Un cuento de primavera




Son las 5.12 de la madrugada. España aún se encuentra en el hemisferio no iluminado por el sol y en la televisión sólo hallo mujeres gordas jugando al solitario con naipes de un tamaño descomunal (tarot creo que le llaman). En esta noche de doce horas no he podido conciliar el sueño más de cuatro. Al menos este insomnio primaveral no me ha cogido de improviso. Además, para mi fortuna, un cuarteto de jazz consigue mantenerme en un agradable estado de semiconsciencia. Al parecer la oferta de Antena 3 mejora mucho por la noche. Qué suerte para los búhos.

Más allá de los porqués de mis desórdenes de sueño y ya que he despertado en medio de la nada, me gustaría contaros una bella historia, la misma que cada día, antes de acostarse, y sólo durante las primaveras, le narraba Kirsten Holden a sus hijos sin necesidad de sujetar entre las manos las tapas de ningún libro. Dicen de ella que está triste, que es habitual verla deambulando por el jardín con una regadera entre las manos. Han pasado varios meses desde que su segundo vástago abandonara el hogar para alistarse en una academia militar y sólo ha transcurrido un par de años desde que su marido muriera en Afganistán. La casa se le hace grande y el tiempo le parece infinito. Por ello, para ayudarla a sobrellevar la tormenta, y para sentirme niño otra vez, le pedí a Kirsten que me relatase el cuento de todas las primaveras.

Lo vivió de cerca. Tan de cerca que, aún hoy, 27 años después, recuerda todos los detalles. Ella, como otros diez mil jóvenes, estudiaba en la Universidad Católica de Vilanova, en el estado de Pennsylvania, en un suburbio situado al noroeste de Philadelphia y, por tanto, a escasos kilómetros de una de las catedrales de los derechos civiles y las libertades, en las proximidades del germen de los Estados Unidos de América del Norte, faro, por suerte o desgracia, para todos los que navegamos sobre las turbulentas aguas de este planeta. 



Era 1985. Ronald Reagan y Margaret Thatcher gobernaban el mundo con puño de acero instaurando muchos de los principios que están en las bases de la actual crisis (degeneración del Estado del Bienestar, firme creencia en los axiomas del FMI y del Banco Mundial, barra libre para las instituciones de crédito,...). Y así, mientras el mundo se volvía cada día más injusto negándosele a los desgraciados la oportunidad de vivir con dignidad, el baloncesto se erigió como el último reducto para los soñadores.

La Universidad de Vilanova compite cada año en la conferencia Big East junto a pesos pesados de la entidad y tradición de Connecticut, Syracuse o Georgetown. El baloncesto siempre fue el deporte estrella en el campus, pero hasta aquel maravilloso 1985 los Wildcats, como se conoce a los alumnos del college, no habían logrado triunfos de relevancia. Sin embargo, tras vencer a Pittsburgh en el primer partido del torneo final de la Big East los chicos de Vilanova se aseguraron una plaza en el “Gran Baile”. 



Décimo cabeza de serie de su región, el equipo entrenado por Rollie Massimino y liderado por la tripleta de jugadores seniors (jugadores de cuarto año) que conformaban Eddie Pinckney, Gary Mclain y Dwayne McClain, no aparecía entre los cuarenta mejor colocados en las apuestas. Aquel torneo, el de 1985, fue el primero que contó con 64 equipos y, a su vez, fue el último que se disputó sin reloj de posesión. 

El cuento empieza en Dayton, Ohio, sede de las reuniones que pusieron fin a la Guerra de Bosnia. Por entonces la NCAA no exigía que los partidos se disputaran en cancha neutral. Y allí, en el Medio Oeste, empezó a obrarse el milagro. Con empate a 49 los chicos de Dayton tenían la última posesión (quedaban sólo 70 segundos). Sin embargo, un mal pase fue cortado por Pressley. Massimino ordenó jugar a las cuatro esquinas para agotar el tiempo, pero una desordenada presión de los locales posibilitó que Jensen driblara hasta el aro sin oposición para anotar la canasta ganadora. Los wildcats iban de frente. No tenían los jugadores para ganar jugando rápido y bello. Los 55 tipos de defensa que practicaban son buena prueba de ello. Tampoco nadie se lo exigía.

La canasta de Jensen unió mucho al equipo. Todos sabían lo mal que lo había pasado el jugador durante la temporada debido a la enorme presión que se imponía a sí mismo. Tras vencer a Dayton hicieron lo propio con Michigan State, primer cabeza de serie y con la Universidad de Maryland en la que ya impresionaba el malogrado LenBias. Los wildcats estaban a 40 minutos de jugar la primera Final Four de su historia. Esperaba la todopoderosa Carolina del Norte. Con 22-17 abajo al descanso y tras observar la angustia que impregnaba el rostro de sus jugadores Coach Massimino tras tirar una silla en el centro del vestuario tomó la palabra: “No necesito esto”, gritó. “Lo único que me apetece ahora es un gran bol de espaguetis con salsa de almeja. Salid ahí fuera y jugar”. Los jugadores rieron y soltaron los nervios. La segunda parte fue, simplemente, espectacular. Con 56-44 arriba y a falta de un minuto de juego, DeanSmith, el mítico entrenador de North Carolina, ordenó a sus jugadores que dejaran de luchar permitiendo que los chicos de Vilanova celebraran su triunfo sobre el parqué. Al fin y al cabo, era su momento. Él ya tuvo muchos antes.

Las maletas ya estaban preparadas y miles de wildcats se pusieron rumbo a Lexington, Kentucky, la ciudad donde se celebra la famosa carrera de caballos, El Derby de Kentucky, y en cuyo alfoz crece la sedosa Kentucky Blue Grass. Allí, junto a Vilanova, se citaron Memphis State, St. John´s y la gran favorita, la Georgetown del imparable Patrick Ewing. Una universidad estatal y otras tres católicas. Todo un hito para los campus de esta confesión. 



La fortuna quiso que el rival fuera Memphis State. St John hubiera supuesto un cruce mucho más complicado al haber tenido que soportar emparejamientos más desfavorables. La alternancia de defensas individuales y zonales desordenó el ataque de Memphis State. Andre Turner (sí, el mítico Andre Turner), base de los Tigers, se volvió literalmente loco al tratar de leer la defensa que le planteaban los Wildcats. Finalizado el partido, y en función de lo antes mencionado, los chicos de Massimino se sentaron en la grada para animar a los Hoyas de Georgetown, vigentes campeones y famosos en todo el país por aquello que se conoció como “The Hoya Paranoia” a la que pronto dedicaré un post. Con Pat Ewing en su año senior, los chicos de John Thompson, el entrenador, atemorizaban a los rivales. Abusaban de ellos llevando a cabo una presión asfixiante a todo el campo que limitaba la importancia del factor tiempo con el que muchos equipos contaban. Para muchos analistas, el equipo de Georgetown del primer lustro de los ochenta está a la altura de los imparables equipos de UCLA entrenados por John Wooden. Palabras mayores. 



Ganaron los Hoyas. Los wildcats tenían la final soñada y, como todos los años, el primer lunes de abril (1 de abril de 1985) la nación se sentaba frente al televisor para asistir a uno de los eventos deportivos del año. Y aquel año lo hacía dividida. Por un lado, los chicos de Georgetown representaban a las clases populares y humildes. Ewing y sus compañeros habían superado numerosas acciones racistas y, por ello, se habían erigido en el espejo en el que se fijaban numerosos jóvenes de raza negra. De no haber sido Vilanova su rival, ellos hubieran gozado del favoritismo del gran público. Pero la cenicienta siempre es la cenicienta. Y ella siempre nos enternece.

Coach Massimino preparó a conciencia el partido. Apostó por presionar en zona para luego ajustar en individual. Pretendía que Georgetown jugara ataques contra zona frente a una defensa esencialmente individual. Además doblarían a Ewing con ayudas desde el alero en lado débil. Para el ataque no había plan especial. Balones a Pinckney, que por alguna extraña razón se crecía ante Ewing y confianza en el físico y la cabeza de McLain, el base que habría de disputar 40 minutos perfectos.

Tras la comida, algo que no había hecho nunca, el entrenador se dirigió a sus jugadores: “Id a vuestros cuartos, tumbaos en la cama e imaginaos levantando el trofeo. No juguéis para perder. Jugad para ganar”. Pocas horas después los chicos saltaban a la cancha. Toda vez que los entrenadores chocaron sus manos el partido estaba a punto ya para comenzar. “Entonces supe que íbamos a ganar. Me sudaban las manos”, afirma Massimino adornando aún más la leyenda.

Las primeras acciones desbordaron a los Hoyas. Su entrenador no se lo creía y hubo de pedir un tiempo muerto tras un mate de Dwayne McClain. Y Thompson se equivocó. Georgetown bajó las líneas y se situó en una defensa 1-3-1 poco presionante. En más de dos ocasiones los jugadores de Vilanova consumieron más de 45 segundos. Aun así, las rápidas manos de los Hoyas provocaron 17 pérdidas a los wildcats. El único pero a un partido que todos los diarios, desde el New York Times hasta el Washington Post, calificarían como perfecto. Aun así, al descanso el marcador señalaba un ajustado 29 a 28 a favor de Vilanova. Y de nuevo la mística, el halo que envuelve a este episodio de la historia del baloncesto. El propio Pat Riley quiso saber, un día que se encontró con Pinckney en un ascensor, qué fue lo que Massimino le dijo a sus chicos. Pero esto, por el momento, no lo sabemos. Mejor que quede así para siempre.

Lo cierto es que el inicio de la segunda mitad fue bueno y a falta de poco más de seis minutos ganaban 53 a 48. Sin embargo, tras un arranque de orgullo por parte de los de Georgetown la canasta decisiva sería anotada a falta de 2:43, cuando tras una posesión de 62 segundos Jensen, de nuevo Jensen, anotaba un tiro abierto que les ponía en franquicia. A partir de ahí un carrusel de tiros libres terminó por dibujar un ajustado marcador de 66-64 que provocaría el delirio entre las gradas y el inicio de una fiesta que no expiraría hasta el amanecer. 



Ni siquiera el shock que provocaron las palabras de Gary Maclain, el base que resistió los 40 minutos de la final con sólo dos pérdidas de balón, al publicar en Sports Ilustrated un artículo en el que pone de manifiesto su adicción a la cocaína y el consumo descontrolado de esta sustancia que llevó a cabo durante la temporada del título, pudo empañar el mérito de aquella familia que, unida en torno a los valores de su Universidad y, sobre todo, de la figura de su entrenador, Rollie Massimino, consiguió hacer realidad un sueño. Un sueño que se convirtió en leyenda. Una leyenda que cada primavera, en las afueras de Philadelphia, las madres leen a sus hijos para explicarles que no hay reto tan lejano que no pueda ser tocado con los dedos.

Haced llegar esta historia a todos los que se sienten desvalidos y sin fuerzas. Contadles que ellos ya lo lograron que, contra todo pronóstico, frente a rivales más grandes y técnicos, lo consiguieron. Gracias a la inspiración y a la fe. Al valor y al trabajo. Y os puedo decir que, aunque se trate de un cuento de primavera, su mensaje no entiende de estaciones.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

5 comentarios:

Explorador dijo...

Precioso. Me pregunto porque nos cuesta tanto enfrentarnos a nuestros propios límites. Una historia impresionante, e impresionantemente contada :) Creo que nos veremos pronto. Mientras tanto, haz más así...a horas menos intempestivas, si puede ser. Dapenatres y Telahinco por la noche son para intelectuales ;)

¡Un abrazo!

Mo Sweat dijo...

Una historia sensacional... Bonitas palabras finales. Y muy ciertas.

Estaré esperando el post sobre Georgetown...

Saludos.

ivan Mcgrady dijo...

Muy grande Juanjo esta historia junto a la d los hoosiers en los 50 y la d butler aunque perdiera los dos ultimos años son d las mas bonitas del basket americano De este partido hablaba siempre como su favorito Antonio Rodriguez eL unico comentarista que merecia la pena del plus junto a daimiel y posiblemente el periodosta que mas sepa de baloncesto de este pais con diferencia aunque claro no tenia el enchufe ni los contactos d otros,si tienes el link con el partido subelo al foro juanjo k es dificil d encontar un saludo.

Charlie dijo...

Una maravillosa historia contada de forma sensacional. Yo tammbién espero el post sobre Georgetown.

Saludos!!!

Juan José Nieto dijo...

Muchas gracias a todos. La historia en sí es maravillosa. El mérito fue de los wildcats.

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