En lo que aún creo



Llevo más de ocho años entrenando. No son muchos, desde luego. Ni siquiera alcanzan a dotarme de perspectiva sobre una posible evolución del juego o de las características psicológicas y sociológicas de la juventud. No he ganado nada, nada reseñable, digo, para poner en el currículum y presumir de ello en las reuniones de vanidosos anónimos, típicas de todos los gremios, en la que tras un par de copas el ambiente se carga de hazañas pasadas que sacan a relucir egos maltrechos. En cualquier caso, ocho años sí han sido suficientes para ir despojándome de ingenuas creencias, para ir descartando la vigencia de teorías que, por momentos, creí infalibles. Pero como no se trata –ni hay tiempo– de dar una charla de escepticismo, de ir desmontando, una a una, el conjunto de leyendas que sostienen muchas veces el armazón social, haré el ejercicio contrario. Porque si después de un largo despertar de ocho años, aún resisten en pie determinados juicios será porque su fortaleza es digna de ser tenida en cuenta. Así, resumiendo, digamos que esto es en lo que aún creo.

1. El baloncesto es un deporte magnífico para enseñar dinámicas de grupo, para enseñar/aprender a trabajar en equipo. El reglamento, con cambios ilimitados, permite reprochar –y corregir– acciones egoístas al momento de su comisión. La propia estructura del juego, que obliga a que todos ataquen y defiendan, exige que todos los jugadores en pista pongan a disposición del grupo su talento y capacidad de trabajo. Es tarea del entrenador dar visibilidad a las acciones menos vistosas, percatarse y compartir con su equipo que la canasta es el resultado de una suma de esfuerzos colectivos (generación de un espacio, ejecución de un bloqueo), no el producto, únicamente, de un gesto técnico individual. Y lo mismo sucede cuando se fuerza el error del contrario, aunque se materialice en un rebote o robo de un jugador concreto. Maldita estadística.

2. El baloncesto es ideal para educar en el siempre controvertido binomio creatividad-responsabilidad. Un buen entrenador es aquel que genera ambientes que le permitan al jugador probar nuevas formas de llegar a los mismos resultados equivocándose en el camino, pero, al tiempo, debe ser la persona que muestre la responsabilidad que supone formar parte de un equipo, el hecho de que, como en la vida, en el baloncesto todo acto (balance no realizado, pobre esfuerzo en la defensa de una línea de pase,...) tiene sus consecuencias.

3. El gran reto del futuro, no solo en el baloncesto, tiene que ver con la concentración. Solo metidos únicamente en la tarea que nos ocupa podremos alcanzar los objetivos de realización previstos para una sesión, un mesociclo o una temporada. Este mal –discrepo con quienes no lo consideren– viene ocasionado no solo por una multiplicación de los estímulos, sino por la erosión del valor de los compromisos adquiridos. Es un hecho sociológico, con base neurológica, pero también ética. Y la ética, lo siento mucho, se aprende en casa. No hay jugador más dañino para un equipo que aquel que no acude al entrenamiento dispuesto, únicamente, a dejarse la piel y terminar reventado –y por ello feliz. Aunque tenga examen de matemáticas el día siguiente.

4. El juego camina hacia una simplificación de los esquemas tácticos. En parte por lo anterior, cierto, pero sobre todo por el salto de calidad que se ha producido en las últimas décadas a nivel individual. Cada vez más jugadores son capaces de fabricar una ventaja desde el juego uno contra uno o desde el bloqueo directo o indirecto, por lo que la táctica del futuro va a pasar por esquemas que propicien una rápida generación de ventajas y conceptos de spacing y juego sin balón para que estas puedan ir incrementándose hasta materializarse en un “buen tiro”.

5. Sin embargo, a pesar de toda esta evolución, el baloncesto sigue apelando a sus raíces más antiguas cuando enseña, como sigue haciéndolo, que los fundamentos básicos son el pase y el tiro. No, no sobra todo el trabajo de manejo de balón, recursos sobre bote, etc. pero los partidos se los suelen llevar los equipos que pasan y, sobre todo, tiran bien. Y meten. Lo digo para que lo tengamos en cuenta a la hora de planificar las sesiones.

6. He sido muy beligerante con los árbitros en el pasado, pero creo que de un tiempo a esta parte he adquirido la actitud adecuada en la relación con ellos. Doy por descontado que acuden a hacer las cosas lo mejor que saben y desmonto, en mi cabeza, cualquier teoría conspiranoica que me quiera jugar una mala pasada. Pitan lo que ven y a veces se equivocan, como todos. Nuestra labor pasa más por ayudarles que por hacerles frente y eso se consigue al aceptar una explicación con la que no estamos de acuerdo o, simplemente, al centrarnos en nuestro trabajo dejando que ellos se ocupen del suyo.

7. La magia no se hace con la pizarra. Tampoco con una chistera. La verdadera magia es un acto continuo de comunicación y empatía con los jugadores, es que salgan de cada conversación, individual o grupal, con la certeza de haber sido escuchados, sí, pero convencidos al mismo tiempo de que el mensaje del entrenador es el más adecuado para el bien común. Esta fórmula podría quedar resumida en la palabra “credibilidad”, que a su vez se alimenta de otras como honestidad, coherencia y sensibilidad, y es la clave, junto a la estabilidad psicológica, del éxito del funcionamiento eficiente de todo el equipo. No del éxito deportivo, de los triunfos y campeonatos, pues ahí ya interviene el azar con sus múltiples disfraces. Y de la suerte, amigos, ya no me creo nada.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Lo que significa... y lo que no




El correo de esta mañana incorporaba una pequeña sorpresa: el título de entrenador superior correspondiente al curso de 2014 y al proyecto y las prácticas realizadas durante la temporada 2014-2015. Pequeña, digo, porque el secretario de la federación regional y del área de entrenadores ya había contactado conmigo para advertirme de su inminente llegada. Pequeña, digo, también, porque, una vez finalizado, el curso deja de ser un horizonte o una meta para pasar a ser un recuerdo, una agenda repleta de teléfonos o una diminuta semilla en medio de un vasto campo recién arado.

Muchas veces el título es como esa felicitación navideña que se extravía y llega por Carnaval, o como esa cita del médico para curar ese tobillo que, o ya está curado o listo para amputar. Quiero decir que hace la ilusión justa, pues uno ya está al corriente de su significado. A esta generación ya no le coge por sorpresa el hecho de que las credenciales, a las que tanto valor otorgaban nuestros padres, tengan en realidad un sentido simbólico o que sean, como mucho, un punto de partida, una invitación a seguir bregando en el barro, pues cuanto más conocido el camino, más enfangado se vuelve ante nuestros ojos.

Es más, diría que el diploma no tiene ni siquiera un significado filosófico profundo. Su carga de identidad es más bien sucinta. Yo no supe que era entrenador de baloncesto al matricularme del primer curso allá por el otoño de 2009, sino la primera noche que dormí mal tras una derrota, o al sonreír de forma bastante estúpida (a ojos de la gente) tras ver a un chico probar un nuevo gesto técnico o demostrar que había incorporado a su juego un concepto enseñado.

El título, como cualquier otro, es habilitante, pero ni siquiera diferenciador. Si España se caracteriza por ser uno de los países donde menos margen existe entre los salarios en función del grado de formación, en el baloncesto de cantera, por una suerte de acuerdo tácito que encierra en sí mismo muchas virtudes que no debemos olvidar, esta se reduce a la mínima expresión. Este modelo, a priori desincentivador, se sustenta sobre la base vocacional que nos conmina, sobre el desapego hacia lo material que se presupone en quien osa dedicarse a una cuestión tan secundaria en el ranking de “importancia” que las sociedades creen darse a sí mismas. La inversión en formación debe redundar necesariamente en un mejor rendimiento y este mejor rendimiento debe ser, en sí mismo, suficientemente satisfactorio: los chicos aprenden más rápido, el equipo juega mejor, el entrenador está más contento.

Pero claro, también es verdad que el curso no hizo sino aportarnos más dudas, más elementos para el debate que certezas sobre las que elaborar un método didáctico definitivo. En su propia identidad está la ausencia de un principio o método científico. Muchos caminos conducen al éxito y es amplio el poder que se le otorga al azar en un juego en el que diez voluntades distintas libran pequeñas batallas por el tiempo, por el espacio y por ese ser distraído que es el balón. Esta ausencia de sistemática, sumada a la incomprensible minusvaloración de los elementos pedagógicos en el currículum, hacen que los titulados lo seamos única y exclusivamente de baloncesto y que solo de baloncesto se nos permita hablar en sociedad. Pues de baloncesto, y no de educación, es de lo que sabemos; de ganar, y no de enseñar, piensan que es de lo que se trata (y a veces no damos a entender lo contrario).

Así que ahí está el título. Y mi padre, el hombre, quiere enmarcarlo como si su obtención hubiera sido un gran logro, como si ello me permitiera abrir un despacho y cobrar, como un profesional liberal cualquiera, sesenta euros por sesión terapéutica o de asesoramiento legal. Pero está bien que así sea. Verlo cada día en el frente de mi escritorio me permitirá recordar a aquellos amigos que hice en Zaragoza y la suerte que tengo de poder dedicar gran parte de mi tiempo y de mis energías a educar a través del baloncesto. Que eso es lo que intento hacer lo mejor que puedo. Gracias o a pesar del título. Y aunque al vecino del tercero no le resulte suficiente y siempre pregunte: ¿Y qué más haces?


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Tradicional repaso



2016 ha sido un año de crecimiento en mi faceta de entrenador de baloncesto. Con el Infantil “A” de C.B. Tormes culminé la mejor temporada de mi corta carrera en términos de satisfacción y consecución de los objetivos deportivos y humanos. Los trece chicos que formaron parte de la aventura permanecerán muy presentes en la memoria, como también lo harán sus familias, artífices de un ambiente siempre cabal y festivo, como es propio –que no siempre común– de un contexto como este.

Por otra parte, la coordinación del PRD me permitió profundizar en la relación con muchos entrenadores de la ciudad a las que agradezco su trabajo voluntario y su fidelidad durante el desempeño de sus funciones con las selecciones provinciales prealevines, amén de codearme con situaciones nuevas que hubo que resolver principalmente desde el sentido común, la empatía y en atención al interés primordial de los niños y niñas que confiaron en todos nosotros. Esta labor me posibilitó, además, debutar en los campus que organiza la Federación de Baloncesto de Castilla y León. El campamento de minibasket de Béjar, coordinado por David Barrio fue, sin lugar a dudas, una grata experiencia.

Finalmente, gracias al entusiasmo de José Ángel Cortés Ramos, responsable del área de entrenadores de la Delegación Salmantina de Baloncesto, dispuse de la oportunidad de dirigirme a los compañeros de la provincia en dos charlas dedicadas a la mirada del entrenador y al sistema de formación más fecundo e imitado del mundo, el norteamericano. Acompañado de verdaderos referentes del baloncesto en Salamanca, más que enseñar me dediqué a aprender. Y más valdría que nunca dejáramos de hacerlo.

En cuanto a este blog, bitácora fiel con seis años y medio de existencia que hace las veces de hogar para todos los viajeros que quieran detenerse en ella, decir que han sido cuarenta y tres las entradas en este 2016. Un número modesto, inferior al de semanas, causado principalmente por la sequía creativa que vengo padeciendo desde agosto, mes en el que apenas presté atención a unos Juegos Olímpicos en los que España llevó a cabo más que un digno papel. Quizá fuera el hastío, no lo sé, o tal vez el haber dicho ya demasiado y tener miedo a escribir, sin darme cuenta, el mismo libro de nuevo.

En cualquier caso, rescataré temporalmente del olvido Lost intranslation, una reflexión sobre el acto de comunicación y su importancia en el acto de entrenar; El juego de las soledades, una referencia a los riesgos de la hiperespecialización y al diálogo de sordos al que da pie; Estado de la cuestión, un repaso a algunos indicadores que conviene tener en cuenta sobre el oficio de entrenador; 17 entre 100, un repaso a la clasificación que Sports Illustrated publicó sobre los momentos más épicos de la historia del deporte; Euforia, emoción y envidia, con la receta del éxito de la popularidad del baloncesto universitario en Estados Unidos; Dejadnos (mal)vivir en paz, acerca del amateurismo como práctica impuesta y consentida, tan necesaria para sacar adelante eventos como injusta e insolidaria; Claro que quieren ser Michael Jordan, un recordatorio para aquellos entrenadores que creen que los niños que entrenan solo van a pasar el rato; Abraza un proyecto, sobre lo necesario de pensar y construir(nos) a medio plazo; The Americangame, con la historia del juego como protagonista o Fracasa mejor, relacionado con el valor del error en la enseñanza del juego.

Cuarenta y tres entradas en trescientos sesenta y seis días en los que el baloncesto siguió actuando como fiel escudero. Lástima que nuestra locura nos impidiera escucharlo en algunas ocasiones.


FELIZ AÑO 2017. UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Felices 125



No creo que al profesor Naismith le importara demasiado que aquel deporte que ideó para motivar hacia la actividad física a estudiantes que se formaban para administrativos, cumpliera en el día de ayer ciento veinticinco años. Haciendo de la necesidad –del frío invierno de la costa este norteamericana y lo angosto del gimnasio del YMCA en el que trabajaba– virtud, este docente canadiense afincado en Massachusetts, convirtió un juego colaborativo en el germen de uno de los tres deportes más populares del mundo en nuestros días. Trece simples reglas bastaron. Trece preceptos planificados en una tarde de encierro en la habitación. En la soledad de su cuarto, practicando el aburrimiento y la imaginación –actividades relegadas por incómodas en nuestros días–, sentó las bases del baloncesto como deporte de cooperación, promotor de una filosofía humanista cristiana, y fundado en la base de la primacía de la habilidad sobre la fuerza, de la destreza en oposición a la violencia.  

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Failing to prepare...



No me gusta hablar de la actualidad de los equipos a los que entreno. Hacerlo sin violar el “pacto del vestuario”, que diría Louis Van Gaal, es complicado, pues siempre hay un lector que va más allá del verbo, que deduce de los espacios intersticiales entre una palabra y la siguiente cuestiones que no son. Que no son, al menos, como a él le parecen. Ello, a pesar de que la santidad del vestuario es más un símbolo de otra época. De aquellos equipos que guardaban con celo numantino su intimidad no quedan más que rescoldos. Instagram, Twitter, periodistas amigos, no necesariamente en este orden cronológico, han hecho de la privacidad un bien escaso, impropio de una época en la que la gente quiere saber más apelando a un no sé qué democrático.

Sin embargo, creo que es posible rescatar la moraleja de lo que he experimentado esta semana, como entrenador de un equipo cadete masculino de cierto nivel, tercero en este momento de la competición de Castilla y León. Tras seis victorias consecutivas, aprecié en mis carnes la tendencia del ser humano a acomodarse, a sentirse el rey del universo por cuestiones tan triviales como esta. Descubrí también que la edad adolescente encarna la esencia del ser humano, al ser en ella cuando, por norma general, se exageran todos los rasgos de nuestra condición. A los quince años están asentadas muchas de las características de la persona, pero no, en cambio, los filtros propios de la diplomacia, la cortesía y, por qué no decirlo, la hipocresía.

Nos acomodamos en la victoria. Nos creímos los mejores y dejamos de escuchar, de exigirnos a nivel individual y colectivo. Nos contentamos con saltar a la pista de entrenamiento y estar físicamente, sin la concentración necesaria para darle a cada acción la importancia que tiene como adelanto de la que habrá de venir en una situación de presión, con los dígitos rojos del marcador poniendo en evidencia la realidad de los tiros que no entraron, las finalizaciones que se erraron, los unos contra uno que no se defendieron o los rebotes que se nos escaparon.

Levantarse a las cinco y media, jugar cuarenta minutos contra zona, dudar de la anotación de las faltas de su mejor jugador (más aún tras saber que una de las mesas es esposa del presidente del club rival) y algunas otras circunstancias que dificultaron el trabajo durante la semana no son excusa. John Wooden se lo había leído a Benjamin Franklin, failing to prepare is preparing to fail. Y eso fue lo que hicimos, prepararnos para fracasar. Nunca había ido a un partido con la sensación anticipatoria que llevaba experimentando desde hace días, consciente de que la mentalidad no era la indicada para ganar y, aunque estuvimos cerca de llevarnos el triunfo, la sensación permaneció. Puede que ganar, como me dijo un compañero entrenador, hubiera sido nocivo: un mal mensaje para el futuro.

Ahora toca levantarse. Hacer la lectura correcta. Motivar hacia el trabajo como fuente, en sí misma, de satisfacción. Solo los equipos que salen jodidos y felices de una sesión pueden salir igualmente satisfechos de un partido, diga lo que diga el marcador.


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El último estoico





Releo emocionado la carta que el Ray Allen de hoy dirigió al chico de trece años recién aterrizado en Dalzell, Carolina del Sur, que era él hace casi tres décadas, y que fue publicada en The Players´s Tribune pocas horas después del anuncio de su retirada definitiva de las canchas. Con cuarenta y un años, este hijo de padre militar, que aprendió el inglés en Londres y que al regresar fue criticado entre los suyos por tener las maneras y acento propios de un hombre blanco, pone fin a una carrera de diecinueve temporadas, dos anillos y múltiples reconocimientos. Con él, y a sabiendas de que Paul Pierce afronta la que será su última campaña, se extingue la última generación de jugadores americanos que coincidieron en pista con el Michael Jordan de los Bulls, el indiscutible mejor jugador de todos los tiempos y, por ello, el ejemplo último de excelencia, la siempre odiosa medida de comparación de cualquier escolta-alero con aspiraciones.

En su carta, amén de demostrar su exquisita educación, muy por encima de la media del jugador NBA, Ray Allen nos deja numerosas enseñanzas. En ella, sin necesidad de avanzar demasiado en su lectura, insiste en la necesidad de separarnos de las opiniones de los demás, habitualmente tendentes a disminuir méritos y vaticinar fracasos, algo que no deja de ser lógico, pues su valoración parte de unas capacidades que son limitadas por oposición al infinito radio de acción por el que se expande su envidia. En cualquier caso, el ex jugador de Milwaukee, Seattle, Boston y Miami nos invita a grabar cada una de estas insidias en la mente, con el ánimo de que actúen como acicate para llevar a término las duras jornadas de trabajo.

Muy interesante es el capítulo que le dedica a recordar los partidos que disputaba con los compañeros de su padre en el ejército, algunos muy buenos jugadores en el pasado. De ellos, además de lo exigentes que eran en el plano físico, recuerda las letanías que esos hombres adultos pronunciaban queriendo retrotraerse, dar marcha atrás en el tiempo para poder, así, trabajar más duro y alcanzar un contrato profesional en el mundo de la canasta. “Tan solo si...” “Si pudiera...” Y es que, frente al hombre mediano, experto en excusas y ensoñaciones, el jugador NBA, no digamos ya la estrella de NBA, aunque esto pueda suponer alimentar un mito que no siempre se cumple, complementa la posesión de un talento excepcional y la concurrencia de circunstancias favorables, con una ética del esfuerzo casi siempre “innegociable”.

No miente Ray Allen al decir que los Boston Celtics de 2008 y los Miami Heat de 2013, conjuntos con los que conquistó el campeonato, aun siendo muy diferentes, compartían los mismos viejos y aburridos hábitos: ser puntuales en el esfuerzo, obsesivos con las rutinas, competitivos hasta niveles patológicos,… “The same old and boring habits”, insiste, por oposición a aquellos equipos anárquicos que quieren ganar sin hacer méritos o a aquellos jugadores que se conforman con lo que tienen creyendo que el del éxito es un camino mucho más despejado.

Esto va de trabajar cada día cuando nadie te está mirando, afirma con una convicción que, en su caso, viene respaldada por el ejemplo. Ahí reside la diferencia entre los que llegan y los que se extravían por el camino, también en el baloncesto. Integrar esta autodisciplina debe ser el gran reto de los entrenadores, también de los de cantera. Desarrollar en la mente de los jugadores una sana obsesión por el juego y la mejora individual les permitirá comprender mejor el valor de esos “old and boring habits” y practicarlos hasta la extenuación convencidos de que no hay otra fórmula, de que así construyeron su éxito (cada uno en su escala de posibilidades) los que estuvieron antes.

El reto, es evidente, no es menor. Las tentaciones se han multiplicado, la autoridad de padres, maestros y entrenadores se ha erosionado tras la ruptura de viejos consensos, por ficticias que fueran sus bases ontológicas, y, por todo ello, a los jóvenes les cuesta encontrar la motivación hacia tareas que implican doblegar el dolor y la fatiga. Ello, al parecer, nos obliga a reformular las sesiones de entrenamiento, fomentando la diversión en detrimento de la repetición, y a alterar los mecanismos de motivación, pues estos ya no residen en el fuero interno del individuo, mucho más pendiente de otras cosas (personas del otro sexo, posición social dentro del grupo de iguales, imagen,…). Se vuelve necesario introducir recompensas, metas a corto plazo. Engañar al cerebro y a la omnipresente pereza.

Todo porque ya no quedan estoicos, tipos que firmen, al final de sus carreras, haber alcanzado la paz consigo mismo o que acepten con entereza la soledad que es necesaria para alcanzar la excelencia. Con Ray Allen se fue el último representante de esa estirpe de jugadores que afirmaban poder realizarse como individuos en una pista de baloncesto. Go to the court, stay on the court. You can build your whole personality there.



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Fracasa mejor






"Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor". 

(Samuel Beckett)


Ayer tarde di con un artículo sumamente interesante en la página personal de Daniel Barreña, coach deportivo, en el que reflexiona sobre el excesivo valor que concedemos al error desde todos los puntos de vista, es decir, tanto si somos nosotros los que los cometemos, como a la hora de juzgar aquellos en los que puedan incurrir los demás. En él plantea el sobrepeso cultural que acumulamos, siendo la culpa una cuantiosa herencia de la tradición judeocristiana, esa que aprendemos a mamar desde muy chiquitos dándonos golpes en el pecho (ya saben, “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”) o asumiendo alegremente que un hombre –no cualquier hombre, se supone– tuvo que dar su vida para redimir nuestros pecados.

Esto, trasladado al ámbito de la enseñanza de un deporte y, más en concreto, a una sesión de entrenamiento de un equipo de baloncesto, debe conducirnos a los formadores a una suerte de toma de conciencia: El error es inherente a la práctica del juego, a la ejecución de gestos técnicos, a la toma de decisiones, a la existencia de un equipo rival cuyo éxito, en defensa, pasa por llevarte a cometer el mayor número de ellos. Conviene tenerlo en cuenta para convivir con él evitando caer, y hacer caer a los jugadores, en el pozo de la frustración. Ahora bien, convivir no es olvidar, dejar pasar sin más un material tan importante, pues, ante todo, el fallo es una fuente fundamental de información, y así debe ser percibida por el equipo y los jugadores. Preguntarse qué se pudo hacer distinto es el anticipo necesario de eso que Samuel Beckett bautizó como “fracasar mejor”. Así viene avanzando la ciencia desde los tiempos de Arquímedes.

En el artículo, Daniel Barreña nos propone observar detenidamente la reacción de los jugadores a los posibles fallos cometidos en el pase, el lanzamiento, el seguimiento de un sistema,… De esta manera, afirma que todos llegaríamos a la conclusión de que cada vez más jugadores crecen obsesionados por no cometer errores. Ello, que puede tener que ver con factores sociológicos y de psicología social que nos van empujando hacia la dictadura del perfeccionismo (un entorno cada vez más global y competitivo exige cada vez mayor excelencia), también puede entroncar con el ambiente que como entrenadores generamos en la pista de entrenamiento.

Ahora bien, es muy fina la línea que separa la convivencia pacífica y amable con el error con la desidia a la hora de corregir ejecuciones o elecciones poco apropiadas en una pista de baloncesto, más aún teniendo en cuenta que el objetivo último de toda acción ofensiva pasa por anotar un móvil en un aro poco mayor que él. Y no solo eso, más allá de la precisión exigida por definición, todo deporte de equipo requiere de un nivel de responsabilización con el grupo. Cada individuo debe asumir su compromiso con la mejora particular y ello, entre otras cosas, implica aumentar los porcentajes de acierto.

Por lo tanto, errores, sí, claro, en la búsqueda de la excelencia, en el ejercicio de la libertad creativa y de una osadía espiritual. Pero errores, no, ni en bromas, por falta de concentración, por ambición mal entendida o desconectada de los objetivos del grupo, por terquedad o incapacidad para la escucha atenta y, por supuesto, por el mismo miedo al error.

P.D. Esta es mi visión sobre el error a fecha de 4 de noviembre. Y si no les gusta… No tengo otra, por el momento.


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Imitación a la vida




Lejos de previas y pronósticos con los que solía destaparme en las jornadas previas al inicio de la temporada de la NBA en años anteriores, sirva como prólogo de las madrugadas que vendrán esta modesta columna que publiqué el pasado jueves en un diario local. ¿O es que acaso no hemos crecido y moriremos de la mano de estos tipos que juegan a la pelota intentando trasladarla al interior de un aro?

Pueden leerla pinchando en el siguiente ENLACE.


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Filosofía y método






Esta tarde a eso de las siete en la Cafetería Cervecería 5 Arcos de Salamanca (C/Alfonso IX de León, 122), como previa a la final olímpica que enfrentará a Serbia y Estados Unidos, y gracias a la confianza depositada por José Ángel Cortés Ramos, responsable del área de entrenadores en la delegación de Salamanca, expondré en una breve charla las claves que, en mi opinión, explican los indiscutibles éxitos de la selección norteamericana, la cual afronta esta noche la búsqueda de su decimoquinto oro en diecinueve Juegos Olímpicos (y que puede presumir, también, de seis oros consecutivos en categoría femenina). 

Claves que residen, probablemente, en cuestiones que van más allá del baloncesto (demográficas, económicas, sociológicas,…) pero que también se encuentran en el núcleo del propio deporte, en su historia, en sus relaciones con los diferentes niveles educativos y, sobre todo, en la existencia de un método de enseñanza que, si antes perduraba por el contacto entre “escuelas de entrenadores”, hoy se ha institucionalizado gracias a los esfuerzos de USA Basketball por unificar todas esas tendencias en una que, siendo flexible, pretende marcar el camino de la excelencia: el youth development curriculum.

Dado que en la cumbre de dicha pirámide que abarca a las más de treinta millones de personas que practican el baloncesto en Estados Unidos –en todas las edades y categorías– se encuentran las selecciones absolutas, me he querido valer de lo que el equipo entrenado por Mike Kzyzewski ha ofrecido a lo largo de la competición. Un equipo, por cierto, cuya propuesta me ha parecido poco ambiciosa –quizá por el poco tiempo para prepararse–, pero que sigue mostrando el ADN fundamental del jugador norteamericano, mezcla de escuela y baloncesto callejero, con mil recursos sobre bote, dominio absoluto de su cuerpo en las finalizaciones y muy buenos fundamentos desde la situación de triple amenaza. Un jugador que defiende con posiciones muy ortodoxas, agobiando el balón con sus manos y cerrando líneas de pase.

En cualquier caso, aunque los estadounidenses pudieran terminar imponiéndose esta noche consiguiendo el doblete olímpico, dos modelos salen igualmente reforzados de la cita demostrándoe, tal vez, como los únicos que, en la actualidad, cuentan con un nivel adecuado de planificación, programación y seguimiento, además de con vías de financiación suficientes como para mantener la apuesta. Estos son el serbio, que con siete millones de habitantes ha colocado a sus dos selecciones en las medallas y, por supuesto, el español, el derivado de la FEB, pero deudor indiscutible del trabajo que los jugadores realizan en los clubes.

Si España logra, como todos deseamos, conquistar el bronce ante Australia, tres selecciones se habrían repartido las seis preseas en juego. Tres selecciones con filosofías y métodos distintos, sí, pero con filosofía y método. Esto para los que empiezan en el baloncesto pensando que se trata básicamente de enseñar a botar, pasar y tirar. Esto para los que creen que todo pasa por meter un punto más que el rival. Filosofía y método.

Os dejo con el avance de la presentación, que podéis ver pinchando AQUÍ.


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The american game (I)




Me pillan preparando una pequeña charla sobre el sistema de formación de jugadores en los Estados Unidos. Para ello estoy viendo muchos vídeos y acudiendo a numerosas webs de Primary Schools donde se cursan los ciclos elemental y primario; de High Schools, donde se imparte la enseñanza secundaria y también de centros universitarios, que ofertan grados y maestrías en diferentes disciplinas. También de escuelas de baloncesto, aunque lo cierto es que son escasas, pues la primera seña de identidad de este modelo es la trabazón estructural entre deporte y educación. Todo surge, de hecho, en un centro de la YMCA (Asociación de Jóvenes Cristianos), en Springfield, Massachusetts, en la antesala del solsticio de invierno de 1891, hace 125 años.

Buscaba el señor Naismith, ministro de la iglesia y profesor del centro, un deporte interesante, fácil de aprender, que se pudiera jugar en invierno con luz artificial. Todo para atraer la atención de un grupo de aspirantes a administrativos, a quienes no les motivaba nada la ejecución de las rutinas clásicas de la educación física: hacer el pino, flexiones, saltar obstáculos,… Dicen que se encerró una tarde en su habitación con el compromiso de salir solo cuando las reglas del juego estuvieran trazadas. Lo hizo pasadas cuatro horas y fueron trece los primeros preceptos, que apenas fueron retocados en los años posteriores salvo en la norma del dribling, inicialmente prohibido porque el profesor pensaba que propiciaría el juego violento, como sucedía en el rugby cuando un jugador intentaba avanzar con el balón.

Y es que una de las bases fundacionales del balón cesto (así, en dos palabras, hasta 1927) era la promoción de la habilidad por encima de la fuerza; la destreza y la coordinación por delante de la violencia y la intimidación que reinaban en otros deportes. De ahí que situara el objetivo –inicialmente una caja, pero finalmente, por necesidades del guión, unos cestos de melocotones– muy por encima de la altura de las cabezas de los jugadores (a diez pies, casi 3,05 m) con la intención, además, de que los lanzamientos fueran arqueados, evitando así un posible destrozo del mobiliario. Tal era el afán por mantener la limpieza en el juego, que tres faltas consecutivas de un mismo equipo lo penalizarían con una canasta en contra (entonces “goal”) y dos, solo dos, de un mismo jugador, obligarían al equipo a jugar con uno menos hasta la siguiente anotación. Quizá, cabría repensar esta cuestión al albur del abuso flagrante –cuando no sangrante– de las faltas tácticas y los bumps (contactos de antebrazo que intentan evitar la progresión de un jugador sin balón). Todo en aras de respetar el espíritu del juego.

Pero para respetar dicho espíritu primero hay que conocer su historia. Pocos entrenadores saben que en diciembre estaremos celebrando el 125º aniversario, que las normas fueron publicadas en el periódico del centro, llamado “The Triangle”, que en su base se encuentra la promoción de los ideales cristianos, que hasta 1898 no se podía botar o que hasta 1913, tras una situación de fuera, sacaba el jugador que primero tocara la bola. Por cierto, ahora que estamos de Juegos Olímpicos, la primera edición, Berlín 1936, la ganaron los Estados Unidos, un equipo integrado únicamente por jugadores blancos, tras vencer en la final por 18 a 9 a Canadá. Yo mismo desconocía alguno de estos detalles hasta que he iniciado la lectura de la obra “Coaching Basketball” un libro editado por la NABC (National Association Basketball Coaches), una asociación surgida en 1927 para, entre otras cosas, dignificar el juego.

Pero de la NABC os hablo mejor en la próxima entrada, en la que seguiré detallando algunas pinceladas de la historia del durante décadas conocido como “The American Game… played worldwide”. Por si a algunos, ahora que los de USA Basketball parecen vulnerables, se les olvida. 


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