal, su exposición pública. Y su reflejo en los contratos. Quizá también en las estadísticas internas del equipo, una manera de contabilizar y poner en valor el trabajo no visible, la cooperación necesaria en la comisión o evitación de una canasta.

Hoy he estado viendo un partido de voleibol a pie de pista y he captado muchos detalles (a buen seguro se me han escapado otros) relacionados con la comunicación entre los jugadores que me han mostrado, en las narices, las diferencias con el deporte hermano. Se me antoja muy difícil que en el seno de un equipo de voleibol puedan surgir rivalidades internas, pues todo se socializa hasta el extremo. Entiendo que puede haber una cierta lucha por los minutos en determinadas posiciones, pero hay sobradas variantes tácticas para que esto suceda en escasas ocasiones. He visto numerosas disculpas aceptadas con naturalidad, responsabilidades compartidas, méritos igualmente repartidos, una verdadera red de apoyo mutuo. No en vano, muchas veces el siguiente saque del equipo contrario busca hacer daño en la moral maltrecha de quien comtetió el error. Mejor que esté preparado. 

Todo a cien pulsaciones por minuto menos, con el cuerpo magullado por algún intento de salvar un balón, nunca por la agresión legal o ilegal de un contrario. La clave es esa, el sosiego que decía William George Morgan, pero también la colectivización de los éxitos y los fracasos, algo que no ocurre en el baloncesto, donde el individuo sube al cielo y baja a los infiernos arrastrando a su equipo, si es necesario. Quizá debamos copiar algo del voleibol, aunque sea nuestro hermano pequeño. Quizá haya que exigir cosas tan básicas como jugar a pocos toques (los tres toques del equipo pasarlos al jugador: dos botes y un pase, un control y dos botes), celebrar las canastas de cualquier compañero y aprovechar cualquier balón parado para asumir globalmente el error de un jugador juntándonos en un pequeño corro que exculpe al tiempo que responsabilice: fallamos todos, por lo tanto, les fallo a todos. Y no solo a mí mismo. Y sin excusas que valgan. Y a por la siguiente posesión. Juntos.



UN ABRAZO Y BUEN VOLLEYBASKETBALL PARA TODOS

Agenda 2020 del baloncesto español





El baloncesto español tiene sobrados motivos para iniciar 2020 subido en el tren del optimismo. Los resultados de las selecciones nacionales absolutas, campeonas del mundo y Europa, sumados a los que seguimos cosechando en categorías inferiores, hablan por sí solos de la buena salud de que goza nuestra élite. Buena parte del mérito, por cierto, hay que atribuírsela a la gestión del director técnico de la Federación, José Ignacio Hernández, un salmantino dotado de una excepcional intuición para la toma de decisiones estratégica y la resolución de problemas; hábil, muy hábil, en la gestión de grupos humanos y en colocar a cada cual en el sitio correcto, en el puesto para el que está mejor preparado.

Obviamente, Lucas Mondelo y Sergio Scariolo son dos apuestas seguras, quién se arriesgaría a decir lo contrario una vez observados su currículo e historial. En ambos casos, además, se puede destacar una notable evolución, más reconocible en el terreno táctico en el primero y en la dirección de grupos en el segundo, aunque lo más relevante sea, en ambos casos, el modo en que sacan partido a sus cuerpos técnicos, integrados por profesionales altamente preparados e indudablemente comprometidos con la consecución de los objetivos.



Sin embargo, aunque no me cabe duda de que las chicas conseguirán la plaza y ambos conjuntos serán competitivos en Tokio, creo que la agenda de prioridades de todos los elementos vinculados al baloncesto de modo más o menos profesional debe mirar más allá, tanto en el espacio como en el tiempo. Entre otras cosas porque se avecina una crisis de carácter estructural, claramente conectada con el modo en el que la sociedad de concibe a sí misma y fija sus prioridades. Alguien, dotado a partes iguales de información e imaginación, debe trasladarnos inmediatamente al año 2030 en el supuesto de que, como viene ocurriendo hasta ahora, no haya cambios sustanciales, nadie se siente a hacer este ejercicio prospectivo y todos, sin excepción, se dediquen a librar sus particulares batallas diarias por un cuenco de sopa, o un Ferrari (siempre ha habido clases).

Como muchos intelectuales ya mencionan en sus obras, el principal mal del futuro próximo no será el desempleo, que existirá pero no será observado como tal mal, sino la irrelevancia. Una irrelevancia para la cual, por cierto, estamos creando un caldo de cultivo inmejorable al haber encumbrado al individuo haciéndole sentir dueño de su destino sin exigirle que se prepare para ello. Sí, me temo la irrelevancia del baloncesto, en general, como alternativa de ocio, más aún la de las competiciones domésticas, toda vez que el domicilio se haya convertido en un parque de atracciones virtual, desde el que poder ver la NBA con las mismas sensaciones que Woody Allen tiene cuando sigue a los Knicks en su asiento a pie de pista (aunque creo que ahora no puede ir, por si lo linchan).

Alguien debería explicarles a los gerentes de negocios pequeños, y la ACB y las competiciones FEB, más aún, lo son, que es necesario asociarse para sobrevivir; cooperar y, desde luego, ser pacientes en el reparto de los beneficios. Comprendo que todas las partes quieran asegurarse el pan de cada día, y que es difícil remodelar una estructura heredada, con una red de intercambio de favores que se pierde en el tiempo hasta volverse infinita, pero alguien lo tendrá que hacer.

Si me preguntan, en 2030 no deberían existir más que dos ligas masculinas de baloncesto, de 16 o 18 equipos cada una, en proyectos vinculados no tanto con estructuras anticuadas como los clubes, como sociedades multifuncionales que entiendan el baloncesto como una rama que les aporta valor en áreas relacionadas con el entretenimiento, pero también la educación o la simple imagen de la marca. Sociedades en las que los gobiernos locales puedan participar, dentro de su propia agenda de marketing urbano, aunque para entonces este haya cambiado también dramáticamente. Dos ligas regidas por un estamento superior cuya supervivencia esté íntimamente unida al éxito económico del modelo: no es sostenible una Federación operando al margen de los clubes, pidiendo antes que dando.

No veo a más de 36 sociedades financieramente viables, saneadas y responsables en los pagos y en la garantía de unas condiciones adecuadas para sus empleados, tampoco con una gestión profesional en áreas relacionadas como el marketing o la contabilidad: ahora tenemos 60 equipos entre LEB Plata y ACB. No veo a más de 15 jugadores por generación con nivel para jugar profesionalmente, aspirando a ofrecer, al mismo tiempo, un espectáculo suficiente para competir con las series, la realidad virtual, los juegos electrónicos, el poker o el satisfyer. Si la media de años en activo es diez, 150 jugadores españoles podrían jugar al mismo tiempo en esta nueva competición, entre cuatro y cinco por equipo. Y lo mismo puedo decir de los colegas entrenadores, para quienes el corte se nos debe volver a todas luces más exigente. No veo otra forma de huir de la autocomplacencia y de dejar de ofrecer un producto tan mediocre.

Ahora bien, retomo mi lado romántico: en paralelo debe avanzar la asignatura baloncesto, un modo de acceder a conocimientos transversales (habilidades motrices, comunicación no verbal, geometría, inglés, la capacidad de trabajar en equipo, la resolución de problemas, la toma de decisiones en tiempo real,…) a través de un juego, con el aval que ello supone en términos de motivación. Allí deben caer los mejores pedagogos, las personas más desprendidas, los egos menos inflamados; allí, a la escuela, pública o privada, deben acudir nuestros mejores hombres (y mujeres) armados de estrategias motivadoras y marcadores sin pilas, pilas que no pondrán hasta que los chicos (y chicas) se exploren a sí mismos y se conozcan también a través del otro, hasta que no conozcan, no las reglas, sino su sentido, y hasta que amen entrenar por entrenar.

Luego déjenme marcar dos puntos para la agenda 2020:

   1.     Jibarización del actual modelo de competiciones, artificialmente inflamado por asunción de una herencia insostenible. ¿Cómo? Incrementando, con sus correspondientes medidas transitorias, los estándares de exigencia a los diferentes proyectos (pagar un aval y un canon no es garantía ninguna de que se van a hacer bien las cosas). Este hecho repercutirá en una mejora radical del nivel de las competiciones, de los departamentos de comunicación, marketing, medicina, fisioterapia,… de los clubes. También de sus cuerpos técnicos, obligados a sacar lo mejor de sus jugadores, que tendrán un mayor aliciente, pero al mismo tiempo una mayor responsabilidad. 

    2.      Desarrollar un documento de “Baloncesto en la escuela” como proyecto de asignatura, extraescolar si se quiere (para qué condenarnos a seguir un currículo decimonónico), o alternativa para que los padres puedan llevar a sus hijos a formarse en mil competencias transversales mientras juegan al baloncesto, un deporte que en sus 128 años de historia se ha caracterizado por su natural fusión con la academia sin renunciar, al mismo tiempo, a ser un ascensor social determinante en áreas de alta pobreza y (por ende) criminalidad. Este documento deberá incluir una formación para que pedagogos, por un lado, y entrenadores superiores de baloncesto, que deseen participar de este gran programa, subvencionado por fondos públicos, puedan acceder a ella. Y este programa, al contrario que el curso de entrenador superior o el Máster de Secundaria, deben capacitar y certificar convenientemente, sin que a nadie le tiemble el pulso, a los pocos perfiles capaces de convertir al baloncesto en esa varita mágica que puede llegar a ser y que a veces reducimos al pobre arte, muchas veces aburrido, como dice Popovich, de meter o fallar canastas.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Contra la experiencia





De Perasovic a Ivanovic. De Ivanovic a Perasovic pasando por Ivanovic. De Pesic a Pesic pasando por Ivanovic. ¿De Mourinho a Mourinho? Faltó poco. No hace falta ser criminólogo para acertar con el perfil de las personas que eligen a estas otras personas para hacerse cargo de alguno de los más grandes proyectos deportivos de nuestro país. A buen seguro son hombres de más de cuarenta años, o casi, con una larga trayectoria empresarial y un espíritu profundamente conservador. Todos estos factores explican los continuos nombramientos de machos alfa con amplia experiencia y pasado en el club, lo que implica una cierta relación personal, una afinidad que puede resultar clave en períodos de crisis. También un poso de pereza (y una agenda saturada), que les desaconseja abordar una búsqueda exhaustiva, iniciar el proceso de selección que un proyecto de estas características demandaría. A este por lo menos lo conocemos, piensan.

No pretendo negar con ello la oportunidad de la experiencia; en la segunda acepción del diccionario se define como práctica prolongada que proporciona conocimiento o habilidad para hacer algo. Me chirría más la tercera: conocimiento de la vida adquirido por las circunstancias o situaciones vividas, luego me explicaré. Admito la experiencia como un valor a tener en cuenta, un añadido indiscutible a la calidad de un entrenador que debe ser estimado por la dirección deportiva de los clubes, pero niego la mayor.

Vean, o no, este órdago. España gana dos Eurocopas y un mundial con una selección bastante joven e inexperta, dotada de un talento inmenso y, sobre todo, ignorante de la palabra “derrota”. La arrogancia con la que Iniesta, Xavi, Ramos, Casillas, Villa y compañía extinguieron los fantasmas del fútbol patrio se basó en una cucharada de calidad y otra de inocencia. Otro, esta vez a pares. La mejor temporada de la historia del fútbol de clubes la firma un equipo entrenado por un entrenador novel, hecho que está a punto de costarle el puesto en la tercera jornada. Pep Guardiola llegó del filial, con la impronta de su carrera como jugador detrás, es cierto, para demostrar que se puede jugar bien (muy bien) y ganar. Laterales largos, dos centrales abiertos y un mediocentro acudiendo muy atrás para salir de la presión sin patadones a seguir, juego a dos toques y la estrella descolgada entre líneas. Y la estrella, he dicho.

Retomo el tema que insinué y por el que me rebelo contra la experiencia, la misma que ha hecho mejor conocedor de mi “yo” y de mi entorno; la que me permite responder a situaciones conocidas y relativizar la tensión dramática de los conflictos y las pérdidas, pero la que me lastra, muchas veces de manera inconsciente, negándome la capacidad del asombro, entregándome al prejuicio, cuadriculando los redondeados contornos de una existencia que sería mucho más espléndida, aunque incierta, con los colores y las formas del Impresionismo, es decir, sin ninguna.

Matizo, por lo tanto, el título de esta entrada, no para conseguir el favor de quienes dejaron de leer hace tiempo, asqueados por la osadía de esta juventud, sino porque, como tantas otras veces, no es el concepto, sino el uso, el que define su valor. Lo que demanda una gran trayectoria, para no ser reduccionista y avalar el factor experiencia es una flexibilidad extrema, una capacidad para contextualizar cada evento en sus coordenadas y traer al presente la dosis justa de ese realismo mágico que es el recuerdo del pasado, un período de tiempo fantástico en el que seres con nuestros nombres actuaban con personajes y circunstancias que ya no existen.

Cualquier excusa es buena para traer a colación la siguiente frase de Ramón Gómez de la Serna, pero es cierto, cada día amanece todo el tiempo. El alba renueva la necesidad de cuestionarnos, nos permite/exige ser creativos, jugar a ser esos personajes sin nombre ni pasado que tan bien interpretaba Humphrey Bogart, nacer a la vez que lo hace el resto del mundo (y del tiempo) y alumbrar nuevos pactos y compromisos con nuestro entorno más cercano, también con nuestro equipo y con un deporte que tiene 128 años y plantea, cada poco, nuevos desafíos, entre ellos el de la alegría en el quehacer diario. Luego experiencia, sí, como fuente de interrogantes y no de certezas: el gato está y no está muerto. Nunca pasó nada siempre. O sí. 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Open





Termino la lectura de Open, la autobiografía de Andre Agassi, con una mezcla de emoción y gratitud. El libro ha conseguido su objetivo, pues, aunque no pasa desapercibida su intención deliberadamente autocomplaciente, ha hecho que me involucre con los avatares de su protagonista, que me identifique con muchos de los pensamientos que lo recorrieron y angustiaron durante una carrera de más de veinte años, durante una vida que se aproxima a los cincuenta y que incluye ocho torneos del Grand Slam y una medalla de oro en los Juegos Olímpicos.

Ahora comprendo lo absurdo de animar a Sampras en aquellas batallas, una máquina mucho más perfecta, una máquina, el resto es pleonasmo. No justifican aquella posición la elegancia de sus voleas, o la del revés cortado, mucho menos aún la tiranía que ejerció sobre el circuito en las pistas de hierba y cemento. Sampras era un monolito siempre a cubierto, Agassi un desierto de arenas movedizas expuesto a todos los agentes meteorológicos, a noches de helada y mediodías abrasadores. Agassi representaba la existencia humana, con todas sus contradicciones, mientras que Sampras era el paradigma del “deber ser”, en cuya aspiración caemos siempre derrotados. Repito, no había motivos para ser de Sampras.



Como entrenadores, el constante carrusel emocional y, por lo tanto, la inconsistencia de las rachas de juego de Andre, son una fuente de información muy valiosa. El propio determinismo de su vida –nació condenado a jugar al tenis– nos informa de un tipo particular de individuo, cada vez más habitual, adoctrinado a conciencia y, bajo el prisma del sentido común, en exceso. Sin embargo, al mismo tiempo, su éxito, como el de otros tantos, nos informa del estrecho espacio que la excelencia concede a los que aspiran a habitarla. ¿Estamos dispuestos a perseguirla obsesivamente?

Andre odiaba el tenis porque la pista, que puede ser un universo de infinitas posibilidades, por fijadas que estén sus medidas, adquirió pronto el aspecto de una jaula. El “dragón” le enviaba las bolas tal y como determinaba su padre y este había de devolverlas al lugar que este nuevamente indicaba. No había espacio para la creatividad. El juego encerraba unas reglas biomecánicas que el cuerpo debía memorizar sin cuestionarse. Esta es una cuestión que ha llegado hace poco al mundo del baloncesto, antes partícipe, a su manera, de estos métodos de entrenamiento que ahora se debaten por su falta de contexto, tanto que el trabajo por cero se reduce drásticamente o se matiza con la inclusión de una toma de decisiones que va más allá del “read & react” por incluir nuestro juego, el baloncesto, una mayor suma de combinaciones posibles. ¿Dónde está el equilibrio?

Acepto como buena una realidad a priori objetiva que afirma que el tenis es un deporte individual. Pero ojo, el tenista juega solo, sí, pero entrena en equipo. Es más, diría que un jugador de tenis profesional se encuentra más arropado que un jugador de baloncesto a lo largo de todo el proceso. Durante un entrenamiento, cada pelota lanzada, cada proceso de toma de decisiones particular, o la fijación de una estrategia, es consensuada por un equipo, el mismo que estará sentado en los palcos habilitados para ello actuando a favor de su jugador, recordando con simples gestos, o con su mera presencia, todo lo hablado durante días, meses o años.

El jugador de baloncesto, sin embargo, se diluye en la masa informe que representa el conjunto, se presta a lo que se le pide, es juzgado antes que acompañado. Entra a la cancha sin una idea clara del orden del día y la abandona sin un feedback concreto, no, al menos, tan completo como el que recibe un tenista. Su soledad, contra todo pronóstico, es superior a la del jugador de tenis, también en los partidos, donde no tiene un palco al que mirar, ni siquiera un entrenador dedicado en exclusiva a recordarle sus puntos fuertes. Creo que se ganarían más partidos con un cuerpo técnico volcado en el trabajo de visualización de sus jugadores, el entrenamiento individualizado y una comunicación a medida que con cuatro hombres de traje rodeando al entrenador. ¿Qué opináis?

Por mucho que conozcamos a nuestros jugadores, su número nos obliga a simplificar la información que tenemos de ellos, lo que conduce inevitablemente al prejuicio. En la ausencia de comunicación, muchas veces determinada por un calendario asfixiante, una y otra parte inventan para alimentar las teorías que necesitan, rellenan como pueden los huecos. De hecho, la imposibilidad de canalizar tantos mensajes distintos, tantos metapensamientos, conduce a muchos entrenadores a la opción de neutralizarlos. Disciplina máxima, aquí nadie piensa, aquí se hace lo que yo digo, que soy el único que valora la globalidad. ¿Cabe otra opción? Tal vez sí: fijar mensajes grupales, autorregularnos desde la comprensión de nuestra “humanidad”, con todos sus pecados capitales.

La pregunta es obvia y se impone al discurso mantenido hasta ahora. Quien se apunta a un deporte colectivo, quien acepta jugarlo, ¿renuncia a su individualidad, acepta no pensar, se encarama al árbol y ocupa únicamente la rama que le ha sido asignada? Y si esto es así, que me parece que en cierta medida puede serlo, ¿estarán las nuevas generaciones preparadas para ello: para ser acompañantes del héroe, testigos directos, sujetos “amaestrados” para la realización de una labor muy concreta, sobre la que están impedidos para emitir un juicio?

En fin, mi consejo es que lean Open, un repaso a la carrera de uno de los tenistas más interesantes de la historia, y que abran su mente a extrapolar lo que allí se dice a una realidad muy distinta: la de su día a día, también como entrenadores.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

El payaso interior




*Todas las frases que apararecen rotuladas en negrita y cursiva pertenecen a la obra El payaso interior, escrita por el filósofo ya fallecido Fernando González, que pude leer gracias a la generosidad de mi buena amiga Sara, a cuyo corazón colombiano dirijo este abrazo baloncestístico, apenas literario.


La semana pasada fue especialmente divertida. Los jugadores del equipo rival empezaron a difundir rumores sobre altas y bajas en sus filas, dificultando la habitual tarea de estudio del oponente previa a la disputa del partido, cuestión que me atañe principalmente a mí. Aprovechando la clandestinidad con la que se desarrolla una liga como la LEB Plata –cuna de futuras promesas al tiempo que incubadora de gérmenes en forma de irregularidades administrativas y comportamientos miserables–, los rumores cobraron forma y, a modo de farol, se colaron en la partida más como método de desestabilización y motivo de burla que con un valor efectivo. Al ganar sentimos satisfacción por nuestra fuerza: ya sea por la habilidad o por el favor que nos dispensa la suerte. ¿El instinto de superar debe buscar eso de que el juego ocupe todo nuestro ser?

A veces dudo del tipo de motivación que me lleva a levantarme cada día pensando en baloncesto. Unos días es, desde luego, el instinto aprendido de ayudar a jóvenes adultos a evolucionar en su profesión, dándoles herramientas técnicas, tácticas y psicológicas para afrontar las demandas del juego, directamente conectadas con las de la vida. Otros, pienso, me dedico en exclusiva a cultivar mi amor al baloncesto, con quien me sentiré siempre en deuda, tras haberme acompañado en los peores momentos de orfandad, física y espiritual. Ninguna, pienso, aunque seguro me miento a mí mismo, me limito a cumplir un deber, a ganarme el sueldo de una manera cínica, esto sí me avergonzaría. Un hombre enamorado, decimos, ve el mundo como los locos, es un verdadero loco. Pues lo mismo pasa, aunque no sea tan visible, con todo hombre. A través de una pasión, de un motivo, vemos siempre la vida.

Recupero la frase anterior. A través de una pasión, de un motivo, vemos siempre la vida. Qué miedo, ¿verdad? Qué simplificación tan burda de un universo tan complejo, a todos luces inaprehensible. Vuelvo a darle vueltas a lo del juego, esa fiesta del disfraz que, tal vez, nos permite ser como verdaderamente somos al despojarnos de esa máscara a la que, como diría Oscar Wilde, corremos el riesgo de terminar pareciéndonos. Y sigo teniendo dudas. Me dan miedo los debates que se generan en torno a ellos, cómo se cuela la violencia por los resquicios que dejamos abiertos los que debiéramos guardar con celo su nobleza fundacional. Todas mis dudas son dudas, antes, sobre mí mismo. ¡Qué alegre se hace el espíritu cuando tiene fe en su misión! ¡Qué tristes son las amargas dudas que nos acechan en la ruta gritando: no creas en tu destino: a los grandes hombres los atormenta la duda en sí mismos.

Pero seguiré jugando. Entre otras cosas porque prefiero hacerlo en un tablero preparado para ello, con los excedentes pensados para el circo y no para el pan. Prefiero disimular las eternas dudas del escéptico en ese escenario llamado cancha que en un quirófano o en una actividad pública o política, campo abonado para la bellaquería y el dogmatismo, y la mencionada fe en la misión, aunque todos sepamos que persigue antes un interés particular que público. Seguiré jugando, entre otras cosas por lo siguiente: El juego es uno de los placeres más intensos, más misteriosos, que hacen vivir al hombre más años enteros en una hora.

Seguiré jugando mientras cada día, cada semana, obtenga un estímulo para crecer más allá del terreno de lo táctico o estratégico, mientras no se me ocurra orquestar una estrategia de desconcierto para intentar ganar un partido, mientras no se me olvide que debajo de una camiseta con un número grabado en el dorsal hay un ser humano recorrido por una infinidad de contradicciones. Y sí, sé que esto me puede hacer menos competente/competitivo en un terreno donde triunfan los que creen por encima de sus posibilidades reales, los que consiguen poner en práctica el siguiente aforismo: gran respeto infunde el hombre enérgico y testarudo. Y el dogmático, y el cínico que convence a sus jugadores de que la victoria lo justifica todo, hasta defraudar la confianza del amigo sirviéndose de ella. Seguiré jugando, quiero decir entrenando, como sigo escribiendo, porque aspiro a llegar a ser, un día, el sujeto paciente de esta frase: Cómo me enloquecen de placer aquellos libros que muestran que sus engendradores tuvieron el ansia de inventar un nuevo paisaje para sus ojos y una nueva visión para su espíritu.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Contra la globalización... Creatividad





Qué invento este, el de la globalización, tan inevitable como sorprendente, tan abrumador como sutil. Nunca un juguete duró tanto en las manos de un niño; supongo que se trata de su habilidad para mutar, evolucionar y reproducirse, cada día, a partir de sus propios esquejes.

A la globalización le debemos estar agradecidos. En su vertiente de comunicaciones y transportes, posibilitó el intercambio que hizo que el baloncesto llegara a nuestras fronteras y le diéramos la bienvenida, primero como instrumento escolar y educativo y, poco a poco, como servicio de entretenimiento, obra de teatro sin guion protagonizada por seres inusualmente hábiles, atléticos y especialmente altos.

Pero sobre la globalización, al mismo tiempo, podemos emitir muchos y variados reproches, sobre todo en su faceta estandarizante, esa que da valor a las modas, lo uniforme, homogéneo o correcto censurando, con el silencio, al diferente. Cuesta creer que, ahora que todos los seres conectados en red son portavoces cualificados de opiniones y pensamientos, estas sean todas tan parecidas entre sí, tan políticamente correctas o tan semejantes a las de los líderes y abanderados.

Lo mismo ocurre en baloncesto, donde se analizan datos sobre el pasado para predecir comportamientos futuros, donde el peso de la tradición sigue marcando la enseñanza de los fundamentos, con escaso sentido crítico, y donde la respuesta para todas las preguntas, que también son las mismas, por supuesto, sigue siendo el “citius, altius, fortius” que pronunciara el Barón de Coubertin hace casi ya 125 años.

Está claro. Sin Claver, su físico portentoso y su intuición para acudir donde se le necesita, hoy no hubiéramos ganado a una Serbia más fuerte, más alta y más rápida. Pero, no sé si coinciden, hoy hemos ganado por “creativitas”, una palabra inventada que encuentra su definición en cada control sin sujetar el balón, en cada acción con agarre a una mano, en cada solución táctica de Rudy para jugar contra la sobremarca de las líneas de pase (pase al siguiente y triangulación, trayectorias en curva hacia el balón para recibir tras bloqueo,…) o en cada toma de decisiones en defensa contra todo manual o sentido común baloncestístico, yendo a robar en muchísimas situaciones donde el pensamiento único recomienda ser conservador y poner, simplemente, un cuerpo entre el balón y la canasta, no saltar o solo fintar.

Y me alegro. Me alegro por todos los poetas del 98 y el 27 que quedaron fuera del canon de Bloom, entre otras cosas por no hablar el idioma de la nueva religión. Y por todos los jugadores que vieron cortada su progresión por un entrenador que no alcanzaba a ver tan lejos como ellos, ni a la misma velocidad (y les pidió ver menos cosas, y jugar más despacio). Y un poquito, solo un poquito, por oposición a los correligionarios del nuevo dogma del Big Data y la estadística avanzada, a quienes me declaro deportivamente enfrentado, no en la búsqueda de la razón, que sin duda los avala, sino por quererme explicar punto por punto un juego que me enamoró cuando, precisamente, no entendía nada.

Para esta España del siglo XXI, que aún vive de los genios que rozan o pasan de los 30, ser competitiva es sinónimo de ser más creativa. También de ponerle eso que hace falta, un poco más de sacrificio, un tanto de mala leche y mucha concentración, por supuesto. Pero sobre todo creatividad para dar respuestas técnico-tácticas distintas donde otros ponen siempre un poco más de lo mismo, aunque más rápido, más alto y más fuerte.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

De vuelta de los campus





Tengo muchos motivos para seguir acudiendo cada verano a diferentes campus. En todos ellos, de manera más o menos casual, coincido con buenos amigos (el concepto de amistad es más laxo cuando se trata de basket, nos basta con respetarnos cuando hablamos de baloncesto), me reencuentro con chavales –sí, aunque no sean los mismos reencontrar es la palabra exacta– cuya ilusión aún no se ha visto corrompida y entreno a mi cuerpo, entre otras cosas por el modo en que se alargan las reuniones nocturnas, para lo que le espera durante la temporada. Tras tres semanas casi consecutivas, agradezco el parón pero, al mismo tiempo, echo de menos la pista y la enseñanza, también las bromas que nos cruzamos, muchas de ellas ácidas, sobre esto que, no sin cierta sorna, llamamos profesión.

Este año, además, concretamente durante el Campus Gigantes que tuvo lugar en Valladolid, sufrí una suerte de revelación. Una epifanía que me ha llevado a replantearme el modo tradicional de enseñanza, basado, por más que se debata (acompáñenme, si no, por los colegios de cualquier ciudad), en la adquisición de una serie de herramientas motrices relacionadas con los tres elementos que definen el baloncesto respecto a otros deportes: el bote, el pase y el tiro. Toda una putada para los chavales, cuya mano es infinitamente más pequeña que la del balón y su musculatura se encuentra aún por desarrollar. Toda una aberración desde el punto de vista del cuidado de la autoestima, por más que haya que sembrar sin pensar en el fruto, por más que crea firmemente en la idea de plantar árboles que no veremos crecer.

Todo lo que hacen los jugadores pequeños es compensar su falta de fuerza con gestos que el día de mañana habrá que borrar de su memoria muscular (giro de caderas, que conduce a rodillas mal alineadas, y hombros, apertura exagerada y posición heterodoxa de los pies, manos demasiado juntas en el balón,...). Cuando lleguen a tener un cuerpo de adulto su tiro será totalmente diferente (un gran entrenador de tiro les pedía quedarse cortos, pero tirar bien. Quedarse cortos, repito), y lo mismo sucederá con cada uno de los fundamentos, viciados de origen para no sufrir el ostracismo, el aislamiento social que sufre el que no es hábil o diestro a juicio de los demás (menos mal que somos libres). Menuda putada, insisto. Con la cantidad de cosas que podrían aprender –tocar el piano, hablar idiomas, relacionarse,…– mientras van de cono en cono adquiriendo una coordinación excesivamente específica que, en el mejor de los casos, les podría servir para imitar el caminar de un borracho.

Ello por no hablar de lo que les ocurre a los jugadores grandes. Incapaces de poner un balón en el suelo sin que sea rapiñado por los hambrientos roedores en esa selva de características evidentemente darwinianas en que se convierte, demasiado pronto, la cancha. Niños que tienen que hacer un esfuerzo enorme para mover palancas excesivamente amplias sin tener la fuerza necesaria en el otro extremo de las mismas. Niños que llegan tarde a todo porque mientras accionan el movimiento de echar a andar, o a correr, los demás ya han llegado a la otra pista. Para eso que les compren entradas a pie de pista en el Staples.

Luego te encuentras con que apenas cuatro o cinco gatos contados llegan a selecciones sub 16 o sub 18 después de haber sido los mejores en minibasket. Y con casos bastante habituales de chicos, más chicos que chicas, que empezaron a jugar hacia el final de su adolescencia (Embiid, Willy, Raúl Pérez, sí, el tirador) y que llegaron a dominar las herramientas antes mencionadas en muy escaso tiempo Y te llenas de argumentos para retrasar el inicio de la competición, como ya hacen en algunos países avanzados como Canadá donde insisten en el "learn to train" y el "train to train", o para invertir el tiempo que dedicamos a la técnica y a la táctica individual (y hasta para cambiar el nombre de estos tecnicismos), priorizando la práctica de la intuición, de la inteligencia espacial, del ingenio en la búsqueda de soluciones, sobre los conceptos que, a veces sin darnos cuenta, empezamos a implantar reduciendo el vasto número de posibilidades que encontraría un niño si en vez de un mapa del mundo le enseñáramos eso, el mundo.




Urge sustituir el concepto por la metáfora (la puerta atrás es una colleja al defensor despistado o una palmadita por lo bien que lo ha hecho). Hay que celebrar el error como si fuera un triple sobre la bocina en vez de ser conservadores para intentar ganar el partido del próximo domingo, aunque sea la final del Campeonato de España mini en San Fernando, pidiendo pases de pecho o consumir las posesiones. Hay que eliminar el sesgo pavloviano con el que seguimos educando (silbatos, conos, rutinas,...) en la búsqueda de un silencio absoluto, un orden perfecto, un juego que se ajuste a las categorías que llevamos preconcebidas, reduciéndolo a algo tan infinitamente pobre en comparación con lo que podría llegar a ser que me doy hasta vergüenza a mí mismo por haberlo hecho tantas veces (y las que vendrán).

Y volveré a los campus, claro, a verme de nuevo con los viejos amigos, a reencontrarme con los jóvenes aún enamorados del baloncesto. Eso sí, si me dejan, y aunque no me dejen si consigo que siga grabada en mi piel esta sensación que apenas me deja escribir, la próxima vez lo haré diferente. Al menos pretendo celebrar como un gol por la escuadra el pase que termine en la grada buscando una línea de pase que yo no vi. Que no nos jugamos la vida en cada partido, coaches. Que seguimos sin gobierno y aquí no ha pasado nada. 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS.