Un oficio del siglo XXI







Entrenar es ante todo un oficio, una “ocupación habitual”, un arte que se puede aprender, pero que en el que las dosis de inspiración marcan enormes diferencias. Al contrario que en los viejos talleres la tarea se enseña mientras se aprende, se absorbe haciendo y deshaciendo, errando de manera más o menos patente o prudente. No hay oficiales que compartan todos los secretos ni aprendices dóciles que los tomen al pie de la letra. Hay jerarquías, sí, pero van y vienen al compás disarmónico de los resultados, la fama y un prestigio no siempre bien ganado. O perdido.



No se entrena ni por dinero ni por prestigio. Si nunca te planteaste entrenar sin recompensa monetaria, olvídate, naciste para este mundo, pero no para este oficio. El placer de enseñar debe ser suficiente, al menos en los comienzos, para saciar el innato apetito de educar. Ojo, no saquen tajada de esto los directivos de los clubes; cuando la responsabilidad se incrementa y el placer disminuye, ahí deben aparecer los billetes para hacer justicia y darle a cada uno lo suyo.



En este oficio, dicen los que saben, los que saben hoy, matizo (que vaya usted a saber quiénes son los que ganan, ay perdón, los que saben mañana), que todo está inventado. Y yo me pregunto, ¿cómo va a estar todo inventado en una actividad que es suma de artes, ciencias y saberes, que es asunto de unos pocos años y que es reflejo, por definición, de la sociedad y sus cambios? Sólo encuentro dos razones para mantener tan osado y esclerótico discurso. La primera, que es lo más cómodo. Reciclarse cuesta un riñón, unos cuantos euros y unas pocas canas. La segunda, que es una estrategia. Ustedes créanse este discurso y sigan haciendo lo que se viene haciendo porque se ha hecho así toda la vida, mientras yo leo, remuevo e interactúo con otras escuelas de baloncesto y saco el máximo jugo de los recursos humanos de mi plantilla. Y a ver quién gana al final. El baloncesto es un hábito, sí, pero no una costumbre inamovible. Es de ayer, sí, pero también de hoy y de mañana. Como reza el título de la entrada, es un oficio de este siglo, pero también lo será del siguiente. Así que inventen, innoven, creen y, sobre todo, disfruten haciéndolo.



Tengan cuidado. Este oficio, como el amor o el tabaco, perjudica seriamente la salud. La suya y la de quienes le rodean. Pero bendita muerte lenta la nuestra si mientras, durante el proceso, uno se reconcilia con el ser humano en un estadio primitivo, el de la comunidad. Porque no creo que sea parte del oficio de entrenador ejercer de padre o madre, jugar a los médicos ni a los psicólogos o tratar de establecer un corpus jurídico demasiado denso para el funcionamiento diario del grupo. No, se trata de guiar al conjunto hacia unos resultados, deportivos y también humanos, pero siempre en referencia a eso, al colectivo. Porque en la búsqueda de objetivos comunes y protegido por la manada el individuo debe sentirse reconfortado. Conocido su rol, todo lo que le queda es luchar por la promoción social y profesional. Conocidas las reglas, sólo le queda convivir o marcharse. En un siglo en el que las sociedades confundieron complejidad con bienestar, es tarea del entrenador hacerlo simple. Porque el juego, precisamente, cuanto más simple más efectivo. Y bello.



Hablando de belleza, es tarea del entrenador perseguir lo estético y promover lo ético. Y si fuera bello matar no lo dudemos, prohibámoslo. No cabe el conflicto entre la victoria en el marcador y la victoria completa. Algunos atajos pueden resultar atractivos, pero no olviden nunca que una ninfa, Calipso, esbelta y aparente, retuvo a Odiseo durante siete años alejándolo de su hogar.



¿Y cuál es la patria del entrenador si cada poco hace y deshace sus maletas, si en cada puerto se deja un amor, una pluma y un aliento? Pues sus ideas. Ideas expuestas, siempre, al escrutinio de la duda. Duda que no justifica la práctica repetida del adulterio con uno mismo y sus principios. Porque ya lo decía Schopenhahuer, “no hay viento favorable para el que no sabe hacia dónde se dirige”.



Por último un recordatorio. Para despistados o fanfarrones. Este oficio sobrevivirá en tanto que exista baloncesto, mientras haya niños que aspiren a dominarlo o, simplemente, jugarlo con cierta destreza. De su futuro dependerá el nuestro. Sólo por si alguna vez intentan ponerse por encima del propio deporte. O, y esto es más grave aún, por encima de un niño.





UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

1 comentarios:

Javier Palao dijo...

Me alegra ver, que vas mejorando el tono, aún un tanto correoso y cascarrabias (creo que es parte de ser entrenador también, culpa de esa frustrada búsqueda de un perfeccionismo inalcanzable), pero que espero poco a poco se torne en un optimismo casi completo.

Hoy te echamos de menos en salas bajas. Me despido por un tiempo por vacaciones, un descanso de TODO para la psique de tan solo 10 días y volveré por aquí, espero verte por las canchas.

Abrazos!

Publicar un comentario