El gran teatro del basket




“No olvides que es comedia nuestra vida y teatro de farsa el mundo todo” 

(Francisco de Quevedo)

La final de la Copa del Rey no ha hecho sino alimentar las pasiones, ya de por sí bien nutridas, de un pueblo, el español, que asiste asombrado y paralizado al espectáculo lamentable que sus políticos protagonizan a diario, citándolo a las urnas, porque no pueden hacerlo a las armas, bajo el paraguas de una retórica sectaria y revanchista. La contienda entre Real Madrid y Barcelona, epítome de la lucha de contrarios, se convirtió, en función del punto de vista que elijamos, en un relato perfectamente tramado, con un encadenamiento de circunstancias favorables, o adversas, al que sigue un giro dramático de los acontecimientos que concluye con una escena de enorme suspense que, como la buena literatura, genera debates más allá del punto y final de la obra.

Desde bien pequeño, acompañando a una sarta de tópicos, escuché aquello de que compensar es equivocarse dos veces, lo que por otra parte parece irrefutable. Desde un punto de vista lógico, casi kantiano, cada acción debería ser juzgada de manera aislada por seres desprovistos de prejuicios, corazón, alma y, por supuesto, conciencia. Algunos madridistas, incapaces de ponerse en el lugar del otro, recurren a este principio para atribuir la derrota a la actuación arbitral proponiendo símiles que justifican su postura. Olvidan esa máxima del derecho civil que dice que el daño debe ser reparado, la situación previa a una actuación ilegal, restituida. El Barça debería haber tenido dos tiros libres para sentenciar el partido, cuando no dos tiros y posesión. Los árbitros, errando dos veces, es verdad, se aproximaron más a la noción tomista de justicia, dar a cada uno lo suyo, que si solo lo hubieran hecho obviando la falta de Singleton y juzgando con atención a la física y el sentido común lo que todos pudimos comprobar en el instant replay: no cabía interpretar interferencia.

Pesic, cambiando a Heurtel cuando veía el aro como los anillos de Saturno, actuó como solo lo puede hacer un hombre que está en paz consigo mismo. Laso, dando las llaves de la nave a Llull, demostró ser lector de novela épica, ese género en el que la fuerza de los ejércitos queda reducida a la personalidad de un solo hombre. La lesión de Rudy, fulcro de cualquier balanza, fue determinante. Como lo fue también perder dos balones en la salida de presión, tardar en solicitar el tiempo muerto o en ingresar a Tavares en pista para poder presionar en el perímetro con la garantía que solo puede ofrecer su presencia en la zona. Dicho esto, como seguidor del Real Madrid, no puedo sino darle las gracias a Pablo y todo su equipo por su trabajo diario y las bondades del plan que ejecuta diariamente al frente de la sección.

Se duerme mal, pero algo mejor, pensando que los responsables de las derrotas fueron los árbitros (¿alguien sabe cómo durmieron ellos?), tal es el efecto paralizador de la noción de culpa en nuestra cultura. Sin embargo, una de las muchas cosas que me llevaré para siempre de este año junto a Jenaro Díaz, entrenador del C.B. Clavijo, es que nos equivocamos al derivar la responsabilidad, al buscar fuera de nosotros lo que pasa y nos pasa. Nada alivia más –y otorga más libertad– que un “me equivoqué, aprendí, la próxima vez estaré mejor preparado”. Eso es lo que cabría esperar del capitán, Felipe Reyes, íntimo, a estas alturas de su carrera, de esos dos impostores que son las victorias y las derrotas.

Comprendo perfectamente a cada uno de los espectadores del Palacio de los Deportes. Querían drama, emoción, intriga, suspense,… Y lo tuvieron. A cada uno de los que siguieron el partido en sus casas y celebraron y lamentaron canastas propias y ajenas como si las vida se les fuera en cada lance. Pero no a la gente del deporte que alimenta estos debates, que se deja llevar por la ira dejando que las áreas del cerebro relacionadas con la ecuanimidad y el juicio razonable queden envueltas en la bruma.

Entrenar es algo más que ensayar para la obra y ponerla en escena, aunque todos queramos llegar con el guión aprendido y el método por la mano a su estreno. Pero si solo aspirásemos a legar un palmarés que consultarán nuestros descendientes mucho después de muertos, estaríamos relegando a un plano secundario lo que tiene de especial este oficio, la conexión íntima y personal que, inexplicablemente, dos aros, un balón y diez jugadores en ejercicio simultáneo de sus facultades, facilitan. Igual que el compromiso del pintor se circunscribe a la obra, al arte en sí mismo, el pacto del entrenador debe ser con su equipo y el arte de entrenar, no con el diablo de la victoria, que ofrece efímeros orgasmos a cambio de sentimientos de ira, venganza, resentimiento o enajenación que, estos sí, y no la culpa, ni las derrotas, deberían abochornarnos.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

El lazo eterno





¿Sabes lo que nunca pude entender, entrenador? Por qué abandonaste las clases de lengua inglesa. Es evidente que sientes verdadera pasión por la literatura”. Sus ojos comenzaron a brillar, como cada vez que evocaba un recuerdo feliz. “¿Sabes, Kareem? Mientras estuve en la Marina recibí varias cartas de mis jugadores de baloncesto, pero muy pocas de mis estudiantes de inglés. (…) Eso me hizo pensar que algo relacionado con el deporte, no sé muy bien qué, algo relacionado con la competitividad o la persecución de objetivos comunes, nos hacía estar íntimamente unidos”.

Muerto Dios, asesinado el padre, caídos los ídolos, puesta en duda la razón y relativizado el valor de los símbolos, los seres humanos nos hemos colocado en una difícil situación. Sin embargo, tal y como anunciaba Hemingway, el paso del tiempo no implica que ya no necesitemos héroes: somos adultos, es verdad, pero el camino de la supervivencia es cada vez más arduo.

No es fácil elegirlos. Sobre todo a raíz de descubrir que Gokuh es un personaje de ficción y no quien habría de acudir al rescate del planeta. Y la búsqueda se complica cuando hablamos de deporte y entrenadores en la medida en que la alta competición, con la presión que conlleva, suele poner de relieve la debilidad del espíritu humano, sus conflictos internos, los automatismos aprendidos, sus decisiones inconscientes. Es más, el proceso mismo de entrenar parece exigir, muchas veces, un histrionismo perfectamente ensayado que no es siempre distinguible de una pérdida de control o descarrilamiento emocional, que desacredita la bondad de la profesión.

También John Wooden, el referente al que sigo cuando miro a los ojos a los jugadores y pienso en liderazgo y ejemplaridad moral, cometió errores en sus inicios. Los revela Kareem Abdul Jabbar en el libro que le ha dedicado a su entrenador, un ensayo de base autobiográfica que, si bien adopta la fórmula del top ventas norteamericano, en el contenido recuerda, salvadas las distancias, a los diálogos de Platón, aunque Wooden, al contrario que Sócrates, ya hubiera dejado expuesto por escrito gran parte de su pensamiento.

Si la comparación con el filósofo ateniense les parece exagerada, este oriundo de Indiana y ciudadano adoptivo de Los Angeles puede ser considerado uno de los grandes maestros del aforismo, esa sentencia breve que resume de forma concisa un principio o una regla y que todos los entrenadores, por sus bondades a la hora de traducir nuestro pensamiento, deberíamos dominar. Les dejo con algunas citas, propias del Coach Wooden o prestadas de sus escritores preferidos, que se incluyen en el libro y que me atrevo a afirmar que deberían figurar en el banquete diario de todo entrenador, al menos como aliciente para pensar sobre el sentido de nuestra tarea y hacer más completa la experiencia personal de los jugadores que tenemos la fortuna de liderar.

1. Preguntarle a un deportista si le gusta ganar es como preguntarle a un broker de Wall Street si le gusta el dinero. Seguro, queremos ganar, pero, seguro, ganar no es nuestro objetivo.

2. Ganar es el subproducto del trabajo duro como la perla es el resultado del duro esfuerzo de la ostra en su lucha contra un parásito o un grano de arena.

3. Preocúpate más de tu carácter que de tu reputación, porque el carácter es lo que realmente eres, mientras que la reputación es solo lo que otros piensan de ti.

4. Las películas de baloncesto que tratan de equipos sin aspiraciones no deberían terminar con ese equipo logrando el campeonato, sino con ese equipo una vez aprendida la lección. Es decir, con los chicos saltando a la pista felices por haber alcanzado nuevas cuotas de sabiduría, esto es, el inicio del juego seguido de los créditos.

5. Las personas que luchan nunca pierden el partido. Sucede, simplemente, que no llegan a tiempo para hacerlo.

6. La peor consecuencia de la muerte es que separa a los supervivientes de la vida.

7. Un entrenador tiene la extraña suerte de poder educar sin provocar resentimiento.

8. Enseñar los mecanismos de la compasión es tan importante como conducir al éxito.

9. “El miedo a la muerte es el resultado de tenerle miedo a la vida. Un hombre que vive plenamente está preparado para morir en cualquier momento” (Mark Twain).

10. ¿Acaso no termino también con mis enemigos convirtiéndome en su amigo?

11. La meta de un hombre debería estar más allá de su entendimiento, ¿para qué, si no, existe un cielo? (Robert Browning).

12. Lo peor que puedes hacer por aquellos que realmente amas es hacer por ellos lo que pueden hacer por sí mismos.

En fin, diez títulos universitarios, sí, pero sobre todo el respeto de centenares de jugadores que aprendieron a calzarse el primer día que llegaron a UCLA, pues, como pronto comprendieron, una arruga en el calcetín podía provocar una rozadura, y una rozadura podría dejarles fuera del partido, lo que debilitaría las opciones del equipo. El respeto y la certeza de haber estado unidos por el lazo eterno, símbolo de una unión perenne que sobrevivió a la muerte del maestro como lo hará con la de todos sus alumnos.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Que se diviertan





Ayer una persona del baloncesto me decía que todo lo que tienen que hacer los chicos en una pista es divertirse, regresar a casa con una sonrisa, contando anécdotas, aunque sean sobre un compañero que se tropezó al ir a solicitar el cambio o sobre las zapatillas rosas del árbitro (que, por supuesto, pedirá para su cumpleaños). No le dije, porque suponía abrir un debate en un foro que no era el apropiado, que para el tipo de diversión de la que él me hablaba existen piscinas de bolas, hinchables, restaurantes de comida rápida, pintacaras,… Actividades y centros de ocio que no deberían constituir una competencia para el baloncesto de formación al que en otra entrada definí como “su asignatura favorita”.  

Entre otras cosas porque en un hinchable o en una piscina de bolas el entretenimiento es esencialmente egocéntrico: gana el que se lo pasa mejor, aunque sea empujando al de al lado, no respetando los turnos de juego o luciéndose de cara a los adultos, tres comportamientos incompatibles con ser un buen jugador de baloncesto. Por el contrario, en el seno de un equipo, la diversión o es colectiva o no es, porque las satisfacciones derivan de acciones conjuntas en las que al menos dos jugadores intervienen. Es más, incluso cuando los protoonanistas compulsivos amasan el balón necesitan la colaboración de un segundo y un tercero que, con sus movimientos le proporcionen espacio.

Es más, en baloncesto, como en todos los deportes de equipo, un factor clave es la concentración, incompatible a todas luces con esa diversión exhibicionista y egocéntrica de la que esta persona me hablaba. La desconcentración vuelve inútiles los esfuerzos de quienes hacen lo correcto, genera desconfianza, siembra discordia y, por lo tanto, impide esa diversión colectiva de la que yo hablo. Del mismo modo, para que el baloncesto sea entretenido, al menos desde mi punto de vista, no caben comportamientos irresponsables, autovaloraciones generosas de las acciones de uno mismo, la típica exculpación que sigue al lloro de un niño que acaba de romper un recuerdo de Benidorm: “se habrá caído solo”. Tampoco dedos que señalan, que apuntan como la mira del rifle a quien no dio un pase que, en el noventa por ciento de los casos, no vio.

De ahí que el entrenador deba convertirse en la pesadilla del ochenta por ciento de los padres (aunque yo he dado casi siempre con el veinte restante), incómodos observadores de los sacrificios de sus hijos, sufridores por cuenta ajena de sus minutos en el banquillo, de las correcciones tras una mala decisión. Es lo que tiene asistir in situ a la reunión de evaluación, donde se discuten las notas y, en este caso, se reparten los minutos, las oportunidades de lanzar, el rol dentro del colectivo. Surgen así las comparaciones y, como casi siempre, cuesta alegrarse por el vecino que se ha comprado un Mercedes y aceptar que el 600 ya no funciona como antes.

Por eso huyo del “que se diviertan”, de la ligereza con la que lo pronuncian aquellos que nunca estuvieron en la trinchera defensiva o asediando el fuerte contrario. Los estándares de exigencia, cada vez más bajos, son los mismos que los de la diversión, un sustantivo que pierde peso cada día que lo convertimos en sinónimo de distraimiento, pereza autocomplaciente o narcisismo. Ahora que tememos por un retroceso en los derechos sociales, haríamos bien en alinearnos también en contra de esta  espiral de banalidad que impregna relaciones, compromisos laborales y, quizá lo más grave, también el juego, esa cosa tan seria.

Pero que se diviertan, claro, sacrificando el cuerpo para forzar una falta de ataque y evitar una bandeja (aunque lleguen magullados a la comida familiar del domingo), esprintando para llegar los primeros al ataque, pero también a la defensa (aunque lleguen reventados a casa), jugando sin balón, haciendo lo correcto (aunque no se vea); regulando los impulsos egoístas, no los esfuerzos. Que se diviertan, claro, aplaudiendo las buenas acciones de sus compañeros (también de los rivales, por qué no), comunicando sus puntos de vista con humildad, no con soberbia, aceptando la honestidad y la falibilidad del árbitro (cuestionarla es cuestionarnos a nosotros mismos), entendiendo que si no crearon una ventaja otro lo podrá hacer por ellos, pues no son superhéroes. Son humanos, felizmente humanos. Y jugadores de baloncesto, no simplemente niños que confundieron, guiados por un mensaje equivocado, ese lugar sagrado de la solidaridad y el sacrificio, que es una cancha, con una piscina de bolas.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Competir o el trabajo de pensar







La escritura no brota de forma espontánea, requiere de un esfuerzo. Hay que pensar. Pero pensar puede ser difícil, una tortura, incluso extenuante. La naturaleza humana se resiste a este esfuerzo. En palabras del pintor inglés Joshua Reynolds (1723-1792), “una persona recurrirá a cualquier tipo de táctica con tal de evitar el auténtico trabajo de pensar”.

(Leído en “La escritura transparente, cómo contar historias”)

Últimamente he estado leyendo sobre diferentes temas que, sin saber muy bien cómo, se entrelazan e intersectan con sorpresiva naturalidad. Voy de la cancha a la biblioteca procurando encontrar qué hay detrás de estos nudos y siempre termino rindiéndome cuando me asalta el hambre y me detengo en la cafetería a pedir un café con leche y un pincho de tortilla. Nada me empuja a llegar al final del razonamiento, a buscar nuevas conexiones, por locas que parezcan, entre el pick and roll, la educación sentimental y la creación literaria. Requiere menos esfuerzo hundir el tenedor sobre el huevo apenas cuajado y mirar al frente con un falso aire de curiosidad –en realidad, lo reconozco, solo pienso en saborear la tortilla--.

Berta de Vega, con su artículo “Ni notas en clase ni marcadores en baloncesto: el fin de la competitividad de los niños burbuja”, publicado en El Mundo papel el pasado 3 de enero, ha abierto de nuevo el viejo debate de la competitividad, una suerte de Caja de Pandora donde tantos unos como otros nos posicionamos en función del sistema con el que fuimos enseñados y su posterior evaluación. Así pues, es posible que fuéramos educados en el rigor y la competitividad y nos sintamos orgullosos por ello, o que detestemos el monstruo en el que nos convirtió (cuando uno no es competitivo tiende a exculparse de todo lo que le pasa, siendo los culpables el sistema, los padres o el cometa Halley en el mejor de los casos). Por otro lado, tal vez sintamos la nostalgia de todas aquellas redes de cuidado en las que fuimos educados sin la necesidad de ser los mejores. Aun desafinando, golpeando el balón con la uña o bailando fuera de ritmo, nuestras familias, tal vez aceptando su cuota de responsabilidad, nos dieron cariño y asilo.

El problema, una vez más, es que el debate se plantea en términos de máximos y por competir se hacen equivaler sinónimos de corte belicista como machacar o aniquilar, creyendo ver en cada partido, evaluación o casting un todo o nada que en realidad nunca es tal. En todo caso, y hablo ya de baloncesto, la derrota es solo la antesala de una nueva oportunidad para demostrar las mejoras, los frutos visibles de un trabajo silencioso que es, en definitiva, la verdadera recompensa. Ya saben, “un esfuerzo total es una victoria completa”.  

Estoy convencido de que competir es la mejor forma de aprender las reglas, pues solo en el fragor de la batalla se observa la necesidad de pelear bajo unas leyes, usos o costumbres que eviten comportamientos caprichosos o arbitrarios del rival (¿se acuerdan de aquel listo cuyos tiros siempre entraban, aunque pasaran por encima de la sudadera que hacía de poste?). También de aprender la compasión, quién mejor que quien ha sido derrotado para comprender el dolor de quien se encuentra sobre la arena.

Compitiendo uno aprende a responsabilizarse de sus acciones, se explora a sí mismo, lo que le lleva a conocerse mejor, se compara, sí, lo que de la mano de un buen maestro puede llevar a un aprendizaje por imitación o referencia (y no a envidias o hundimiento de la autoestima). Y si además lo hace en un deporte de equipo aprenderá a poner al servicio de los demás su talento, se sentirá arropado para probar nuevas habilidades y adquirirá otras impulsado por el afán de contribuir más y mejor al colectivo.

Estoy de acuerdo en el que el suspenso no puede ser una pena pública o sambenito, y en que es de buen profesor corregir en privado (también elogiar, desde mi punto de vista) evitando cualquier sombra de escarnio innecesario. También en que la motivación debe surgir del interior de cada individuo y el trabajo y la mejora ser fines en sí mismos, no medios ni herramientas. Pero no veo que todo esto sea incompatible con que un marcador, una nota o un rechazo nos digan dónde estamos (no quiénes somos) en comparación con un rival, la media de una clase o la opinión de un experto.

La verdadera derrota del sistema es abandonar la competición como laboratorio de ensayo o escenario de una obra de teatro que se parece, aunque vagamente, a la vida. Plegarse a este buenismo que conduce a la pereza y la inacción, al “qué hay de lo mío” y “a ver quién me salva el culo esta vez”. Quizá no sea más que otra forma de conducirnos lentamente a la apatía y la aquiescencia con la que aceptamos que nos llamen gilipollas a diario.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS


2018, estamos en paz





“Muy cerca de mi ocaso yo te bendigo, vida”. Con este verso comienza uno de los más bellos poemas que he leído. Su nombre, En paz, revela una posición hacia la existencia que, tal vez, solo podamos alcanzar hacia el final de la misma, ese momento en el que el lánguido transitar por sus senderos conduce a un otero desde el que contemplar el trayecto. Desde lo alto quizá cobre sentido el serpenteante camino que nos lleva entre cimas y vaguadas concediéndonos, solamente, la posibilidad de la marcha atrás o el abandono (a eso lo llaman libertad). Y es que no me refiero al cambio estético u ornamental de ciudad, trabajo o pareja, sino al recorrido interior que emprende el alma desde que se despereza en una habitación de hospital hasta que duerme para siempre, puede que agitada y esperanzada, o de un modo simplemente sereno.

2018, por usar una medida cualquiera de tiempo, ha sido un buen año baloncestístico. A vista de pájaro, y sin entrar en detalles, vencieron dos propuestas atractivas y valientes. Tanto Real Madrid como Golden State Warriors creen, contra la lógica cartesiana, que una canasta anotada vale más que una no recibida. Ello sin desdeñar el valor de la defensa como catalizador de la energía grupal, reconociendo a figuras como Taylor, Rudy, Iguodala o Green que entienden mejor que nadie eso de “hacer lo necesario”. A esta tendencia se unió Villanova Wildcats, un equipo que ha hecho del juego de 4 y 1, sencillo en sus fundamentos pero obsesivo en los detalles, una auténtica obra de arte. Pablo Laso, Steve Kerr y Jay Wright deberían estar en las quinielas de “hombre del año”. Créanme, necesitamos autoestima ante la atención mediática que reciben los monstruos con quienes compartimos cromosoma XY.

Por otra parte, perdonen mi incoherencia, 2018 ha sido un mal año baloncestístico. Coincido con Popovich en este punto. El triunfo de los algoritmos, la comprobación de su efectividad, aleja al baloncesto de su condición de juego, automatiza conductas y resta valor a la enseñanza y el aprendizaje de los fundamentos. El baloncesto se empresarializa, quién lo desempresarializará, podría ser el inicio de un trabalenguas pero es más bien una pregunta retórica por más que los Spurs se empeñen. La tendencia, como sucede con todos los avances tecnológicos (que no con los progresos sociales), es irreversible. En fin, como diría César Vallejo, hoy me gusta la vida un poco menos…

En el día de ayer experimenté las dos caras del baloncesto que han presidido mi vida en este año. Por la mañana asistía con el corazón paralizado a cada uno de los lanzamientos abiertos del equipo rival, puñaladas en los sistemas fisiológicos de un equipo profesional, donde siempre es difícil tratar de impostoras a las victorias y las derrotas cuando tantas veces explican lo que sucede con implacable dogmatismo. Por la tarde, reunido con viejos amigos con los que compartí experiencia en San Fernando, en el Campeonato de España Mini, y por la noche, reunido con los chicos que tuve la suerte de entrenar (perdonen que use siempre la misma expresión) durante la temporada pasada en el Cadete A de C.B. Tormes recuperé el pulso de eso que hace tan especial este juego, a pesar de las matemáticas, los medidores de rendimiento y las clasificaciones. O gracias a ello, pues solo en el intento obstinado de ser mejores cada día se alcanzan los niveles de emotividad que permiten que las relaciones que traba el baloncesto sean tan de verdad.



De ahí que 2018, año en el que se mezclaron las aproximaciones vocacionales al baloncesto (C.B. Tormes, selección mini de Castilla y León) con otras de carácter profesional (Synergy Sports, Bodegas Rioja Vega C.B. Clavijo), sea una invitación a seguir dando valor a cada pequeño gesto de los que se compone el juego sin perder de vista la dimensión humana que lo rodea, a explicar cada pequeño paso como indispensable para llegar a la meta, pero también, y sobre todo, como parte inseparable del camino que un día emprendimos y al que un día me gustaría referirme en los términos en que lo hizo Amado Nervo en el poema antes mencionado: Amé, fui amado. El sol acarició mi faz. ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Contra el entusiasmo





Desde el primer momento vi en aquellos chicos, en sus aptitudes atléticas y en su voluntarioso afán por mejorar, también en su enorme corazón adolescente, a jóvenes a los que el baloncesto les podría ayudar a canalizar su inmensa energía. El magma de que se componían sus almas, rebeldes y en cierta medida cautivas, podía correr como lava quemando su propia piel o solidificar como basalto que cimienta un volcán. Los conocí una tarde de septiembre, jugando al fútbol sala como diez individuos solitarios que se juntan en torno a una ruleta y apuestan su suerte al rojo o al negro. Aún sigo viéndolos, de vez en cuando quedamos a cenar, pero ahora forman una unidad sentada junto a la llama que alumbra los recuerdos de aquellos tiempos en los que fueron un fantástico equipo defendiendo una misma canasta, pasándose un único balón (es lo que lo hace tan especial).

Los tres años que entrené en el Colegio Trinitarios, alma máter que dirían los americanos, fueron magníficos. Muchos de esos chicos son hoy mis amigos. Nos hacemos confidencias, intercambiamos opiniones y consejos (pocos) y vamos bregando, como podemos, con los envites de la vida. Cuando nos va mal, como si nos trasladáramos de pronto al sillón de una famosa teleserie norteamericana, echamos mano de la memoria de aquella remontada, o de esa otra actuación inverosímil, y de la anécdota, esa anécdota, que jamás olvidaremos.

Tanta pasión para nada, que diría Julio Llamazares. Trescientas horas si acaso, siendo generosos, si en la comunidad autónoma en la que tuviera que ejercer de entrenador, copiaran las legislaciones de Cataluña y Madrid, lo que terminará sucediendo, y fuera necesario demostrar una experiencia profesional ante esa Corte Suprema de la Burocracia Mediocre y Absurda que, de repente, ha declarado que nuestros títulos y nuestras actividades de formación complementaria, avaladas por la Federación Española de Baloncesto e impartidas por profesionales de indudable conocimiento, son mero papel serigrafiado, un adorno en nuestras paredes, una postal de Benidorm (Zaragoza, en este caso) que deberá ser homologada por una más cara (tal vez de Dubai). No sé cuantas mil horas en una profesión que nunca lo ha sido, con contratos que reducían el tiempo efectivamente empleado para que los colegios y clubes, de presupuestos modestos, pudieran hacer frente a las obligaciones con la Seguridad Social y uno, rey de los gilipollas, cumpliera su sueño de entrenar baloncesto.




Lo lamento, pero aborrezco que los estados, representados por sus técnicos de puro y gabardina, o blusa y cigarro, contribuyan con sus omisiones a depauperar actividades económicas y luego las regulen con puño de hierro. No se puede deforestar una ladera y pedirle al eucalipto que sea roble o castaño. Lo que pudiera parecer un saludable ejercicio de fumigación y desintoxicación de las cloacas (la regulación de una profesión) es, por contraste con la fría y dura realidad de los hechos (presupuestos paupérrimos, sueldos irrisorios, ausencia de estructuras), una muestra de arbitrariedad inadmisible que nos lleva a pensar que detrás de las nuevas exigencias de homologación y convalidación de títulos, de esta esterilización de la aguja en el pajar, no hay más que un afán recaudatorio.

Pero no quiero detenerme en los pasajes jurídicos, en los vericuetos de este lenguaje administrativo que nos deja mudos ante un uso tan mezquino de un idioma tan bello como el español. Lo que más me asombra, a fin de cuentas, es que a todo lo llamen oficio o profesión, que estos legisladores ateos todo lo quieran reglar con severos versículos que dictan lo debido o lo apropiado y se atrevan a llamar ciencia a lo que no es más que el germen de una contradicción. No niego que haya una faceta que nos equipare a carpinteros o arquitectos en las fases de programación y planificación ni desecho el valor de todos aquellos conocimientos relacionados con el juego y sus afueras, lo que avala las largas jornadas de observación y estudio. Pero si algo me sigue fascinando en toda esta labor de entrenar es el apartado artístico, ligado con la seducción y la manera de conectar con las personas, con sus debilidades y fortalezas, traspasando su armadura de bronce.

El baloncesto es logos, sí, pero también ética y pasión (ethos y pathos), retórica del dribling, el pase y el tiro, agon en la defensa de la causa de esa pequeña polis que es el equipo, ludus ante todo, por fortuna. La cancha es domos (hogar) y es escuela (gymnos y liceo), y como tal se basta para decidir quiénes son dignos de comer en su mesa y enseñar en sus aulas. El baloncesto es una cosa griega que se aprende con método socrático, preguntas y diálogos, maestros, mentores y discípulos y no francesa: ni códigos ni enciclopedias. Así, al menos, lo concibo, queden estas palabras como prueba aunque me pliegue a estas y otras sandeces, homologue mis títulos, pague mis deudas y guarde, por lo demás, silencio ante esta y otras tantas injusticias que golpean el hígado de los entusiastas y detienen el pulso de las naciones, el que un día, cada vez más remoto, latía en el corazón de un niño que jugaba a la pelota.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

La delgada línea roja





Muchos entrenadores, entre ellos algunos amigos míos, conocen por estas fechas el equipo que entrenarán durante la temporada. Su principal aliciente, en la mayor parte de los casos, es dirigir al conjunto con mayores posibilidades deportivas, el que parte con mayores aspiraciones en la competición autonómica, el que, tal vez, bien entrenado y no exento de fortuna, puede llegar a jugar un campeonato de España: un bonito reto, no cabe duda.

A partir de ahí se interesan por el funcionamiento global del grupo, por el bagaje técnico-táctico, la capacidad física de cada uno de los individuos. También por la metodología de enseñanza-aprendizaje que con ellos se ha seguido con vistas a mantenerla (y ahorrar “costes” de transacción) o renovarla (aportando un elemento nuevo de motivación). Solo unos pocos se interesan por cómo van sus estudios, cuáles son sus otras aficiones, cuál es el perfil de sus padres, cómo se trasladan al lugar de entrenamiento, en qué momento se encontraron con el baloncesto o su historial de lesiones, esas que siempre dejan una huella, ya sea física o mental.

Lo sé porque me ha pasado, porque yo he sido ese entrenador únicamente preocupado por el aspecto deportivo, un científico absorto tras la lente de un microscopio que ignora que fuera de su edificio se está produciendo un tsunami. Yo he sido el primero que ha corregido detalles técnicos e ignorado demandas emocionales mucho más serias o relevantes. Yo he intentado entrenar con métodos cuasi profesionales a chicos que nunca lo serán.

Y no está mal, no quiero decir eso. Creo que “las cosas bien hechas bien parecen” y que el compromiso con la inalcanzable perfección, sin obsesionarse, es un buen punto de partida, siempre que se disfrute del proceso y siempre que esa búsqueda abarque también aspectos extradeportivos. Creo, eso sí, que una temporada tiene que dejar un recuerdo imborrable por la calidad de las conexiones que se establecen entre los individuos, calidad que bien puede medirse a partir de la nitidez con que la memoria fabrica y conserva los recuerdos. En junio de 2019 prevalecerán los resultados; en junio de 2045 la atmósfera, las anécdotas, una enseñanza concreta.

Todo esto al hilo de una reflexión sobre el futuro del baloncesto de cantera y su supervivencia en un contexto de cada vez mayor competencia por el bien más preciado de todos: el tiempo. Los jóvenes tienen que repartir su agenda entre actividades que les serán objetivamente útiles en el futuro (o eso creemos) como la programación o los idiomas, las tareas escolares, vocaciones de tipo artístico cuya enseñanza está mucho más individualizada (pintura, música), una oferta de ocio multimedia muy atractiva y sus necesidades de socialización, apenas cubiertas durante el recreo, los descansos entre clases y la salida del instituto que el baloncesto, es cierto, ofrece de un modo supletorio. 

Con esto no pretendo decir que debamos mercadear con nuestros valores, negociar con todo aquello que siempre nos ha caracterizado, llámese esfuerzo o disciplina. Es más, creo que ellos nos ayudarán a singularizarnos y hacernos visibles en medio de esta tómbola. Sin embargo, no creo que esté de más hablar en voz alta sobre la delgada línea roja en la que nos movemos, siempre a caballo entre la educación y la competición, aunque no sean términos opuestos ni antónimos.

Las posibilidades de que un jugador de una ciudad media llegue a ser profesional son objetivamente pequeñas, no tengo los datos. Sin embargo, los entrenadores, educados desde el prisma de las grandes ligas, ignoran este hecho y simulan rutinas que han visto en los equipos que salen en la tele, el comportamiento y la actitud de técnicos que se juegan el sueldo en cada partido: calcan sus estilos de comunicación, la estructura de sus rotaciones, el diseño táctico (para que la acabe jugando el bueno),… Eso nos funcionará un tiempo, no digo que no, la sociedad es competitiva y la mayor parte de los padres comparten con nosotros esta herencia de querer ganar hasta a las chapas, pero tiene fecha de caducidad.

Si no hacemos de la experiencia deportiva algo mucho más transversal, si no conectamos con los jugadores en un nivel de profundidad mayor convirtiéndonos, en función de sus características y demandas, en una suerte de mentor responsable y distinguido (distinguido, digo, por su talla moral), no tendremos nada que hacer. Si nuestros equipos siguen pareciendo malos equipos de la NBA, y entrenando como tales, el aliciente que ofreceremos dejará de ser suficiente.

Ojo, esto no es una llamada a la revolución, a la introducción de complejos mecanismos didácticos o psicopedagógicos. Todo lo contrario, si algo reclamo es simpleza, un regreso a esa arcadia que en cierta medida fue el deporte en los ochenta y noventa en cuanto que actividad esencialmente lúdica, origen de amistades imperecederas y refugio indestructible frente a las adversidades sentimentales, académicas o familiares.

Solo si formamos parte de la solución, si los chicos encuentran un motivo poderoso para asistir (mucho más poderoso que el compromiso o la responsabilidad) el deporte de cantera seguirá siendo la elección de nuestros jóvenes para las tardes de invierno y de verano. Pongámonos a ello o será tarde. 



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Ocho años, mayor de edad



El pasado 23 de junio este blog cumplió ocho años de vida cibernética. Ocho primaveras dejando constancia de las andanzas baloncestísticas de quien lo redacta, no solo a través de los textos diarísticos o autobiográficos, también con los artículos de opinión y toda la miscelánea genérica de la que se ha alimentado tratando, en cualquier caso, de mostrar responsabilidad y gratitud hacia los casi trescientos mil visitantes que han querido curiosear sus tapas virtuales, su lomo invisible.

Ocho años que no pretenden ser la crónica de una década que empezaron dominando los Lakers y el Barcelona y que ahora gobiernan los Warriors y el Madrid, de un período en el que Lebron (con billete para Los Angeles) cruzó el país de este a oeste con escala en Cleveland y en el que vimos envejecer de forma muy distinta a los Junior de Oro, con Felipe Reyes siendo cada día mejor, Gasol estirando su inagotable dosis de talento y otros, en cambio, retirados o pidiendo la hora. Ocho años que han consolidado la fortaleza del baloncesto femenino en nuestro país, una fortaleza que, redondeada con múltiples medallas internacionales, ha hecho palidecer una estructura que al fin parece haber captado el mensaje y anuncia nuevos tiempos.

Cuando comenzaba con la redacción del primer artículo éramos todos muy distintos. Yo, por ejemplo, entrenaba en el Colegio Trinitarios, disfrutaba ensayando metodologías con chicos a los que aún intento reunir para fomentar el sentido de comunidad que el baloncesto, como lugar de encuentro, debe propiciar. Al igual que ahora, pero de un modo mucho más natural, el baloncesto era el mecanismo de expresión que mejor cubría mis demandas. Este deporte, a priori banal, me permitió liberarme de la máscara social, del paso rutinario de los días. En la banda ya intentaba inculcar aquello en lo que aún creo, por mucho que el mundo fuera, y siga yendo, en dirección contraria.

Ocho años después lo correcto me sigue pareciendo un lastre que arrastramos como herencia. Lo correcto estandariza, nos robotiza en un tiempo en el que ya sabemos que habrá androides mucho más hábiles y diestros que nosotros. Yo lo soy por exceso, lo sé, aunque el camino que sigo es justamente el de un desprendimiento. Un desprendimiento no solo de costumbres y máximas que asimilamos sin derecho a crítica, también de todos los vicios del espíritu que nos impiden entregarnos en esa plenitud que alcanza el que nada espera o ambiciona, aunque solo sea en instantes muy precisos, en una fecha y hora concretas; los suficientes para justificar una vida.

Por eso mismo, al soplar las ocho velas de la tarta, solo pedí memoria. Memoria para recordar el error y no volver a cometerlo, al menos por ignorancia. Memoria para tener presente dónde y cómo empezamos, cómo éramos, por si lo mejor no es siempre evolucionar o cambiar, sino ser lo que fuimos o regresar. Y memoria, por supuesto, para resucitar a través de esos instantes que impregnaron nuestras camisas, embadurnaron nuestras pizarras y nos hicieron derramar alguna lágrima de satisfacción.

De todos ellos seguirá alimentándose este blog, aunque sea en dosis cada vez más puntuales, con motivo de nuevas aventuras que exigen, para sí, su propio tiempo. Una de ellas es Sport Coach Academy, una empresa que oferta formación continua y online para entrenadores y en la que colaboro en la parcela de comunicación, haciendo algo parecido a aquello que llevo ocho años practicando en vuestra compañía: generar debates sobre baloncesto, colocar espejos planos, o deformantes, delante de sus múltiples caras, transmitir emoción y pasión, motores del mundo.



Allí os espero para seguir cumpliendo años y cubrir etapas sin descontar ningún día del camino por intrascendente o insulso. También aquí, en este blog que se ha hecho mayor de edad y purga los males de la adultez poniéndose al día con sus amigos muy de vez en cuando, muchas menos veces de lo que me gustaría.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Difícil de creer





Yo tampoco hubiera votado por mí en vez de por los otros 29 entrenadores de la liga. Así quitaba hierro al asunto Brad Stevens, después de haber sido ignorado por sus colegas y no obtener ni un solo voto en la elección del mejor técnico del año en la NBA, en una temporada en la que los Boston Celtics han firmado 55 victorias después de perder a Gordon Hayward en el minuto cinco del partido inaugural y a Kyrie Irving, ausente en varios períodos intermitentes, definitivamente desde mediados de marzo. Siempre estoy robando ideas de estos tipos, es un lujo ser uno de los treinta. Y lo mejor, o lo peor, es que no parpadea mientras lo dice, que lo cree firmemente, y todos lo creemos con él. En ese desprendimiento, en esa ausencia de ego, radica gran parte del éxito de su equipo, fiel reflejo de esta humildad y capacidad de trabajo.

Aun así cuesta creer que ninguno de los técnicos rivales aportaran uno de sus votos (disponían de uno solo, es verdad, lo que dificulta la operación) a la causa del chico de Zionsville, Indiana. Menos aún después de haber situado a los Celtics por segunda vez consecutiva en las finales de conferencia, algo que no ocurría desde 1987, con un rookie, un jugador de segundo año y otro de tercero –Tatum, Brown y Rozier– asumiendo una elevada responsabilidad en la pista. Cuesta imaginar, salvo que pensemos de un modo muy humano, que ninguno de los entrenadores cuyos equipos han sido derrotados con una jugada de pizarra de Stevens, no haya apostado por este gurú, tal y como lo definía Marcus Morris tras ganar el tercer partido en Philadelphia y ser el tercer mejor equipo de la liga en el “clutch time” en la temporada regular y el segundo en playoff con una cantidad de partidos (46 y 7 respectivamente) que anula cualquier explicación ligada al factor azar.

La cosa se complica si además repasamos las estadísticas defensivas del equipo con mejor “rating” del campeonato, un indicador muy completo que estima los puntos por cada cien posesiones del rival. Cabe destacar, además, el compromiso renovado del equipo en la faceta del rebote, uno de los grandes “debes” en anteriores temporadas. Los cero votos también nos sonrojan si analizamos el rendimiento de los jugadores que han salido del redil y que, fuera del sistema Stevens, han visto desnudadas todas sus carencias. Precisamente, la revalorización de activos ha sido una de las claves en la confección de la plantilla, al incrementar el valor de mercado de jugadores que, a la postre, lejos de Nueva Inglaterra, han demostrado ser mediocres.

Es evidente, los seguidores de los Celtics no entendemos la decisión. Bajo el liderazgo de Stevens hemos visto crecer jugadores que venían con muy pobres credenciales y hemos disfrutado de un equipo desprovisto de egoísmo que ocupa los espacios y circula el balón con velocidad en ataque y que se sacrifica en las parcelas menos vistosas del juego, como la defensa y el rebote. En cualquier caso, en la medida en que a él no le ha importado este hecho, nosotros también debemos dejarlo correr y centrarnos en intentar “el más difícil todavía”, eliminar a los Cavaliers de un Lebron que ha alcanzado el punto óptimo de madurez en su carrera. El mejor aval para conseguirlo es, sin duda, tener al mejor entrenador del año en la NBA.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Entrenar era esto



                               

Ayer, tras la derrota ante Colegio Leonés en un partido que suponía un todo o nada en la lucha por la final a cuatro, tocó a su fin la temporada en la competición autonómica de Castilla y León. Lo hizo con un quinto puesto final que habríamos firmado en septiembre y que ahora, en cambio, nos deja un sabor amargo, el de sabernos, vano consuelo, merecedores, por juego y sensaciones, de una plaza que ocuparán otros. Así es el deporte, enemigo de los estériles condicionales, de un realismo tan brutal que a veces abruma.

Lo cierto es que llegamos unos días tarde a nuestro mejor nivel, hecho provocado por una sucesión de lesiones que, aunque no fueran determinantes al caer en la mitad de la temporada, retrasaron la preparación de varios jugadores. Lo cruel es que llegamos a la meta con capacidad para correr otra maratón, pero nos encontramos con que ya habían quitado los carteles publicitarios. También nos quedamos seis puntos cortos de recuperar un average que a la postre resultó determinante, una renta de doce que se fabricó en unos pocos y fatídicos minutos de un parcial que no supimos atajar (yo el primero) en la ida.

Pero qué placer entrenar a los catorce chicos que componen el grueso de la plantilla, y a los otros cinco, pertenecientes al equipo de primer año, que en un momento u otro nos han ayudado a entrenar y han participado en algún partido. Con su respeto, su atención y su genuino amor al baloncesto hicieron de cada práctica un espacio de recreo, de cada hora dedicada a su preparación, una inversión productiva en la que era muy fácil poner lo mejor de uno mismo. Este grupo hizo de la necesidad virtud, de la ausencia de expectativas un revulsivo para creer y crecer (y a fe que creyeron y crecieron).

Qué imprescindible es, en una dinámica de grupo, que la fe y la confianza fluyan por una autovía despejada en ambos sentidos y en todas las direcciones. Del tronco a las ramas y de cada rama a las otras ramas que integran el árbol. Tanto como el hecho de valorar por igual las canastas anotadas como las no recibidas. Y los medios por encima, incluso, de los resultados: las ayudas defensivas, los bloqueos, los rebotes, los buenos balances y los segundos esfuerzos por encima de la postrera canasta. Sin desdeñar el talento, por supuesto, merecedor de alabanzas, claro. Pero para eso ya están todos los demás.

Acabada la temporada brindo por cada dedo ofrecido en gesto de agradecimiento al autor de un generoso y preciso pase. Y por los ocho brazos que levantaron al compañero tendido en el suelo tras un esfuerzo por atrapar el balón. Y por cada cuerpo que se puso delante de un rival más alto y fuerte ofreciendo el pecho, en perfecta posición defensiva, para provocar un error o una falta ofensiva. En esos detalles residió la base de nuestra ostensible mejora.

Por primera vez en mi carrera he logrado poner un símbolo de “checked” en cada objetivo programado, aunque tras una semana de merecido descanso para todos, afrontaré con motivación renovada la obsesión por los detalles y la lectura de situaciones tácticas universales, esa de las que se compusieron nuestros movimientos, series cortas en las que buscábamos colocar el balón donde queríamos para que fueran los jugadores, protagonistas del juego, los que decidieran qué, cómo y cuándo. No por ello dejo de hacer autocrítica, sabedor de que pude aprovechar mejor algunos minutos de entrenamiento, calcular mejor las progresiones, dar a cada uno lo suyo de forma más individualizada, reconocer mejor los momentos claves de un partido, sacar más rendimiento a alguno de los chicos,…

No quiero olvidarme de agradecer a Rodrigo Valladares su inestimable colaboración, por más que en ocasiones no le hiciera suficientemente partícipe de mis porqués, error que sigo cometiendo. Él ha sido clave en este pequeño éxito ejerciendo de algo más que un ayudante para mí y de mucho más que un soporte espiritual para todos los chicos que encontraron en él un confidente en el que sus propios mensajes rebotaron, mejorados por su experiencia y valores.

Y despido emocionado esta entrada que hace las veces de obituario de una temporada que recordaré toda mi vida y que, después de un año muy difícil, en el que fue complicado encontrar momentos de disfrute, me ha reunido de nuevo con los motivos que un día de septiembre de 2008 me llevaron a reunir al equipo de fútbol sala que entrenaba en el colegio con el objetivo de convencerlos de que lo pasaríamos mejor jugando al baloncesto. Sirva esta entrada como prueba documental de que lo hicimos. Y de que lo hemos vuelto a hacer.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS