En el nombre del padre




El verdadero valor de un hombre se pone de manifiesto al educar a sus hijos. Y este valor está en función de lo que les da, pero también de los peligros de los que les mantiene alejados. Está en función de lo que les enseña, pero también de lo que les permite aprender por sí mismos”. (Lisa Rogers)

Hoy, 19 de marzo de 2012, 200 años después de que nuestra nación despertara de un letargo demasiado prolongado, y que luego se prorrogaría hasta 1978 (si es que aún no seguimos dormidos), se celebra la festividad de San José y, desde 1948, gracias a la iniciativa de una profesora zamorana, también el Día del Padre.

Salvo en supuestos más o menos excepcionales, la figura del padre está irremediablemente ligada a nuestras vidas. Ellos, además de poner la semilla, están llamados a protegernos, en el más amplio sentido de la palabra, hasta que podamos volar con plena libertad y seguridad. Nos educan con sus palabras, pero sobre todo con sus silencios, cuando hacen y cuando dejan de hacer, cuando nos premian o nos castigan. Sufren cuando sonríen. Lloran cuando no les vemos. Siempre están, aunque a veces no lo parezca.

Sin embargo, y aunque desconozco los entresijos de la investigación, me atrevo a apostar que los dos ladrones que, haciendo uso de una pistola del calibre 38, asesinaron por la espalda a James Raymond Jordan un 23 de julio de 1993, no gozaron de un referente paterno en condiciones, de alguien que les inculcara las nociones más básicas para discernir entre el bien y el mal, esos dos polos contrapuestos que algunos relativistas quieren aproximar para justificar cualquier tipo de actuación. Después de 19 años, aquel incidente sigue estando calificado como de “violencia aleatoria”. “Le podría haber pasado a cualquiera” afirmaron fuentes policiales. Así, el 3 de agosto, flotando sobre las superficiales aguas de un pequeño arroyo de Carolina del Sur, apareció el cuerpo inerte del padre del mejor deportista de todos los tiempos. Aquél fue el factor que desencadenó el abandono de las pistas de un Michael Jordan que se encontraba en el mejor momento de juego de su carrera. Pocos días antes, en el mes de junio, había levantado su tercer campeonato dando una genial exhibición delante de un aspirante, su buen amigo Charles Barkley, que jamás se recuperaría de aquel golpe. Los 55 puntos anotados en el cuarto partido de aquellas finales son hoy, todavía, la segunda mejor anotación en unas finales empatando con Rick Barry y quedándose seis puntos corto de los 61 que anotara Elgin Baylor en el año 1962. Ello como prueba de que Jordan podía haber seguido conquistando títulos y marcas individuales de no haber cambiado el basket por una incursión poco productiva en el mundo de la Major League of Baseball, el deporte favorito de su padre. Ello, como muestra, del desconcierto vital en el que se introdujo Michael al ser consciente de que su mayor referente vital no volvería a entrar por la puerta para decirle: “Hey, Michael, no entiendo cómo has podido fallar ese tiro”. 



Raymond Jordan era un militar con una estricta noción de la disciplina. No tuvo reparos a la hora de empujar hasta el límite a sus hijos en diferentes especialidades atléticas. Desde un punto de vista humano, como sucede también con otros mentores de grandes deportistas, (estoy pensando en Toni Nadal o en la madre de Martina Hingis) el modelo de Raymond es despiadado y nocivo. No todos los chicos están preparados para soportar un número tan elevado de horas de entrenamiento y para comprender que su padre no es el hombre en el que se pueden apoyar en los malos momentos. Sin embargo, Michael Jordan le estará agradecido de por vida porque de él heredó el gen competitivo que le elevó a los altares de nuestro deporte.

Un deporte al que regresaría en marzo de 1995. Poco antes era habitual verle entrenando el tiro por su cuenta en el gimnasio de los Bulls. Phil Jackson, gran conocedor del carácter de Michael, estaba seguro de que pronto le verían de corto. Sin embargo, la poca atención que prestó al acondicionamiento físico y el déficit de acoplamiento con sus nuevos compañeros fueron las causas principales de una sonrojante derrota en playoffs frente a los emergentes Orlando Magic de Shaquille O´Neal y Penny Hardaway. Pero había un verano por delante para entrenar duramente y llegar preparado a octubre, fecha en la que comienzan a prepararse los equipos. Y en octubre de 1995 Michael Jordan sí estaba listo para volver a liderar a los Bulls hacia un nuevo campeonato. Tenía mucho que demostrar. Y una herida por cerrar.

Y el baloncesto se hizo poesía. Y el poema se tituló 72-10, balance de victorias-derrotas de aquel equipo considerado, por muchos, el mejor de todos los tiempos. Con Kukoc saliendo desde el banquillo, con Pippen cada vez más maduro y Rodman haciendo todo lo que no captan las cámaras, la versión 2.0 de los Chicago Bulls superó a la previa, ya gloriosa, del período 91-93 y que en 1992 ya había alcanzado el fantástico número de 67 victorias. Los Heat de Riley, los Knicks post Riley y los Orlando Magic sólo pudieron robarle un partido de doce a la imparable máquina de rojo y blanco que eran aquellos Bulls liderados por un Jordan cada vez más simbiotizado con el juego.

Los Sonics de Seattle no se lo pondrían tan fácil. Gary Payton, The Glove, se erigiría en el mejor defensor al que jamás se había enfrentado Jordan (en dura competencia, eso sí, con John Starks y Joe Dumars), quien, probablemente, desarrollara durante esta serie su peor juego en unas finales. Payton, una suma de pies rápidos, manos hiperactivas y lengua viperina, formaba junto a Kemp una asociación perfecta. Ellos dos, bien acompañados por hombres del talento de Sam Perkins o Detlef Schhrempf, apelaron al orgullo de toda una franquicia, y también de toda una ciudad, para recuperarse del 3-0 inicial y devolver la serie a Chicago para su resolución. Con 3-2 a favor, el destino quiso que el sexto partido tuviera lugar el tercer domingo de junio, Día del Padre en los Estados Unidos de América del Norte. En Chicago, frente a su afición, en una cancha, el United Center, que había heredado el calor del Chicago Stadium y en cuya fachada principal ya lucía, imperial, una estatua dedicada al mítico número 23.

Para la estadística quedará el pobre 5 de 19 en tiros de campo de Michael bien acompañado, eso sí, por 9 rebotes, 7 asistencias y un 11 de 12 en tiros libres. Para la historia, para el emocionado recuerdo de todos los que nos dirigimos a Jordan como el Dios disfrazado de jugador de baloncesto al que se refiriera Bird en su día, aquel porcentaje será una anécdota que en absoluto ensombrecerá el momento en el que, una vez finalizado el partido, Jordan se lanza sobre el balón para llorar desconsoladamente junto al amigo que nunca le traicionó, el mismo que cuando era niño, entre susurros, le pidió que le hiciera caso a su padre, que sería duro pero que estaba llamado a ser el más grande. Intentaron levantarle varias veces y fracasaron. Era el momento de ellos tres. Del balón, de Michael y de su padre. 




Aquel Día del Padre en Chicago, mientras Michael Jordan cerraba su herida, el mundo comprendía que, a pesar de ser el mejor, también él era humano. No fue un anillo más. Fue el regalo que nunca le pudo entregar a James Raymond Jordan, su padre. Dios le tenga en la gloria junto al resto de padres que, siguiendo uno u otro manual, se dejaron cada día la piel por sus hijos. 




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

4 comentarios:

Javier Palao dijo...

Grande JJ, grande!

JordanyPippen dijo...

Juanjo simplemente excepcional la entrada
Me ha encantado 'el poema se tituló 72-10'

Mo Sweat dijo...

Tremendo post. Gracias.

Saludos.

Juan José Nieto dijo...

Muchas gracias a las tres. Es fácil hablar sobre un momentazo como fue aquel cuarto anillo. Jordan nos dejó tantos momentos míticos que es difícil que algunos que intentan compararse con él resistan dicha comparación.

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