La orfandad del autodidacta


Debió de apiadarse al ver que todas las bolas salían disparadas a la derecha con efecto de slice. A mis diecisiete años, recién iniciado en el golf por una especie de ingenuo enamoramiento, aún no era consciente de que la velocidad de desgiro de mi cuerpo era superior a aquella con la que el palo se desplazaba alrededor del mismo para impactar con la bola, de forma que siempre la alcanzaba con la cara abierta y hacia la punta. Yo solo quería imitar a los profesionales que veía en la tele, especialmente a Sergio García, un genio con un swing heterodoxo y extravagante; un mal ejemplo para un principiante, ahora no me cabe duda. Entonces llegó Dani, el profesor del club, juntó mis piernas y me obligó a hacer el swing sin desplazar el peso hacia la derecha, simplemente haciendo girar el palo en torno a mi tronco. Las bolas empezaron a salir rectas, con altura, bien golpeadas. Un mes después, tras verme realizar tres buenos movimientos y dar tres golpes largos y rectos, me invitó a pasarme por la casa club a firmar mi licencia federativa. Sin embargo, aquella solución que por momentos creí universal no me sirvió aquellas otras tardes en las que la bola salía baja y a la izquierda, topada o taconada provocando en mí una profunda desesperación.

Tampoco tuve entrenador en mi época como portero de fútbol sala, un puesto al que llegué por incompetencia pero en el que terminé sintiéndome profundamente realizado. Durante muchos años disfruté ordenando la defensa, siendo el último baluarte del equipo. En ese tiempo recibí consejos de todo tipo, a veces contradictorios y terminé desarrollando una suerte de instintos que me permitieron manejarme con cierta soltura y oficio bajo los palos. Sin embargo, echando la vista atrás, admito que me hubiera gustado contar con alguien que me acompañara en una de esas mañanas en las que la inspiración me dio de lado y la materia con la que están hechas mis manos parecía ser fácilmente traspasable por los balones del oponente.

Aprendí a jugar al baloncesto tratando de imitar a Herreros, Villacampa o Raül López, como un borracho que se cree Paul Newman abordando a una bella mujer a punto de que cierre el bar en el que consume su vida. Repetí muchas veces movimientos de forma inadecuada, desde una percepción equivocada de mis sensaciones corporales, creyendo estar ejecutando un gesto perfecto y no la contorsión circense (no precisamente de trapecista) que en realidad estaba llevando a cabo. A pesar de todo alcancé el límite de mis posibilidades, me divertí jugando de base con algunos amigos y acumulando ciertos méritos en ligas provinciales. No fantaseo con un presente mucho mejor de haber estado a las órdenes de Obradovic, pero sí hubiera querido que me hubieran ayudado a interpretar las claves motrices, técnicas y tácticas que veía en la televisión. Coño, y que me hubieran dicho que no podía tirar en suspensión como Tracy Mcgrady desde mi mucho más modesto 1,77 y mis veinte centímetros de salto vertical.

Y ahora quiero ser yo el entrenador. Enseñar sin haber sido enseñado, demostrar desde el orgullo con el que siempre abordé el autoaprendizaje que todo es posible, que no hay saber esotérico que quede fuera del alcance de quien tenga la motivación suficiente, la imaginación necesaria, el tiempo y una obstinación casi patológica. De ahí que mi método no pueda tener escuela, beber de fuente (o botella de ron) alguna, recordar a nadie más allá de a Nacho Iglesias, con quien tuve la suerte de coincidir una temporada en Santa Marta. Y lo echo de menos, sí. Echo de menos tener a quién llamar en esas noches en las que nada funciona, en las que el método no se traduce en aprendizaje y el fundamento no llega al entendimiento del chico que entrenas, de lo que te percatas cuando comprendes, con diez años de retraso, que su gesto técnico se parece al que hacías cuando en el parque pensabas que eras Kobe Bryant.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Por si es la última




Siendo muy conscientes de que cualquiera puede ser la última cerveza, el último café. Sin aceptar el fatalismo que podía anunciar la gravísima lesión de Gordon Hayward, alero titular y rutilante adquisición del pasado verano, los Boston Celtics lideran con paso firme la NBA, más aún tras remontar y vencer en su cancha a los Golden State Warriors, máximos favoritos a conquistar de nuevo el anillo de campeón. Con esta son catorce las victorias consecutivas, muchas de ellas logradas sin el soporte de su particular Big Three y otras tantas superando diferencias en el marcador que a muchos equipos hubieran invitado a pensar en el partido siguiente.

Lo hacen liderados por un entrenador que, por su carisma y fácil entendimiento del juego y la naturaleza humana, está llamado a ocupar uno de los asientos de honor en las reuniones en las que, fantaseo, los más grandes de siempre se juntan para charlar de baloncesto. A sus 41 años, y tras lograr la proeza de llevar a Butler, una modesta universidad del estado de Indiana, a jugar dos años consecutivos el partido por el título, todo el mundo en Boston sabe que su futuro y el de los Celtics van a estar ligados mucho tiempo.

Así, aunque de férrea disciplina e infatigable trabajador, lo que más destaca de su método es la imperturbabilidad de ánimo con la que afronta la adversidad, la flexibilidad y originalidad en la búsqueda de alternativas. Tanto es así que en ocasiones lo miro y creo que se está repitiendo internamente aquel lema de la canción de Los mitos, ya saben, “es muy fácil, si lo intentas”. O ese otro que dicta “a cada problema una solución”. Eso es al menos lo que transmite, lo que me queda de haberlo ido siguiendo, partido a partido, en su particular curva de aprendizaje.

Marcus Morris decía de él, al finalizar uno de los últimos partidos de esta impresionante racha que es un gurú, lo que seguro que tiene que ver con la efectividad con la que los Celtics anotan tras tiempo muerto, pero más aún con el modo en el que sus jugadores se sienten protegidos y guiados en la pista. Creo que ningún equipo de la NBA, ni siquiera estos fenomenales y muy conjuntados Warriors, tiene tan asumido el reparto de roles y la idea de depositar en préstamo lo mejor de las esencias individuales para beneficio del colectivo. Esto es, la noción amplia del concepto “aportar”, mucho más allá de lo que pueda decir la tan pobre estadística.

Veo en Boston un equipo generoso, que se pringa en todas las acciones sin balón (bloqueos, bloqueo de rebote, lucha por los balones sueltos, bumps en la defensa de los cortes y de los bloqueos directos), que utiliza las manos, tanto sobre balón como en línea de pase, que se comunica, como bien demuestra su defensa de constantes cambios en los bloqueos y en el que es difícil apreciar un grano de egoísmo: un tiro mal seleccionado (que Irving fuerce situaciones es algo asumido por el conjunto de los compañeros), un balance sin hacer, un reproche con malas maneras,…

Miro a los Celtics –que son mis Celtics, es verdad, lo que resta objetividad a todo lo escrito hasta ahora– y veo a un equipo que transmite emociones, que siente verdadera devoción por el juego y en el que, a pesar de saberse parte de un negocio, sus miembros conciben de manera estrecha la convivencia, ese sentido de la urgencia en las relaciones humanas y en el disfrute del momento presente al que tantas veces restamos valor y que la muerte, como la que el miércoles golpeó tan duro a Jayleen Brown (falleció su mejor amigo del instituto y fue duda hasta escasas horas antes de un partido en el que fue el mejor jugador) suele traer al primer plano en forma de recordatorio póstumo y tardío.

Hay muchas explicaciones, muchos motivos que explican las catorce victorias consecutivas, pero uno fundamental es que los Celtics juegan con la pasión y la urgencia de quien sabe que cualquier cerveza puede ser la última.




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

El arte de entrenar






Cuando uno comienza a entrenar equipos en el patio del colegio se dedica a solventar problemas, a plantear retos inconexos a sus jugadores, a trasladarles una visión del baloncesto necesariamente parcial. Son días de inventar sobre la marcha, de probar lo último que se ha visto o leído y de transmitir una pasión ingenua que puede, o tal vez no, sobrevivir en el tiempo. Entonces uno carece de método –tal vez ni siquiera se haya planteado que pueda existir uno–, desconoce el destino y, por lo tanto, le da igual cómo sople el viento y hacia dónde orientar sus velas. Repite dinámicas que ha probado como jugador o traslada a su realidad, y sin adaptación alguna, el entrenamiento individual del último MVP de la NBA y, a pesar de todo, por estar cerca de sus jugadores en términos de edad y aspiraciones, por gozar de un entusiasmo que aún no ha sido puesto a prueba por las dificultades propias del camino, engancha a los chicos.

Pasados unos años aprende, a base de acumular experiencias, qué es lo que hace falta para dirigir un grupo, crear un equipo competitivo y, por eso mismo, se dota a sí mismo de un plan y un método, en prácticas ambos, como es lógico. Adquiere también una mente analítica que va más allá de lo que está sucediendo en apariencia y reacciona con mayor prontitud ante los retos, de todo tipo, que inevitablemente surgen a lo largo de una temporada. Poco a poco, a través de charlas, diálogos con otros entrenadores, visualización de partidos y autocrítica va conociendo el oficio y adquiriendo una mayor variedad de respuestas. Así, al final de un largo proceso, con avances y retrocesos, ensayos y errores, convivencia con la presión exterior, pero también interna, podríamos llegar a hablar de un entrenador.

Si además se cuenta con un carisma especial, un don para la comunicación y la motivación, un conocimiento profundo del alma humana y de todos y cada uno de los fantasmas que la rodean; si uno tiene una capacidad por encima de la media para encajar los golpes, asumir los fracasos y extraer energías de la propia desesperación y, además, se alía con su causa el azar, estaremos hablando de un gran entrenador en términos profesionales. De un entrenador de talla mundial, capacitado para entrenar en ligas internacionales, universidades norteamericanas (si además aúna las virtudes éticas y disciplinarias propias del maestro) e, incluso, en la NBA.

Pero permítanme que reserve una categoría especial para aquellos que conciben, o concibieron, esto de entrenar como algo casi místico, una suerte de actividad artística desligada, si acaso, de alguno de sus cánones fundacionales, pero análoga en muchas otras de sus características. Aquí estaría el entrenador “genio”, enfermo del detalle, escultor incansable de piezas impolutas, que concibe su oficio como un ejercicio inevitablemente moral y deudor del que en el pasado ejercieron los grandes maestros a los que, por respeto, no aspira a imitar. Para ellos no importa tanto el método o el plan, pues lo dominan hasta tal punto, como la filosofía que quieren inspirar a través de su obra baloncestística. Y esta filosofía es la de la perfección.

Todo ello tras leer unas magníficas palabras que firma Stefan Zweig dedicadas a Arturo Toscanini, de las que rescato algunos párrafos que me hicieron pensar en todos los genios a los que he visto entrenar, aunque haya sido en televisión. Pongan ustedes, si quieren, los nombres.

Toscanini odia la conciliación en todas sus formas. Desprecia en el arte como en la vida la gentil conformidad, el compromiso, el mísero darse por satisfecho (…). Toda voluntad que se obstina continuadamente en alcanzar lo inalcanzable y en hacer posible lo imposible, logra en el arte y en la vida un irresistible poder.

Tan pronto como la voluntad de Toscanini se vierte sobre una obra, adquiere de inmediato el poder de su santo terror, una fuerza que primero paraliza el sentimiento extasiado y luego empuja hacia mucho más allá de sus propios límites. Con la potencia de una descarga agranda, como quien dice, el volumen sensitivo musical de cada persona fuera de la medida en vigor hasta entonces; aumenta las fuerzas y posibilidades de cada músico y, casi diríase, aún la del instrumento muerto

Ensayar no significa para él crear, sino nada más que adaptar los elementos a esa magníficamente exacta visión interior, pues Toscanini siempre ha terminado ya su labor plástica cuando los músicos inician la suya

¡Trabajo de titán, empresa aparentemente imposible: un grupo de temperamentos y talentos heterogéneos llamado a sentir y a realizar con fidelidad fotográfica, fonográfica, la visión general de uno solo! Pero precisamente esa tarea, aunque mil veces ya realizada con gloria, constituye el goce y el martirio de Toscanini; y todo el que venera el arte en sus formas más elevadas como manifestación de lo moral, percibe cual inolvidable lección el asistir a esa manera de transformar, por asimilación, una multitud en unidad, y de elevar lo informe, con fuerza tensísima, a la perfección.

Se hace el silencio, rodéale aferrado un vacío, y en ese silencio óyese la voz de Toscanini, un cansado, un malhumorado: “¡Ma no! ¡Ma no!”. Suena como un suspiro de desengaño ese reproche doloroso. Algo le ha despertado, ha desilusionado a su visión; el sonido vivo que vibraba perceptible a todos no era el mismo que él, Toscanini, había oído con su órgano interno. Muy tranquilo aún, atento, dominador, trata Toscanini de explicar a los músicos su modo de ver. Después levanta la batuta, se recomienza en la parte imperfecta, y ya la ejecucion se acerca más a lo que interiormente desea, pero aún no se ha logrado la última concordancia, aún no se ajusta la ejecución orquestal del todo a la visión interior. Vuelve Toscanini a golpear, interrumpiendo; su explicación es ya más agitada, más apasionada, más impaciente; deseoso de claridad, se hace más explicativo y, poco a poco, desarrolla todas las fuerzas de la convicción, y el don gesticulativo del italiano se convierte, en su cuerpo magníficamente expresivo, en verdadero genio.

Sírvese con creciente apasionamiento de todas sus fuerzas de convicción, pide, conjura, mendiga, reclama, gesticula, cuenta, canta, se transforma en cada uno de los instrumentos que se propone animar; se forman en sus manos, visiblemente, los movimientos que deben realizar los que tocan los instrumentos de cuerda, de viento y de percusión. Y un escultor que quisiera representar simbólicamente la expresión humana de ruego, impaciencia, ansia, tensión e insistencia, no podría encontrar un modelo más maravillo que el de esos gestos formadores de sonidos que realiza Toscanini.

Pero cuando a pesar de su animación, de esa nerviosa manera de hacer visible, la orquesta sigue sin comprender y sin alcanzar su visión personal, la pena por esa imperfección humana, por ese no-alcanzar, se convierte en Toscanini en verdadero dolor.

Este espectáculo de la lucha resulta más y más conmovedor cuando Toscanini pretende arrancar a los músicos la última, la extrema forma de la obra, aquello con que él soñara y que él escuchara en las esferas. Su cuerpo se estremece de emoción, tiembla como un luchador durante la pelea, su voz se vuelve ronca de tanta animación, el sudor corre por su frente; después de esas horas inconmensurables de trabajo infinito parece siempre envejecido, exhausto; pero él no cede ni una pulgada de la perfección, de su soñada perfección. Empuja y exalta con una energía constantemente renovada hasta que, por fin, la masa de los músicos se ha convertido íntegramente en expresión de su voluntad y, su visión, intachablemente en obra.


Nunca goza el presumido bienestar, nunca lo que Nietzsche llama “la dicha parda” de la distensión, del estar encantado de sí mismo. (…) Lo consume un indómito anhelo de siempre renovadas formas de la perfección, y no es de modo alguno una pose de artista en ese hombre sincerísimo cuando al final de cada concierto, en medio de aplausos tumultuosos, se retira del atril como una mirada cohibida, avergonzada, tímida y sorprendida, y cuando agradece el entusiasmo atronador de la multitud a disgusto y solo para cumplir con la urbanidad. 



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Para toda la vida


El amor a la NBA lo puede todo: la ingenuidad infantil, la evanescencia adolescente, los escarceos de la recién estrenada edad adulta, la rutina condenatoria de la madurez, las ausencias y los olvidos de la senectud,... El amor a la NBA confirma aquello de “no hay amor como el primero”, pero también da pie a la promiscuidad, a enamorarse de unos y otros y a comparar entre jugadores, eras y equipos que marcaron época. Hoy, fecha en la que da comienzo una nueva temporada, todo es nuevo y viejo al mismo tiempo. El gusto por la NBA es nostálgico, sí, pero se renueva cada verano con la ilusión que generan las elecciones en el draft y los jugadores adquiridos vía traspaso.

En el caso de los chicos de mi generación, el amor por la liga americana de baloncesto no fue heredado ni transmitido –nuestros padres apenas seguían la NBA. Surgió una mañana, o una tarde, nadie lo recuerda exactamente, escuchando un nombre, leyendo una estadística, viendo el pasaje fugaz de un mate o un triple ganador. O pudo ser una estadística recogida en la revista Gigantes, una cifra monstruosa de puntos a la que ni siquiera Oscar Schmidt podía aspirar en su virreinato de Valladolid. O el símbolo de una franquicia, o la aparición de algún jugador haciendo un cameo en alguna de las series que nos hicieron perder la inocencia antes de descubrir la farsa de los reyes magos –puede que fuera Space Jam.

Los sonidos anglófonos, la melodía que suena de fondo en el Madison cuando atacan los Knicks, la moda ochentera y noventera con las chaquetas a cuadros, las blusas escotadas y los vaqueros entallados a la altura de la cintura de las mujeres. Una cultura que aún nos era ajena, exótica y por ello, si cabe, más atractiva que ahora. Un horizonte lejano del que nos llegaban los ecos del rock y el metal, los Cadillac y los Mustang y el cine de acción, con efectos especiales y del que solo echábamos en falta una pizca de erotismo (y a Maribel Verdú).

Después llegaron Montes y Daimiel a consolidar el flechazo. Qué pronto entendió el primero aquello de “that´s entertainment”, tema popularizado en el musical “The Band Wagon”, y qué bien se adaptó el segundo al ritmo frenético de narración de Andrés. De mote en mote, de anécdota culinaria en anécdota culinaria, fueron pasando las madrugadas y la era post Jordan se hizo menos dura a pesar de que el nivel baloncestístico tocara fondo. Todo lo demás fue engancharse a algún jugador con carisma, asumir los colores de alguna franquicia, su historia, y ligar a ella la propia felicidad.

Eso y disfrutar con la irrupción de dos jugadores especiales, y nunca antes vistos, como Lebron James y Kevin Durant, de una amplia gama de bases, del clasicismo hecho baloncesto de los Spurs de la temporada 2013-2014 y de la última evolución del "Showtime" en manos de un equipo, los Golden State Warriors, que ha contribuido decisivamente a definir una nueva forma de jugar al baloncesto basada en el acierto desde el perímetro, la constante movilidad de sus cinco jugadores (esto es lo nuevo, que sean los cinco), la ausencia de posiciones definidas en el campo y la apuesta por la versatilidad y polivalencia como clave de su defensa.


Así, pasados más de veinte años (aunque no sean nada) desde aquel enamoramiento infantil, una semana antes de la fecha habitual (que antes era el último martes del mes de octubre), renuevo mis votos de fidelidad a una liga que me ha hecho pasar alguno de los mejores momentos de mi vida. Queden, de paso, depositadas mis esperanzas en los Celtics, mis expectativas en un partido de ochenta puntos de Kevin Durant o Stephen Curry o en algún cuádruple doble de Anthony Davis y el deseo de que la NBA, aunque ya sin ese elemento de exotismo y desconocimiento que la volvía tan atractiva cuando éramos pequeños, siga enamorando a niños y jóvenes y enganchándolos al baloncesto de una vez y para siempre.  



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Missing you, Navarro






Ayer quise dedicarle un poco de tiempo a ver con detenimiento el Eslovenia-España que nos condena a luchar por el bronce en unas horas. No pude seguirlo completo en directo y el poco tiempo que lo hice no pude hacerlo con la concentración con la que me gusta observar estos partidos (sin el móvil cerca, centrado exclusivamente en el juego). De las conversaciones con amigos, muchos de ellos entrenadores y jugadores de baloncesto, quise sacar dos conclusiones: Eslovenia había jugado muy bien y nos había arrollado por un mayor ritmo y acierto y España se había suicidado, jugando poco con los interiores y demasiado tiempo con los dos Gasol en pista, con la rémora que eso supone a la hora de defender situaciones de pick and roll con cuatros abiertos como los que presentaba el rival, especialmente Randolph.

Efectivamente, como suponía, Eslovenia jugó bien. Castigó en el pick and roll a Gasol hasta la extenuación, tanto como lo hacía Nadal con el revés de Federer hace unos años. Una y otra vez, sin piedad, sabiendo sus problemas de movilidad, conscientes de que en todo momento tendría que medir su agresividad para evitar meterse en problemas de faltas, sabedores de que uno de los cuatro jugadores llamados a rotar sería Marc, emparejado con un exterior en la práctica como Randolph. Aquí España se la jugó por orientar hacia la mano menos peligrosa de los atacantes a partir de las nociones extraídas del Scouting. Conducir hacia la pantalla o negar el camino en función de qué dirección tuvieran que tomar Doncic y Dragic principalmente. Mientras, Gasol a la espera, protegiendo el camino al aro, impedido para la acción consecutiva del rebote, mal posicionado para luchar por la posición. Grande para evitar penetraciones, pero no segundas acciones en la continuación o en el lado contrario, donde nuestros aleros (incluido Marc) sufrían para dar auxilio a Gasol y recuperar a su hombre.

No hicieron mucho más los eslovenos que jugar bien la situación de pick and roll atacando el espacio entre el defensor del balón, que lo concedía, y el defensor del bloqueador, que flotaba. A partir de ahí algún floater, alguna bandeja (metidas y falladas con rebote ofensivo), algunos pases alimentando la continuación y muchos otros al lado contrario, donde los jugadores abiertos (lo que los americanos llaman en situación de spot up) castigaban con triples, con fintas y arrancadas o con rápidas circulaciones de balón, los closeouts (las recuperaciones defensivas) de los nuestros, con las nociones de técnica individual en la que los jugadores balcánicos siguen dándonos lecciones.

Es aquí donde más quejas podemos tener los aficionados sobre las decisiones del cuerpo técnico, que esperó al último cuarto para introducir una alternativa defensiva que parase semejante degüello, colocando una zona 2-3. Antes, qué sé yo, pudieron concederle el tiro al jugador al balón pasando de tercero, o exigirle, como hace Serbia con Marjanovic, asomarse un poco más cerca del bloqueo a Gasol impidiendo ganar el corazón de la zona a los bases eslovenos. Lo cierto es que una vez tras otra castigaron esta situación, una situación que pone en valor a todos esos jugadores eficaces en la defensa de hombres grandes y con la movilidad suficiente como para aguantar cambios defensivos en el perímetro. Pienso, claro, en Draymond Green.

En cuanto al ataque, poco que reprochar al planteamiento del seleccionador. Se mezclaron situaciones de juego interior (bastante variadas, por cierto) con otras de pick and roll, de la que muchas veces salieron tiros liberados o situaciones análogas a las que conseguía Eslovenia en el lado contrario, es decir, spot ups con ventaja para el receptor del balón. La diferencia es que en esas situaciones, con todos los respetos para jugadores que son excelentes, teníamos a San Emeterio, Sastre, Juancho o Ricky (que hizo un buen partido en líneas generales) y a ningún cuatro abierto que pudiera ocasionarle quebraderos de cabeza a los interiores que doblaban la defensa sobre Pau. Es cierto que, como indicaba Pepu Hernández en la retransmisión, el balón de España giró más lento que el de Eslovenia una vez generada la ventaja, pero también es cierto que lo hacía por manos menos diestras, más inseguras, menos dotadas para el “catch and shoot” o la arrancada tras finta para parada y tiro, gestos que los balcánicos podrían ejecutar dormidos.

Dicen los expertos que ambos problemas, el ofensivo y el defensivo podrían haberse arreglado con más minutos de Juancho al cuatro, pero es que al joven alero madrileño, a punto de cumplir 22 años, lo empujaron fuera del campo en la lucha por la posición tras un missmatch después de que Marc saltara a defender a Doncic y le quitaron dos rebotes defensivos por una cuestión de dureza. Yo digo, contra las voces que me criticarán por ello, que hubiera jugado más minutos con Navarro, quien al menos se fabricó tres tiros y alimentó a Gasol en un bloqueo y continuación, el único junto con el inicial de Marc que culminamos con claridad cerca del aro, lo que demuestra que a Navarro le siguen temiendo por Europa y enviándole defensores, algo que no ocurre con Ricky, Sastre, Juancho o San Emeterio.

También apunto que jugamos con menos dureza, que no supimos aprovechar tan bien como ellos las faltas que no conceden tiros libres y que ellos emplearon para detener contraataques, eliminar situaciones de missmatch o dejar sobradas muestras de que en su zona nadie pisaría gratis. Y recalco un elemento clave que puede ser significativo, tal vez por haberlo sufrido en un partido importante de la pasada temporada: No se puede empezar el tercer cuarto cuatro abajo y en un minuto ir perdiendo de ocho por dos balances que no hacemos (responsabilidad de nuestros exteriores).

En cualquier caso tenemos lo que tenemos. Un equipo muy mermado en posiciones claves, que hubiera sido otro con algo tan simple como un cuatro que pudiera meter tiros o fabricar juego desde el perímetro (Mirotic) o con algunas de las bajas en el exterior, incluida la de José Manuel Calderón por decisión técnica. Con Llull, Rudy, Calderón o Abrines en pista, los eslovenos hubieran dudado a la hora de sobremarcar los balones interiores y las situaciones de bloqueo y continuación o, en su defecto, hubieran pagado el peaje por hacerlo, cosa que el jueves no pudimos hacer por una notoria falta de talento y acierto.

Un equipo mermado, sí, pero también un conjunto histórico, no lo olvidemos, que despide esta tarde a uno de sus estandartes, un Juan Carlos Navarro que ha sido el Robin perfecto de Pau, el mejor dos posible para que el de Sant Boi pudiera hacer de las zonas rivales territorio conquistado. El mejor escolta, en los dos sentidos del término, de la historia de nuestro baloncesto.




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Reverdecen los tréboles




Hay una regla no escrita que planea sobre la atmósfera de los despachos físicos y virtuales de la NBA que dice que el equipo que recibe al mejor jugador es, a la postre, el ganador del intercambio. En sencilla aplicación de esta norma los Boston Celtics son los ganadores de la noche tras adquirir a Kyrie Irving a cambio de Isaiah Thomas, Jae Crowder, Ante Zizic y la primera elección de Nets en el próximo Draft.

Un precio demasiado elevado, tal vez. Menos si tenemos en cuenta que el pequeño base, ahora de los Cavaliers, pretende pedir el máximo salarial al final de la temporada y que Jae Crowder, un efectivo complemento en estos años en Boston, estaba cerrando el camino a dos jóvenes perlas con un potencial muy superior al del alero saliente: Jaylen Brown y Jayson Tatum. Duele, si acaso, ver escapar esa próxima elección del draft, alta a buen seguro si el rendimiento de los Nets resulta tan pobre como se espera.

Entiendo la apuesta de Ainge, sembrador paciente estos últimos cinco años, pero con ganas de reunir al fin un equipo que no se contente con ser finalista de conferencia. Con Irving libre de ataduras y con un sistema, como el de Boston, que, sin interiores de verdad, genera buenas oportunidades para los exteriores, pocos ataques de la liga aspiran a ser tan eficaces. Acompañado de un perro de presa como Smart, de ese culmen de la eficiencia ofensiva que resulta ser Gordon Hayward, de un cuatro abierto correcto como Morris y de Al Horford, un base encerrado en el cuerpo de un pívot, Irving no tiene excusas para no “explotar” con una temporada próxima a los treinta puntos por encuentro y el ejercicio de un liderazgo que ya ejerció al frente de la selección norteamericana en ausencia de Durant y James durante el Mundial de 2014.

La llegada del ex jugador de Duke incrementa al mismo tiempo el atractivo de la franquicia, un valor difícil de medir pero que se está comportando como factor clave a la hora de formar equipos ganadores. Que el talento llama al talento es más evidente que nunca en esta época de inflación salarial a pesar de los intentos de la NBA por frenar esta tendencia a la “conglomeración”. Irving puede ser la antesala del hombre grande llamado a culminar el renacimiento de la franquicia, el definitivo reverdecer de laureles y tréboles que los Celtics llevan preparando a fuego lento durante años.




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Aclarando conceptos (IX)



Menuda polémica con el paso cero, con este ataque velado a nuestra infancia y a nuestra ingenua manera de contar aprendida en aquellas tardes de Barrio Sésamo. “Uno, dos y tres”, nos decían Epi y Blas. “Uno, dos, tres: pasos” nos decíamos los unos a los otros en el colegio mientras aprendíamos a entrar a canasta. Como “pasos” se oye desde la grada cada vez que hay una acción dudosa del equipo contrario, “ha dado tres pasos, árbitro, uno dos y tres” –cuando no “cámino”, en una versión más antigua y entrañable del término.

Y se seguirá oyendo. Por mucho que FIBA, en un intento por homogeneizar las reglas, haya aceptado el concepto de “gather step” o “paso cero” (hasta ahora nadie lo ha explicado mejor que Miguel Martín en el siguiente enlace), como un primer apoyo coincidente con el amasamiento del balón que no debe contabilizarse, que Epi y Blas deberán omitir a partir del 1 de octubre, al menos a la finalización del dribling y en todas las recepciones en carrera (cortes a canasta, continuaciones tras bloqueo, salidas de pantallas, contraataque,…). En realidad venimos a aceptar aquello que los americanos vienen tiempo llamando “two steps and a half”, lo que en una traducción más o menos literal serían “dos pasos y medio”, siendo el medio el paso que se da durante la toma de control del balón.

Este cambio de reglas ha levantado más expectación de lo habitual por tratarse, en cierta medida, de una capitulación del baloncesto FIBA, del baloncesto de escuela, el de toda la vida. El baloncesto técnico, ortodoxo, más afín al espíritu original del juego, lo que en cierta medida es verdad, pues James Naismith apuntaba en la tercera regla que “a player cannot run with the ball”, vamos que “un jugador no puede correr con la pelota”. Pero claro, aquel reglamento también decía que la segunda falta supondría la salida del jugador del campo hasta que el equipo contrario metiera una canasta (que antes eran goles) y que la tercera falta consecutiva de un equipo daría lugar a una canasta automática para el oponente.

No es que importe mucho, pero mi opinión es favorable al cambio. La introducción del paso cero fomentará situaciones en transición y ganaremos variedad en las finalizaciones, con las que antes era necesario hilar muy fino –demasiado. Recuperaremos los reversos para sortear la ayuda de los grandes y, en teoría, podremos respirar tranquilos viendo a nuestros jugadores practicar el traspiés o el euro step, esos fundamentos que entrenábamos los lunes poniendo mucha atención al momento de agarrar el balón para que luego, los fines de semana, siempre fueran pasos “por si acaso”, preventivos.

Para un seguidor habitual de NBA este cambio no es ni mucho menos dramático y, en general, como truco, creo que debe interpretarse como una relajación de la regla. Todo lo que antes (en las situaciones descritas) nos parecía una infracción por pasos ya no debe ser entendido de esta manera. ¿Y a la hora de entrenar? Pues lo que les decía: a recuperar los reversos en tres apoyos (dos apoyos y medio o cero más dos), a relajarse con los traspiés y “euro steps”, a insistirle a los grandes con aquello de que no boten en las continuaciones, a desaprender lo de palmear el balón en las recepciones en contraataque para pasar a agarrarlo y a correr antes de botarlo (lo que acabará con aquello de no dársela al grande en contraataque), y a fomentar los cortes y el juego sin balón, pues difícilmente después de una recepción de este tipo un jugador dará tres apoyos y medio, los necesarios para que un árbitro interprete pasos de acuerdo con la nueva norma. Aunque who knows?





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Al nordeste de la ciudad




Han pasado más de dos décadas. Fue en Radio Voz, durante la temporada del histórico doblete del Atlético de Madrid. Cada semana, antes y después de que el equipo dirigido por Radomir Antic disputara su encuentro, Andrés Montes clamaba aquello de “algo se mueve al sur de la ciudad”. Esta frase, una más dentro de un amplio catálogo de chascarrillos ingeniosos, conectaba con la audiencia colchonera y la rescataba de las pesadillas anticipadas de un nuevo lunes en la fábrica o la oficina. El pequeño locutor sabía cómo entretener y entusiasmar aprovechándose de la asombrosa existencia de las ondas electromagnéticas y la radiodifusión, de esa magia que concede la distancia física entre el emisor y el receptor del mensaje.

Esta semana he podido comprobar cómo otro sector geográfico de la capital reclama para sí un merecido protagonismo. Como técnico de la séptima edición de los Golden Basket Camp, he comprobado que no hay otro sitio como Madrid para entablar relaciones y establecer contactos en ámbitos muy diversos, en este caso el baloncesto. Más aún si, como sucede en Daganzo de Arriba, se juntan unos cuantos locos y empiezan a dar forma a un proyecto humilde pero ambicioso anclado en el amor al deporte y la firme creencia en unos cuantos valores. No demasiados. Los suficientes.

Cuando acepté la propuesta de Raúl Moreno, director del campus y entrenador del primer equipo del Baloncesto Daganzo CDE, con quien tuve la suerte de coincidir en el Curso de Entrenador Superior hace ya tres años, lo que más me apetecía era conocer otra realidad baloncestística, saber qué se viene haciendo en otras coordenadas geográficas y acceder a nuevos y enriquecedores puntos de vista. Como cicerones de todo ello, conté con la inestimable colaboración de Felipe Rodríguez, entrenador del club, y Cedric Arregui Guivarch, también compañero en el curso. Viéndolos trabajar y comunicarse con los chicos engordé mi mochila de conocimientos y posibilidades didácticas de cara a futuras temporadas, aunque agradeceré el reposo que me ha de llegar el próximo 2 de agosto para iniciar el necesario proceso de reflexión, ese que otorga sentido y separa lo esencial de lo anecdótico. 

Del campus destacar la orientación claramente volcada al trabajo y la mejora, la ética del esfuerzo con la que primero se comulga y luego se pregona. Con una ratio de cinco a siete jugadores por entrenador es muy sencillo dar calidad a las tareas y, fundamentalmente, a las correcciones. Me gusta la idea de que los campus sirvan para abrirle a los chicos una ventana de posibilidades y motivarlos para que se asomen a través de ellas. Muchos de ellos, de hecho, conocieron posibilidades técnicas y conceptos de táctica individual absolutamente nuevos. Ahora los reconocerán en la tele y los practicarán en los parques. Así, de esta manera, poco a poco habrá más “baloncestohablantes” en el mundo, un idioma claramente vinculado a los dialectos de la solidaridad, el trabajo y la fe, los mismos en los que Moussa Diagné (pívot del Barcelona) y David Sainsbury (Monk, primera división belga), jugadores invitados, se dirigieron a los chicos en una lección de humildad y simpatía. 

De nuevo en lengua castellana, en la de un ciudadano de a pie cobijado en un dormitorio cualquiera de la España vacía, echo de menos esa vida baloncestística que se respira en Madrid, donde, además de un metro siempre a punto de partir, hay un loco en cada esquina, un soñador que no entiende de lindes, autoprofecías catastrofistas ligadas al cultivo de la tierra o atávicos miedos que invitan al conservadurismo. Desde el silencio de una Salamanca veraniega aún me llega el eco procedente de Daganzo. En la voz de Andrés Montes escucho “algo se mueve al nordeste de la ciudad” mientras me envuelvo en la paz y envidio, al mismo tiempo, el movimiento. 

Gracias por todo, chicos. ¡Volveré!


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

RF5=(28*15)^2





Hace menos de cuarenta y ocho horas regresaba a Salamanca procedente de Mallorca dejando atrás siete días de emociones intensas en el Campus Rudy Fernández, una cita que se ha consolidado como hito imprescindible en el calendario veraniego de este tipo de eventos. El cansancio, que hizo del trayecto en autocar entre Madrid y Salamanca un parpadeo, se mezclaba con el aluvión de recuerdos que poco a poco irán haciéndose hueco en la memoria a largo plazo hasta formar parte de mi biografía.

Cuando Alberto Miranda, entrenador ayudante en UCAM Murcia, me comunicó su interés en que formara parte del equipo de este campus no lo dudé. Comprobé que no habría incompatibilidades con otras citas y confirmé mi presencia expresando de forma tácita mi deseo de compartir experiencias y teorías con otros entrenadores, de seguir aprendiendo de los chicos a través de esas dos fuentes de conocimiento que son la observación y la escucha atentas. También de aportar, claro, en la pista y fuera de ella, en todos los ámbitos que fueran necesarios para que más de doscientos jóvenes de entre 8 y 18 años pudieran convivir de la manera ejemplar que lo hicieron.

Nada más llegar a Pollença, además de conocer los efectos de la humedad, comprendí que, si la marca “Rudy Fernández”, su valor intrínseco y su capacidad mediática, bien pudiera llenar uno, dos y hasta tres campus por sí sola, su organización, en cambio, es ante todo un ejemplo de empresa familiar capitaneada por Marta, la hermana mayor del jugador del Real Madrid y, no lo olvidemos, ex jugadora de élite con experiencia en la WNBA. El binomio que esta forma junto a su pareja, el ya mencionado Alberto Miranda, es el ancla que soporta el peso de toda una estructura que, durante una semana, adquiere una dimensión difícilmente manejable.

El número de Dunbar nos viene a decir que la cantidad de individuos que pueden desarrollarse plenamente dentro de un sistema es de 150 personas. Hacer funcionar una comunidad bastante mayor (en torno a 270 personas entre jugadores y monitores) no es nada sencillo, aunque se establezcan grupos, se fijen rutinas y protocolos, se especialicen roles y todas las noches se realice una reunión de control y planificación del día siguiente. Pero lo cierto es que se consiguió y que la maquinaria funcionó de forma eficiente a lo largo de toda la semana, fundamentalmente gracias a un grupo humano que entendió enseguida cuál era su misión.

Gracias a eso, a la labor de coordinación y a una solidaria y eficaz ejecución de las tareas, los chicos pudieron disfrutar de un modelo de campus no apto para naturalezas perezosas o corazones enfermos. Y es que además de una oferta variada de baloncesto, que incluía entrenamientos de calidad pero también una amplia variedad de juegos y competiciones (incluida el famoso “Tu momentum”, en el que chicos y chicas tratan de imitar una acción propuesta por Rudy), los chicos pudieron disfrutar de la práctica de otros deportes, la realización de talleres y actividades de tiempo libre, visitas de jugadores de élite, viajes a un parque acuático y a la playa o actividades educativas orientadas a temas tan prioritarios en nuestros días como el reciclaje o una buena alimentación.

Todo eso y mucho más. Sobre todo una intensa convivencia basada en los valores de respeto y cooperación que nuestro deporte lleva en el ADN desde hace más de cien años. Una vida en comunidad que terminó diluyendo, sin extinguirlos, los diferentes acentos e idiomas hasta terminar expresándose en el lenguaje de las emociones, que es también el del baloncesto. Emociones que no pudieron contenerse (¿acaso deben?) en el momento de la despedida, en ese “pobre de mí” que anuncia un largo periplo alejados de todas las amistades que se hicieron entre literas, vasos de desayuno, bailes de moda y, sobre todo, que nadie se olvide, en los 28x15 de ese rectángulo de los sueños que es una cancha de basket.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Pequeña gran experiencia




Hay pocos sonidos más estremecedores que el de un campus de baloncesto recién finalizado, ese silencio que invade el albergue cuando el último chico sube al autobús que lo dejará de vuelta en casa. Atrás queda el ruido de balones, el entusiasmo por acceder el primero a la máquina de gominolas o al surtidor de chocolate. Más aún si la actividad es de Minibasket y los chicos no pasan de los once años, una edad a la que aún no tienen cabida las confesiones íntimas, susurradas, y la expresión del yo, por sincera, se hace necesariamente en voz alta.

El pasado domingo experimenté esta sensación de vacío que he descrito, ese derrumbe que sigue al júbilo y que, por oposición a este estado de ánimo, delata que fue una semana intensa, repleta de acontecimientos y emociones. Por suerte, aunque el campus mini de la Federación de Baloncesto de Castilla y León finalizó con éxito (sin incidencias reseñables y con un notable y generalizado ambiente de satisfacción), el camino no ha hecho más que empezar. Y es que el pasado enero fui requerido por el secretario técnico de la federación para ser el entrenador ayudante de la selección regional de minibasket, un puesto que acepté sin saber aún quién serían el entrenador principal y el delegado, consciente de todo el esfuerzo que requerirá la adaptación a una categoría que no he visitado mucho y de la que he sufrido un instantáneo enamoramiento.

Y es que en minibasket el sesudo lenguaje del baloncesto se simplifica hasta desentrañar las claves más aparentes del juego. Ayudar es ponerse delante del jugador que avanza liberado con el balón hacia nuestra canasta. Usar las manos es ir a robar como buenamente intuya el chico o la chica. Defender la línea de pase, algo tan sencillo como evitar que el jugador que defiendes reciba la pelota (y es peor si lo hace estando más cerca de tu canasta que tú). En minibasket, más que en ninguna otra categoría, se vuelve imprescindible eso que a veces olvidamos: que el baloncesto es un juego en el que hay que correr, saltar y “pegarse”: contactar antes de coger un rebote, luchar por un balón suelto o para evitar que el atacante se aproxime a nuestro aro. En Minibasket está permitido cometer errores y prohibido jugar andando para no hacerlos. En Minibasket están permitidos los tiros abiertos y casi prohibido no hacerlos. En Minibasket hay que dar siempre ese pase que el chico ve, aunque se pierda, y sienta mal ese bote de más, el abuso de la individualidad. Ni hablar del reproche entre compañeros o el gesto al aire.


Afronto encantado la aventura. Muy bien acompañado en el viaje y con un cuaderno de apuntes siempre a mano para tomar notas de conceptos y metodología, pero sobre todo para aprender de la ingenua y primitiva percepción de la cancha y de la vida que tienen los niños, esa de la que tantas veces hubiera querido disponer mientras rellenaba papeles, mediaba entre adultos o diseñaba sistemas en la pizarra.  

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS