Diario de un encierro. Día XXIII





Contra el uso del pasado para explicar el futuro (cuando es el futuro el que explica el pasado)

Personalmente, disfruto mucho con la nueva ola de pedagogía alrededor del baloncesto, tengo un cuaderno de notas junto al ordenador que va engordando a medida que lo hace también la cuarentena, la mejor cura de humildad, por cierto, para científicos, estadísticos y Nostradamus de sombrero de pico o tarot, en la medida en que una pandemia nos pilló desprevenidos, asintiendo ante todas las certezas que repetíamos allá por febrero el taxista, el entrenador, el periodista de apellido famoso y, lo que es más preocupante, también el ministro: es poco más que una gripe.

Me preocupa, en cambio, que no pasemos de la charlatanería académica, que nos quedemos en un debate sobre el debate acerca del debate y que empecemos a manejar la infumable jerga de, por ejemplo, los teóricos del lenguaje o los repipis estudiantes de arte, cayendo en la irrelevancia, no ya para el mundo en general, sino también para el resto de actores que intervienen en un partido de baloncesto llámense patrocinadores, aficionados o, qué sé yo, jugadores.

Por otro lado, me agarro a quienes defienden la impredecibilidad del futuro y reconocen que la historia, a pesar de los pesares, marcha siempre hacia adelante y es más confusa que los hechos que luego tratarán de explicarla, relatarla, y que son, curiosamente, los que mediatizarán nuestra conducta futura, a buen seguro radicalizándola, haciéndonos elegir entre dogmas que se parecen en todo menos en lo anecdótico: quién debe morir.



Aceptémoslo, los entrenadores nos engañamos contándonos y leyendo historias, sobrevalorando lo observado y conocido y generalizando acerca de lo no visto o contemplado. Nos contagiamos de las modas que aprueban y reconocen los méritos de determinada escuela, nos sumamos, para combatir la soledad, a quienes la mayoría adopta como nuevos y verdaderos profetas del éxito deportivo.

Entiendo que los apostantes, más aún las casas de apuestas, nos bombardeen con los resultados de modelos probabilísticos que a buen seguro han contemplado miles de escenarios, millones de factores y variables, combinados de las formas más variopintas posibles para decir que los Celtics tienen un 53% de ganar el partido frente al 47% de los Pacers. Acepto, ya lo he comentado en alguna ocasión, el deber de formarme en la interpretación de los datos que nos aporta la estadística avanzada o el Analytics. De lo contrario partiría en desventaja.

Pero me jode, sí, no hay otra palabra. Porque todos colaboramos en esta predecibilidad de los partidos actuando conforme a los patrones, tomando, en lo que parece un acto de pura lógica, los tiros que nos auguran un mejor porcentaje. Cooperamos activamente en la uniformización del baloncesto, en su degradación, a mí me lo parece, de arte a ciencia, aunque la venganza se suele servir en plato frío. De esta manera, con este pacto tácito de no agresión entre entrenadores -- “tú predecible, yo aún más predecible, no problema, mi amigo”—hacemos buenos los modelos y fosilizamos la idea de que el baloncesto puede ser explicado bajo parámetros estadísticos normales, en torno a la media, la mediana y su p…progresión lógica. 

Sinceramente, me gusta poco operar a raíz de lo pasado. Doblo con esperanza cada esquina no achaflanada, aunque nunca haya pasado por allí Scarlett Johansson, e intento corregir visualizando la próxima acción, aunque muchas veces haya sancionado la previa en base a mi formación judeocristiana de búsqueda y hallazgo de culpables. No creo demasiado en el scouting propio basado en el partido anterior, tampoco en las tendencias, aunque sí en los estados de ánimo. Me gusta más operar con un cuadro como modelo y valorar cómo de lejos estamos de él. Sentarme con los jugadores a ver el cuadro juntos, a comprobar si compartimos, aunque sea por contagio, el poder de mi oratoria o mi carisma, el mismo gusto pictórico.

Me gusta el contraataque, que es la acción que menos se ajusta a los modelos y a los esquemas, quizá solo por esto, no sé de qué sesgo se trata. Y acepto que no tengo ni idea de lo que va a pasar. Ah, sí, y que lo impredecible suele vencer a lo predecible, aunque eso quizá también lo sepan los modelos. Sobre todo los que mañana explicarán el porqué de nuestro despido o nuestro éxito.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

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