Last dance



Hace pocos días me decía un amigo que una de las pruebas más palpables de que uno se va haciendo mayor es ver cómo tus ídolos de infancia se van retirando. Así, al igual que toda una generación empezó a contarse las canas a medida que se despedían del parqué los Sibilio, Solozábal o Corbalán, otras hicieron lo mismo al tiempo que Ewing, Olajuwon, Robinson, Jordan, Pippen o Malone se convertían en figuras de Youtube.

Hay más señales. Así, otro indicador inequívoco del paso de los años lo constituyen las caras de extrañeza que muestran los chavales cuando les hablas de jugadores a los que has admirado profundamente. Para ellos son nombres, batallitas de abuelo trasnochado. Para ellos el pasado es un tiempo que no hay que remover. Ellos piensan en el ahora y en el mañana. Creen que todo está por construir y no valoran el camino recorrido por los que estuvieron antes.

Y todo esto a cuenta de qué, os preguntaréis. Resulta que toda una camada de jugadores que llegaron a la NBA a finales de los 90 se encuentra apurando sus años de baloncesto. Entre ellos los miembros más destacados y longevos de aquella promoción que el genial Andrés Montes bautizaría como Generación Plus por llegar a la liga en el mismo momento en que la plataforma digital adquiriera los derechos. Resultaría más certero hablar en singular pues, aunque Jerry Stackhouse siga haciendo sus pinitos, el único superviviente con mayúsculas de aquella generación es Kevin Garnett, el primer representante de toda una larga lista de jugadores que, y hasta que se impuso una edad mínima obligatoria, llegaron a la liga directamente desde el instituto. El 5 de los Celtics finaliza contrato esta temporada y, pese a haber sufrido una grave lesión de rodilla, a sus 36 años aún se mueve en cifras próximas al 20-10. 



Un año más tarde, elegidos en el draft de 1996, llegarían a la liga jugadores con enormes dosis de talento. Desde Georgetown, factoría habitual de grandes pívots, (Patrick Ewing o Alonzo Mourning entre otros) irrumpiría todo un icono, Allen Iverson. El escolta de los Sixers elevó a dogma aquello del “menos es más” y sacó el máximo rendimiento a su escaso 1,80 de estatura. Fue elegido MVP de la liga y llevó a un pobre equipo de Philadelphia (en una paupérrima Conferencia Este todo hay que decirlo) a las finales de 2001. Yo, aun reconociendo el escaso grado de simpatía que siento por su juego (individualista y poco inteligente), interpreto que Iverson fue uno de los grandes estandartes del período post Jordan y uno de los que más hizo porque la NBA se consolidase como un producto global. Para el bueno de Allen, me temo, ya no habrá último baile. La música se paró de golpe toda vez que el baloncesto dejó de ser, para él, la más importante de las cosas poco importantes.



Sí que habrá, en cambio, un último baile tanto para Ray Allen como para Kobe Bryant a los que, las malas lenguas, atribuyen una íntima relación de odio recíproco. El primero, Ray, llegó a la liga con el aval de un triunfo universitario con Connecticut. El segundo, el joven escolta de Philadelphia criado en Italia e hijo de jugador, no llegaría a pisar la Universidad. El primero, un tirador muy fino. El segundo, un ganador obsesionado con la figura de Michael Jordan. Con 37 y 33 años otros estarían dando sus últimos coletazos. Sin embargo, viendo cómo han cuidado su cuerpo a lo largo de los años, todo hace indicar que aún les queda mecha para rato. Kobe, desde luego, es un hombre embarcado en una misión. No descansará hasta ganar más anillos que Jordan y hasta superar todo tipo de récords. Desde luego, muchos de ellos tendrán que ver con la longevidad y es que no se atisba el final de una carrera que siempre quedará marcada por el hecho de que tres de sus cinco campeonatos llegaran a la sombra de Shaq. 



A esta misma camada, aunque tuviera que esperar más tiempo para confirmarse entre los grandes, pertenece Steve Nash. Si bien demostró desde el principio una enorme visión de juego, su momento de madurez llegaría tras abandonar la asociación que formaban junto a Nowitzki en Dallas. Así, en Phoenix, asumiendo las labores de entrenador en la cancha, el señor Nash conquistó dos MVP de la temporada para llevar a su equipo a las puertas de las finales. Aún hoy, junto a un Grant Hill aún más añejo, el genial base aspira a colocar a su equipo entre los ocho mejores de la Conferencia Oeste. 



Tras la lesión en el tendón de aquiles de Chauncey Billups y las continuas dolencias de espalda del imprevisible Tracy McGrady, se puede decir que del draft de 1997 sólo sigue dando guerra, y de qué forma, el señor Tim Duncan. Indiscutible número 1 de su promoción, dos años le bastarían al pívot de Wake Forest para, cual genio de Disney, cumplir el deseo de un David Robinson, que hasta entonces se había sentido muy solo en la pintura. El mejor ala pívot de la primera década del tercer milenio ocupa, merecidamente, un puesto entre los diez mejores jugadores de la historia y, a fecha de hoy, en su decimoquinta temporada, aún promedia 15 puntos y 9 rebotes. Que nadie descarte a un equipo entrenado con Popovich, con Ginobili en el 2, Duncan en la zona y Parker en la base. La de los Spurs, como la de la Coca Cola, es una fórmula secreta destinada al éxito. 



Tanto Dirk Nowitzki como Paul Pierce se dejaron lo mejor para el final. Empezaron titubeantes en la liga. Anotaban con facilidad, dominaban a sus oponentes, pero no ganaban. Tanto el gigante alemán como el irreverente chico de California fueron relegados a posiciones medias de un draft, el de 1998 que colocó en el número 1 a Michael Olowakandi, más conocido por tirarse a la rubia de España en aquellos momentos, Paula Vázquez, que por sus habilidades sobre el parqué. Apuntaban maneras Jamison y Carter. No defraudaron. Los dos productos de Carolina del Norte han llevado a cabo interesantes carreras en la NBA. Sus alforjas están llenas de puntos. Casi tanto como de derrotas. Así, serían el 9 y el 10 del draft, Dirk y Paul, amantes ambos de los ritmos lentos, los que triunfarían en la gran escena. Lo han hecho pasada la treintena, siendo conscientes de que sólos no podían. Se rodearon de fieles compañeros, se embriagaron de la química de equipo. Y entonces saborearon el éxito. Nowitzki sigue siendo uno de los 5 mejores de la liga y Paul, el capitán e ídolo de un equipo al que odiaba cuando era un niño. A los dos les queda un nuevo intento. 



Kevin Garnett, Ray Allen, Kobe Bryant, Steve Nash, Tim Duncan, Dirk Nowitzki, Paul Pierce. Enseñas de una generación de jugadores que han visto como muchos de sus coetáneos (Iverson, Marbury, McGrady, Antoine Walker) se perdían por sendas alejadas de las pistas. Ellos formarán parte para siempre de mi recuerdo. Serán mis particulares Magic, Bird o Jordan. Serán las estrellas que adoré de niño y añoraré de adulto. Por suerte para mí y también para quienes los descubren ahora, aún les queda un último baile. Todo gracias a su profesionalidad. Todo, por el amor que profesan hacia el deporte de la canasta.

Tengo que reconocer que fue este último baile el que me inspiró. No el de Donna Summer, que también. Me refiero al de un Larry Bird prácticamente inmóvil debido a sus problemas de espalda. Fue un 15 de marzo de 1992. Fueron 49 puntos, 14 rebotes, 12 asistencias. No lo pude ver, pero me lo contaron. Eso mismo haré el día de mañana. ¿Lo harás tú también?



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

3 comentarios:

El contemplador azul dijo...

Genial entrada, llena de recuerdos. Jugón!

Anónimo dijo...

Hombre, Juanjo, el 15 – 8 de Garnett esta temporada sí que está un poco lejos del 20 – 10. Aunque tiene muy buenos porcentajes, eso sí.

Coincido contigo en casi todo. Cuando Duncan, Kobe y Ray Allen se retiren, no quedará ninguno de los jugadores que he seguido desde siempre. Y es que eso de que uno se hace mayor cuando sus ídolos se retiran me parece una gran verdad. Espero que Kobe juegue hasta los 50, así podremos engañarnos unos años más.

Buena entrada.

Abrazos

Dani Legend

Explorador dijo...

Que bueno. Supongo que cuando te haces mayor, dominas los secretos del oficio y simplificas hasta hacerlo parece fácil. Que difícil es eso.

Y además, todo tiempo pasado siempre parece mejor, aunque sea una ilusión...

Un abrazo :)

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