50 años y 50 puntos después

 




Cincuenta años después, cincuenta puntos después, los Bucks son otra vez campeones. En la capital del estado de la cerveza han sobrado los motivos para que corran las jarras. Como diría Tolstoi en el inicio de Anna Karenina, todos los proyectos perdedores se parecen, pero los ganadores lo son cada uno a su manera. O algo así.

 

El de Milwaukee es un caso paradigmático de estabilidad, ello pese a que el pasado febrero llevaran a cabo movimientos decisivos, especialmente con la incorporación de Jrue Holiday. Y ojo, esta estabilidad va más allá de las caras y los nombres, que, en determinados puestos, como el del primer entrenador y el General Manager, han cambiado en los últimos cinco años, sino en las ideas, pues las bases están sentadas desde, aproximadamente, 2015, cuando los directivos hicieron una apuesta muy clara por atletas de largas extremidades, ideales para practicar una defensa individual de ajustes, con principios (triángulos amplios, cambios de asignación manteniendo posiciones…) y actitudes zonales (abiertos a balón, brazos extendidos) que colapsaría todas las líneas de penetración sin renunciar a molestar las líneas de pase y puntear un alto porcentaje de tiros. 

 




Paradójicamente, es mucho más fácil aplicar cambios, probar estrategias, sobre la base de una estabilidad, sin que las piezas sientan que, al moverse, ponen en riesgo la estabilidad del edificio y su propia supervivencia. No en vano, los de Budenholzer han concebido la temporada regular como un laboratorio o banco de pruebas en el que han puesto en marcha numerosas combinaciones sacrificando un cuantioso número de victorias. Y tal y como ha quedado demostrado, a pesar del regreso de los aficionados a los pabellones, esta puesta a punto ha sido más valiosa que el factor cancha.

 

De estas probaturas ha devenido una variedad estratégica que no ha encontrado parangón en ningún otro equipo de la NBA. Cinco pequeños, tres grandes, alineaciones más ordenadas, variantes en el esquema general de cinco abiertos con colocación de jugadores pequeños en la cercanía del aro, apuestas puntuales y decididas por dominar el rebote ofensivo, alguna que otra zona para ahogar al manejador… Una variedad que ha enriquecido los planes de partido y ha posibilitado llevar ajustes que no hubiera sido posible plantear sin estos ases guardados bajo la manga, entrenados y dominados. Además, esta temporada regular llena de altibajos, en el conocimiento general de la existencia de un plan, ha fortalecido los vínculos entre compañeros y los ha convertido en el equipo mentalmente mejor preparado, mens sana in corpore sano, aunque no haya faltado a su cita la suerte



Y queda hablar de la plantilla, claro. Porque tiene mérito juntar a dos de los cinco mejores defensores de perímetro de la liga. A un siete pies con rango de tiro. Al típico jugador que aporta toda clase de intangibles saliendo desde el banquillo. A la reencarnación mejorada de una hipotética fusión perfecta entre Allan Houston y Reggie Miller, fino y certero como nadie en los momentos decisivos. Y, por supuesto, a Giannis Antetokounmpo, número 15 del draft de 2013, por detrás de tipos entrañables como Olynik o Shabazz Muhammad, una fusión, en este caso, entre Lebron James y Wilt Chamberlain que Budenholzer finalmente ha sabido aprovechar en una posición mixta, interior y exterior, que ni es 3 ni es 4 ni es 5 (aunque esto es lo que más ha sido), que certifica la superación del basket de especialistas al tiempo que da por buena la teoría de Noah Harari sobre el tránsito de Sapiens a Deus, de hombres a dioses. Al menos en su caso. 

 




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

El mayordomo de los fundamentos

 




El bote, cuando no es útil, no es bote, es abuso. De la paciencia y la confianza de los compañeros. Del entusiasmo y el dinero de los espectadores. Esto es lo que he querido transmitir en el primer turno del Campus Gigantes de Valladolid, organizado por Javier Hernández Bello y David Barrio, y acompañado por grandes amigos y compañeros, mientras, a través de la visualización de imágenes y la ejecución de tareas más o menos emparentadas con el juego real, hemos querido imitar el buen uso del bote del jugador del momento, un Cris Paul que ha venido a alcanzar la madurez cuando a otros se le agolpan las telarañas y solo piensan en la jubilación.

 

El bote es un fundamento medial, una herramienta que construye la casa pero que no forma parte de ella, que aquilata triunfos más por defecto que por exceso, pero que necesitamos, toda vez que fue incluido en unas reglas que originalmente no lo contemplaban. El bote, tal y como apunté al final del vídeo y de los entrenamientos, es el Robin de los fundamentos, o Alfred, el mayordomo, como sugirió uno de los jugadores. Suple, acompaña y complementa a los dos fundamentales: el pase y, desde luego, el tiro (finalizaciones), que vendrían a ser Batman.

 

Sobre él se han elaborado muchas teorías, algunas con la visión nublada del enamorado y otras con la perspectiva nostálgica del que lo prohibiría de nuevo, por fomentar el egoísmo, dificultar la circulación de balón o atentar contra el noble espíritu del baloncesto que se jugaba en sus tiempos, eso sí que era baloncesto. Lo cierto es que con el trabajo realizado, también el previo de preparación de los materiales didácticos y las sesiones, y con estas reflexiones a posteriori, no vengo ni a demostrar ni a desmontar, sino a proponeros algunas ideas que nos hagan pensar al respecto.  

 

Con relación a las caras del balón creo que hay un consenso generalizado sobre la necesidad de manejar y estar familiarizados con todas ellas. En situaciones de lectura o desplazamientos laterales sin perder de vista la canasta (y con el cuerpo orientado hacia ella), también en el inicio de los cambios de ritmo y las frenadas o antes, por supuesto, de iniciar una acción de pase o tiro, la mano debe recorrer al menos dos de ellas, alargando el tiempo que el balón pasa en la mano y escondiendo, así, la verdadera intención. No solo por reglamento, sino también por ser un obstáculo para la coordinación de tren superior e inferior en la mayor parte de los casos, desecharía la idea del acompañamiento o manejo, aunque jugadores como Luka Doncic alarguen la pausa en el bote llegando a colocar la mano en la cara inferior del balón.

 



En cuanto a la disociación del trabajo de los pies y el de la mano o bote, creo que también existen consensos, aunque aquí, como en los puntos que veremos a continuación, lo importante es manejarse en la armonía y en el ruido, ser a veces metrónomo y, otras, improvisadores. Desde luego, tener la capacidad de mostrar cosas diferentes (no solo con los ritmos, sino también con la colocación o dirección de los distintos segmentos corporales), de anunciar intenciones distintas, es siempre útil en un deporte de oposición y de objetivos contrapuestos.

 


También me parece clave jugar con el binomio actitud-intención. De ahí que sea relevante adelantar, aunque sea en décimas de segundo, la toma de decisiones; basarla en una intuición y no en una lectura a posteriori que desencadene una reacción, aunque siempre debamos estar alerta. Ante la visión, casi premonitoria (aunque basada en la experiencia y la memoria de acciones anteriores, vistas o vividas), de lo que va a suceder, el jugador toma una decisión y debe, por lo tanto, esconderla hasta el último momento, debiendo disociar en todo caso su actitud corporal de su verdadera intención.

 

Utilicé a Elastic man, de los Cuatro Fantásticos, para hablar de la amplitud del bote y la necesidad, nuevamente, de manejar cualquier anchura, pues no es siempre lo ideal llevar el balón muy lejos del tronco para ganar libertad de movimientos y engaño y será necesario también llevarlo delante y lejos de un defensor que nos persigue, o meterlo por un espacio reducido buscando esos espacios intermedios donde el atacante reina mientras los defensores se miran y repasan las reglas defensivas buscando una explicación y, muchas otras veces, demasiadas, un culpable.

 

Me serví de un duelo a espada de La máscara del zorro para hablar del bote de amenaza y de la necesidad de tantos y tantos jugadores que observo de elevar la altura de los hombros e intercambiar, en general, los diferentes grados de angulación de la espalda y de amplitud de los pies durante el ataque con vistas a poner máxima presión en el defensor. Para ello, con el símil de Los Picapiedra, quise explicar la necesidad de cambiar ritmos y velocidades en muy poco espacio, de acelerar de súbito y frenar en seco, una tarea a realizar, como casi todas, en estrecha colaboración con los preparadores físicos.

 


Por último, me serví del caballo del ajedrez para explicar la necesidad de jugar con ángulos y variar trayectorias (algo que aprendí de las reflexiones de Jenaro Díaz), saltando por encima de las piezas defensivas hasta insertarnos, nuevamente, en esos espacios intermedios de duda y desconcierto. Cris Paul dibuja eles por el campo, mezclando ataques y retiradas, provocando la somnolencia de defensores que despertarán demasiado tarde.

 

En fin, hay mil detalles a aportar con el bote y muchas de las normas, interesantes dentro del proceso de enseñanza, se muestran rígidas ante las nuevas necesidades. Ya no sirve el bote plano, ya no vale manejar con una mano, ya no bale el bote bajo ni únicamente el bote lejos, ya no vale echarla cuanto más adelante mejor ni usar el menor número de botes posibles, pues el último, un bote fuerte, casi en el pie, amplía el arsenal consecuente y mejora la siguiente acción, a la que el bote se debe como buen mayordomo, como buen Sancho del pase, el tiro y, por lo tanto, de los éxitos del conjunto. 




 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

El camino del Breogan, el camino de Epi

 




Sirva esta entrada para darle las gracias al Club Baloncesto Tizona de Burgos y a las personas que me eligieron para su proyecto pues, aunque los resultados no fueron los esperados (asumo aquí mi parte de responsabilidad), me han permitido seguir formándome y acceder, no solo como espectador, a un conocimiento mayor de la liga LEB Oro, una competición entretenida y rica en detalles en la que participan muy buenos jugadores y entrenadores.

 

De no haber sido parte de un club de esta categoría, ayer hubiera visto el partido entre Coviran Granada y Leche Rio Breogan, hubiera asistido con curiosidad al desenlace de la competición y hubiera flipado, por supuesto, con la superioridad de los lucenses. Pero todo cobra más sentido tras haber jugado dos veces contra ellos, después de haber seguido la liga con el interés de quien trabaja en ella y debe estudiar y aprender de los rivales.

 

No se puede ser el mejor todo el tiempo

 

Esta es la primera y principal lección, pues ilustra el que debería ser el primer punto de toda planificación y, al mismo tiempo, predispone mentalmente a todos los miembros de la plantilla para no endiosarse en el triunfo ni fustigarse en la derrota, ya saben, el famoso adagio importado del inglés: Never too low, never too high. Las temporadas son muy largas, los rivales también juegan, los procesos llevan tiempo, el trabajo tarda en dar sus frutos y esto es algo que hay que comprender.

 

Esto en la gran escala, la de la temporada, en la que ha habido altibajos, pero resulta que, además, el Breogan también ha sabido gestionar los tiempos de los partidos, incluso los tiempos dentro de los tiempos. En partidos clave han sabido recuperarse de parciales muy malos y gestionar resultados favorables, han sabido apretar cuando tocaba y remontar marcadores que parecían definitivos. Esta fortaleza mental, insisto, que es la que suele acompañar a todos los grandes equipos, parte de la aceptación tranquila y pausada de lo que decíamos: no se puede ser el mejor todo el tiempo.

 

Físico y versatilidad…

 

De la plantilla de Breogan se pueden destacar varias cualidades. Sin duda, las estructuras anatómicas, los valores cineantropométricos y las condiciones físicas generales de sus jugadores estuvieron muy bien elegidas. Los Quintela pueden figurar, perfectamente, entre los mejores atletas de la liga por su explosividad y capacidad para repetir esfuerzos explosivos en espacios reducidos y de muy corta duración. Y qué decir de Soluade o Kacinas (en menor medida también Sollazzo), figuras hechas para jugar al baloncesto. Y ojo con Larsen, mucho más móvil de lo que aparenta, al igual que Aboubacar.

 

Sin embargo, serían otros los factores a destacar. En primer lugar la polivalencia de sus figuras clave. Sergi Quintela es un dos que, bien acompañado, puede hacer el 1, Adam Sollazzo un 2 alto o un 3 dinámico, Mindaugas Kacinas un 4 abierto o un 3 alto, Kevin Larsen un 4 polivalente o un 5 capaz de jugar en todas las posiciones del ataque, con todo lo que eso implica también en defensa. Esta versatilidad, unida a la profundidad de la plantilla, puede ser un valor en sí mismo, pero lo ha sido mucho más de la mano de un gran entrenador como Epi.

 

…Alternativas y profundidad

 

Breogan ha explorado múltiples fórmulas de quinteto y no lo ha hecho únicamente con intenciones decorativas, sino ajustando en cada caso el guion de juego a las características de los jugadores (propios y del rival) y al esquema de quinteto seleccionado. Breogan ha jugado con doble base, con cuatro pequeños, con tres grandes, con dos interiores puros… Y cada cambio ha tenido implicaciones en el ritmo de juego, en la táctica ofensiva asociada, en lo extendido o replegado de su balance y su presión, en las distintas formas de defensa del bloqueo directo, en la posiblidad de defensas alternativas, mutantes o zonales...

 

Foto obtenida en https://soundcloud.com/cbbreogan/diego-epifanio-rp-971977424



Todos los jugadores se han sentido útiles, lo que ha implicado, obligatoriamente, que todos hayan pasado por valles y picos en su trayectoria, algo que requiere de un extra de paciencia y de mucha pedagogía por parte del cuerpo técnico. Estoy seguro de que este hecho, esta profundidad y, por lo tanto, este reparto de minutos, han desembocado en  conflictos, en frustración y desencanto, pero, como todo en este año, gracias a la psicología de su técnico, estos sentimientos han sido pasajeros. Nuevamente, esta profundidad ha colaborado decisivamente con el umbral de exigencia, el mantenimiento del desempeño físico durante los cuarenta minutos de juego y las alternativas tácticas a las que antes he hecho mención.

 

Hard on the practices… Soft on the matches

 

Parafraseo con extrema libertad el siguiente lema sobre liderazgo que dice algo así como “Hard on the issue, soft on the person” (duro con el problema, suave con la persona) para definir el estilo de trabajo de Diego EpifanioEpi, un entrenador al que es muy fácil querer, pero no tan fácil, por lo que sea, admirar. Y es que la normalidad es aburrida, el trabajo callado no vende, el estilo de dirección y liderazgo tranquilo algo que es muy fácil de confundir con lo blando, lo insípido o lo falto de carácter.

 

Y lo que le sobra a Epi es carácter. Porque hay que tener carácter para liderar así a los equipos, con las manos en los bolsillos durante los partidos, seguro de haberlas tenido en el barro durante la semana, cerrando al más mínimo detalle el plan del encuentro, preparando a los jugadores física, técnico-tácticamente y mentalmente para la batalla. Probando todas las combinaciones, dotándolos de autonomía hasta el punto de, precisamente, llegar al partido y poder dejar las manos en los bolsillos, ahorrarse aspavientos, dialogar con unos y con otros, conectar con las almas de sus jugadores, ajustar una cosa, máximo dos, en el tiempo muerto y en el descanso o hacer un cambio que todos (menos el rival) ya saben lo que supone en términos estratégicos hasta conseguir, así, un nuevo ascenso.


En realidad, sí han sido los mejores todo el tiempo

 

Un ascenso que han logrado siendo los mejores todo el tiempo en términos de diseño de plantilla, planificación y trabajo, he mentido con el título, sin ser los mejores todo el tiempo (las circunstancias no lo permiten) para poder ser los mejores cuando había que serlo, en lo que ha representado toda una lección de entrenamiento y vida.

 

Muchas gracias, Breogan. Muchas gracias, Epi. Habéis hecho muy felices a vuestros seguidores. Nos habéis hecho mejores a todos con vuestro ejemplo.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

El secreto peor guardado

 




Junio siempre ha sido mi mes favorito. Los vencejos apuran sus últimos vuelos en estas latitudes, los aromas de plantas como el romero o la madreselva alcanzan su apogeo, los días son largos y calurosos y las noches breves pero intensas. Durante la infancia, el mes de junio inauguraba la temporada de juegos estivales, los partidos al caer la tarde, los escarceos amorosos, protoeróticos, al filo de la medianoche. Junio era el comienzo de un largo verano en chanclas y bañador, en moto o bicicleta.

 

Junio era, al menos en los años pares, el mes de mundiales y eurocopas, el epílogo del Giro, la ACB y Roland Garros, el prólogo de Wimbledon y el Tour. Es decir, época de héroes inalcanzables, ídolos de tez ennegrecida y gotas de sudor que, desde la sien, descienden por los carrillos hasta acabar mezcladas con el polvo o el asfalto. Junio encendía la imaginación de quienes ensayábamos burdas imitaciones de Baggio, Edberg o Indurain en los parques del barrio.

 

Hablo en pasado. No de los vencejos y los olores, tampoco de las circunstancias meteorológicas estacionales. Sí del deporte, claro, aunque los calendarios, más allá de las circunstancias pandémicas, se repitan con estudiada cadencia, convocándonos al ejercicio ritual del sacrificio, de la contemplación extasiada de los hombres en el ejercicio agonístico, de la guerra en las modernas trincheras. Cerrado por mundiales, se leía en la puerta de Eduardo Galeano, cuando llegaba tal acontecimiento.

 

Hablo en pasado porque la emoción ya no es la misma. Uno crece, claro, y humaniza, por la vía de la comprensión, lo que le rodea, empezando por la divinidad de sus progenitores. Uno estudia y analiza, escruta y valora, piensa y contempla desde todos los puntos de vista la realidad hasta acabar amoldándola a unos esquemas mucho más primarios, que son los que nos ponen cachondos y nos alinean, irracionalmente, del lado de una bandera, un escudo o una idea. Los argumentarios relacionados con el deporte se han sofisticado tanto como los de los políticos, tanto como se ha domesticado la emoción, sujeta a cuestiones tan triviales como el lucro o la necesidad.

 

Y entonces perdimos junio. No el recuerdo de aquellos junios, ni de aquellos veranos, pero sí los junios de emoción inenarrable, de alegría anticipatoria por todas las promesas que anunciaban los sonidos y los olores de aquel mes en el que nos pasábamos la vida mirando fútbol, tenis o ciclismo, recreando las imágenes en la cama, justo antes de dormir. La culpa la tuvimos nosotros, que le contamos el secreto a los adultos, que compartimos la información, el contenido del baúl, la fórmula de la emoción incontenible.

 

Ignorábamos que la utilizarían para transformar la batalla en un campo de batalla, la emoción en un escenario para la emoción, el deporte en un espectáculo, los sueños en una pesadilla con forma de casa de apuestas y tertulias infumables; junio en una sucursal del Banco Hispano Americano.

 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Y "mañana" llegó (Brooklyn Nets)

 




Esta entrada va dirigida a todos aquellos entrenadores que no creyeron en aquello de sembrar para mañana, de plantar árboles que no verán crecer. Que planificaron la temporada pensando en el campeonato que, por casualidad, disputarían sus equipos; la semana, en el partido que estaba por llegar. Esta entrada va dirigida a mí, entrenador corto de miras por excelencia, práctico y concreto por falta de talento y de visión.

 

Esta entrada no es necesariamente una crítica, es muy probable que nunca hayamos entrenado al próximo Kevin Durant, pero sí es una advertencia, porque tal vez sí y ahora nunca lo sepamos. El mañana que no veíamos aquella tarde fría de jueves ha llegado. Se llama Brooklyn Nets.

 

La falta de perspectiva de muchos frente a la visión de unos pocos

 

El gordo estiró, el largo musculó y el pequeño jugón sigue siendo el pequeño jugón. El talento hay que entrenarlo, adquiera la forma que adquiera en una edad temprana. El talento puede venir en envoltorios de distinta belleza, pero es el contenido lo que cuenta. El talento hay que educarlo y motivarlo para que no caiga en la pereza, para que no busque nuevos estímulos fuera de la cancha. Desde aquí, como espectador maravillado de lo que están haciendo los Nets en estos Playoffs… Gracias.

 




Gracias, sí, a todos los entrenadores de formación que invirtieron horas junto a Kevin Durant, Kyrie Irving y James Harden, entre otros. Principalmente por no haber sido fronteras insuperables en un desarrollo que seguramente se hubiera producido de igual manera, al margen de sus propuestas, aunque no de igual modo. Gracias también a los que se abstuvieron de dar su opinión, a los que los tuvieron al lado, siendo pequeños, y no supieron, o no pudieron, convencerlos e introducirlos en su visión mediocre de la vida y el baloncesto.

 

Todos hacen de todo… Porque todos hacen de todo

 

Gracias también a Steve Nash. Por crear el ambiente necesario para que estos jugadores se desarrollen. Por basarse en la distribución de espacios, en la organización de la salida de contraataque y en los roles de rebote y balance, en aspectos básicos del juego que no van mucho más allá de la planificación de un buen equipo infantil, que es, por otra parte, en lo que se convierte, de nuevo, el baloncesto, cuando completa el círculo y se libra de los lastres de que se sirve cuando el pequeño pájaro aún no sabe volar, o cuando nosotros, cigüeñas extremadamente protectoras, pensamos que no sabe. 




 

Para que todos hagan de todo hay que pasar por largos períodos de sequía, por largas sesiones aburridas, también para los entrenadores. Hay que pasar por una ingente suma de repeticiones y un no menos ingente número de tareas que concentran la atención y la demanda atencional para fortalecer la adquisición y mecanización de gestos que luego se aplicarán de un modo más global e incierto en el juego.

 

Y por eso, y no me contradigo (aunque no me importaría hacerlo) hay que jugar, y jugar a juegos que compartan las bases fundacionales del baloncesto, no necesariamente a baloncesto. Y fomentar el multideporte, y celebrar que los niños de nuestra escuela vayan también a la de fútbol y se formen en el uso de espacios reducidos, en la percepción disociada, en ejecuciones complejas que suponen verdaderos desafíos motrices y cognitivos en sentido amplio.

 

Y sin embargo se mueve. El balón, digo. Pese a los pronósticos.

 

Para jugar como juegan los Nets hay que ser muy buenos atletas, hay que tener talento, este tiene que haber sido educado global y analíticamente y, además, debes contar con jugadores que dominen los tres fundamentos básicos del baloncesto, pero fundamentalmente dos: el tiro y el pase (y jugar sin balón).

 

El balón de los Nets se mueve tan rápido porque todos los jugadores son una triple amenaza potencial antes de recibir el balón, tal y como demuestran cuando, efectivamente, lo reciben. Los espacios se maximizan, la presión sobre la defensa se vuelve insoportable y, en este contexto, todos ellos son capaces de reconocer las ventajas antes de que existan, de anticipar las reacciones de la defensa antes de que se den y de intuir dónde se moverán los compañeros.

 

En el baloncesto moderno, a la velocidad que se juega, no hay nada que leer. No hay que pensar, contra lo que normalmente se dice. Hay que intuir e inventar colectivamente. Hay que probar y saber vivir con el fallo, es más, hay que saber suplirlo con un esfuerzo extra de rebote o balance que será el que terminará de unir a una plantilla que, a estas alturas, solo puede perder la NBA si median lesiones.

 

No hay ritmo de entrenamiento sin recursos y un nivel de desempeño alto


Como os decía, esta entrada va dirigida a entrenadores como yo, también a los obsesionados con el ritmo de entrenamiento, antesala, por supuesto, del ritmo de juego que he venido alabando en esta entrada y que es consecuencia, no solo del esfuerzo, la intensidad y la preparación física, sino también de mentes y cuerpos bien educados, con paciencia, en el espacio reducido, la práctica deliberada y la repetición consciente. Que puedan ejecutar acciones con notable éxito de forma continuada. 





Que no se nos olvide, por si el mañana nos vuelve a sorprender entrenando para el próximo sábado.  


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

El adiós de un buen maestro

 




Los buenos maestros no ejercen de maestros, recordaba Andreu Buenafuente en una entrevista reciente con Álex Fidalgo, citando un consejo, que no era tal, de su buen amigo Karlos Arguiñano. O no deberían, coincido con Buenafuente, partiendo de los principios de modestia y humildad que encarnaban, precisamente, los buenos maestros, los de antaño, guiados por una vocación impenitente que actuaba como única recompensa a sus esfuerzos.  

 

Los buenos maestros, añadiría, no son conscientes de que lo son. No tienen tiempo para autoafirmarse porque siguen en la búsqueda, continúan en la senda, explorando la naturaleza, indagando en las lecturas, estudiando sin que nadie se entere. Sin que necesiten que nadie se entere. Los buenos maestros no están seguros de nada, de ahí que duden, de ahí que expresen y transmitan ciertas dudas y que necesiten la complicidad de los alumnos, de los buenos alumnos, cuando, al borde del abismo, otros, muchos otros, se limitarían a empujarlos enterrando así a la duda y al que duda.

 

Zidane es un gran maestro. Porque no ejerce, porque es humilde, porque en él es fácil seguir viendo al niño que empezó a patear balones en los barrios de Marsella y no al producto que Adidas convirtió en ZZ, lo que no ocurre en muchos otros casos. Zidane es un buen maestro porque no se preocupa en autoafirmarse, porque respalda siempre a los jugadores en público y los reprende, estoy seguro, en privado. Porque durante cinco temporadas ha sabido rodearse de cómplices que, al borde del abismo de las dudas, lo tomaron del hombro, lo miraron a los ojos y se confabularon para seguir luchando unidos.

 

Zidane es un buen maestro porque sabe que el Madrid estaba antes que Zidane, y el fútbol antes que el Madrid y que Zidane. Y la comunidad antes que el fútbol, que el Madrid y que Zidane. Y así hasta remontarnos hasta el núcleo primero de este milagro que es la vida. Y por esto era y seguirá siendo, aunque no ejerza, el entrenador perfecto para un club llamado a padecer megalomanía, con más o menos fundamento: Zidane bajó del cielo de Glasgow aquel balón y ha hecho lo mismo con su ego y el de todos sus jugadores.

 

Contra lo dicho anteriormente, me atrevo a decir que el fútbol, y el deporte, y la sociedad, incluso, necesitan a Zidane: su normalidad, su prudencia, su sonrisa desprovista de ironía como respuesta a la provocación maledicente de los mediocres portavoces del morbo y los morbosos. Su amor primigenio y agradecido a lo que hace, al fútbol, el modo tranquilo con el que ha ido redimiéndose de aquellos accesos de rabia que revelaban un primitivo rencor hacia el que jugaba con el fútbol, su querido fútbol, de manera mezquina e insidiosa.

 

Disfruta del retiro, Zizou. Tú, que de adolescentes nos hiciste creer en los cielos gracias a tus controles imposibles, y que ahora, ya de adultos, nos elevaste a la superficie desde los inmundos cenagales en los que el fútbol, como espectáculo, se empeña en sumergirse de la mano de dirigentes, técnicos y jugadores que ya olvidaron el primer día que patearon un balón, algo que tú nunca has hecho.

 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Entre la cirrosis y la sobredosis



 

*Fotografía extraída del twitter oficial del C.B. Santa Marta

Un negocio que lleva veinte años perdiendo dinero. Así definía Alfredo Pascual, en una excelente crónica firmada en El Confidencial, al baloncesto tomando como ejemplo su máxima categoría, una ACB que atraviesa una de sus peores crisis con motivo de la pandemia aunque, en su caso, llueva sobre mojado.

 

Aquí también sucede como con los contagios. El aumento en la cifra de usuarios desemboca en el incremento de seguidores y este en euros de facturación. Y viceversa, claro, tal y como estamos observando en estos días. La transformación de los espacios de ocio tradicionales, el surgimiento de nuevas actividades, las nuevas ofertas de entretenimiento y el desarraigo general de una sociedad politeísta, “policromática” y de intereses cada vez más difusos, ha provocado la paulatina reducción del interés por el baloncesto, por su consumo, ya sea en directo o a través de los diferentes medios de difusión.

 

El espectador actual no quiere serlo. Los jóvenes han sido educados en el posibilismo, la interacción y la primera persona. Ya no les basta con ver representadas en un tercero las virtudes con las que uno no ha sido bendecido, o para las que uno no está dispuesto a invertir tanto tiempo. Los entornos virtuales nos permiten morir cuantas veces sea necesario en la búsqueda del grial, el rescate de la princesa, la apuesta más arriesgada. Eso o ser jugadores de la NBA. U opinadores profesionales acreditados para sentar cátedra en cualquier disciplina.

 


*Imagen de Polideportivo El Plantío publicada en Diario de Burgos


Por estos huecos se cuela también el turbio mundo de las apuestas, el adictivo binomio riesgo-recompensa sobre el que descansa este epicureísmo de nuevo cuño en el que los deportes colectivos, basados en el esfuerzo colectivo y honesto de todos sus miembros, no terminan de encontrar su espacio, no, al menos, concebidos de esta manera.

 

Pues bien, ayer arrancaron en mi comunidad las ligas autonómicas, espacios educativos que inevitablemente se miran en el espejo del baloncesto-espectáculo. La apuesta de muchos padres por la adquisición de valores y el escenario ideal, para los jugadores, para aprovechar “su momento”, sin horarios, sin notas, sin campana.

 

En estos partidos, en cada uno de estos entrenamientos, es donde empieza la labor de fidelización de nuevos “usuarios”, ese nombre, primo-hermano de “consumidor”, en el que ha derivado la palabra jugador. Cabría ser cínicos, y educar en los valores que conducirán al éxito de la captación (como ocurre en tantos ámbitos), pero creo que es el momento de diferenciarnos y asumir que el baloncesto, o es colectivo, o es generoso, o directamente no es.

 

Estamos, por lo tanto, navegando, como la princesa de Sabina, entre dos muertes: la de la desnaturalización (los optimistas lo llaman renovación) o la de la irrelevancia. La de la cirrosis o la sobredosis, mientras una pandemia limita los movimientos, precinta los pabellones y nos conmina a una nueva salvación por parte de los fondos públicos, fondos que solo habremos merecido si efectivamente nos convertimos en un elemento de socialización y educación no formal al margen de la dirección en la que sople el viento. Sin jugar a adivinos con respecto al futuro, rescatando la esencia original de un deporte con casi 130 años de historia que debe valorar más lo que ha sido que interrogarse acerca de lo que será... O no será


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Grande, enorme, infinita

 



Siguiendo las sabias palabras de Miss Baker (you will never rest until your good is better and your better the best), este post no debería ser publicado. Nunca será lo suficientemente bueno como para ser el mejor. Pero me parece de justicia, en primer lugar para mí, más en este puente del 1 de noviembre en el que recordamos a los que ya no están, no por no estar, sino por haber estado, como bien reza la oración que le dedicaron sus hijos y su esposa a las cenizas del genial futbolista y comunicador inglés Michael Robinson.

 

Es bueno saber enterrar el pasado para reconvertirlo en presente y alimentador de energía, valores y sueños. Y algunos, muchos, hemos crecido con Michael en la pantalla de nuestro televisor, o en el del bar donde bajábamos a ver los partidos del Plus, los que cerraban el fin de semana y anunciaban, por lo tanto, el regreso a la escuela, a los chascarrillos y rivalidades Madrid-Barça, a los partidos en el recreo queriendo ser Raúl, Kiko o Stoichkov, que de todo había.

 

Lo mejor de todo lo que nos transmitió, creo, es que uno se lo puede pasar muy bien haciendo su trabajo, que no hace falta sentir el acecho de la tragedia, la sombra de las dudas o el temor al qué dirán para sacar adelante pequeñas joyas en directo, aunque luego, en este último programa de Informe Robinson, un Michael ya desmejorado, sabedor de lo cercano del fin, nos confesara que su gran motor fue el miedo al fracaso.

 

Qué bien lo disimuló. Especialmente gracias a su enorme sonrisa y a sus prominentes paletos, un rasgo que, lejos de esconder, llenó de personalidad sus intervenciones del mismo modo en que lo hizo su particular uso del castellano, donde, una vez más, nos demostró que lo perfecto es enemigo de lo bueno. O que lo perfecto es lo imperfecto si lo acompañas de toda otra serie de talentos. O ni siquiera.

 

El último Informe Robinson nos invita a destacar, de entre todas sus cualidades, la mirada. El lugar y el modo en el que situó la cámara para abordar el hecho deportivo, una circunstancia que puede ser tan pedestre como demostramos a diario o tan épica y sublime como solo unos pocos logran transmitir. El deporte es sudor, son hormonas, es fisiología, anatomía y psicología. Y puede ser solo eso, y estar bien, ser un duro trabajo, un campo de estudio para la ciencia. O puede ser mística y religión, en el buen sentido de la palabra. Y humanidad, también en su interpretación más positiva.

 

Lugar de encuentro, en definitiva, como lo ha sido durante todos estos años Michael Robinson en sus múltiples facetas, sobre todo en la humana. Algo que su propio equipo de colaboradores también destaca, recordando las reuniones de equipo que se iban hasta la madrugada, el modo en el que los invitaba, como nos invitaba a todos de algún modo con su forma de contarnos el mundo, a probar, inventar y ser mejores, cada día mejores, con una sonrisa enorme en la boca: una sonrisa grande, enorme, infinita.





UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

2020: el verano de la resistencia






Este año la temporada veraniega de eventos baloncestísticos ha sido más breve que nunca. Breve y distinta, empezando por los imprescindibles complementos de moda y la adaptación de los contextos a realidades desconocidas. Ni los cursos de formación presenciales ni los campus de baloncesto volverán a ser lo mismo que antes.

No es sencillo. La inercia era tan poderosa que aún estamos sacando el tren de aterrizaje y frenando con los pies, al más puro estilo Picapiedra. Clases magistrales por un lado, entrenamientos colectivos, coreográficos, más estéticos que eficientes por otro, siguen estando en nuestro imaginario colectivo y hará falta más que un virus, por letal que este sea, para alterar los códigos genéticos de profesores y entrenadores.

El potencial mortífero de unas gotas de saliva no lo pone sencillo. El trabajo por proyectos exige interacción, debate apasionado, cercanía física e intelectual (no creo que en el dualismo cuerpo-mente). El baloncesto, como juego de cooperación-oposición, apenas puede entenderse sin el choque, el contacto o la camaradería en forma de palmada cariñosa, choque de manos o abrazo al final del partido.



Y sin embargo lo conseguimos. Tanto en Valencia, con la celebración de la fase presencial del Youth Pro Coach, como en Valladolid, en el primer turno del Campus Gigantes en esta sede, el baloncesto ha sido el gran protagonista. Por encima de las restricciones y el lógico temor que impone este virus, ha estado la ilusión de todos los alumnos y jugadores y también de los organizadores, verdaderos promotores a los que debemos aplaudir por asumir riesgos y ofrecer baloncesto de calidad, cada uno en su área. Sport Coach y Gigantes, gracias por contar conmigo. Seguimos en la aventura.

Me quedo con numerosos aprendizajes y anécdotas. Compartir mesa con Pepe Laso y José Luis Ereña, atender a todas sus historias, fue un auténtico clínic improvisado. Hacer un aparte con Jota para hablar de spacing, para que me diera su opinión sobre si este es proactivo o reactivo, es otro lujo que me pude permitir. Compartir trabajo y algo de tiempo libre en Valencia con el gran equipo que dirige Miguel Martín fue un auténtico placer.



Y qué decir de la posibilidad que nos ofrecen los campus, en este caso el Gigantes, de reunirnos con los viejos amigos (con David Barrio, Rafael Gil, Fernando Merchante, Fernando Fernández, Javier Martínez, Chave…) de poder darle el codo a tantos buenos entrenadores invitados como David González o Francisco Paris y con los que vienen apretando, como Adrián Pérez o Rodrigo de Anta, mientras intentamos darle una vuelta al uso de conos, a la toma de decisiones sin oposición real, a la mejora de la percepción y de todas las habilidades motrices genéricas y específicas que necesitarán los jugadores en un futuro ojalá próximo.

Todo ello sin olvidarnos de los jugadores, que acuden con la mejor de las sonrisas, y con los padres, que aún creen que el 28x15 es la mejor escuela de verano posible para aprender valores a través de la educación física y un juego que atraviesa uno de los momentos más difíciles de sus 129 años de historia. Muchas gracias. Sabed que resistiremos. Y que lo seguiremos pasando bien.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

La década que vivimos peligrosamente






Hace diez años, en otro caluroso 23 de junio, sin pandemia pero igualmente en crisis, por recomendación de mi hermano Fernando, hermano, compañero y amigo, comencé la redacción de artículos para este diario, un blog de baloncesto que pretende ser algo más siendo, probablemente, mucho menos.

Los principios

Los primeros años estuvieron marcados por el entusiasmo, el seguimiento puntual de los viejos amigos, quienes incluso se atrevían a dejar comentarios, tal era la inocencia con la que nos desenvolvíamos entonces. En lo baloncestístico aún jugábamos sobre las cenizas de los últimos Celtics-Lakers y ya veíamos llegar, de forma inevitable, los años de supremacía de Lebron (pensábamos que también de Durant), no tanto la inesperada irrupción de un nuevo estilo de la mano de los Warriors, aunque ya el 25 de marzo de 2012 le dediqué una entrada a Klay Thompson afirmando, tras anotar 31 puntos frente a Sacramento, que habría más y mejores noches y el 24 de enero de 2015, cuando ante el mismo equipo anotó 37 en un solo cuarto, tuve que volver a escribir.



Entrenadores

Gratas, muy gratas, fueron las sorpresas de Dallas Mavericks, en 2011, y San Antonio Spurs, en 2014, asentadas ambas sobre una concepción del juego que sigue siendo, en mi opinión, la más justa, virtuosa y bella, aunque como escritor disfrute de las epopeyas y los tour de force encarnados en la figura de un solo hombre ungido por los dioses. Aquellas gestas colectivas con acento tejano incrementaron mi interés por el baloncesto y los entrenadores. Desde luego, Gregg Popovich ocupa un lugar de privilegio en mi santoral, principalmente por haber creado a las orillas del río San Antonio una cultura de exigencia máxima y cuidado mutuo, un método sobre el que escribí el 3 de mayo de 2012 y que comparé con el de los New England Patriots el 2 de febrero de 2015.



No les costará mucho adivinar quién es, sin embargo, el entrenador que más veces ha sido citado en este blog. Tres europeos, dos medallas olímpicas, un mundial y un anillo de la NBA como ayudante han terminado de doblegar los recelos iniciales y el consenso es casi unánime: Sergio Scariolo es el mejor seleccionador de nuestra historia.

La formación

A hombros de aquellos gigantes, sin el apoyo pero con el respeto silencioso de los seres queridos, con la incomprensión de muchas otras personas cercanas incapaces de adivinar lo mucho que nos motiva e incita la cancha como uno más de los escenarios de la vida, he ido dando pasos en mi carrera como entrenador. Por un lado, los puramente necesarios, “oficiales” y federativos, que me aportaron mucho más que un título. En el verano de 2012 en Valladolid y en el de 2014 en Zaragoza conocí mejor a mis amigos, sumé nuevos compañeros de viaje y adquirí un renovado compromiso con mi vocación. Por otro, jornadas, talleres, semanas de entrenadores, eventos puntuales que aportaron ideas y nuevas preguntas.



Las experiencias

En cualquier caso, las mejores fuentes de aprendizaje han sido las experiencias. Cada temporada nacemos, crecemos, maduramos y morimos, pero siempre de una manera distinta. Y yo, que me niego a extrapolar el recuerdo como guía de mis actuaciones futuras, pues creo que no hay dos sucesos iguales, dos instantes idénticos, admito, en cambio, que lo esencial es ser conscientes del porqué y el cómo de nuestras decisiones y hacer balance. ¿Actué con ira, con miedo? ¿Estuve tranquilo para analizar con calma o nervioso porque creía estar jugándome la reputación?



Agradezco a todos aquellos que me dieron la oportunidad de estar en sus clubes y aprender junto a ellos. Aunque haya mucho que mejorar a nivel estructural, en este recorrido de diez años me he encontrado con un altísimo porcentaje de personas que actúan con nobleza y honestidad, empezando por los árbitros, a quienes aprendí a entender después de cometer varios errores en el trato hacia ellos, con quienes vuelvo a disculparme, colectiva e individualmente por alguna de mis actitudes pasadas. Cuánto echamos de menos, por cierto, a Pepe San Agustín.

La comunicación

Salvo excepciones, la relación con los padres también ha sido buena en este tiempo. Comprenderlos, sumarlos a la causa, hacerlos partícipes de lo que sucede actuando con plena transparencia me parece fundamental para sumar activos y, por otra parte, para dejar sin argumentos a aquellos que tienen una vocación incendiaria. Llevar el peso de la comunicación, ser el primero en trasladar los mensajes, resta fuerza a los conatos de rebelión y las actitudes egoístas, actitudes que debemos abordar desde la comprensión (todos los somos) y la intransigencia (no tienen cabida en un equipo).

Lo mismo sucede con los jugadores, a quienes no basta con negar la capacidad de opinar para que no opinen o piensen. En este tiempo he aprendido que habrá veces en que habrá que obligar e imponerse, pero también ocasiones para escuchar y reconsiderar posturas. Como siempre, es fundamental marcar los tiempos y los espacios, algo en lo que me ha ayudado mi vocación literaria, una vocación que creía incompatible, por estar basada en valores a priori contrarios a los del deporte como la imaginación o la sensibilidad, y que, sin embargo, se vuelve cada vez más esencial. Los entrenadores somos contadores de historias.

Nuevos retos y "viejos" maestros

Contar historias es lo que hago también en el blog de Sport Coach Academy, empresa líder en la formación online de entrenadores, con la que tengo el placer de colaborar y donde también me esfuerzo por dar salida a mi lado más analítico, el que se está imponiendo de la mano de herramientas como Synergy Sports Technology, empresa en la que tuve la suerte de trabajar durante una temporada, antes de que un compromiso total con el C.B. Clavijo, me impidiera renovar con garantías. Sin duda, en esta parte más táctica del juego, estar en compañía de Jenaro Díaz durante las dos últimas temporadas ha sido un auténtico lujo. Nuevamente, me considero un privilegiado por ello.



En fin, me gustaría citar muchos nombres, a pesar de considerarme autodidacta, pues todos ellos aportaron su granito de arena. Probablemente, nadie me dedicó más tiempo que Nacho Iglesias, en la temporada 2011-2012 en el C.B. Santa Marta, aunque también estuvieron muy bien los cafés con Fernando Merchante a la llegada a C.B. Tormes en 2015, el año junto a Rafael Gil comprendiendo las necesidades del minibasket como su ayudante en la selección de Castilla y León, las ocasiones en que he podido coincidir con Alberto Miranda, ayudante en UCAM Murcia, y, por supuesto, las conversaciones antes del amanecer con el ya citado Jenaro Díaz, despierto desde mucho antes para observar detalles de Euroliga y NBA. Por no hablar de las conversaciones sobre poesía, música y un poco de baloncesto con Fernando García, maestro de maestros o todas las mantenidas con colegas en pabellones, bares o discotecas.



De manera resumida, así han sido estos diez años de blog, la historia de un desatino, de un chico que encontró en el baloncesto un sentido, modesto pero un sentido, para vivir peligrosamente y escribir sobre ello.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS