el basket perjudica seriamente la salud





El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define banquillo, en su primera acepción, como el asiento en el que se coloca el procesado ante el tribunal. En la segunda, la propia del deporte y, por tanto, del baloncesto, viene definido como el lugar de espera de los jugadores reservas y entrenadores, fuera del juego.

Sin dudar, faltaría más, de la formación de nuestros académicos, me atrevería a afirmar que es más certera la primera que la segunda, al menos desde el punto de vista del entrenador. Así, si asimilamos la figura del tribunal con la de la directiva o el público, el entrenador no deja de ser el procesado que en cada juicio, partido, debe defender su inocencia, es decir, la eficacia de su trabajo, sentado en un banquillo. Y, créanme, el banquillo para el técnico no pasa por ser un lugar de espera. Menos aún, un lugar fuera del juego.

Durante los cuarenta, o cuarenta y ocho, minutos de juego, el entrenador puede tomar infinidad de decisiones con repercusiones directas en el devenir del encuentro. Acertar con los jugadores que han de estar en cancha en cada momento, realizar ajustes defensivos, interpretar qué sistemas pueden hacer más daño a las defensas rivales o presionar en la justa medida a los árbitros son medidas que pueden determinar el triunfo y que, a su vez, resultan agotadoras. Quizá esté exagerando, pero el desgaste mental que sufre un entrenador en la dirección de un partido puede, en función del nivel del mismo, aproximarse al que padece un jugador de ajedrez. Y ello, amigos, debería hacernos ser indulgentes ante actuaciones como las que presento a continuación.

Debió de ser duro, para un apasionado del baloncesto como es Jerry Sloan, comprobar que su mejor jugador, Deron Williams, había perdido su confianza en él hasta el punto de erigirse en el cabecilla de un motín que tenía como fin último hacerle la cama. Tras ese incidente el Alcalde de Tacañón, como le llamaba Andrés Montes en honor a su fama de cicatero, dejó el banquillo de los Jazz no sin antes habernos regalado alguno de los más rudos enfrentamientos con árbitros, propietarios y jugadores rivales. 





Tampoco fue fácil, para Tim Floyd, hacerse con las riendas de los Chicago Bulls tras la descomposición del equipo en 1999. La Ciudad del Viento se convirtió en un solar con la partida de Jordan, Pippen o Rodman y aquello debió de pasarle factura al bueno de Floyd quien, ya como técnico de la Universidad de Southern California, nos dejó una hiperbólica ida de olla. 



Si tu principal aval es la preparación defensiva de tus equipos y, uno de tus jugadores, tras innumerables sesiones dedicadas a esta faceta, falla en una rotación, lo normal es actuar como Tom Thibodeau. Más aún, si como él, estás soltero y al llegar a casa, en vez de una ración de cariño y comprensión, te vas a encontrar con un triste sandwich de pollo que dejaste preparado por la mañana para no tener que cocinar. Korver, como cantaba Luis Eduardo Aute, simplemente pasaba por allí. 



Como pasaba por allí Pau Gasol. El jugador que, con su llegada, convirtió a los Lakers de equipo de playoff en claro aspirante al anillo. Cuando creía olvidados los tiempos en los que la prensa le tildaba de blando (también aquellos otros en el que los diarios de Memphis afirmaban que James Posey era el mejor jugador del equipo por encima del de Sant Boi), fue Phil Jackson, el Maestro Zen, quien en su penúltimo partido quiso hacerle un homenaje a Luis Aragonés y confundiendo a Gasol con Eto´o, empujó al bueno de Pau haciéndole ver que sólo siendo más agresivo podrían repetir título, obviando el hecho de que tanto Bynum como Bryant eran tan responsables de las derrotas como el español. 



Y si los jugadores han cumplido con el guión y los árbitros han actuado con justicia, aún está la prensa para hacerte perder el control. Y si no que le pregunten a Jim Calhoun, el exitoso entrenador de Connecticut, quien mandó callar con vehemencia al Pipi Estrada de turno tras una incómoda cuestión. 



Jim Boeheim, por su parte, es uno de los gurús del baloncesto control. No se lo he preguntado nunca, pero apostaría dinero a que el ayudante de Coach K en la selección de Estados Unidos estaría dispuesto a introducir posesiones de minuto y medio en el juego. Su defensa zonal 2-3 se estudia como ejemplo en las escuelas de entrenadores. Sin embargo, ante un simple acople de sonido, no pudo mantener la calma. 



Y si Boeheim o Calhoun son eminencias en el baloncesto universitario, Bobby Knight es simplemente una leyenda. Sin embargo, un año después de conquistar los Juegos Olímpicos de 1984 y en plena disputa del derby estatal entre Indiana y Purdue, Bob perdió el control de la situación ante la señalización de dos faltas, una en la lucha por un balón suelto y otra por un leve contacto. A continuación, cuando los chicos de Purdue iban a sacar de fondo, Knight recibió una técnica que supuso la gota que colmó el vaso de su paciencia. Con una precisión de arquero y haciendo gala de una sangre fría al alcance de unos pocos elegidos, el mito tomó una silla y la lanzó rodando por delante del encargado de lanzar los tiros libres. Así, mientras la grada aclamaba su nombre durante los tres eternos minutos que tardó en abandonar la cancha (ante una estruendosa ovación), los árbitros experimentaron en sus carnes el miedo de haber sacado de sus casillas a uno de los héroes del baloncesto americano dentro de su propio cortijo. El ambiente no podía estar más caldeado y, para colmo, el entrenador oponente solicitó tiempo muerto con la intención, supongo, de calmar los nervios de sus huestes en lo que, a la postre, supondría un tremendo error. Durante el tiempo muerto, cheer leaders y animadores calentaron a la grada y, a continuación, Steve Reid, un tirador del 95% sólo podría anotar tres de los seis tiros libres ante la presión ejercida por el público (curiosamente los dos primeros y el último). Ganó Purdue 72-63, pero aquel partido será recordado, para siempre, por la silla de Knight. Es más, veinte años después, en una entrevista, el propio Steve Reid reconocería que estaba nervioso y asustado. Cómo para no. Tras las disculpas de Knight al día siguiente, el entrenador sería sancionado por un partido. Eso se llama respeto. A ti o a mí (o a Garzón) nos habrían suspendido para toda la temporada. 



Baloncesto. Nervios y tensión. Dinero y orgullo en juego. Pasión por un deporte que, como el amor, perjudica seriamente la salud.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

3 comentarios:

Explorador dijo...

Juer, que interesante, no conocía la mitad de las cosas que pones. Me quedo con lo de Sloan. Todavía no comprendo como un niñato pudo armar ese estropicio...pero ahora estamos jugando bien :)

Un abrazo!!

Juan José Nieto dijo...

Bueno, has podido comprobar que le costaba mantener la cabeza fría. Es más fácil entrenar a un grupo dominado por gente cabal como Malone o Stockton que mediar entre los nuevos millonarios sin estudios.

Javier Palao dijo...

Es todo comprensible.... :)

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