Diario de un encierro. Día XLVIII




All that Jazz


Ayer escuchaba a Juan Echanove defendiendo la importancia del teatro. Y me convenció. Llevamos más de dos mil años ofreciendo confort espiritual a los pueblos de todo el mundo, decía. También escuché al gremio de hosteleros, defendiendo la santidad de los bares y restaurantes, aunque a estos no les hace falta mucho para convocar a los fieles en su defensa. Y las iglesias también están llamando a la puerta de los gobiernos, recordando la importancia del culto, aunque no prevenga guerras ni pandemias, como alivio.

En fin, que los veo a todos muy bien preparados, con las armas del discurso bien afinadas; la dialéctica del apocalipsis en buena forma. Se preparan para luchar con denuedo por su cuota de protagonismo en un contexto de crisis económica, de repliegue obligado a la austeridad como forma de vida. Llorar mejor que nadie, plañir sin descanso y con estilo, salvará más puestos de trabajo que una exposición ordenada y objetiva de los datos, no lo duden. Seguimos siendo un conjunto complejo de emociones desordenadas, aunque nos conozcan como animales racionales.

La pregunta, al menos para el autor de este blog, es en qué trinchera se hará fuerte el baloncesto como industria, de qué forma reclamará su carácter pertinente y necesario. También como mecanismo de formación, pues no es menor su valor pedagógico si se saben rescatar las claves adecuadas, ya les adelanto que ninguna de ellas tiene que ver necesariamente con su absurda sofisticación terminológica: esta mañana he visto a unos cuantos chicos describir lo que hacían con un balón con términos en inglés que habrán aprendido de un capullo como yo.

Tampoco sé muy bien quién podría ser nuestro portavoz, quién podría mostrarse tan afectado como Echanove, tan convincente como Francisco y su séquito o tan resolutivo como un camarero con treinta años de experiencia a la hora de representarnos. Supongo que Pau Gasol lo podría hacer bien, aunque él es el primero que eligió Chicago (y plantó a Durant y una mejor posibilidad de anillo) por sus teatros. Y Navarro regresó a Barcelona por su familia después de una buena temporada en Memphis. Y Raúl López pasa todo lo desapercibido que puede. ¿A ver si no hay nada que hacer?

Volvamos por un momento a Chicago. A Chicago, a sus teatros y al jazz que sonaba en ellos, también en sus salas de fiesta y cabaret. Quizá tengamos que retrotraernos a esta época, en la que baloncesto y jazz implosionaron jugando un papel central en la historia de los Estados Unidos, del mundo y de la cultura afroamericana para encontrar un argumento. O encontrar en una orquesta de jazz, o en un cuarteto, y en sus similitudes con un equipo de baloncesto, las claves que los “coaches” llevan buscando años sobre el trabajo en equipo, la cesión pautada, o improvisada, del foco, la importancia de la labor del batería o el especialista defensivo,… Y entender que hay algo en deportes de acción-reacción tan rápidos como el baloncesto, y el jazz, que incentiva la espontaneidad y el pensamiento rápido, que obliga a quienes los practican a tener que trabajar muy duro para llegar a hacer sencillo lo difícil.

Pero para eso tenemos que romper nuestras particulares batutas, flexibilizar las estructuras, retornar a la esencia del baloncesto en vez de seguir vistiéndolo de guirnaldas cada vez más vistosas e inútiles, y abrazar de una vez por todas este discurso. El del entretenimiento, el del mero entretenimiento, lo ganarán únicamente NBA y Euroliga, y solo porque con buen lacrimal bien se llora.



UN ABRAZO Y FELIZ DÍA INTERNACIONAL DEL JAZZ PARA TODOS

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