Diario de un encierro. Día XXVII






Esperando a Seve

Con el golf me pasó como con tantas otras cosas, que antes siquiera de haber empezado a explicar el porqué de mi acercamiento a este deporte ya me habían etiquetado. Yo, que iba y venía del campo cargando mi bolsa de palos de segunda mano y que, con suerte, si acaso, cogía el autobús, me había convertido de pronto en un nuevo rico, burgués, clasista y, creo que esto se lo callaban, pijo apestoso. Para colmo, aquellos que decían esto aún se enfadan cuando declino sus ofertas de jugar al pádel.

Es nueve de abril y llueve, claro, no puede ser de otro modo. Hace 63 años nacía en Pedreña, una pequeña localidad próxima a Santander, el mejor golfista europeo de todos los tiempos, Severiano Ballesteros, uno de los pioneros del deporte español, un auténtico fuera de serie en un deporte con escaso seguimiento en nuestro país. Al igual que sucedía con Miguel Indurain, que apagaba las velas en pleno Tour de Francia, Seve siempre cumplía años en la cita más especial del calendario: el Masters de Augusta.

Severiano hizo posible lo que antes era imposible desoyendo lo que, antes de la informática, se llamaba costumbre, uso social, etiqueta o corrección. Sin perder nada de su charme, pero sin renunciar tampoco a su latinidad, Ballesteros invirtió las normas clásicas del riesgo/recompensa, visualizó trayectorias que nadie más veía, movió el palo con la heterodoxia propia del autodidacta y ganó, ganó como nunca antes nadie lo había hecho, visitando áreas del campo que no conocía ni su diseñador.



Pues bien, además de celebrar este cumpleaños, que coincide también con el abortado inicio del Masters de Augusta, cito a Seve como impeliendo al destino a actuar y traer una figura de estas características para competir con los androides que nos traerán la mejora de las teorías del entrenamiento, la sofisticación de las tecnologías aplicadas y, a no mucho tardar, los avances en biogenética. Uno se puede quedar fascinado viendo a Giannis, Lebron o Williamson, puede apreciar lo lejos que están dos individuos de una, aparentemente, misma especie (uno mismo y ellos), pero a mí no me entusiasma su dominio por aplastamiento, prometo no levantarme a celebrar una sola de sus canastas.

Mi esperanza está en Doncic y sus ramalazos de genuino talento, pero a veces siento que le sobra escuela. Me gusta la suavidad, como tejida en seda, de Jayson Tatum. También las libertades que se toma Jokic, heredadas en parte de Sabonis, Divac y, por qué no decirlo, del mismo Marc Gasol. Pero solo pagaría una entrada para ir a ver a Curry, lo reconozco. Nadie como Curry, desde Magic, había conseguido conectar con la grada de esta manera, aunque reservo a Shaquille O´Neal un hueco destacado por su carisma y dejo a Jordan relegado a una categoría aparte, por no saber cómo encuadrar su magnetismo.



Esto, trasladado a la enseñanza de fundamentos, sería una invitación a plantear problemas sin ofrecer soluciones, a revitalizar los unos contra uno informales, en medio de los descansos, a fomentar el juego, los errores y la naturalidad en su comisión y aceptación. Y, por supuesto, a organizar ligas callejeras, regidas por muchas menos normas de lo que lo están los campeonatos de 3x3. El mejor plan veraniego para nuestros jugadores no incluiría, en la añoranza de mayor creatividad, una tabla de ejercicios físicos, sino un balón y una gorra para el camino.

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Diario de un encierro. Día XXVI





Solo otra (puta) teoría

El 99,5% de las especies que han habitado el planeta Tierra en algún momento de su historia están ya extinguidas. A lo mejor convendría empezar por aquí cualquier charla de cualquier tema, incluidas las ruedas de prensa del gobierno. No por el contenido del mensaje, que no debiera inquietarnos por ahora, sino para captar la atención de un oyente deseoso de narrativas, anhelante de cuanto se puede explicar por la ilusión de la causa y el efecto.

Si fuera el gerente de un equipo de la NBA no me preocuparía demasiado por contratar al mejor especialista en Analytics o estadística avanzada mientras la obtención de los datos proceda de las mismas fuentes que utilizan los rivales y los encargados de procesarla sigan siendo humanos más o menos capaces. Es posible que un buen especialista en estas áreas matemáticas ayude a mirar al entrenador y pueda conseguir que este se haga las preguntas más apropiadas, pero para eso hace falta que este sea humilde y acepte desprenderse de sus viejas ideas, basadas en la observación de todo aquello que venía a corroborarlas y la no observación de cuanto pudiera incomodarlo.

Supongamos que la consolidación de este nuevo acceso al conocimiento de lo que ocurre en una cancha se produjera hace cinco años aproximadamente. Supongamos que tras un vistazo al palmarés de equipos campeones en la NBA en ese período averiguásemos que ninguno de sus entrenadores tenía experiencia previa en la liga. Supongamos que hay una correlación clara entre la humildad de Steve Kerr, Tyronne Lue y, joder, me cuesta recordar su nombre, Nick Nurse, y los éxitos de sus equipos. Mi teoría explicativa de lo sucedido en los últimos cinco años en la NBA se resumiría en lo siguiente: contrata entrenadores humildes.



Ah, sí, lo de la línea de tres. Mi teoría para lo de la línea de tres es la siguiente. En 2013 y 2014 la liga se la jugaron San Antonio Spurs y Miami Heat. Los de Miami tiraron 21,6 y 22,5 triples de media por partido, mientras que los de San Antonio clavaron una media de 21,4. La fórmula ganadora era entonces la siguiente: lanza entre 20 y 23 triples y llegarás a la final de la NBA. El siguiente año ganaron los Warriors, lanzando 27, 4 y los mismos Warriors, tirando 31,8, batieron el récord de victorias en temporada regular la siguiente campaña. Cambió la fórmula ganadora.  



Los Warriors lideraron la estadística ese año, pero progresivamente, durante tres campañas más, redondeadas con dos anillos y una final, fueron perdiendo posiciones en la tabla de equipos con más lanzamientos de tres puntos, siendo quintos en la 16-17 y decimocuartos en la 17-18 manteniendo, eso sí, los promedios en cifras próximas a 30 mientras la fiebre recorría los despachos y los banquillos de la NBA. Mi teoría sería: La NBA copió un modelo, y lo adornó con sofisticados argumentos matemáticos para generalizarlo, pero si hubiera que poner un número, sin haber hecho la correlación, estaría más próximo a los 30 que a los 40 triples, Morey debería saberlo.

Luego mi teoría sería la siguiente: Klay Thompson, Stephen Curry con sus superiores condiciones para el tiro exterior, Larry Riley (y todos los GM que permitieron que jugaran juntos optando por otros perfiles en base a prejuicios tan variopintos como el endeble físico de Steve o el jugueteo de Klay con las drogas), y Steve Kerr cambiaron el juego. Los matemáticos llegaron después, como Stanley a la orilla del Lago Tanganica, para descubrirlo.



En fin, esta es solo otra teoría, una teoría que descarta todo aquello que la rechaza, que escoge todo aquello que la confirma, que dice más del autor que de baloncesto y que será tan útil como todas las demás si te la crees y te permite no titubear durante la batalla, la batalla dialéctica, me refiero, que es la única que se está librando hoy en día, mientras los pabellones esperan desiertos a que alguien vaya a ocuparlos, con  estas teorías o con otras. Y tampoco les importa si el porcentaje de especies extinguidas asciende en unas centésimas próximamente. Seamos humildes, tíos, como Kerr, Lue y… Joder, sí, Nick Nurse.

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Diario de un encierro. Día XXV





Veinticinco días, un cuarto de siglo

Ha llegado el momento de volver a jugar. Dejaré que pasen un par de horas, miraré a ambos lados de la calle para asegurarme de que no hay policías y caminaré bajo las cornisas de los edificios hasta la pista del viejo descampado, ahora un parque con ínfulas de jardín botánico. Será tan tarde que el eco de los rebotes del balón contra el suelo, el aro o el tablero, serán interpretados por los vecinos como aspectos psicodélicos de un mal sueño. Uno puede plantearse aprovechar la cuarentena para pasar droga, irse a la residencia de la playa o abrir un local clandestino donde verter la frustración y consumir la vida, pero, ¿quién se pondría a jugar al baloncesto a las dos de la madrugada?

Ha llegado el momento, ya son muchos años. Uno empieza a entrenar como de broma, coge a su primer equipo porque alguien pensó que lo haría bien, o para cubrir una necesidad puntual de un club o colegio. O, como en mi caso, para evangelizar en el baloncesto a unos muchachos excelentes que jugaban bien al fútbol pero podían hacerlo mucho mejor, y divertirse más, si se cambiaban de deporte. Y así, como de broma, van pasando los años, y los triples, las asistencias, esos rebotes que le robabas a los grandes palmeando el balón y atajándolo en dos tiempos, esos piques,… todo va cayendo en el olvido.

Han pasado casi quince años desde que nos tomáramos la foto que ha aparecido hoy en la mesilla de noche. En mi caso la cuarentena ha supuesto volver a casa, saludar a los viejos muñecos y ordenar los recuerdos de la habitación. No estamos todos, faltan algunos, también el chico de catorce años que quería ser Paul Pierce y Raúl López. Antes de que lo pregunten, mi rey favorito era Gaspar y cuando me hice del Madrid por mi hermano había un anuncio que, en fin, han caído siete desde entonces.

Supongo que este tiempo de reciclaje, de fiebre formativa, videoconferencias sobre lo humano y lo divino, debería ser también un tiempo para echarle un pulso a nuestra propia vocación y comprobar su fortaleza. Encerrados en nuestros domicilios, podemos explorar en qué medida echamos de menos bajar a la cancha, situarnos al lado de nuestros jugadores y prepararlos y formarlos para ser competitivos el día de partido, esa y no otra es la naturaleza íntima del deporte, al menos en los niveles profesionales o semiprofesionales donde se trata de ganar el último partido, como bien insiste Billy Beane, gerente de los Oakland Athletics, o al menos su alter ego de la película Moneyball.



Tengo la teoría de que solo las personalidades obsesivas pueden llegar a ser excelentes en sus respectivas profesiones. De ahí que me pregunte a menudo por mis propios límites en un oficio como este, más aún si me comparo con algunos compañeros, con la energía y el entusiasmo con los que abordan el análisis, la descripción, los detalles,… Creo, me pasa con todo, que soy demasiado consciente de todo lo que ocurre alrededor de lo que hacemos, de que no soy capaz de autoengañarme sin ayuda de dopamina sintética, prozac o como quieran llamarlo.

Me gusta el baloncesto, me gusta hablar con los jugadores, asistir en primera persona a su mejoría, participando, si es posible, en ella. Me gusta el aspecto psicológico, su inevitable analogía con la vida misma, la incertidumbre de esa bola que gira en torno al aro y hará bueno, o pésimo, el argumento de la obra. Me gusta, sí, pero me gustaba más tratar de imitar a Raül López, como me gustaba más aquel chico de catorce años que ocupaba este cuarto que ahora abandono a hurtadillas para bajar al parque.



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Diario de un encierro. Día XXIV




¿Pero cómo de amigos?

Comenta Nassim Taleb, autor de Cisne negro, libro cuya lectura me acompaña en estos días, que en el caso de las profesiones artísticas o de gratificaciones diferidas en el tiempo, conviene formar pequeñas sociedades o grupos con los que compartir esos minúsculos (e invisibles para el mundo) avances en una investigación, en una novela, en la composición de un próximo disco, un disco que el perfeccionismo del autor no le permitirá dar por terminado hasta 2022, cuando la hipoteca se haya convertido en una soga y su matrimonio esté a punto de romperse. Ya lo dijo Tolstoi: todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera.



La espera del suceso altamente improbable que cambiará la vida de un entrenador es una espera activa, claro, salpicada de avances y retrocesos, de necesaria autocrítica, a veces exagerada, por ego más que otra cosa: "cómo pudo fallar ese tiro abierto, si lo había metido las 30 veces que lo había entrenado durante la semana en circunstancias parecidas al partido. No, no lo suficiente. No, no las suficientes". "Alto, para ya, tío. ¿Lo viste? Un mayor porcentaje de humedad en esa zona de la atmósfera del pabellón desvío en dos segundos de arco su trayectoria". Este es el tipo de mensaje que necesita un entrenador tras tres copas la noche después de un partido.

Vaya, que necesitamos amigos. Para celebrar los fracasos, que nos harán mejores, y para acompañarnos en la victoria, consolándonos tras caer en la autocomplacencia con la que el héroe anuncia a sus enemigos que en la próxima batalla irá marcando paquete, enseñando sus medallas e infinitamente menos preparado que a la anterior. No me hagan mucho caso, pero tengan amigos, sí, porque es duro explicar en casa esa tarea de tres canchas y media con un inicio en “corner pick and roll” y tres situaciones de transición del otro equipo alternando defensas si vienes de perder tres partidos seguidos, el vestuario parece Troya y te visita el líder de la competición el domingo.

En el baloncesto, al igual que en otros deportes, el período en el que se evalúan los procesos suele ser demasiado corto, insuficiente para ser efectivo. Esto conduce a un estrés que amputa parte de nuestras capacidades, lo que se une a ese “pensar mal en el pasado” que también menciona Taleb en este magnífico libro. Cuántas veces nos hemos hecho la ridícula pregunta de “qué hubiera pasado si (o si no)”.

¿Y sabéis qué? Por falta de amigos o por lo que sea, este exceso de estrés, esta angustia con la que se perciben las idas y venidas de este azar categorizado, deriva en un exceso de evaluación, en que nuestros jugadores, en vez de ser incentivados con un sistema de recompensas mantenidas en el tiempo, se encuentran escrutados por esa figura polivalente, que podría ejercer un liderazgo paternal pero que, sin embargo, opta, para su supervivencia, por un liderazgo de tipo empresarial, con evaluaciones de nuevo muy apresuradas.

Y cuando uno se siente evaluado complace, pero no gana, se adapta y busca beneficios a corto plazo. O gana, claro, si el sistema de evaluación es mejor que el de los demás, porque este es solo un eslabón más de aquellos en los que el baloncesto ha optado por la vía de la uniformización, y no la del cuestionamiento. Entre otras cosas porque no hay tiempo para replantearse nada y, ahora que lo tenemos, nos lo pasamos confirmando nuestras sospechas entre rivales, y, eso sí, afortunadamente amigos.



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Diario de un encierro. Día XXIII





Contra el uso del pasado para explicar el futuro (cuando es el futuro el que explica el pasado)

Personalmente, disfruto mucho con la nueva ola de pedagogía alrededor del baloncesto, tengo un cuaderno de notas junto al ordenador que va engordando a medida que lo hace también la cuarentena, la mejor cura de humildad, por cierto, para científicos, estadísticos y Nostradamus de sombrero de pico o tarot, en la medida en que una pandemia nos pilló desprevenidos, asintiendo ante todas las certezas que repetíamos allá por febrero el taxista, el entrenador, el periodista de apellido famoso y, lo que es más preocupante, también el ministro: es poco más que una gripe.

Me preocupa, en cambio, que no pasemos de la charlatanería académica, que nos quedemos en un debate sobre el debate acerca del debate y que empecemos a manejar la infumable jerga de, por ejemplo, los teóricos del lenguaje o los repipis estudiantes de arte, cayendo en la irrelevancia, no ya para el mundo en general, sino también para el resto de actores que intervienen en un partido de baloncesto llámense patrocinadores, aficionados o, qué sé yo, jugadores.

Por otro lado, me agarro a quienes defienden la impredecibilidad del futuro y reconocen que la historia, a pesar de los pesares, marcha siempre hacia adelante y es más confusa que los hechos que luego tratarán de explicarla, relatarla, y que son, curiosamente, los que mediatizarán nuestra conducta futura, a buen seguro radicalizándola, haciéndonos elegir entre dogmas que se parecen en todo menos en lo anecdótico: quién debe morir.



Aceptémoslo, los entrenadores nos engañamos contándonos y leyendo historias, sobrevalorando lo observado y conocido y generalizando acerca de lo no visto o contemplado. Nos contagiamos de las modas que aprueban y reconocen los méritos de determinada escuela, nos sumamos, para combatir la soledad, a quienes la mayoría adopta como nuevos y verdaderos profetas del éxito deportivo.

Entiendo que los apostantes, más aún las casas de apuestas, nos bombardeen con los resultados de modelos probabilísticos que a buen seguro han contemplado miles de escenarios, millones de factores y variables, combinados de las formas más variopintas posibles para decir que los Celtics tienen un 53% de ganar el partido frente al 47% de los Pacers. Acepto, ya lo he comentado en alguna ocasión, el deber de formarme en la interpretación de los datos que nos aporta la estadística avanzada o el Analytics. De lo contrario partiría en desventaja.

Pero me jode, sí, no hay otra palabra. Porque todos colaboramos en esta predecibilidad de los partidos actuando conforme a los patrones, tomando, en lo que parece un acto de pura lógica, los tiros que nos auguran un mejor porcentaje. Cooperamos activamente en la uniformización del baloncesto, en su degradación, a mí me lo parece, de arte a ciencia, aunque la venganza se suele servir en plato frío. De esta manera, con este pacto tácito de no agresión entre entrenadores -- “tú predecible, yo aún más predecible, no problema, mi amigo”—hacemos buenos los modelos y fosilizamos la idea de que el baloncesto puede ser explicado bajo parámetros estadísticos normales, en torno a la media, la mediana y su p…progresión lógica. 

Sinceramente, me gusta poco operar a raíz de lo pasado. Doblo con esperanza cada esquina no achaflanada, aunque nunca haya pasado por allí Scarlett Johansson, e intento corregir visualizando la próxima acción, aunque muchas veces haya sancionado la previa en base a mi formación judeocristiana de búsqueda y hallazgo de culpables. No creo demasiado en el scouting propio basado en el partido anterior, tampoco en las tendencias, aunque sí en los estados de ánimo. Me gusta más operar con un cuadro como modelo y valorar cómo de lejos estamos de él. Sentarme con los jugadores a ver el cuadro juntos, a comprobar si compartimos, aunque sea por contagio, el poder de mi oratoria o mi carisma, el mismo gusto pictórico.

Me gusta el contraataque, que es la acción que menos se ajusta a los modelos y a los esquemas, quizá solo por esto, no sé de qué sesgo se trata. Y acepto que no tengo ni idea de lo que va a pasar. Ah, sí, y que lo impredecible suele vencer a lo predecible, aunque eso quizá también lo sepan los modelos. Sobre todo los que mañana explicarán el porqué de nuestro despido o nuestro éxito.



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Diario de un encierro. Día XXII





Mi modelo de liderazgo. 

En la educación sentimental de los individuos, más que los sucesos de la edad adolescente, iconográfica y sobreactuada por definición, influyen las señales recibidas de forma intermitente e indiscriminada durante la niñez. Esa suma de colores, lenguaje de adultos, nombres inventados, presunciones francamente fantasiosas; todos esos códigos indescifrables terminarán definiéndonos del modo más sigiloso posible: confundiendo la esencia con su interpretación y asumiendo esta última como un todo inseparable de nuestro yo más íntimo.

Entre esas señales, una de las más confesables es el asombro que me producía ver pedalear a Miguel Indurain por las cumbres alpinas, pirenaicas, dolomíticas; por las calles de Bergerac o Luxemburgo. Nada nos congregó de forma más ordinaria y regular frente al televisor que sentarnos a ver ganar a Miguel las tres primeras semanas de julio.  A verlo ganar y a hacerlo de ese modo tan particular, objetivamente feo pero francamente hermoso.

¿O no era bello acaso verlo bajar el Tourmalet para iniciar fugas históricas o abortar otras que intentaban serlo? ¿O doblar corredores sin amagar siquiera cogerles la rueda para aprovecharse de la ventaja aerodinámica? ¿O situarse una y otra vez, sentado en la bicicleta, junto a Bugno, Ugrumov, Zulle, Chiapucci anulando sin alardes la penúltima actitud díscola de un pelotón del que se granjeó el respeto a base de una magnanimidad cesárea, sin precedentes ni secuelas?



Lo comeré cuando llegue, no hay problema, le decía a su mecánico, nervioso por la lentitud con la que servían la pasta en el buffet del hotel. Tenemos que cogerlo igual, no te preocupes, le comentaba a su archirrival, Manolo Saiz, ante el retraso del TGV que los conduciría hasta parís. Todas estas citas están contenidas en el libro de Alasdair Fotheringham, un recorrido bastante descriptivo y sin alardes por una carrera construida a partir del sufrimiento, el cálculo de las energías basado en las sensaciones y la prudencia, la templanza y la normalidad del hombre de campo.

La culpa la tuvo el viento. Así empieza Indurain, una pasión templada, de Javier García Sánchez, periodista que siguió a pie de obra aquellas hazañas sin sangre, sudor ni lágrimas, aunque estas se acumularan a su final, por las cuestas de Larrau, las calles de Villava o el ascenso del Fito en un epílogo muy mejorable, entre otras cosas por el codicioso comportamiento de sus mentores, Eusebio Unzué y José Miguel Echávarri.



Todo lo anterior para hablar de cómo esta coincidencia temporal, este crecer a la sombra de Miguel, ha influido en mi concepción del liderazgo. Una concepción que hereda del ciclismo sin pinganillos y pretecnológico la humildad de quien se sabe en un coche a cien o doscientos metros de la acción y entiende que esto, como aquello, es cosa de los jugadores, y que más vale tener un líder, aunque ejerza el liderazgo de esa forma hermética en que lo hacía Indurain.

Está bien, saldremos cuando sea posible, les debe estar diciendo Miguel a sus íntimos, a ese pequeño círculo que cuida y guarda con delicado celo, ahora que sabemos que la cuarentena se extenderá al menos hasta el día 26. Solo se me ocurre una figura así en la historia reciente del baloncesto, un liderazgo tan eficaz y silencioso, un estoicismo tan ajeno a los focos y los titulares, un carácter templado, medido y, definitivamente, por todo ello, ganador. Se llama Tim Duncan. Normal que el Echávarri de los Spurs viajara hasta las Islas Vírgenes para reclutarlo. 

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Diario de un encierro. Día XXI






Anatomía de un equipo de baloncesto. 


Me cuenta un joven ámigo residente que lo más difícil de gestionar en estos días de cuarentena son los egos de los diferentes especialistas que están atendiendo la crisis sanitaria en los distintos hospitales. Muchos cuestionan el trabajo de los otros, criticando la falta de previsión. Otros dudan de los que toman decisiones, considerándose más capacitado que ellos. Cuando falla el protocolo se abre un abismo a resolver en base a jerarquías más o menos definidas. Y yo, mientras, pensaba en un equipo de baloncesto.

La estadística avanzada y el Analytics parecen premiar dos cuestiones que parecen contradictorias pero que no lo son. Por un lado, la versatilidad parece un valor en alza, así son los jugadores más dominantes de la actualidad: Lebron James, Giannis, Zion Williamson, hasta Luka Doncic podría entrar en esta definición. Por otro, los que no son hijos de dioses, deben asegurarse su puesto por la vía de la hiperespecialización.

Si mides 1,80 y no tienes la calidad de Kyrie Irving, tendrás que meterte en la mente de tus oponentes, jugar al límite del reglamento y anotar los tiros abiertos. Si mides 1,90 debes poder jugar todos los pick and roll posibles y ser buenísimo, en general, en la labor anotadora, siendo muy fiable en los tiros abiertos. Con 2 metros te puedes apañar si puedes defender del 1 al 4 (al 5 en caso de small ball), metes los tiros abiertos y juegas sin balón. Los 2,10 ya no aseguran nada si no puedes intimidar penetraciones, aceptar cambios en los últimos segundos y anotar un porcentaje decente de triples.

Sabiendo esto, recorramos el camino a la inversa. Conocidas las necesidades del hospital, esto es del equipo, como hipotéticos directores de cantera o entrenadores en alguno de los mejores centros de formación del país, escuelas donde los jugadores y sus familias acuden con expectativas razonables de prosperar, ¿cambiaríamos algo los modelos de entrenamiento? ¿Filtraríamos antes quién puede llegar a ser un sucedáneo de Doncic y quién debe conformarse con ser Dellavedova? ¿Quién el jugador total y quién el cortador por esquina, obligado a tomar los tiros abiertos que tiene que tomar?

No estoy seguro, la verdad, reclamo vuestra ayuda. No sé si nuestro modelo especializa demasiado pronto o, si por el contrario, depositamos demasiadas esperanzas en gente a la que arruinamos la vida ocultando sus virtudes y poniéndolos ante el espejo de sus defectos. Tampoco tengo claro en si nos enamoramos demasiado de los pequeños habilidosos y le quitamos muchas horas de balón, protagonismo y errores, sobre todo errores, al que tiene las cualidades morfométricas.

Y de vuelta a los equipos semiprofesionales y profesionales, ¿cómo de especializada/jerarquizada os gustaría que fuera vuestra plantilla? Phil Jackson, en una de sus experiencias en la CBA planteó un modelo casi comunista de igualdad salarial. Los expertos en preparación física alaban alargar la rotación, lo que, en definitiva, lleva a repartos de protagonismo bastante solidarios. Y, sin embargo, también parece necesario un cierto liderazgo, un cierto reparto de funciones, no sé hasta qué punto una definición clara de roles, especialmente en los momentos críticos, cuando el jefe de servicio o entrenador se siente superado por la cantidad de derivadas que tiene que barajar y todo depende, en definitiva, de lo que esos cinco especialistas, el cirujano, el internista, el cardiólogo, el neurólogo y el residente decidan por acción, omisión y aceptación.



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Diario de un encierro. Día XX






"Ha llegado el profesor de baloncesto"


Desde mi cómodo encierro hogareño, al que le sigue faltando el tacto de personas especiales, la conversación inteligente, y sin pantalla por medio, con otras a las que también admiro, y la reconfortante soledad de mis cafeterías oficina, con sus seres anónimos y llenos de secretos, al menos para mí, hoy me he acordado de los chicos y chicas de la residencia infantil y del centro de menores en los que colaboro como “profesor de baloncesto”, ese nombre con el que alerta de mi presencia el guardia de seguridad de uno de ellos, y que, a pesar de gustarme, tan vagamente se ajusta al verdadero perfil de quien les escribe.

(No busquen la conexión entre párrafos, quizá no la haya). Esta tarde he estado siguiendo a unos cuantos amigos charlar sobre minibasket, abarcando un amplio abanico de materias alrededor de su enseñanza. El seguimiento ha sido relativamente masivo, mayor de lo esperado, en cualquier caso, y el debate ha sido interesante. Yo me reconozco lego en la materia, entre otras cosas porque nunca he sabido expresarme en el lenguaje de los niños, o porque mi inteligencia es básicamente verbal, mucho más apta para convencer a quienes ya han formalizado la lógica del español y entienden las nociones abstractas de mis discursos y arengas. Yo sí creo, como sugirió Rafa Gil en el debate, que faltan entrenadores/profesores de minibasket, pero no creo, como se solía decir, que estos deban ser los que más saben de baloncesto. ¿El del senior al mini? En mi opinión no.

Es más, les diré lo siguiente. Creo que al hacer jugar a chicos tan pequeños a un deporte tan normado les cerramos en exceso el campo de posibilidades. Hacer convivir a diez niños y/o niñas en el 26x14 que suelen medir muchas pistas de minibasket, o en el 24x13 o inferior en el que los hacinamos a menudo, requiere de la intervención de un adulto, claro, por poco hay que llamar a las fuerzas de seguridad. Estoy casi convencido de que el nivel perceptivo de un niño que maneja un balón, incluso de un niño que juega sin balón, no va más allá del tercer nivel de lectura, siendo el primero su posición en el conjunto del campo y en relación con la canasta, el segundo su relación directa con el defensor y el tercero su relación directa con el compañero, y su defensor, más cercanos. Ojo, esto pasa también en senior. ¿Cuántos pases a la puerta atrás o a la continuación son interceptados porque no se ha llegado a reconocer la intervención de un tercer jugador?




También es necesario un adulto para que entiendan y compartan los objetivos del equipo: meter más canastas que el contrario. Incluso parece obligatorio que todos entiendan conceptos como línea de aro, línea de pase, ayuda, finta, cuestiones que un niño suficientemente estimulado por el juego podría comprender naturalmente si de verdad siente la necesidad de robar el balón y depositarlo en el aro: a estos los llamamos niños precoces. Entrenando colectivamente, porque parece inviable dar verdaderamente a cada uno lo suyo, equilibramos motivaciones y compensamos energías. Y claro, nos pasa como en la escuela, que el ritmo lo marca el individuo que estadísticamente se sitúa en la mediana, en la cúspide de la campana de Gauss.

Por eso creo que, sin desdeñar las experiencias que pueda añadir el minibasket al currículo formativo de una persona, es necesario combinar esta participación con su presencia en un deporte individual y, no sé por qué, me gusta el tenis por los desplazamientos y la coordinación óculo manual que exige, por su constante toma de decisiones (con toda la carga atencional y perceptiva que esta demanda) y por la necesidad que tiene el jugador de autorregular sentimientos de euforia o frustración, así como de comprender la globalidad del partido, su vertiente estratégica, hecho que, inopinadamente, en el baloncesto asumimos los entrenadores. Cuántas veces echamos de menos esa “lectura de partido” entre jugadores profesionales de baloncesto, cuántas esa capacidad para empezar mal un partido y terminarlo bien. Cuántas nos lamentamos por los déficit de atención. 



En fin, sé que esta reflexión no va a ninguna parte. Ni siquiera tiene un propósito concreto porque la tesis es, en sí misma, ambigua. Sirva de algo, si acaso, si nos hace más conscientes de lo que hacemos y nos invita a reflexionar sobre el valor de cada palabra y cada gesto, de cada segundo de entrenamiento. Sobre todo a los verdaderos profesores de baloncesto, de minibasket, a los que tanto admiro.

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Diario de un encierro. Día XIX





Los agentes de la Continental


Pensándolo bien, podía haber sido mucho peor. Me refiero a la crisis del coronavirus, que podía haber llegado en 1989, y no en 2020, y haber sido gestionada por Micheletti, el entrenador del Snaidero Caserta, equipo que disputó la final de la Recopa frente al Real Madrid, un partido que, como tantos otros de aquella época, convendría no haber revisado con los ojos de la actualidad. De haber sido así, estaríamos todos rezando a la puerta de los hospitales para que Oscar Schmidt perpetrara un milagro, o para que Drazen Petrovic intercediera por nosotros en el más allá, donde se iría, tristemente, poco después.

Créanme, con el comentario sobre el entrenador italiano no quiero más que poner de manifiesto la evolución del baloncesto en apenas tres décadas. No suelo ser crítico con el trabajo de gente que ocupa puestos de responsabilidad, más aún cuando no los he visto trabajar diariamente y no he mantenido ni siquiera una conversación con ellos. Soy muy consciente de la dificultad de entrenar y por eso, normalmente, si adopto una posición en los debates a propósito de la misma, es la del abogado defensor, pero cómo hemos cambiado.

Si me diera por empezar a redactar mañana la novela de un tipo taciturno, solitario, amigo de sus amigos, y más aún de la noche, fumador, aunque a veces solo en privado, un tanto altivo cuando se le increpa y con un toque seductor que disimula cuando su esposa y sus hijos están delante, elegiría la figura de un entrenador de los 80 o 90, presa fácil de los abogados especialistas en divorcios, alter ego involuntario de los detectives de Chandler, solo que sin ese gusto obsesivo por las rubias. En este caso podían ser también morenas. O pelirrojas.



El hecho de que aún sobrevivan algunos entrenadores de aquella generación, habla muy bien de Darwin y de su teoría de la supervivencia del más fuerte. Los que siguen sentados en los banquillos han demostrado ser los que más sabían de baloncesto, los que mejor supieron rodearse y los que mejor se han sabido mover por las alfombras rojas del mundillo, también por sus cloacas. Y digo esto elogiándolos por su instinto, capacidad de persuasión y adaptación.  

Si el relevo generacional no ha llegado antes, amén de por la existencia de un cierto conservadurismo instalado en el imaginario colectivo del sector y un moderado clientelismo que hace que las redes de confianza se expandan muy lentamente, es porque estos detectives de la Continental gozan de toda una serie de valores para el liderazgo del que los jóvenes, más leídos y dotados, probablemente, de mayores competencias, carecen por cuestiones generacionales.

Conviven, por lo tanto, en la actualidad de los banquillos, los hombres (en este caso no abarca mujeres, una lástima) que lo aprendieron todo de la vida adentrándose en sus callejones más oscuros en los años 80 y 90 (Aíto, Pedro Martínez, Luis Casimiro, Salva Maldonado), los alumnos aventajados de estos, que ya han cosechado títulos muy importantes (Pablo Laso, Xavi Pascual, Joan Plaza), y los que vienen cosidos a los libros en forma de licenciatura, máster o posgrado.



En fin, todo para decir que echo de menos formación teórica, pero sobre todo experimental, en cuestiones de autogestión de las emociones, liderazgo, ética,... Manejo la teoría de que muchos de los grandes nombres del baloncesto universitario como John Wooden, Dean Smith o Bobby Knight se ganaron la confianza de sus jugadores al ejercer como maestros y guías y no únicamente como exprimidores de rendimiento. Tienes que amar a tus jugadores, como repetía a menudo Chuck Daly, podría ser el mandamiento único de la iglesia de los entrenadores y, sin embargo, seguimos empeñados en descifrar jeroglíficos, medir la distancia de un arco de meridiano o predecir la próxima pandemia. 



Juego a ser Brian aprovechando que esta noche pasaban en la 2 la famosa película de los Monty Python y os digo (me digo) lo siguiente: amemos a nuestros jugadores, forjémonos un carácter, trabajemos en nuestro carisma y seamos buenos maestros interesándonos de verdad en el futuro de dichos jugadores. Miremos, si no, hacia arriba. Y preguntémonos por qué los dioses del oficio siguen siendo los mismos, a pesar de todos sus excesos, y defectos.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Diario de un encierro. Día XVIII.




Cuando éramos honrados mercenarios


No sé por qué, pero quería utilizar el título de uno de los libros recopilatorios de columnas de Arturo Pérez-Reverte en esta primera entrada tras las diecisiete, en realidad dieciséis, que he venido publicando en la web de Sport Coach, espacio de referencia en la formación de entrenadores a escala local e internacional. Tal es el panorama que, presiento, se nos avecina de aquí a unos meses, cuando la contención del virus permita reconquistar las calles, dar a la ciudad mediterránea, y sus plazas, el ruido que con su brutal silencio demandan.

Se plantean varios escenarios y ninguno demasiado halagüeño. Mientras la población aprende a vivir sin deporte en directo, consolidando con su comportamiento el éxito de otras formas de ocio; mientras la enseñanza formal sobrevive a golpe de videoconferencia, plataforma y deberes, el baloncesto se encuentra absolutamente paralizado, y no solo porque no circule el balón por la cancha, sino porque no es una prioridad. Entre otras cosas porque no lo es.

En fin, les cuento. En mi club estamos inmersos en un ERTE, una solución que todos los actores asumimos como razonable ante una posible reanudación de la competición. La liga, en este caso LEB Plata, se encuentra aplazada indefinidamente pues la Federación, ante el temor de posibles denuncias, esperando que sea una entidad superior la que tome la decisión, no quiere sentenciar el caso y aclarar el panorama. Es lógico, como gestores, aplicar la teoría del parche y seguir haciendo funcionar la bicicleta mientras el terreno sea ligeramente favorable y la inercia supere el factor de rozamiento. Pero urge pensar en grande. Y a medio plazo.

Mi apuesta pasa por unificar las Ligas LEB en una sola, con 24, 28, 30 estructuras soportadas por una financiación mixta, equilibrada y suficiente. 24, 28 ó 30 proyectos saneados, viables y serios, con el respaldo de las instituciones, una masa social actual (o potencial) suficiente y unos cimientos que puedan soportar los vaivenes que ocasionarían futuras tempestades. Estas organizaciones podrían dar de alta a una plantilla de 18 a 20 trabajadores, 10 jugadores profesionales, 4 miembros del cuerpo técnico, 2 profesionales médicos y 2 ó 3 profesionales dedicados enteramente a generar valor para la propia empresa. Solo así podrían definirse, y seguirse, planes estratégicos, sinergias con la corporación municipal y la comunidad autónoma, con sectores secundarios y actividades económicas complementarias. Solo así podríamos aspirar a una estabilidad y a ofrecer, a fin de cuentas, un buen espectáculo.

El pastel se reduciría claro. Todos deberíamos profesionalizarnos, abandonar esas medias tintas que a la postre nos vuelven mediocres a nosotros mismos y al espectáculo que terminamos produciendo. En la indefinición solo hemos envejecido, si acaso, viendo cómo unos vecinos se morían y otros se mudaban, pero no hemos mejorado. Toca convertir el buen baloncesto en un producto escaso y codiciado, no apto para todos los paladares, para la cabezonería de un iluminado o el capricho de un nuevo rico.

Pero como esto no va a ocurrir, lo hablo a menudo con buenos amigos a los que no citaré porque me han pedido que oculte su identidad, toca sacar el fusil, encomendarse, tal vez, a un agente, preparar la maleta, dar un beso que tranquilice a la familia y empaparse de pelis y series de mafiosos, de cuando la Ley Seca, el período de entreguerras; de cuando, a pesar de todo, los periodistas, y también los entrenadores, aún podían definirse como honrados mercenarios.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Volleybasketball





Me encanta la red, su papel de frontera, una frontera que, como sucede con la línea divisoria entre dos estados, anuncia un fluido intercambio entre dos realidades distintas. Un intercambio mediado por esa malla que, situada a diferentes alturas, evita el contacto y exige nuevas y creativas formas de intimidación. Una malla que garantiza el respeto entre los contrincantes al fijar una distancia de seguridad y asegurar la inviolabilidad del otro, de su sagrado cuerpo.

No me ha extrañado mucho leer que William George Morgan, el creador del juego del voleibol había conocido a James Naismith y era profesor, al igual que este, de una YMCA (Asociación Cristiana de Jóvenes). Para su invención, precisamente, destacó la necesidad de encontrar un deporte más sosegado que el baloncesto, hecho en el que resulta clave la ya mencionada red. Tampoco extraña que se popularizara en Europa, de la mano de soldados americanos, durante la I Guerra Mundial. Balones en vez de granadas, debían pensar. Redes en lugar de trincheras. Qué alivio.

El origen cristiano se nota en su carácter bienintencionado y en el comunitarismo (Avant la lettre) que promueve como doctrina filosófica: la comunidad define al individuo. Así era también el baloncesto antes de que los medios de comunicación y la sociedad que los sustenta empezaran a demandar héroes, nombres concretos que ejemplificaran determinadas virtudes casi divinas. Así era el baloncesto, un deporte que en sus trece reglas originales no incluía la posibilidad de desplazarse con el balón en la mano (tampoco regateándolo), hasta que el bote, recientemente, se convirtiera en el gran protagonista de los ataques de los mejores equipos del mundo, también de los principales programas de formación.

Ahora ya es tarde para querer jugar a un toque, o a dos. Para fijar roles cerrados y, al mismo tiempo, establecer rotaciones que eviten una especialización excesiva. Sí veo, en cambio, cada vez más líberos en los equipos profesionales de baloncesto, jugadores conminados a las tareas defensivas, profesionales de lo suyo, incluso tan enérgicos y contagiosos como lo son estos especialistas del mundo del voleibol, tan especialistas que ni siquiera visten el mismo color de camiseta. Me sale el nombre de Matthew Dellavedova.

Pero nos costará ver en una pista de baloncesto la naturalidad con la que se globaliza el error de un compañero, no hay pausa para ello, es cierto, pero el siguiente balón muerto podría ser una gran oportunidad. Y lo mismo sucede con el éxito, digerido con mucha mayor indiferencia en el caso del baloncesto, donde la canasta se la apunta un jugador, además del equipo. Eso a pesar de que, sin desdeñar la complejidad del voleibol, el grado de cooperación que es necesario para anotar una canasta en estático es superior, también mucho más sutil (un corte, una pantalla, un buen pase previo al pase de canasta,…). Qué importante es la comunicación de todos estos detalles: el agradecimiento expreso, la manifestación verbal, su exposición pública. Y su reflejo en los contratos. Quizá también en las estadísticas internas del equipo, una manera de contabilizar y poner en valor el trabajo no visible, la cooperación necesaria en la comisión o evitación de una canasta.

Hoy he estado viendo un partido de voleibol a pie de pista y he captado muchos detalles (a buen seguro se me han escapado otros) relacionados con la comunicación entre los jugadores que me han mostrado, en las narices, las diferencias con el deporte hermano. Se me antoja muy difícil que en el seno de un equipo de voleibol puedan surgir rivalidades internas, pues todo se socializa hasta el extremo. Entiendo que puede haber una cierta lucha por los minutos en determinadas posiciones, pero hay sobradas variantes tácticas para que esto suceda en escasas ocasiones. He visto numerosas disculpas aceptadas con naturalidad, responsabilidades compartidas, méritos igualmente repartidos, una verdadera red de apoyo mutuo. No en vano, muchas veces el siguiente saque del equipo contrario busca hacer daño en la moral maltrecha de quien comtetió el error. Mejor que esté preparado. 

Todo a cien pulsaciones por minuto menos, con el cuerpo magullado por algún intento de salvar un balón, nunca por la agresión legal o ilegal de un contrario. La clave es esa, el sosiego que decía William George Morgan, pero también la colectivización de los éxitos y los fracasos, algo que no ocurre en el baloncesto, donde el individuo sube al cielo y baja a los infiernos arrastrando a su equipo, si es necesario. Quizá debamos copiar algo del voleibol, aunque sea nuestro hermano pequeño. Quizá haya que exigir cosas tan básicas como jugar a pocos toques (los tres toques del equipo pasarlos al jugador: dos botes y un pase, un control y dos botes), celebrar las canastas de cualquier compañero y aprovechar cualquier balón parado para asumir globalmente el error de un jugador juntándonos en un pequeño corro que exculpe al tiempo que responsabilice: fallamos todos, por lo tanto, les fallo a todos. Y no solo a mí mismo. Y sin excusas que valgan. Y a por la siguiente posesión. Juntos.



UN ABRAZO Y BUEN VOLLEYBASKETBALL PARA TODOS

Agenda 2020 del baloncesto español





El baloncesto español tiene sobrados motivos para iniciar 2020 subido en el tren del optimismo. Los resultados de las selecciones nacionales absolutas, campeonas del mundo y Europa, sumados a los que seguimos cosechando en categorías inferiores, hablan por sí solos de la buena salud de que goza nuestra élite. Buena parte del mérito, por cierto, hay que atribuírsela a la gestión del director técnico de la Federación, José Ignacio Hernández, un salmantino dotado de una excepcional intuición para la toma de decisiones estratégica y la resolución de problemas; hábil, muy hábil, en la gestión de grupos humanos y en colocar a cada cual en el sitio correcto, en el puesto para el que está mejor preparado.

Obviamente, Lucas Mondelo y Sergio Scariolo son dos apuestas seguras, quién se arriesgaría a decir lo contrario una vez observados su currículo e historial. En ambos casos, además, se puede destacar una notable evolución, más reconocible en el terreno táctico en el primero y en la dirección de grupos en el segundo, aunque lo más relevante sea, en ambos casos, el modo en que sacan partido a sus cuerpos técnicos, integrados por profesionales altamente preparados e indudablemente comprometidos con la consecución de los objetivos.



Sin embargo, aunque no me cabe duda de que las chicas conseguirán la plaza y ambos conjuntos serán competitivos en Tokio, creo que la agenda de prioridades de todos los elementos vinculados al baloncesto de modo más o menos profesional debe mirar más allá, tanto en el espacio como en el tiempo. Entre otras cosas porque se avecina una crisis de carácter estructural, claramente conectada con el modo en el que la sociedad de concibe a sí misma y fija sus prioridades. Alguien, dotado a partes iguales de información e imaginación, debe trasladarnos inmediatamente al año 2030 en el supuesto de que, como viene ocurriendo hasta ahora, no haya cambios sustanciales, nadie se siente a hacer este ejercicio prospectivo y todos, sin excepción, se dediquen a librar sus particulares batallas diarias por un cuenco de sopa, o un Ferrari (siempre ha habido clases).

Como muchos intelectuales ya mencionan en sus obras, el principal mal del futuro próximo no será el desempleo, que existirá pero no será observado como tal mal, sino la irrelevancia. Una irrelevancia para la cual, por cierto, estamos creando un caldo de cultivo inmejorable al haber encumbrado al individuo haciéndole sentir dueño de su destino sin exigirle que se prepare para ello. Sí, me temo la irrelevancia del baloncesto, en general, como alternativa de ocio, más aún la de las competiciones domésticas, toda vez que el domicilio se haya convertido en un parque de atracciones virtual, desde el que poder ver la NBA con las mismas sensaciones que Woody Allen tiene cuando sigue a los Knicks en su asiento a pie de pista (aunque creo que ahora no puede ir, por si lo linchan).

Alguien debería explicarles a los gerentes de negocios pequeños, y la ACB y las competiciones FEB, más aún, lo son, que es necesario asociarse para sobrevivir; cooperar y, desde luego, ser pacientes en el reparto de los beneficios. Comprendo que todas las partes quieran asegurarse el pan de cada día, y que es difícil remodelar una estructura heredada, con una red de intercambio de favores que se pierde en el tiempo hasta volverse infinita, pero alguien lo tendrá que hacer.

Si me preguntan, en 2030 no deberían existir más que dos ligas masculinas de baloncesto, de 16 o 18 equipos cada una, en proyectos vinculados no tanto con estructuras anticuadas como los clubes, como sociedades multifuncionales que entiendan el baloncesto como una rama que les aporta valor en áreas relacionadas con el entretenimiento, pero también la educación o la simple imagen de la marca. Sociedades en las que los gobiernos locales puedan participar, dentro de su propia agenda de marketing urbano, aunque para entonces este haya cambiado también dramáticamente. Dos ligas regidas por un estamento superior cuya supervivencia esté íntimamente unida al éxito económico del modelo: no es sostenible una Federación operando al margen de los clubes, pidiendo antes que dando.

No veo a más de 36 sociedades financieramente viables, saneadas y responsables en los pagos y en la garantía de unas condiciones adecuadas para sus empleados, tampoco con una gestión profesional en áreas relacionadas como el marketing o la contabilidad: ahora tenemos 60 equipos entre LEB Plata y ACB. No veo a más de 15 jugadores por generación con nivel para jugar profesionalmente, aspirando a ofrecer, al mismo tiempo, un espectáculo suficiente para competir con las series, la realidad virtual, los juegos electrónicos, el poker o el satisfyer. Si la media de años en activo es diez, 150 jugadores españoles podrían jugar al mismo tiempo en esta nueva competición, entre cuatro y cinco por equipo. Y lo mismo puedo decir de los colegas entrenadores, para quienes el corte se nos debe volver a todas luces más exigente. No veo otra forma de huir de la autocomplacencia y de dejar de ofrecer un producto tan mediocre.

Ahora bien, retomo mi lado romántico: en paralelo debe avanzar la asignatura baloncesto, un modo de acceder a conocimientos transversales (habilidades motrices, comunicación no verbal, geometría, inglés, la capacidad de trabajar en equipo, la resolución de problemas, la toma de decisiones en tiempo real,…) a través de un juego, con el aval que ello supone en términos de motivación. Allí deben caer los mejores pedagogos, las personas más desprendidas, los egos menos inflamados; allí, a la escuela, pública o privada, deben acudir nuestros mejores hombres (y mujeres) armados de estrategias motivadoras y marcadores sin pilas, pilas que no pondrán hasta que los chicos (y chicas) se exploren a sí mismos y se conozcan también a través del otro, hasta que no conozcan, no las reglas, sino su sentido, y hasta que amen entrenar por entrenar.

Luego déjenme marcar dos puntos para la agenda 2020:

   1.     Jibarización del actual modelo de competiciones, artificialmente inflamado por asunción de una herencia insostenible. ¿Cómo? Incrementando, con sus correspondientes medidas transitorias, los estándares de exigencia a los diferentes proyectos (pagar un aval y un canon no es garantía ninguna de que se van a hacer bien las cosas). Este hecho repercutirá en una mejora radical del nivel de las competiciones, de los departamentos de comunicación, marketing, medicina, fisioterapia,… de los clubes. También de sus cuerpos técnicos, obligados a sacar lo mejor de sus jugadores, que tendrán un mayor aliciente, pero al mismo tiempo una mayor responsabilidad. 

    2.      Desarrollar un documento de “Baloncesto en la escuela” como proyecto de asignatura, extraescolar si se quiere (para qué condenarnos a seguir un currículo decimonónico), o alternativa para que los padres puedan llevar a sus hijos a formarse en mil competencias transversales mientras juegan al baloncesto, un deporte que en sus 128 años de historia se ha caracterizado por su natural fusión con la academia sin renunciar, al mismo tiempo, a ser un ascensor social determinante en áreas de alta pobreza y (por ende) criminalidad. Este documento deberá incluir una formación para que pedagogos, por un lado, y entrenadores superiores de baloncesto, que deseen participar de este gran programa, subvencionado por fondos públicos, puedan acceder a ella. Y este programa, al contrario que el curso de entrenador superior o el Máster de Secundaria, deben capacitar y certificar convenientemente, sin que a nadie le tiemble el pulso, a los pocos perfiles capaces de convertir al baloncesto en esa varita mágica que puede llegar a ser y que a veces reducimos al pobre arte, muchas veces aburrido, como dice Popovich, de meter o fallar canastas.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS