Missing you, Navarro






Ayer quise dedicarle un poco de tiempo a ver con detenimiento el Eslovenia-España que nos condena a luchar por el bronce en unas horas. No pude seguirlo completo en directo y el poco tiempo que lo hice no pude hacerlo con la concentración con la que me gusta observar estos partidos (sin el móvil cerca, centrado exclusivamente en el juego). De las conversaciones con amigos, muchos de ellos entrenadores y jugadores de baloncesto, quise sacar dos conclusiones: Eslovenia había jugado muy bien y nos había arrollado por un mayor ritmo y acierto y España se había suicidado, jugando poco con los interiores y demasiado tiempo con los dos Gasol en pista, con la rémora que eso supone a la hora de defender situaciones de pick and roll con cuatros abiertos como los que presentaba el rival, especialmente Randolph.

Efectivamente, como suponía, Eslovenia jugó bien. Castigó en el pick and roll a Gasol hasta la extenuación, tanto como lo hacía Nadal con el revés de Federer hace unos años. Una y otra vez, sin piedad, sabiendo sus problemas de movilidad, conscientes de que en todo momento tendría que medir su agresividad para evitar meterse en problemas de faltas, sabedores de que uno de los cuatro jugadores llamados a rotar sería Marc, emparejado con un exterior en la práctica como Randolph. Aquí España se la jugó por orientar hacia la mano menos peligrosa de los atacantes a partir de las nociones extraídas del Scouting. Conducir hacia la pantalla o negar el camino en función de qué dirección tuvieran que tomar Doncic y Dragic principalmente. Mientras, Gasol a la espera, protegiendo el camino al aro, impedido para la acción consecutiva del rebote, mal posicionado para luchar por la posición. Grande para evitar penetraciones, pero no segundas acciones en la continuación o en el lado contrario, donde nuestros aleros (incluido Marc) sufrían para dar auxilio a Gasol y recuperar a su hombre.

No hicieron mucho más los eslovenos que jugar bien la situación de pick and roll atacando el espacio entre el defensor del balón, que lo concedía, y el defensor del bloqueador, que flotaba. A partir de ahí algún floater, alguna bandeja (metidas y falladas con rebote ofensivo), algunos pases alimentando la continuación y muchos otros al lado contrario, donde los jugadores abiertos (lo que los americanos llaman en situación de spot up) castigaban con triples, con fintas y arrancadas o con rápidas circulaciones de balón, los closeouts (las recuperaciones defensivas) de los nuestros, con las nociones de técnica individual en la que los jugadores balcánicos siguen dándonos lecciones.

Es aquí donde más quejas podemos tener los aficionados sobre las decisiones del cuerpo técnico, que esperó al último cuarto para introducir una alternativa defensiva que parase semejante degüello, colocando una zona 2-3. Antes, qué sé yo, pudieron concederle el tiro al jugador al balón pasando de tercero, o exigirle, como hace Serbia con Marjanovic, asomarse un poco más cerca del bloqueo a Gasol impidiendo ganar el corazón de la zona a los bases eslovenos. Lo cierto es que una vez tras otra castigaron esta situación, una situación que pone en valor a todos esos jugadores eficaces en la defensa de hombres grandes y con la movilidad suficiente como para aguantar cambios defensivos en el perímetro. Pienso, claro, en Draymond Green.

En cuanto al ataque, poco que reprochar al planteamiento del seleccionador. Se mezclaron situaciones de juego interior (bastante variadas, por cierto) con otras de pick and roll, de la que muchas veces salieron tiros liberados o situaciones análogas a las que conseguía Eslovenia en el lado contrario, es decir, spot ups con ventaja para el receptor del balón. La diferencia es que en esas situaciones, con todos los respetos para jugadores que son excelentes, teníamos a San Emeterio, Sastre, Juancho o Ricky (que hizo un buen partido en líneas generales) y a ningún cuatro abierto que pudiera ocasionarle quebraderos de cabeza a los interiores que doblaban la defensa sobre Pau. Es cierto que, como indicaba Pepu Hernández en la retransmisión, el balón de España giró más lento que el de Eslovenia una vez generada la ventaja, pero también es cierto que lo hacía por manos menos diestras, más inseguras, menos dotadas para el “catch and shoot” o la arrancada tras finta para parada y tiro, gestos que los balcánicos podrían ejecutar dormidos.

Dicen los expertos que ambos problemas, el ofensivo y el defensivo podrían haberse arreglado con más minutos de Juancho al cuatro, pero es que al joven alero madrileño, a punto de cumplir 22 años, lo empujaron fuera del campo en la lucha por la posición tras un missmatch después de que Marc saltara a defender a Doncic y le quitaron dos rebotes defensivos por una cuestión de dureza. Yo digo, contra las voces que me criticarán por ello, que hubiera jugado más minutos con Navarro, quien al menos se fabricó tres tiros y alimentó a Gasol en un bloqueo y continuación, el único junto con el inicial de Marc que culminamos con claridad cerca del aro, lo que demuestra que a Navarro le siguen temiendo por Europa y enviándole defensores, algo que no ocurre con Ricky, Sastre, Juancho o San Emeterio.

También apunto que jugamos con menos dureza, que no supimos aprovechar tan bien como ellos las faltas que no conceden tiros libres y que ellos emplearon para detener contraataques, eliminar situaciones de missmatch o dejar sobradas muestras de que en su zona nadie pisaría gratis. Y recalco un elemento clave que puede ser significativo, tal vez por haberlo sufrido en un partido importante de la pasada temporada: No se puede empezar el tercer cuarto cuatro abajo y en un minuto ir perdiendo de ocho por dos balances que no hacemos (responsabilidad de nuestros exteriores).

En cualquier caso tenemos lo que tenemos. Un equipo muy mermado en posiciones claves, que hubiera sido otro con algo tan simple como un cuatro que pudiera meter tiros o fabricar juego desde el perímetro (Mirotic) o con algunas de las bajas en el exterior, incluida la de José Manuel Calderón por decisión técnica. Con Llull, Rudy, Calderón o Abrines en pista, los eslovenos hubieran dudado a la hora de sobremarcar los balones interiores y las situaciones de bloqueo y continuación o, en su defecto, hubieran pagado el peaje por hacerlo, cosa que el jueves no pudimos hacer por una notoria falta de talento y acierto.

Un equipo mermado, sí, pero también un conjunto histórico, no lo olvidemos, que despide esta tarde a uno de sus estandartes, un Juan Carlos Navarro que ha sido el Robin perfecto de Pau, el mejor dos posible para que el de Sant Boi pudiera hacer de las zonas rivales territorio conquistado. El mejor escolta, en los dos sentidos del término, de la historia de nuestro baloncesto.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Reverdecen los tréboles




Hay una regla no escrita que planea sobre la atmósfera de los despachos físicos y virtuales de la NBA que dice que el equipo que recibe al mejor jugador es, a la postre, el ganador del intercambio. En sencilla aplicación de esta norma los Boston Celtics son los ganadores de la noche tras adquirir a Kyrie Irving a cambio de Isaiah Thomas, Jae Crowder, Ante Zizic y la primera elección de Nets en el próximo Draft.

Un precio demasiado elevado, tal vez. Menos si tenemos en cuenta que el pequeño base, ahora de los Cavaliers, pretende pedir el máximo salarial al final de la temporada y que Jae Crowder, un efectivo complemento en estos años en Boston, estaba cerrando el camino a dos jóvenes perlas con un potencial muy superior al del alero saliente: Jaylen Brown y Jayson Tatum. Duele, si acaso, ver escapar esa próxima elección del draft, alta a buen seguro si el rendimiento de los Nets resulta tan pobre como se espera.

Entiendo la apuesta de Ainge, sembrador paciente estos últimos cinco años, pero con ganas de reunir al fin un equipo que no se contente con ser finalista de conferencia. Con Irving libre de ataduras y con un sistema, como el de Boston, que, sin interiores de verdad, genera buenas oportunidades para los exteriores, pocos ataques de la liga aspiran a ser tan eficaces. Acompañado de un perro de presa como Smart, de ese culmen de la eficiencia ofensiva que resulta ser Gordon Hayward, de un cuatro abierto correcto como Morris y de Al Horford, un base encerrado en el cuerpo de un pívot, Irving no tiene excusas para no “explotar” con una temporada próxima a los treinta puntos por encuentro y el ejercicio de un liderazgo que ya ejerció al frente de la selección norteamericana en ausencia de Durant y James durante el Mundial de 2014.

La llegada del ex jugador de Duke incrementa al mismo tiempo el atractivo de la franquicia, un valor difícil de medir pero que se está comportando como factor clave a la hora de formar equipos ganadores. Que el talento llama al talento es más evidente que nunca en esta época de inflación salarial a pesar de los intentos de la NBA por frenar esta tendencia a la “conglomeración”. Irving puede ser la antesala del hombre grande llamado a culminar el renacimiento de la franquicia, el definitivo reverdecer de laureles y tréboles que los Celtics llevan preparando a fuego lento durante años.




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Aclarando conceptos (IX)



Menuda polémica con el paso cero, con este ataque velado a nuestra infancia y a nuestra ingenua manera de contar aprendida en aquellas tardes de Barrio Sésamo. “Uno, dos y tres”, nos decían Epi y Blas. “Uno, dos, tres: pasos” nos decíamos los unos a los otros en el colegio mientras aprendíamos a entrar a canasta. Como “pasos” se oye desde la grada cada vez que hay una acción dudosa del equipo contrario, “ha dado tres pasos, árbitro, uno dos y tres” –cuando no “cámino”, en una versión más antigua y entrañable del término.

Y se seguirá oyendo. Por mucho que FIBA, en un intento por homogeneizar las reglas, haya aceptado el concepto de “gather step” o “paso cero” (hasta ahora nadie lo ha explicado mejor que Miguel Martín en el siguiente enlace), como un primer apoyo coincidente con el amasamiento del balón que no debe contabilizarse, que Epi y Blas deberán omitir a partir del 1 de octubre, al menos a la finalización del dribling y en todas las recepciones en carrera (cortes a canasta, continuaciones tras bloqueo, salidas de pantallas, contraataque,…). En realidad venimos a aceptar aquello que los americanos vienen tiempo llamando “two steps and a half”, lo que en una traducción más o menos literal serían “dos pasos y medio”, siendo el medio el paso que se da durante la toma de control del balón.

Este cambio de reglas ha levantado más expectación de lo habitual por tratarse, en cierta medida, de una capitulación del baloncesto FIBA, del baloncesto de escuela, el de toda la vida. El baloncesto técnico, ortodoxo, más afín al espíritu original del juego, lo que en cierta medida es verdad, pues James Naismith apuntaba en la tercera regla que “a player cannot run with the ball”, vamos que “un jugador no puede correr con la pelota”. Pero claro, aquel reglamento también decía que la segunda falta supondría la salida del jugador del campo hasta que el equipo contrario metiera una canasta (que antes eran goles) y que la tercera falta consecutiva de un equipo daría lugar a una canasta automática para el oponente.

No es que importe mucho, pero mi opinión es favorable al cambio. La introducción del paso cero fomentará situaciones en transición y ganaremos variedad en las finalizaciones, con las que antes era necesario hilar muy fino –demasiado. Recuperaremos los reversos para sortear la ayuda de los grandes y, en teoría, podremos respirar tranquilos viendo a nuestros jugadores practicar el traspiés o el euro step, esos fundamentos que entrenábamos los lunes poniendo mucha atención al momento de agarrar el balón para que luego, los fines de semana, siempre fueran pasos “por si acaso”, preventivos.

Para un seguidor habitual de NBA este cambio no es ni mucho menos dramático y, en general, como truco, creo que debe interpretarse como una relajación de la regla. Todo lo que antes (en las situaciones descritas) nos parecía una infracción por pasos ya no debe ser entendido de esta manera. ¿Y a la hora de entrenar? Pues lo que les decía: a recuperar los reversos en tres apoyos (dos apoyos y medio o cero más dos), a relajarse con los traspiés y “euro steps”, a insistirle a los grandes con aquello de que no boten en las continuaciones, a desaprender lo de palmear el balón en las recepciones en contraataque para pasar a agarrarlo y a correr antes de botarlo (lo que acabará con aquello de no dársela al grande en contraataque), y a fomentar los cortes y el juego sin balón, pues difícilmente después de una recepción de este tipo un jugador dará tres apoyos y medio, los necesarios para que un árbitro interprete pasos de acuerdo con la nueva norma. Aunque who knows?





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Al nordeste de la ciudad




Han pasado más de dos décadas. Fue en Radio Voz, durante la temporada del histórico doblete del Atlético de Madrid. Cada semana, antes y después de que el equipo dirigido por Radomir Antic disputara su encuentro, Andrés Montes clamaba aquello de “algo se mueve al sur de la ciudad”. Esta frase, una más dentro de un amplio catálogo de chascarrillos ingeniosos, conectaba con la audiencia colchonera y la rescataba de las pesadillas anticipadas de un nuevo lunes en la fábrica o la oficina. El pequeño locutor sabía cómo entretener y entusiasmar aprovechándose de la asombrosa existencia de las ondas electromagnéticas y la radiodifusión, de esa magia que concede la distancia física entre el emisor y el receptor del mensaje.

Esta semana he podido comprobar cómo otro sector geográfico de la capital reclama para sí un merecido protagonismo. Como técnico de la séptima edición de los Golden Basket Camp, he comprobado que no hay otro sitio como Madrid para entablar relaciones y establecer contactos en ámbitos muy diversos, en este caso el baloncesto. Más aún si, como sucede en Daganzo de Arriba, se juntan unos cuantos locos y empiezan a dar forma a un proyecto humilde pero ambicioso anclado en el amor al deporte y la firme creencia en unos cuantos valores. No demasiados. Los suficientes.

Cuando acepté la propuesta de Raúl Moreno, director del campus y entrenador del primer equipo del Baloncesto Daganzo CDE, con quien tuve la suerte de coincidir en el Curso de Entrenador Superior hace ya tres años, lo que más me apetecía era conocer otra realidad baloncestística, saber qué se viene haciendo en otras coordenadas geográficas y acceder a nuevos y enriquecedores puntos de vista. Como cicerones de todo ello, conté con la inestimable colaboración de Felipe Rodríguez, entrenador del club, y Cedric Arregui Guivarch, también compañero en el curso. Viéndolos trabajar y comunicarse con los chicos engordé mi mochila de conocimientos y posibilidades didácticas de cara a futuras temporadas, aunque agradeceré el reposo que me ha de llegar el próximo 2 de agosto para iniciar el necesario proceso de reflexión, ese que otorga sentido y separa lo esencial de lo anecdótico. 

Del campus destacar la orientación claramente volcada al trabajo y la mejora, la ética del esfuerzo con la que primero se comulga y luego se pregona. Con una ratio de cinco a siete jugadores por entrenador es muy sencillo dar calidad a las tareas y, fundamentalmente, a las correcciones. Me gusta la idea de que los campus sirvan para abrirle a los chicos una ventana de posibilidades y motivarlos para que se asomen a través de ellas. Muchos de ellos, de hecho, conocieron posibilidades técnicas y conceptos de táctica individual absolutamente nuevos. Ahora los reconocerán en la tele y los practicarán en los parques. Así, de esta manera, poco a poco habrá más “baloncestohablantes” en el mundo, un idioma claramente vinculado a los dialectos de la solidaridad, el trabajo y la fe, los mismos en los que Moussa Diagné (pívot del Barcelona) y David Sainsbury (Monk, primera división belga), jugadores invitados, se dirigieron a los chicos en una lección de humildad y simpatía. 

De nuevo en lengua castellana, en la de un ciudadano de a pie cobijado en un dormitorio cualquiera de la España vacía, echo de menos esa vida baloncestística que se respira en Madrid, donde, además de un metro siempre a punto de partir, hay un loco en cada esquina, un soñador que no entiende de lindes, autoprofecías catastrofistas ligadas al cultivo de la tierra o atávicos miedos que invitan al conservadurismo. Desde el silencio de una Salamanca veraniega aún me llega el eco procedente de Daganzo. En la voz de Andrés Montes escucho “algo se mueve al nordeste de la ciudad” mientras me envuelvo en la paz y envidio, al mismo tiempo, el movimiento. 

Gracias por todo, chicos. ¡Volveré!


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RF5=(28*15)^2





Hace menos de cuarenta y ocho horas regresaba a Salamanca procedente de Mallorca dejando atrás siete días de emociones intensas en el Campus Rudy Fernández, una cita que se ha consolidado como hito imprescindible en el calendario veraniego de este tipo de eventos. El cansancio, que hizo del trayecto en autocar entre Madrid y Salamanca un parpadeo, se mezclaba con el aluvión de recuerdos que poco a poco irán haciéndose hueco en la memoria a largo plazo hasta formar parte de mi biografía.

Cuando Alberto Miranda, entrenador ayudante en UCAM Murcia, me comunicó su interés en que formara parte del equipo de este campus no lo dudé. Comprobé que no habría incompatibilidades con otras citas y confirmé mi presencia expresando de forma tácita mi deseo de compartir experiencias y teorías con otros entrenadores, de seguir aprendiendo de los chicos a través de esas dos fuentes de conocimiento que son la observación y la escucha atentas. También de aportar, claro, en la pista y fuera de ella, en todos los ámbitos que fueran necesarios para que más de doscientos jóvenes de entre 8 y 18 años pudieran convivir de la manera ejemplar que lo hicieron.

Nada más llegar a Pollença, además de conocer los efectos de la humedad, comprendí que, si la marca “Rudy Fernández”, su valor intrínseco y su capacidad mediática, bien pudiera llenar uno, dos y hasta tres campus por sí sola, su organización, en cambio, es ante todo un ejemplo de empresa familiar capitaneada por Marta, la hermana mayor del jugador del Real Madrid y, no lo olvidemos, ex jugadora de élite con experiencia en la WNBA. El binomio que esta forma junto a su pareja, el ya mencionado Alberto Miranda, es el ancla que soporta el peso de toda una estructura que, durante una semana, adquiere una dimensión difícilmente manejable.

El número de Dunbar nos viene a decir que la cantidad de individuos que pueden desarrollarse plenamente dentro de un sistema es de 150 personas. Hacer funcionar una comunidad bastante mayor (en torno a 270 personas entre jugadores y monitores) no es nada sencillo, aunque se establezcan grupos, se fijen rutinas y protocolos, se especialicen roles y todas las noches se realice una reunión de control y planificación del día siguiente. Pero lo cierto es que se consiguió y que la maquinaria funcionó de forma eficiente a lo largo de toda la semana, fundamentalmente gracias a un grupo humano que entendió enseguida cuál era su misión.

Gracias a eso, a la labor de coordinación y a una solidaria y eficaz ejecución de las tareas, los chicos pudieron disfrutar de un modelo de campus no apto para naturalezas perezosas o corazones enfermos. Y es que además de una oferta variada de baloncesto, que incluía entrenamientos de calidad pero también una amplia variedad de juegos y competiciones (incluida el famoso “Tu momentum”, en el que chicos y chicas tratan de imitar una acción propuesta por Rudy), los chicos pudieron disfrutar de la práctica de otros deportes, la realización de talleres y actividades de tiempo libre, visitas de jugadores de élite, viajes a un parque acuático y a la playa o actividades educativas orientadas a temas tan prioritarios en nuestros días como el reciclaje o una buena alimentación.

Todo eso y mucho más. Sobre todo una intensa convivencia basada en los valores de respeto y cooperación que nuestro deporte lleva en el ADN desde hace más de cien años. Una vida en comunidad que terminó diluyendo, sin extinguirlos, los diferentes acentos e idiomas hasta terminar expresándose en el lenguaje de las emociones, que es también el del baloncesto. Emociones que no pudieron contenerse (¿acaso deben?) en el momento de la despedida, en ese “pobre de mí” que anuncia un largo periplo alejados de todas las amistades que se hicieron entre literas, vasos de desayuno, bailes de moda y, sobre todo, que nadie se olvide, en los 28x15 de ese rectángulo de los sueños que es una cancha de basket.


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Pequeña gran experiencia




Hay pocos sonidos más estremecedores que el de un campus de baloncesto recién finalizado, ese silencio que invade el albergue cuando el último chico sube al autobús que lo dejará de vuelta en casa. Atrás queda el ruido de balones, el entusiasmo por acceder el primero a la máquina de gominolas o al surtidor de chocolate. Más aún si la actividad es de Minibasket y los chicos no pasan de los once años, una edad a la que aún no tienen cabida las confesiones íntimas, susurradas, y la expresión del yo, por sincera, se hace necesariamente en voz alta.

El pasado domingo experimenté esta sensación de vacío que he descrito, ese derrumbe que sigue al júbilo y que, por oposición a este estado de ánimo, delata que fue una semana intensa, repleta de acontecimientos y emociones. Por suerte, aunque el campus mini de la Federación de Baloncesto de Castilla y León finalizó con éxito (sin incidencias reseñables y con un notable y generalizado ambiente de satisfacción), el camino no ha hecho más que empezar. Y es que el pasado enero fui requerido por el secretario técnico de la federación para ser el entrenador ayudante de la selección regional de minibasket, un puesto que acepté sin saber aún quién serían el entrenador principal y el delegado, consciente de todo el esfuerzo que requerirá la adaptación a una categoría que no he visitado mucho y de la que he sufrido un instantáneo enamoramiento.

Y es que en minibasket el sesudo lenguaje del baloncesto se simplifica hasta desentrañar las claves más aparentes del juego. Ayudar es ponerse delante del jugador que avanza liberado con el balón hacia nuestra canasta. Usar las manos es ir a robar como buenamente intuya el chico o la chica. Defender la línea de pase, algo tan sencillo como evitar que el jugador que defiendes reciba la pelota (y es peor si lo hace estando más cerca de tu canasta que tú). En minibasket, más que en ninguna otra categoría, se vuelve imprescindible eso que a veces olvidamos: que el baloncesto es un juego en el que hay que correr, saltar y “pegarse”: contactar antes de coger un rebote, luchar por un balón suelto o para evitar que el atacante se aproxime a nuestro aro. En Minibasket está permitido cometer errores y prohibido jugar andando para no hacerlos. En Minibasket están permitidos los tiros abiertos y casi prohibido no hacerlos. En Minibasket hay que dar siempre ese pase que el chico ve, aunque se pierda, y sienta mal ese bote de más, el abuso de la individualidad. Ni hablar del reproche entre compañeros o el gesto al aire.


Afronto encantado la aventura. Muy bien acompañado en el viaje y con un cuaderno de apuntes siempre a mano para tomar notas de conceptos y metodología, pero sobre todo para aprender de la ingenua y primitiva percepción de la cancha y de la vida que tienen los niños, esa de la que tantas veces hubiera querido disponer mientras rellenaba papeles, mediaba entre adultos o diseñaba sistemas en la pizarra.  

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Setenta veces siete




Lo sé, es pecado capital. Recordar la fecha de la primera publicación de este blog no es sino un acceso preocupante de vanidad. Emplearé como defensa el simbolismo del solsticio de verano y la noche de las hogueras, la asociación del nacimiento de este diario con la necesidad de desprenderme, al menos verbalmente, de muchas de mis obsesiones relacionadas con el baloncesto, esas que ahora se consumen en el fuego permanente de la red.

Pero más allá de ser un sumidero de obsesiones, depósito natural de ideas, dudas y temores, este diario ha sido también un asa a través del cual agarrar, aunque sea con la punta de los dedos, el sentido de la vida. Sin hijos a los que alimentar, sin el valor para encarar proyectos filantrópicos que justifiquen interiormente, más allá de teorías biologicistas, mi existencia, tras comprobar que no hay victorias excesivamente duraderas ni (sobre todo esto) derrotas catárticas, la escritura regular en este cuaderno me ha servido para reforzar los finos hilos que me sujetan al gran titiritero que mueve el mundo.

Sin embargo, en la medida en que esta terapia ha adquirido una cierta (y bienvenida) apertura, y se ha convertido en una carta abierta a quien la haya querido leer, debo incorporar, con siete años de retraso, las prevenciones que debí incluir en el contrato inicial. Tómenlas como cláusulas con efectos retroactivos, reciban de buen grado mis disculpas y multiplíquenlas por setenta si Mateo, 18: 21-35 es una de sus lecturas de cabecera.

1. Perdón por el ritmo irregular de las entradas. Si quisieron convertir su lectura en una rutina, no se lo puse fácil.

2. Perdón por la elección de los temas. Seguramente muchos fueron inapropiados; otros insulsos o descontextualizados. Muchos temas de actualidad merecieron una entrada –o una entrada mejor y más reposada, mejor documentada– y otros un silencio que no supe guardar.

3. Perdón por echar mano del humor en situaciones trágicas o por ser demasiado solemne cuando el trance demandaba una vis cómica. No es fácil saber de qué caprichoso modo se está repitiendo la historia en cada momento.

4. Perdón (en realidad no) por ser un Celtic y no ser objetivo con la mejor franquicia de la historia, con mi ídolo de adolescencia (Paul Pierce) y con las expectativas de un equipo, el actual, que a duras penas ganaría la Euroliga (pese a jugar muy bien y contar con un gran entrenador).

5. Perdón por poner sobre la mesa temas incómodos: la relación entre entrenadores y padres, la ausencia de vocaciones, las graves taras de la educación. Perdón, sobre todo, por no ofrecer ninguna solución viable, por acabar cada artículo con una sucesión de dudas.

6. Perdón por no acusar a Orenga, por criticar a uno de los popes del baloncesto, por no acertar un pronóstico sobre los playoff de la NBA. Por salir en defensa de quienes sí fueron profetas en su tierra (aunque no se lo reconozcan), por contar mi experiencia en los cursos de entrenador y de cuantas aventuras consideré suficientemente relevantes para los despistados que van dejándose caer, cada vez más, por este espacio de encuentro.

7. Perdón, en definitiva, por esta autobiografía en movimiento disfrazada a través de historias, crónicas, reseñas de libros, semblanzas biográficas de leyendas, diccionarios de términos y, fundamentalmente, reflexiones sobre un deporte que sigue quitándome el sueño, desvelándome y haciéndome preguntas. Preguntas que seguiré compartiendo, no sé si siete años más.


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Poco que decir




Durante la temporada NBA he guardado un respetuoso silencio basado en dos hechos incontestables: no he podido seguirla con la atención de otros años y, en relación con la anterior, no tenía nada que aportar a la visión del aficionado, una visión cada vez más experta gracias a la ayuda de divulgadores del nivel de Piti Hurtado. Algo parecido me sucede tras haber asistido a unas finales de relumbrón, un evento que ha citado en la misma pista a los dos jugadores más relevantes de la década junto a los dos bases mejor dotados técnicamente (en conjunto) de la historia del baloncesto.

Pero la NBA tiene un problema, o eso me parece a mí. La coincidencia en el tiempo de la ampliación de los límites salariales y la cultura del “si no puedes con tu enemigo, únete a él” ha generado dos “trusts” en Cleveland y San Francisco que se saltan todas las leyes de la competencia e invalidan el equilibrio que propicia el sistema de draft. La NBA tiene un amplio arsenal de talento a disposición de las franquicias, pero el más despampanante se concentra en solo dos. Esto ha conducido a unos playoff claramente aburridos, a una liga a la escocesa que no ha dejado margen a las “Cincerella stories”.

Ahora bien, si en el choque de trenes en que se convirtió la final ganaron los Warriors fue por la dosis extra de talento, sí, por la mayor profundidad de banquillo, claro, pero especialmente por estar mucho más rodados tácticamente, especialmente en defensa. Más rodados y más implicados. Más responsabilizados de que no hubiera tiros abiertos, canastas debajo del aro o en transición. Se demuestra una vez más que los tipos de traje en el banquillo tienen mucho que ver en el juego de sus equipos, también en la gestión de los egos. Si en los Cavaliers todo pasa por Lebron, por las caras que pone, por su lenguaje corporal; en los Warriors todo pasa por Kerr, un entrenador que ha hecho de la modestia y un liderazgo tranquilo e inteligente las bases de su carisma.

Estas finales han puesto a prueba también la resistencia de los nostálgicos, su capacidad para no pulsar el botón rojo de los mandos de su televisor. La ausencia de interiores de verdad, canalizadores del juego ofensivo de sus equipos, el ritmo desenfrenado, alocado que dirían mis amigos noventeros, y el abuso del triple, aunque amparado por la estadística, les lleva a proponer medidas reglamentarias que limiten el circo en que se ha convertido este deporte tan serio. No sé, quizá pueda alejarse la línea o elevarse la canasta, pero la tendencia es imparable. La polivalencia, la capacidad de jugar a 105-110 posesiones por partido, la precisión para ejecutar acciones a este ritmo y el tiro exterior como amenaza habilitadora de espacios, son las cualidades que necesita todo jugador de élite, mida 1,80 o 2,21, para disputar unas finales de la NBA.


Si Boston no lo remedia dando buen uso a la primera elección del próximo draft, si Houston no acompaña y adapta el talento de Harden hacia el logro colectivo o si San Antonio no rodea mejor a Kawhi Leonard, apuesten por una cuarta entrega de las finales, por la consolidación de una rivalidad que, si bien puede equipararse en números a la de Celtics y Lakers en los 80 nada tiene que ver, en cambio, en cuanto a la pasión desplegada o el “odio” deportivo que se profesaban unos y otros. Nuevos tiempos.  

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La incomodidad necesaria




Esta semana me he dado el gustazo de regalarme la presencia en el clínic “El uso del vídeo en formación” que ha organizado la ACLEB en Valladolid, una atractiva propuesta bien llevada por su coordinador, Iñaki Martín, quien no dudó en rodearse de alguno de los mejores nombres del panorama del scouting y el trabajo en la sombra de nuestro país. Y si hace escasas semanas acudía a una reunión de editores y libreros en Letras Corsarias y esta empezaba con las palabras del anfitrión anunciando que todos los allí presentes tenían en común que dentro de cinco años estarían jodidos económicamente, lo cierto es que todos los "profesores" en estas jornadas de formación lucían ojeras de amplio radio amén de algunas otras señales de la dureza de un trabajo que implica numerosas horas frente a una pantalla y una casi obligatoria nocturnidad.

Lamentablemente, por cuestiones de agenda, no pude asistir a las charlas de Víctor Pérez, entrenador ayudante de Obradoiro, y Piti Hurtado, comentarista de Movistar Plus, por lo que ceñiré el contenido de este post a la doble intervención de Jenaro Díaz, ex ayudante de la selección nacional, Real Madrid y Khimki. El asturiano es todo un referente en el manejo de las herramientas audiovisuales, pero sería injusto no reconocerle el destacado papel de azote del conformismo y la tradición. Y es que Jenaro, quien desde hace años se levanta temprano para meditar, reniega de la imitación idólatra –“si lo hace Obradovic será porque es la leche”– y del mantra del inmovilismo –“si se viene haciendo de esta manera será por algo”–. Por esto mismo resulta injusto resumir el amplio abanico de propuestas que puso sobre la mesa en solo unos pocos titulares. Pero son los siguientes:

Antes dudaba, ahora no sé”. Con la libertad del que se tiene por un ignorante, así se dirigió Jenaro al auditorio tras advertirnos de que se prepara muchísimo las charlas para luego saltarse por completo el guión establecido. En realidad nos engaña: su ignorancia es de corte socrático, una sofisticada herramienta para sacar lo mejor de sus interlocutores. Todo lo contrario que su humildad, de la que nadie osaría dejar de juzgar como auténtica.

El poder de los abrazos… sin zapatillas. Darnos tres abrazos y quitarnos las zapatillas. Esas fueron las principales demandas de Jenaro para iniciar su charla. Y es que gran parte de la misma versó sobre energía y comunicación, dos aspectos que anticipan en mucho el desempeño técnico y táctico de un equipo y que ejemplificó a través de dinámicas colectivas claramente detectables en apenas treinta segundos de semifinal de Final Four o a través de pequeñas claves para aprender a hablar y escuchar a los jugadores. Siempre desde donde ellos están. Acompañándolos en el proceso mismo de saberlo. Porque solo cuando ellos se sitúen tú podrás conocer desde dónde reciben los mensajes y cómo, por lo tanto, puedes enviárselos para que se produzca la epifanía.

Aunque a veces no lo parezca, lo que más le gusta en el mundo a Jenaro es enseñar a ganar. Ninguna de las propuestas que él nos hizo, por contrarias a las nociones habituales recogidas en los libros de texto para entrenadores que puedan parecer, se basa en un mero intento por provocar o generar una polémica artificial. No, detrás hay años de estudio y visualización de situaciones. Tantos como para permitirse, en primer lugar, mirar con ojos nuevos y rebobinar el carrete de lo aprendido. De ahí que no puedan considerarse “boutades” las expresiones de nuevo cuño que introduce, la implantación de toda una nueva terminología que haríamos bien en tener en cuenta: “el peso del balón”, “cambios de mano incompletos”, “cambios de ritmo defensivos”, defensa cruzada de las líneas de pase,… No, no es un mero glosario para eruditos, es un conjunto de mensajes cifrados de cuya traducción puede depender el triunfo.

Queremos practicar un juego moderno con herramientas tradicionales”. Lo deja caer y se queda tan ancho. Pero tiene toda la razón. Los físicos han evolucionado y los espacios son los mismos. Si seguimos sirviéndonos de rudimentos paleolíticos como la posición de la triple amenaza, la toma de decisiones en función de la defensa o, por el contrario, las defensas que siempre reaccionan a lo que les propone el ataque, estamos jodidos. Y lo mismo sucede en aspectos relacionados con la motivación, la comunicación o las dinámicas de grupo, aspectos en los que seguimos manejando herramientas arcaicas, libros del ya extinto COU.

Y entonces te empieza a caer sudor por la frente, te vienen de golpe, en una sola secuencia, todos los pasajes de todos los entrenamientos en que apenas te cuestionaste estos asuntos. Te aprieta el cinturón y quieres salir corriendo a pedir perdón a todos los jugadores a los que enseñaste en virtud del viejo manual, desde el ordeno y mando, desde una ignorancia atrevida y necia, que no socrática. Te sientes incómodo, pero luego te das cuenta de que es la sensación adecuada, el origen de una siguiente pregunta, el acicate de una nueva búsqueda que dé sentido al camino.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

"Entribadores" del mundo...




Puede que el entrenamiento deportivo no sea un sector estratégico. Puede que ni siquiera sea prioritario en un momento en el que lo fundamental es formar a los adolescentes en aquellas facetas técnicas que les harán falta –o eso parece– para aspirar a un futuro relativamente próspero en entornos cada vez más competitivos. Tal vez no seamos ni siquiera su primera opción de ocio y la señal de nuestra llamada sea tenue, casi indistinguible entre la polifonía disarmónica que inunda sus oídos a diario desde emisores de radio tan potentes como las personas del otro sexo, las redes sociales que ofrecen copiosas raciones con las que alimentar el ego u otros soportes desde los que poder expresar su identidad y compararse con los otros, principales ambiciones de la generación llamada a convivir, en su edad adulta, con múltiples derivadas de la inteligencia artificial.

A pesar de ello, justo hace un año, en las vísperas –como hoy– de un Día del minibasket en Salamanca, invitaba a librar la batalla embebido de una fe de la que, trescientos sesenta y cinco días después, me hallo realmente escaso. Lo cierto es que no ha cambiado nada. El panorama sigue siendo parecido y uno no sabe si las claves de esta visión son territoriales, sectoriales o fundamentalmente íntimas y personales. Es decir, si las soluciones pasan por mudarse de ciudad (o de planeta, que diría Sabina), cambiar de oficio u hospedarse en otro cuerpo.

Hace escasas fechas, al calor de la red social Twitter, unos cuantos entrenadores de baloncesto, entre los que cabe destacar, por citar algunos nombres, al ex jugador ACB Óscar Yebra o Jorge F. Campomanes, mantuvieron una conversación de esas que por su esterilidad (más o menos la misma que la de esta entrada de blog) parecen tener lugar a grito pelado en medio del Death Valley. En ella valoraban el estatus actual del entrenador de baloncesto, la relevancia de su función en un contexto más amplio, las condiciones laborales de lo que debería ser un oficio y sin embargo pasa por ser poco más que un hobby. Hablaron de ello donde pudieron, tras una larga jornada en los patios y pabellones, de la manera informal en la que se aborda todo en este país mientras los cuatro tipos más ambiciosos y organizados de la clase hacen y deshacen a su antojo (sí, esos a los que les prestabas apuntes, gilipollas).

Lo cierto es que al tiempo que la Tierra se vuelve plana, los procesos se globalizan y las inercias devienen más poderosas, el individuo, paradójicamente, se encuentra cada vez más aislado. En la lucha por la supervivencia, mientras cava a conciencia para obtener vetas de tiempo con las que completar un nuevo trabajo, se aleja de la idea de comunidad, del asociacionismo que reclaman los tiempos de la tiranía de las economías de escala (pez grande, pez chico) y los discursos hegemónicos (generadores de opinión pública, de valores dominantes y prioridades sociales). Salva su culo, en definitiva, ignorante de que haciéndolo de cualquier manera, aceptando determinadas condiciones, hipoteca su propio futuro.

Es hora de reunirse, de sumar fuerzas, de explicarle al mundo que cuando entrenamos baloncesto, o cualquier otro deporte, educamos a través de una materia como otra cualquiera, que les va a hacer igual de ricos o pobres que las recogidas en el currículum y de la que, por la mayor motivación con la que la afrontan, es posible que conserven más y mejores recuerdos el día de mañana. Es tiempo de explicarle a todos los actores relacionados que es importante alcanzar una regulación laboral que vaya más allá de una ley que desconoce la realidad del asunto, elaborada desde el barro –y el barro no es otra cosa que las reuniones donde tendrían que juntarse los representantes que no tenemos, las asociaciones que solo figuran formalmente. De lo contrario seguiremos asistiendo a la dedicación parcial y a la formación incompleta de los preparadores; a la ausencia de proyectos formativos coherentes y de la debida personalización del aprendizaje. A algo que, efectivamente, realizado de esta manera, no es otra cosa que eso que muchos padres llaman “pasar el rato alejados de las drogas”.


Sinceramente, creo que convendría darle una vuelta al asunto, convocar a todos los interesados en un foro que podría abarcar todos los deportes (cuantos más seamos, más poder para negociar) y sacar adelante un documento que nos defina en función de lo que somos y lo que queremos ser, que ponga negro sobre blanco los derechos y los deberes del entrenador. Del entrenador, que no del monitor, el acompañante o chico o señor del chándal. Del entrenador que, antes de caer en esos vicios tradicionalmente gremiales de la envidia o la rapiña, debería aprender de las defensas de lo suyo que hacen algunas corporaciones sindicales como –aprovechando que está de actualidad– el sector de la estiba. Así que parafraseando a Marx y permitiéndome un tonto juego de palabras… Entribadores del mundo… Uníos.  

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