Balance y reflexión





Asumirlo todo como viene, lo que no elimina la posibilidad del descubrimiento, el entusiasmo o la perplejidad. Cerrar una temporada como quien se desata las zapatillas, se ducha y acuesta de nuevo, del mismo modo que ayer y todos los días anteriores. Abrazar el devenir incierto con la ausencia de preguntas con la que conduce el carrito de bebé la mujer morena que pasea ensimismada al otro lado de la vitrina. Repasar los errores, dando por hecho que los aciertos se repetirán de un modo natural cuando se sucedan idénticas circunstancias, presunción de la que no puedo estar seguro. Reflexionar ahora que se han agotado el ruido y la furia poniendo a prueba mi libertad de pensamiento, esto es, ¿por qué pienso lo que pienso? ¿Por qué esto y no otra cosa?

31 años no parece una edad para debutar. Uno se inicia con granos y espinillas en la cara, pelo aún suave en las axilas y en el pubis, no con cicatrices, aunque hoy le dé las gracias a cada una de ellas. La edad, me parece, es un elemento clave para desenvolverse en el mundo profesional. Los años, si no pasaron en balde, conceden mesura al juicio, cuando no lo eliminan del todo, ordenan por criterio de densidad los valores poniendo, si la educación sirvió para algo, por encima de todos la generosidad, el trabajo honesto y la lealtad. Y, si bien es cierto que los errores se repiten con una absurda tozudez, al menos uno se hace consciente y, si no está a tiempo de rectificar, entiende que lo mejor es reconocerlos sin insistir en ellos o tratar de exculparse.

Dos preguntas: ¿quién entrena al entrenador? ¿Quién ayuda al ayudante? No puedo negar mi fortuna. Las fronteras de mi baloncesto se han expandido hasta límites insospechados dejando obsoletas las viejas cartas de navegación con las que me movía por las canchas. Acompañar a Jenaro Díaz me ha recordado que las cimas estaban cubiertas de nieve antes de que las escalásemos. Como un jugador recién llegado al equipo, he sido equipado de numerosas fórmulas, teorías y antiteorías para poder estar a la altura del oficio, esto es, ayudar. Pero a colación de las dos preguntas antes mencionadas, me gusta la tradición de los preparadores serbios, que siempre tienen un maestro al que acudir para compartir los éxitos o encontrar en él consejo, o simple escucha, cuando la nave zozobra. La soledad del entrenador pesa, se siente, y un entrenador ayudante solo puede actuar como testigo doliente, creo.

Humano soy, es verdad, pero mucho de lo humano me toca los cojones, lo que no quita que en el futuro, puede que por cabezonería, siga pecando de exceso de fe en los individuos. Es labor de todos transmitir amor y respeto por el baloncesto, un juego con más de cien años de historia que ya estaba cuando llegamos y que a buen seguro nos sobrevivirá. Eso y desechar, de paso, el culto a los números, estadísticas o salarios que tienen secuestrada la pasión con la que los equipos deberían pasarse la bola para encontrar una cómoda situación de tiro o bailar coordinadamente para evitar que el equipo contrario consiga ese mismo objetivo.

Lo cierto es que salgo vivo y contento de la aventura, consciente de que podía haber acelerado el proceso de aprendizaje, de que algunas veces, tal vez cansado, me puse por encima de los intereses del equipo renunciando a los sacrificios que demanda un determinado nivel de exigencia. Pese a amar el silencio no siempre atendí a los tres filtros socráticos de la comunicación, por lo que muchos de los mensajes que compartí no fueron útiles (distrajeron del foco o restaron energía) ni cien por cien verdaderos (absolutamente contrastados) –con la bondad quiero pensar que cumplí–. En ocasiones, por una mezcla de relativismo y humildad, como un Bartleby cualquiera, preferí no hacer lo que ahora sé que tenía que haber hecho.

Hoy deseo que la reflexión conduzca a la acción, lo que no siempre ocurre, y que haya nuevas oportunidades para equivocarnos de más y más originales formas. Y para seguir ligado al baloncesto, aunque cada derrota anuncie dos o tres días de luto y, lo que nació como un juego, nos enfrente a decisiones moralmente complejas, a noches en vela y a un evidente abandono de las personas amadas, duerman o no al otro lado del colchón.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Confianza o sospecha




Juventud y ansiedad son términos que avanzan de la mano, aunque al cumplir años lo olvidemos y pensemos que la madurez que nos dio el paso del tiempo venía incorporada en nuestro ADN. Es natural que el joven quiera publicar su primer libro, debutar en un gran teatro, acceder a puestos ejecutivos y cobrar tanto como sus padres antes de haber tropezado siquiera, sin concederle un margen de probabilidad al fracaso, con el que tardará en aprender a convivir –de forma tan oblicua lo tratamos en casa y en la escuela, tan de soslayo como la muerte o el pecado.

Son jóvenes, en su mayoría, los jugadores que entrenamos. Jóvenes para el baloncesto y más aún para la vida, por la que empiezan a transitar. Jóvenes y sin referentes, pues de sus ídolos no quisieron conocer más que sus tardes de éxito; de sus padres, su oficio y salario; de cualquier actividad no más que su lado brillante y cuidadosamente pulido; nunca sus noches negras. A muchos de ellos, además, les guía el instinto natural de supervivencia, revestido en ciertos mundos de una dosis probablemente necesaria de soberbia que los vuelve invulnerables frente a la crítica, lástima que también ante la lección o el aprendizaje; delgada es la línea que perciben los jugadores entre ser entrenados o atacados, sintiéndose muchas veces agredidos ante una corrección que cualquier trabajador manual, artista o ingeniero, agradecería como pertinente y necesaria.



El baloncesto, juego primero y oficio después, complica esta relación entre maestro y alumno, pocos aceptamos de pequeños que nos digan cómo tenemos que jugar. Así, mientras que el trabajo parece una imposición de las sociedades –contribuye para que te retribuyan– el juego parece anclado a nuestro íntimo “yo”, aunque se practique en equipo, una mera convención que posibilita el disfrute, que lo multiplica al ritmo que sus posibilidades e incertidumbre.

De ahí que parezca un acto de hechicería conseguir que todas esas voluntades ansiosas, jóvenes, necesariamente vanidosas, que quieren seguir jugando con la impunidad del niño que fueron, colaboren entre sí –contribuyan para ser retribuidos– por el bien de una entidad que les facilita el ejercicio de una profesión, seguir jugando ya de adultos, cobrar por ello. Justo cuando el individuo se desprende de la categoría familiar, al alejarse del núcleo de protección que representa su hogar, en un momento en el que el estado ha perdido gran parte de su crédito como invisible aunque omnipresente guardián de nuestros valores sagrados (¿valores? ¿sagrados?) y no es posible hablar de un destino común por el que hacer sacrificios (familia, estado, destino, son las tres determinaciones sustanciales que definió Kierkegaard), ¿cómo obrar este milagro?

No lo tengo claro, la verdad. No sé qué tipo de estructura podría facilitar un grado de cooperación satisfactorio, orientado hacia la búsqueda de los objetivos comunes. No estoy seguro de si deberíamos tratar a los miembros de un equipo como una comunidad de intereses “te va bien, nos va bien; nos va bien, te va bien” o como una red de cuidado mutuo “me preocupo por ti porque te preocupas por mí”, pues ambas son frágiles y pueden quebrarse ante mínimos desvíos provocados por envidias, desconfianza, ausencia de resultados,… Tampoco creo que los jugadores estén dispuestos a relacionarse como una familia, no solo por ausencia de consanguinidad, sino porque llevaría mucho tiempo tejer los vínculos que conducen a esa relación de tipo fraternal en la que hay confianza para decirse de todo al tiempo que nadie duda de que el otro hará lo necesario por ti.




Por ello comprendo a los entrenadores que tienen una visión autoritaria del oficio, que tratan a sus jugadores como súbditos que han de contribuir a la hacienda común movidos por una mezcla de temor al poder que atesora (cuya ejercicio arbitrario, frente a toda lógica, muchas veces refuerza y consolida) y lo seductor o fascinante de un discurso que hasta el propio Cicerón podría tildar de falaz o manipulador. Cuanto más seguro se muestre un entrenador sobre asuntos sobre los que es imposible alcanzar ninguna certeza, más seguro y dispuesto a acatar su autoridad se sentirá el jugador, en cuanto que súbdito y proveedor de diezmos y prebendas a cambio de victorias o fama. O su mera promesa.

Pero no me conformo. Aspiro a encontrar esa célula de convivencia que nos permita jugar como niños y trabajar como estibadores, soñar como individuos, aunque los sueños de la razón produzcan monstruos, y hacernos responsables del destino que nos aguarda. No renuncio a aplacar los efectos nocivos del ego que nos maltrata, que juega con nosotros, que impone las reglas al tiempo que nos crea la falsa ilusión de que somos nosotros los que controlamos la vida desde los mandos de este avatar de dos piernas sobre el que tenemos que depositar, tuya es la elección, entrenador, confianza o sospecha.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

El gran teatro del basket




“No olvides que es comedia nuestra vida y teatro de farsa el mundo todo” 

(Francisco de Quevedo)

La final de la Copa del Rey no ha hecho sino alimentar las pasiones, ya de por sí bien nutridas, de un pueblo, el español, que asiste asombrado y paralizado al espectáculo lamentable que sus políticos protagonizan a diario, citándolo a las urnas, porque no pueden hacerlo a las armas, bajo el paraguas de una retórica sectaria y revanchista. La contienda entre Real Madrid y Barcelona, epítome de la lucha de contrarios, se convirtió, en función del punto de vista que elijamos, en un relato perfectamente tramado, con un encadenamiento de circunstancias favorables, o adversas, al que sigue un giro dramático de los acontecimientos que concluye con una escena de enorme suspense que, como la buena literatura, genera debates más allá del punto y final de la obra.

Desde bien pequeño, acompañando a una sarta de tópicos, escuché aquello de que compensar es equivocarse dos veces, lo que por otra parte parece irrefutable. Desde un punto de vista lógico, casi kantiano, cada acción debería ser juzgada de manera aislada por seres desprovistos de prejuicios, corazón, alma y, por supuesto, conciencia. Algunos madridistas, incapaces de ponerse en el lugar del otro, recurren a este principio para atribuir la derrota a la actuación arbitral proponiendo símiles que justifican su postura. Olvidan esa máxima del derecho civil que dice que el daño debe ser reparado, la situación previa a una actuación ilegal, restituida. El Barça debería haber tenido dos tiros libres para sentenciar el partido, cuando no dos tiros y posesión. Los árbitros, errando dos veces, es verdad, se aproximaron más a la noción tomista de justicia, dar a cada uno lo suyo, que si solo lo hubieran hecho obviando la falta de Singleton y juzgando con atención a la física y el sentido común lo que todos pudimos comprobar en el instant replay: no cabía interpretar interferencia.

Pesic, cambiando a Heurtel cuando veía el aro como los anillos de Saturno, actuó como solo lo puede hacer un hombre que está en paz consigo mismo. Laso, dando las llaves de la nave a Llull, demostró ser lector de novela épica, ese género en el que la fuerza de los ejércitos queda reducida a la personalidad de un solo hombre. La lesión de Rudy, fulcro de cualquier balanza, fue determinante. Como lo fue también perder dos balones en la salida de presión, tardar en solicitar el tiempo muerto o en ingresar a Tavares en pista para poder presionar en el perímetro con la garantía que solo puede ofrecer su presencia en la zona. Dicho esto, como seguidor del Real Madrid, no puedo sino darle las gracias a Pablo y todo su equipo por su trabajo diario y las bondades del plan que ejecuta diariamente al frente de la sección.

Se duerme mal, pero algo mejor, pensando que los responsables de las derrotas fueron los árbitros (¿alguien sabe cómo durmieron ellos?), tal es el efecto paralizador de la noción de culpa en nuestra cultura. Sin embargo, una de las muchas cosas que me llevaré para siempre de este año junto a Jenaro Díaz, entrenador del C.B. Clavijo, es que nos equivocamos al derivar la responsabilidad, al buscar fuera de nosotros lo que pasa y nos pasa. Nada alivia más –y otorga más libertad– que un “me equivoqué, aprendí, la próxima vez estaré mejor preparado”. Eso es lo que cabría esperar del capitán, Felipe Reyes, íntimo, a estas alturas de su carrera, de esos dos impostores que son las victorias y las derrotas.

Comprendo perfectamente a cada uno de los espectadores del Palacio de los Deportes. Querían drama, emoción, intriga, suspense,… Y lo tuvieron. A cada uno de los que siguieron el partido en sus casas y celebraron y lamentaron canastas propias y ajenas como si las vida se les fuera en cada lance. Pero no a la gente del deporte que alimenta estos debates, que se deja llevar por la ira dejando que las áreas del cerebro relacionadas con la ecuanimidad y el juicio razonable queden envueltas en la bruma.

Entrenar es algo más que ensayar para la obra y ponerla en escena, aunque todos queramos llegar con el guión aprendido y el método por la mano a su estreno. Pero si solo aspirásemos a legar un palmarés que consultarán nuestros descendientes mucho después de muertos, estaríamos relegando a un plano secundario lo que tiene de especial este oficio, la conexión íntima y personal que, inexplicablemente, dos aros, un balón y diez jugadores en ejercicio simultáneo de sus facultades, facilitan. Igual que el compromiso del pintor se circunscribe a la obra, al arte en sí mismo, el pacto del entrenador debe ser con su equipo y el arte de entrenar, no con el diablo de la victoria, que ofrece efímeros orgasmos a cambio de sentimientos de ira, venganza, resentimiento o enajenación que, estos sí, y no la culpa, ni las derrotas, deberían abochornarnos.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

El lazo eterno





¿Sabes lo que nunca pude entender, entrenador? Por qué abandonaste las clases de lengua inglesa. Es evidente que sientes verdadera pasión por la literatura”. Sus ojos comenzaron a brillar, como cada vez que evocaba un recuerdo feliz. “¿Sabes, Kareem? Mientras estuve en la Marina recibí varias cartas de mis jugadores de baloncesto, pero muy pocas de mis estudiantes de inglés. (…) Eso me hizo pensar que algo relacionado con el deporte, no sé muy bien qué, algo relacionado con la competitividad o la persecución de objetivos comunes, nos hacía estar íntimamente unidos”.

Muerto Dios, asesinado el padre, caídos los ídolos, puesta en duda la razón y relativizado el valor de los símbolos, los seres humanos nos hemos colocado en una difícil situación. Sin embargo, tal y como anunciaba Hemingway, el paso del tiempo no implica que ya no necesitemos héroes: somos adultos, es verdad, pero el camino de la supervivencia es cada vez más arduo.

No es fácil elegirlos. Sobre todo a raíz de descubrir que Gokuh es un personaje de ficción y no quien habría de acudir al rescate del planeta. Y la búsqueda se complica cuando hablamos de deporte y entrenadores en la medida en que la alta competición, con la presión que conlleva, suele poner de relieve la debilidad del espíritu humano, sus conflictos internos, los automatismos aprendidos, sus decisiones inconscientes. Es más, el proceso mismo de entrenar parece exigir, muchas veces, un histrionismo perfectamente ensayado que no es siempre distinguible de una pérdida de control o descarrilamiento emocional, que desacredita la bondad de la profesión.

También John Wooden, el referente al que sigo cuando miro a los ojos a los jugadores y pienso en liderazgo y ejemplaridad moral, cometió errores en sus inicios. Los revela Kareem Abdul Jabbar en el libro que le ha dedicado a su entrenador, un ensayo de base autobiográfica que, si bien adopta la fórmula del top ventas norteamericano, en el contenido recuerda, salvadas las distancias, a los diálogos de Platón, aunque Wooden, al contrario que Sócrates, ya hubiera dejado expuesto por escrito gran parte de su pensamiento.

Si la comparación con el filósofo ateniense les parece exagerada, este oriundo de Indiana y ciudadano adoptivo de Los Angeles puede ser considerado uno de los grandes maestros del aforismo, esa sentencia breve que resume de forma concisa un principio o una regla y que todos los entrenadores, por sus bondades a la hora de traducir nuestro pensamiento, deberíamos dominar. Les dejo con algunas citas, propias del Coach Wooden o prestadas de sus escritores preferidos, que se incluyen en el libro y que me atrevo a afirmar que deberían figurar en el banquete diario de todo entrenador, al menos como aliciente para pensar sobre el sentido de nuestra tarea y hacer más completa la experiencia personal de los jugadores que tenemos la fortuna de liderar.

1. Preguntarle a un deportista si le gusta ganar es como preguntarle a un broker de Wall Street si le gusta el dinero. Seguro, queremos ganar, pero, seguro, ganar no es nuestro objetivo.

2. Ganar es el subproducto del trabajo duro como la perla es el resultado del duro esfuerzo de la ostra en su lucha contra un parásito o un grano de arena.

3. Preocúpate más de tu carácter que de tu reputación, porque el carácter es lo que realmente eres, mientras que la reputación es solo lo que otros piensan de ti.

4. Las películas de baloncesto que tratan de equipos sin aspiraciones no deberían terminar con ese equipo logrando el campeonato, sino con ese equipo una vez aprendida la lección. Es decir, con los chicos saltando a la pista felices por haber alcanzado nuevas cuotas de sabiduría, esto es, el inicio del juego seguido de los créditos.

5. Las personas que luchan nunca pierden el partido. Sucede, simplemente, que no llegan a tiempo para hacerlo.

6. La peor consecuencia de la muerte es que separa a los supervivientes de la vida.

7. Un entrenador tiene la extraña suerte de poder educar sin provocar resentimiento.

8. Enseñar los mecanismos de la compasión es tan importante como conducir al éxito.

9. “El miedo a la muerte es el resultado de tenerle miedo a la vida. Un hombre que vive plenamente está preparado para morir en cualquier momento” (Mark Twain).

10. ¿Acaso no termino también con mis enemigos convirtiéndome en su amigo?

11. La meta de un hombre debería estar más allá de su entendimiento, ¿para qué, si no, existe un cielo? (Robert Browning).

12. Lo peor que puedes hacer por aquellos que realmente amas es hacer por ellos lo que pueden hacer por sí mismos.

En fin, diez títulos universitarios, sí, pero sobre todo el respeto de centenares de jugadores que aprendieron a calzarse el primer día que llegaron a UCLA, pues, como pronto comprendieron, una arruga en el calcetín podía provocar una rozadura, y una rozadura podría dejarles fuera del partido, lo que debilitaría las opciones del equipo. El respeto y la certeza de haber estado unidos por el lazo eterno, símbolo de una unión perenne que sobrevivió a la muerte del maestro como lo hará con la de todos sus alumnos.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Que se diviertan





Ayer una persona del baloncesto me decía que todo lo que tienen que hacer los chicos en una pista es divertirse, regresar a casa con una sonrisa, contando anécdotas, aunque sean sobre un compañero que se tropezó al ir a solicitar el cambio o sobre las zapatillas rosas del árbitro (que, por supuesto, pedirá para su cumpleaños). No le dije, porque suponía abrir un debate en un foro que no era el apropiado, que para el tipo de diversión de la que él me hablaba existen piscinas de bolas, hinchables, restaurantes de comida rápida, pintacaras,… Actividades y centros de ocio que no deberían constituir una competencia para el baloncesto de formación al que en otra entrada definí como “su asignatura favorita”.  

Entre otras cosas porque en un hinchable o en una piscina de bolas el entretenimiento es esencialmente egocéntrico: gana el que se lo pasa mejor, aunque sea empujando al de al lado, no respetando los turnos de juego o luciéndose de cara a los adultos, tres comportamientos incompatibles con ser un buen jugador de baloncesto. Por el contrario, en el seno de un equipo, la diversión o es colectiva o no es, porque las satisfacciones derivan de acciones conjuntas en las que al menos dos jugadores intervienen. Es más, incluso cuando los protoonanistas compulsivos amasan el balón necesitan la colaboración de un segundo y un tercero que, con sus movimientos le proporcionen espacio.

Es más, en baloncesto, como en todos los deportes de equipo, un factor clave es la concentración, incompatible a todas luces con esa diversión exhibicionista y egocéntrica de la que esta persona me hablaba. La desconcentración vuelve inútiles los esfuerzos de quienes hacen lo correcto, genera desconfianza, siembra discordia y, por lo tanto, impide esa diversión colectiva de la que yo hablo. Del mismo modo, para que el baloncesto sea entretenido, al menos desde mi punto de vista, no caben comportamientos irresponsables, autovaloraciones generosas de las acciones de uno mismo, la típica exculpación que sigue al lloro de un niño que acaba de romper un recuerdo de Benidorm: “se habrá caído solo”. Tampoco dedos que señalan, que apuntan como la mira del rifle a quien no dio un pase que, en el noventa por ciento de los casos, no vio.

De ahí que el entrenador deba convertirse en la pesadilla del ochenta por ciento de los padres (aunque yo he dado casi siempre con el veinte restante), incómodos observadores de los sacrificios de sus hijos, sufridores por cuenta ajena de sus minutos en el banquillo, de las correcciones tras una mala decisión. Es lo que tiene asistir in situ a la reunión de evaluación, donde se discuten las notas y, en este caso, se reparten los minutos, las oportunidades de lanzar, el rol dentro del colectivo. Surgen así las comparaciones y, como casi siempre, cuesta alegrarse por el vecino que se ha comprado un Mercedes y aceptar que el 600 ya no funciona como antes.

Por eso huyo del “que se diviertan”, de la ligereza con la que lo pronuncian aquellos que nunca estuvieron en la trinchera defensiva o asediando el fuerte contrario. Los estándares de exigencia, cada vez más bajos, son los mismos que los de la diversión, un sustantivo que pierde peso cada día que lo convertimos en sinónimo de distraimiento, pereza autocomplaciente o narcisismo. Ahora que tememos por un retroceso en los derechos sociales, haríamos bien en alinearnos también en contra de esta  espiral de banalidad que impregna relaciones, compromisos laborales y, quizá lo más grave, también el juego, esa cosa tan seria.

Pero que se diviertan, claro, sacrificando el cuerpo para forzar una falta de ataque y evitar una bandeja (aunque lleguen magullados a la comida familiar del domingo), esprintando para llegar los primeros al ataque, pero también a la defensa (aunque lleguen reventados a casa), jugando sin balón, haciendo lo correcto (aunque no se vea); regulando los impulsos egoístas, no los esfuerzos. Que se diviertan, claro, aplaudiendo las buenas acciones de sus compañeros (también de los rivales, por qué no), comunicando sus puntos de vista con humildad, no con soberbia, aceptando la honestidad y la falibilidad del árbitro (cuestionarla es cuestionarnos a nosotros mismos), entendiendo que si no crearon una ventaja otro lo podrá hacer por ellos, pues no son superhéroes. Son humanos, felizmente humanos. Y jugadores de baloncesto, no simplemente niños que confundieron, guiados por un mensaje equivocado, ese lugar sagrado de la solidaridad y el sacrificio, que es una cancha, con una piscina de bolas.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Competir o el trabajo de pensar







La escritura no brota de forma espontánea, requiere de un esfuerzo. Hay que pensar. Pero pensar puede ser difícil, una tortura, incluso extenuante. La naturaleza humana se resiste a este esfuerzo. En palabras del pintor inglés Joshua Reynolds (1723-1792), “una persona recurrirá a cualquier tipo de táctica con tal de evitar el auténtico trabajo de pensar”.

(Leído en “La escritura transparente, cómo contar historias”)

Últimamente he estado leyendo sobre diferentes temas que, sin saber muy bien cómo, se entrelazan e intersectan con sorpresiva naturalidad. Voy de la cancha a la biblioteca procurando encontrar qué hay detrás de estos nudos y siempre termino rindiéndome cuando me asalta el hambre y me detengo en la cafetería a pedir un café con leche y un pincho de tortilla. Nada me empuja a llegar al final del razonamiento, a buscar nuevas conexiones, por locas que parezcan, entre el pick and roll, la educación sentimental y la creación literaria. Requiere menos esfuerzo hundir el tenedor sobre el huevo apenas cuajado y mirar al frente con un falso aire de curiosidad –en realidad, lo reconozco, solo pienso en saborear la tortilla--.

Berta de Vega, con su artículo “Ni notas en clase ni marcadores en baloncesto: el fin de la competitividad de los niños burbuja”, publicado en El Mundo papel el pasado 3 de enero, ha abierto de nuevo el viejo debate de la competitividad, una suerte de Caja de Pandora donde tantos unos como otros nos posicionamos en función del sistema con el que fuimos enseñados y su posterior evaluación. Así pues, es posible que fuéramos educados en el rigor y la competitividad y nos sintamos orgullosos por ello, o que detestemos el monstruo en el que nos convirtió (cuando uno no es competitivo tiende a exculparse de todo lo que le pasa, siendo los culpables el sistema, los padres o el cometa Halley en el mejor de los casos). Por otro lado, tal vez sintamos la nostalgia de todas aquellas redes de cuidado en las que fuimos educados sin la necesidad de ser los mejores. Aun desafinando, golpeando el balón con la uña o bailando fuera de ritmo, nuestras familias, tal vez aceptando su cuota de responsabilidad, nos dieron cariño y asilo.

El problema, una vez más, es que el debate se plantea en términos de máximos y por competir se hacen equivaler sinónimos de corte belicista como machacar o aniquilar, creyendo ver en cada partido, evaluación o casting un todo o nada que en realidad nunca es tal. En todo caso, y hablo ya de baloncesto, la derrota es solo la antesala de una nueva oportunidad para demostrar las mejoras, los frutos visibles de un trabajo silencioso que es, en definitiva, la verdadera recompensa. Ya saben, “un esfuerzo total es una victoria completa”.  

Estoy convencido de que competir es la mejor forma de aprender las reglas, pues solo en el fragor de la batalla se observa la necesidad de pelear bajo unas leyes, usos o costumbres que eviten comportamientos caprichosos o arbitrarios del rival (¿se acuerdan de aquel listo cuyos tiros siempre entraban, aunque pasaran por encima de la sudadera que hacía de poste?). También de aprender la compasión, quién mejor que quien ha sido derrotado para comprender el dolor de quien se encuentra sobre la arena.

Compitiendo uno aprende a responsabilizarse de sus acciones, se explora a sí mismo, lo que le lleva a conocerse mejor, se compara, sí, lo que de la mano de un buen maestro puede llevar a un aprendizaje por imitación o referencia (y no a envidias o hundimiento de la autoestima). Y si además lo hace en un deporte de equipo aprenderá a poner al servicio de los demás su talento, se sentirá arropado para probar nuevas habilidades y adquirirá otras impulsado por el afán de contribuir más y mejor al colectivo.

Estoy de acuerdo en el que el suspenso no puede ser una pena pública o sambenito, y en que es de buen profesor corregir en privado (también elogiar, desde mi punto de vista) evitando cualquier sombra de escarnio innecesario. También en que la motivación debe surgir del interior de cada individuo y el trabajo y la mejora ser fines en sí mismos, no medios ni herramientas. Pero no veo que todo esto sea incompatible con que un marcador, una nota o un rechazo nos digan dónde estamos (no quiénes somos) en comparación con un rival, la media de una clase o la opinión de un experto.

La verdadera derrota del sistema es abandonar la competición como laboratorio de ensayo o escenario de una obra de teatro que se parece, aunque vagamente, a la vida. Plegarse a este buenismo que conduce a la pereza y la inacción, al “qué hay de lo mío” y “a ver quién me salva el culo esta vez”. Quizá no sea más que otra forma de conducirnos lentamente a la apatía y la aquiescencia con la que aceptamos que nos llamen gilipollas a diario.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS


2018, estamos en paz





“Muy cerca de mi ocaso yo te bendigo, vida”. Con este verso comienza uno de los más bellos poemas que he leído. Su nombre, En paz, revela una posición hacia la existencia que, tal vez, solo podamos alcanzar hacia el final de la misma, ese momento en el que el lánguido transitar por sus senderos conduce a un otero desde el que contemplar el trayecto. Desde lo alto quizá cobre sentido el serpenteante camino que nos lleva entre cimas y vaguadas concediéndonos, solamente, la posibilidad de la marcha atrás o el abandono (a eso lo llaman libertad). Y es que no me refiero al cambio estético u ornamental de ciudad, trabajo o pareja, sino al recorrido interior que emprende el alma desde que se despereza en una habitación de hospital hasta que duerme para siempre, puede que agitada y esperanzada, o de un modo simplemente sereno.

2018, por usar una medida cualquiera de tiempo, ha sido un buen año baloncestístico. A vista de pájaro, y sin entrar en detalles, vencieron dos propuestas atractivas y valientes. Tanto Real Madrid como Golden State Warriors creen, contra la lógica cartesiana, que una canasta anotada vale más que una no recibida. Ello sin desdeñar el valor de la defensa como catalizador de la energía grupal, reconociendo a figuras como Taylor, Rudy, Iguodala o Green que entienden mejor que nadie eso de “hacer lo necesario”. A esta tendencia se unió Villanova Wildcats, un equipo que ha hecho del juego de 4 y 1, sencillo en sus fundamentos pero obsesivo en los detalles, una auténtica obra de arte. Pablo Laso, Steve Kerr y Jay Wright deberían estar en las quinielas de “hombre del año”. Créanme, necesitamos autoestima ante la atención mediática que reciben los monstruos con quienes compartimos cromosoma XY.

Por otra parte, perdonen mi incoherencia, 2018 ha sido un mal año baloncestístico. Coincido con Popovich en este punto. El triunfo de los algoritmos, la comprobación de su efectividad, aleja al baloncesto de su condición de juego, automatiza conductas y resta valor a la enseñanza y el aprendizaje de los fundamentos. El baloncesto se empresarializa, quién lo desempresarializará, podría ser el inicio de un trabalenguas pero es más bien una pregunta retórica por más que los Spurs se empeñen. La tendencia, como sucede con todos los avances tecnológicos (que no con los progresos sociales), es irreversible. En fin, como diría César Vallejo, hoy me gusta la vida un poco menos…

En el día de ayer experimenté las dos caras del baloncesto que han presidido mi vida en este año. Por la mañana asistía con el corazón paralizado a cada uno de los lanzamientos abiertos del equipo rival, puñaladas en los sistemas fisiológicos de un equipo profesional, donde siempre es difícil tratar de impostoras a las victorias y las derrotas cuando tantas veces explican lo que sucede con implacable dogmatismo. Por la tarde, reunido con viejos amigos con los que compartí experiencia en San Fernando, en el Campeonato de España Mini, y por la noche, reunido con los chicos que tuve la suerte de entrenar (perdonen que use siempre la misma expresión) durante la temporada pasada en el Cadete A de C.B. Tormes recuperé el pulso de eso que hace tan especial este juego, a pesar de las matemáticas, los medidores de rendimiento y las clasificaciones. O gracias a ello, pues solo en el intento obstinado de ser mejores cada día se alcanzan los niveles de emotividad que permiten que las relaciones que traba el baloncesto sean tan de verdad.



De ahí que 2018, año en el que se mezclaron las aproximaciones vocacionales al baloncesto (C.B. Tormes, selección mini de Castilla y León) con otras de carácter profesional (Synergy Sports, Bodegas Rioja Vega C.B. Clavijo), sea una invitación a seguir dando valor a cada pequeño gesto de los que se compone el juego sin perder de vista la dimensión humana que lo rodea, a explicar cada pequeño paso como indispensable para llegar a la meta, pero también, y sobre todo, como parte inseparable del camino que un día emprendimos y al que un día me gustaría referirme en los términos en que lo hizo Amado Nervo en el poema antes mencionado: Amé, fui amado. El sol acarició mi faz. ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Contra el entusiasmo





Desde el primer momento vi en aquellos chicos, en sus aptitudes atléticas y en su voluntarioso afán por mejorar, también en su enorme corazón adolescente, a jóvenes a los que el baloncesto les podría ayudar a canalizar su inmensa energía. El magma de que se componían sus almas, rebeldes y en cierta medida cautivas, podía correr como lava quemando su propia piel o solidificar como basalto que cimienta un volcán. Los conocí una tarde de septiembre, jugando al fútbol sala como diez individuos solitarios que se juntan en torno a una ruleta y apuestan su suerte al rojo o al negro. Aún sigo viéndolos, de vez en cuando quedamos a cenar, pero ahora forman una unidad sentada junto a la llama que alumbra los recuerdos de aquellos tiempos en los que fueron un fantástico equipo defendiendo una misma canasta, pasándose un único balón (es lo que lo hace tan especial).

Los tres años que entrené en el Colegio Trinitarios, alma máter que dirían los americanos, fueron magníficos. Muchos de esos chicos son hoy mis amigos. Nos hacemos confidencias, intercambiamos opiniones y consejos (pocos) y vamos bregando, como podemos, con los envites de la vida. Cuando nos va mal, como si nos trasladáramos de pronto al sillón de una famosa teleserie norteamericana, echamos mano de la memoria de aquella remontada, o de esa otra actuación inverosímil, y de la anécdota, esa anécdota, que jamás olvidaremos.

Tanta pasión para nada, que diría Julio Llamazares. Trescientas horas si acaso, siendo generosos, si en la comunidad autónoma en la que tuviera que ejercer de entrenador, copiaran las legislaciones de Cataluña y Madrid, lo que terminará sucediendo, y fuera necesario demostrar una experiencia profesional ante esa Corte Suprema de la Burocracia Mediocre y Absurda que, de repente, ha declarado que nuestros títulos y nuestras actividades de formación complementaria, avaladas por la Federación Española de Baloncesto e impartidas por profesionales de indudable conocimiento, son mero papel serigrafiado, un adorno en nuestras paredes, una postal de Benidorm (Zaragoza, en este caso) que deberá ser homologada por una más cara (tal vez de Dubai). No sé cuantas mil horas en una profesión que nunca lo ha sido, con contratos que reducían el tiempo efectivamente empleado para que los colegios y clubes, de presupuestos modestos, pudieran hacer frente a las obligaciones con la Seguridad Social y uno, rey de los gilipollas, cumpliera su sueño de entrenar baloncesto.




Lo lamento, pero aborrezco que los estados, representados por sus técnicos de puro y gabardina, o blusa y cigarro, contribuyan con sus omisiones a depauperar actividades económicas y luego las regulen con puño de hierro. No se puede deforestar una ladera y pedirle al eucalipto que sea roble o castaño. Lo que pudiera parecer un saludable ejercicio de fumigación y desintoxicación de las cloacas (la regulación de una profesión) es, por contraste con la fría y dura realidad de los hechos (presupuestos paupérrimos, sueldos irrisorios, ausencia de estructuras), una muestra de arbitrariedad inadmisible que nos lleva a pensar que detrás de las nuevas exigencias de homologación y convalidación de títulos, de esta esterilización de la aguja en el pajar, no hay más que un afán recaudatorio.

Pero no quiero detenerme en los pasajes jurídicos, en los vericuetos de este lenguaje administrativo que nos deja mudos ante un uso tan mezquino de un idioma tan bello como el español. Lo que más me asombra, a fin de cuentas, es que a todo lo llamen oficio o profesión, que estos legisladores ateos todo lo quieran reglar con severos versículos que dictan lo debido o lo apropiado y se atrevan a llamar ciencia a lo que no es más que el germen de una contradicción. No niego que haya una faceta que nos equipare a carpinteros o arquitectos en las fases de programación y planificación ni desecho el valor de todos aquellos conocimientos relacionados con el juego y sus afueras, lo que avala las largas jornadas de observación y estudio. Pero si algo me sigue fascinando en toda esta labor de entrenar es el apartado artístico, ligado con la seducción y la manera de conectar con las personas, con sus debilidades y fortalezas, traspasando su armadura de bronce.

El baloncesto es logos, sí, pero también ética y pasión (ethos y pathos), retórica del dribling, el pase y el tiro, agon en la defensa de la causa de esa pequeña polis que es el equipo, ludus ante todo, por fortuna. La cancha es domos (hogar) y es escuela (gymnos y liceo), y como tal se basta para decidir quiénes son dignos de comer en su mesa y enseñar en sus aulas. El baloncesto es una cosa griega que se aprende con método socrático, preguntas y diálogos, maestros, mentores y discípulos y no francesa: ni códigos ni enciclopedias. Así, al menos, lo concibo, queden estas palabras como prueba aunque me pliegue a estas y otras sandeces, homologue mis títulos, pague mis deudas y guarde, por lo demás, silencio ante esta y otras tantas injusticias que golpean el hígado de los entusiastas y detienen el pulso de las naciones, el que un día, cada vez más remoto, latía en el corazón de un niño que jugaba a la pelota.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

La delgada línea roja





Muchos entrenadores, entre ellos algunos amigos míos, conocen por estas fechas el equipo que entrenarán durante la temporada. Su principal aliciente, en la mayor parte de los casos, es dirigir al conjunto con mayores posibilidades deportivas, el que parte con mayores aspiraciones en la competición autonómica, el que, tal vez, bien entrenado y no exento de fortuna, puede llegar a jugar un campeonato de España: un bonito reto, no cabe duda.

A partir de ahí se interesan por el funcionamiento global del grupo, por el bagaje técnico-táctico, la capacidad física de cada uno de los individuos. También por la metodología de enseñanza-aprendizaje que con ellos se ha seguido con vistas a mantenerla (y ahorrar “costes” de transacción) o renovarla (aportando un elemento nuevo de motivación). Solo unos pocos se interesan por cómo van sus estudios, cuáles son sus otras aficiones, cuál es el perfil de sus padres, cómo se trasladan al lugar de entrenamiento, en qué momento se encontraron con el baloncesto o su historial de lesiones, esas que siempre dejan una huella, ya sea física o mental.

Lo sé porque me ha pasado, porque yo he sido ese entrenador únicamente preocupado por el aspecto deportivo, un científico absorto tras la lente de un microscopio que ignora que fuera de su edificio se está produciendo un tsunami. Yo he sido el primero que ha corregido detalles técnicos e ignorado demandas emocionales mucho más serias o relevantes. Yo he intentado entrenar con métodos cuasi profesionales a chicos que nunca lo serán.

Y no está mal, no quiero decir eso. Creo que “las cosas bien hechas bien parecen” y que el compromiso con la inalcanzable perfección, sin obsesionarse, es un buen punto de partida, siempre que se disfrute del proceso y siempre que esa búsqueda abarque también aspectos extradeportivos. Creo, eso sí, que una temporada tiene que dejar un recuerdo imborrable por la calidad de las conexiones que se establecen entre los individuos, calidad que bien puede medirse a partir de la nitidez con que la memoria fabrica y conserva los recuerdos. En junio de 2019 prevalecerán los resultados; en junio de 2045 la atmósfera, las anécdotas, una enseñanza concreta.

Todo esto al hilo de una reflexión sobre el futuro del baloncesto de cantera y su supervivencia en un contexto de cada vez mayor competencia por el bien más preciado de todos: el tiempo. Los jóvenes tienen que repartir su agenda entre actividades que les serán objetivamente útiles en el futuro (o eso creemos) como la programación o los idiomas, las tareas escolares, vocaciones de tipo artístico cuya enseñanza está mucho más individualizada (pintura, música), una oferta de ocio multimedia muy atractiva y sus necesidades de socialización, apenas cubiertas durante el recreo, los descansos entre clases y la salida del instituto que el baloncesto, es cierto, ofrece de un modo supletorio. 

Con esto no pretendo decir que debamos mercadear con nuestros valores, negociar con todo aquello que siempre nos ha caracterizado, llámese esfuerzo o disciplina. Es más, creo que ellos nos ayudarán a singularizarnos y hacernos visibles en medio de esta tómbola. Sin embargo, no creo que esté de más hablar en voz alta sobre la delgada línea roja en la que nos movemos, siempre a caballo entre la educación y la competición, aunque no sean términos opuestos ni antónimos.

Las posibilidades de que un jugador de una ciudad media llegue a ser profesional son objetivamente pequeñas, no tengo los datos. Sin embargo, los entrenadores, educados desde el prisma de las grandes ligas, ignoran este hecho y simulan rutinas que han visto en los equipos que salen en la tele, el comportamiento y la actitud de técnicos que se juegan el sueldo en cada partido: calcan sus estilos de comunicación, la estructura de sus rotaciones, el diseño táctico (para que la acabe jugando el bueno),… Eso nos funcionará un tiempo, no digo que no, la sociedad es competitiva y la mayor parte de los padres comparten con nosotros esta herencia de querer ganar hasta a las chapas, pero tiene fecha de caducidad.

Si no hacemos de la experiencia deportiva algo mucho más transversal, si no conectamos con los jugadores en un nivel de profundidad mayor convirtiéndonos, en función de sus características y demandas, en una suerte de mentor responsable y distinguido (distinguido, digo, por su talla moral), no tendremos nada que hacer. Si nuestros equipos siguen pareciendo malos equipos de la NBA, y entrenando como tales, el aliciente que ofreceremos dejará de ser suficiente.

Ojo, esto no es una llamada a la revolución, a la introducción de complejos mecanismos didácticos o psicopedagógicos. Todo lo contrario, si algo reclamo es simpleza, un regreso a esa arcadia que en cierta medida fue el deporte en los ochenta y noventa en cuanto que actividad esencialmente lúdica, origen de amistades imperecederas y refugio indestructible frente a las adversidades sentimentales, académicas o familiares.

Solo si formamos parte de la solución, si los chicos encuentran un motivo poderoso para asistir (mucho más poderoso que el compromiso o la responsabilidad) el deporte de cantera seguirá siendo la elección de nuestros jóvenes para las tardes de invierno y de verano. Pongámonos a ello o será tarde. 



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Ocho años, mayor de edad



El pasado 23 de junio este blog cumplió ocho años de vida cibernética. Ocho primaveras dejando constancia de las andanzas baloncestísticas de quien lo redacta, no solo a través de los textos diarísticos o autobiográficos, también con los artículos de opinión y toda la miscelánea genérica de la que se ha alimentado tratando, en cualquier caso, de mostrar responsabilidad y gratitud hacia los casi trescientos mil visitantes que han querido curiosear sus tapas virtuales, su lomo invisible.

Ocho años que no pretenden ser la crónica de una década que empezaron dominando los Lakers y el Barcelona y que ahora gobiernan los Warriors y el Madrid, de un período en el que Lebron (con billete para Los Angeles) cruzó el país de este a oeste con escala en Cleveland y en el que vimos envejecer de forma muy distinta a los Junior de Oro, con Felipe Reyes siendo cada día mejor, Gasol estirando su inagotable dosis de talento y otros, en cambio, retirados o pidiendo la hora. Ocho años que han consolidado la fortaleza del baloncesto femenino en nuestro país, una fortaleza que, redondeada con múltiples medallas internacionales, ha hecho palidecer una estructura que al fin parece haber captado el mensaje y anuncia nuevos tiempos.

Cuando comenzaba con la redacción del primer artículo éramos todos muy distintos. Yo, por ejemplo, entrenaba en el Colegio Trinitarios, disfrutaba ensayando metodologías con chicos a los que aún intento reunir para fomentar el sentido de comunidad que el baloncesto, como lugar de encuentro, debe propiciar. Al igual que ahora, pero de un modo mucho más natural, el baloncesto era el mecanismo de expresión que mejor cubría mis demandas. Este deporte, a priori banal, me permitió liberarme de la máscara social, del paso rutinario de los días. En la banda ya intentaba inculcar aquello en lo que aún creo, por mucho que el mundo fuera, y siga yendo, en dirección contraria.

Ocho años después lo correcto me sigue pareciendo un lastre que arrastramos como herencia. Lo correcto estandariza, nos robotiza en un tiempo en el que ya sabemos que habrá androides mucho más hábiles y diestros que nosotros. Yo lo soy por exceso, lo sé, aunque el camino que sigo es justamente el de un desprendimiento. Un desprendimiento no solo de costumbres y máximas que asimilamos sin derecho a crítica, también de todos los vicios del espíritu que nos impiden entregarnos en esa plenitud que alcanza el que nada espera o ambiciona, aunque solo sea en instantes muy precisos, en una fecha y hora concretas; los suficientes para justificar una vida.

Por eso mismo, al soplar las ocho velas de la tarta, solo pedí memoria. Memoria para recordar el error y no volver a cometerlo, al menos por ignorancia. Memoria para tener presente dónde y cómo empezamos, cómo éramos, por si lo mejor no es siempre evolucionar o cambiar, sino ser lo que fuimos o regresar. Y memoria, por supuesto, para resucitar a través de esos instantes que impregnaron nuestras camisas, embadurnaron nuestras pizarras y nos hicieron derramar alguna lágrima de satisfacción.

De todos ellos seguirá alimentándose este blog, aunque sea en dosis cada vez más puntuales, con motivo de nuevas aventuras que exigen, para sí, su propio tiempo. Una de ellas es Sport Coach Academy, una empresa que oferta formación continua y online para entrenadores y en la que colaboro en la parcela de comunicación, haciendo algo parecido a aquello que llevo ocho años practicando en vuestra compañía: generar debates sobre baloncesto, colocar espejos planos, o deformantes, delante de sus múltiples caras, transmitir emoción y pasión, motores del mundo.



Allí os espero para seguir cumpliendo años y cubrir etapas sin descontar ningún día del camino por intrascendente o insulso. También aquí, en este blog que se ha hecho mayor de edad y purga los males de la adultez poniéndose al día con sus amigos muy de vez en cuando, muchas menos veces de lo que me gustaría.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS