Querido Parque


baloncesto en el parque Salamanca



Querido parque:



Hoy te he vuelto a encontrar vacío. Solo con tu soledad. Sólo entre tanta gente. Gente en sus casas, me refiero. Gente que ya no conoces porque gente, lo que se dice gente, no son. Y es que los ciudadanos del siglo XXI son meras prolongaciones de un dedo pulgar que, cuentan, es capaz de conectarse con el mundo con la simple ayuda de unas teclas. Un dedo pulgar hiperdesarrollado y ágil producto de una evolución que pretende acabar contigo, vaciarte de sentido, ponerte en contra del progreso y hacerte parecer un mal necesario en cuyo lugar, muchos, embebidos por la acumulación de riqueza, imaginan una nueva mole de hormigón.



Qué paradojas trae consigo lo nuevo. Cómo te explicas, si no, que ahora seas el pulmón de la ciudad cuando antes eras el peor azote de los nuestros. Porque entre el polvo de las pistas y el polen primaveral nos dejábamos el aire persiguiendo a una pelota, a un amigo o corriendo delante de la fauna autóctona (entiéndase en un contexto de supervivencia) a la que solíamos clasificar, groseramente, y aunque no todos lo fueran, como gitanos. Ahora, aunque algunos no lo crean, ni siquiera ellos te visitan. De vez en cuando sacan la guitarra y el arte a la puerta de sus casas, pero ya no juegan, no inventan, no traman. No, al menos, en el parque.



Y eso que parques como tú, hay muchos, miles. Los hay grandes y también pequeños. Los hay, intrépidos, que desnudos se exponen al sol y otros que, en cambio, más tímidos, se esconden entre hileras de árboles. Algunos tienen una belleza singular y otros son singulares porque ninguna otra palabra podría definirlos. En todos conviene, eso sí, ir vestido de oscuro. De lo contrario, el verde del césped, o los restos de barro serán motivo de disputa al llegar a casa. Todos tuvimos uno, como tú, al que bajar, porque al parque siempre se “bajaba”, aunque estuviera en lo alto de un cerro.



Antes, hace unos años, eras un lugar de encuentro irrenunciable del que costaba marcharse. Cuando el sol caía y la cena empezaba a convertirse en una verdadera obsesión para nuestras madres, ante amenazas veladas (“Me voy, Juanjo, ahí te quedas”) y siempre media hora más tarde de lo convenido, terminábamos cediendo y aceptando que tendríamos que despedirnos de ti hasta el día siguiente. Ahora, en cambio, eres lugar de paso. Cuanto más rápido mejor, que al aire libre hace calor, que en tus columpios no venden cerveza, que no hay wi-fi, que no hay tiendas. Que llueve. 


Olvidan que eres el símbolo de la amistad, la catedral de cada barrio, la mejor escuela. Una selva con sus propias reglas, puede que injustas, pero conocidas. Si eres pequeño te piras. Si eres débil también. Si huyes, te persiguen. Si te quedas, te respetan. El parque... La vida.



Sobrevivirás, quiero pensar. Te protegen los planes urbanísticos, la Ley del Suelo y los movimientos verdes. Y si con sobrevivir no te basta, acéptame este consejo. Recorre de nuevo, aunque sólo sea mentalmente, esas pisadas que no son pisadas, que son etapas para jugar a las chapas. Y esos triángulos donde colocábamos las canicas. Y esos maderos doblados del banco donde se enamoraron Ana y Miguel. Y Rosa y Antonio. Y... bueno, muchos más.



Hoy bajé al parque y vi a un niño asomado a la ventana. Y esperando verle morir allí mismo de envidia, imagínate cuál fue mi sorpresa cuando se empezó a reír de un pobre chaval con un balón en las manos. El balón era mío y el chaval era yo. Pero el equivocado no. El equivocado era él, por mucho que sonriera. Por muy sugerente que fuera su próximo plan casero.



Y como él muchos. Y como tú, querido parque, también. Niños y parques igualmente vacíos. Unos por elección, suya o de los padres, otros como consecuencia. Pero si por ti me entristezco, querido parque, porque tus recuerdos irán languideciendo y tú con ellos, por los chicos casi muero. Porque sin un parque al que bajar, los niños no llegarán a conocer por qué para mí y múltiples generaciones de este país y de otros, más en verano, pero también en invierno, fuiste el inconfundible sitio de nuestro recreo, un sitio al que siempre, siempre, podremos regresar. Y lo haremos.





UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

2 comentarios:

Javier Palao dijo...

Entiendo lo que dices, pero.....

Corres el peligro de convertirte en el nuevo Mayor!!

Un post en positivo por dios!!

Explorador dijo...

Oh, gran foto... :)

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