Diario de un encierro. Día XLVII




Why can´t we be friends?


Seguramente, la principal razón de que no tenga claras las fases a seguir en el desconfinamiento tenga que ver con mi desinterés por el asunto. Y sé que es importante, pues es posible que las canteras puedan retomar el trabajo, algunas ligas ensayar fórmulas para cerrar el año y, además, que todo vaya bien puede ser la garantía de que puedan celebrarse los campus, veremos en qué condiciones, lo que salvaría el verano de muchos pequeños emprendedores, de los entrenadores, que obtienen unos ingresos extra fuera del ejercicio, y también de muchos padres, que se “desembarazan” de sus hijos y los entregan para que se formen en los ámbitos deportivo y humano, hecho que exigirá, al menos este verano, de un plus de confianza.

También ello posibilitaría que los jugadores que terminan la etapa junior, o que se hallan en ese páramo frío y desangelado que media entre los 18 y los 22 años, apuesten por recorrer el camino y asumir sus dificultades. De eso hablaban en una interesante conversación organizada por la federación gallega, Antonio Pérez Caínzos, Diego Ocampo, Paco Redondo y Carlos Colinas. Es el momento de que el jugador de formación, a quienes los reglamentos de las competiciones van a empezar a premiar con plazas en los equipos, invierta en su futuro. Es también, quizá, el momento, de que los agentes den un paso adelante y se hagan con una maquinaria en condiciones para que sus agenciados puedan subir un escalón el nivel, algo que muchos han pretendido que sucediera por arte de magia.

No tardará mucho en llegar la cultura del trabajo en verano a nuestro país. Pronto entrenadores especializados en la enseñanza de fundamentos y lecturas individuales alquilarán sus naves y crearán grupos de trabajo para conseguir una motivación, precisamente grupal, a la hora de afrontar la meta. En este sentido, para quienes se aventuren en esta empresa, un título fundamental es The hoops whisperer, de Idan Ravin, un libro en el que este entrenador de jugadores cuenta su particular trayectoria y el modo en el que contactó y se ganó a figuras de la talla de Lebron James, Carmelo Anthony o Chris Paul.

Una vez más, establecer un clima de confianza con el jugador, fijar unos códigos de comunicación internos con los que ambos, entrenador y jugador, se encuentren cómodos, se torna fundamental. Y esto es algo que me sorprende también de lo observado en la producción de moda del momento, The last dance, donde Phil Jackson aparece estrechamente unido a figuras como Jordan o Rodman, o de lo que manifiesta también en el documental sobre los San Antonio Spurs, “su secreto”, en el que vemos cómodamente sentados en corro a Manu Ginobili, Tim Duncan, Tony Parker y el propio Gregg Popovich departiendo amistosamente, señal de que se ha roto el distanciamiento social. 



No es esto lo que se nos comenta en los cursos de entrenadores, ni lo que se observa en las plantillas de las ligas profesionales y semiprofesionales, seguramente por la aún mayor incertidumbre, por la doble condición de entrenador y verdugo, por los recelos mutuos y, seguramente, porque haya motivos objetivos para que esto sea así, pero no sé, quizá haya que darle una vuelta y dotar a todo de una mayor naturalidad. Aunque para ello tengamos que resetear décadas de experiencias filtradas bajo los parámetros de la culpa, la búsqueda de la responsabilidad y la desconfianza mutua. ¿Por qué no podemos ser amigos?



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

0 comentarios:

Publicar un comentario