Cuando fuimos los mejores





“Soy una estrella allí en lo alto del cielo, soy aquella montaña de cumbre tan elevada. Sí, lo hice, soy el mejor del mundo”.

El magnífico estribillo de la no menos magnífica canción de R Kelly titulada “The World´s Greatest” es el mejor himno posible para ilustrar cómo nos sentimos aquel verano de 2006 mientras la selección española de baloncesto se ganaba una posición en el firmamento de este deporte.

En estos momentos en que el deporte español es sospechoso habitual ya sea por merecimientos propios o por la envidia de quien no soporta ver a uno de los nuestros en lo alto del podio, me parece oportuno recordar uno de esos logros de los que presumiremos toda la vida.

Calderón era el base titular. El extremeño venía de un primer año en la NBA bastante complicado en el que había asistido en primer plano a los 81 puntos de Kobe Bryant. Sin embargo, en cada partido de este mundial de Japón supo dar al juego el ritmo que se necesitaba. Calderón fue sin duda el Von Karajan de una orquesta bien afinada que se creció ante las dificultades.

En el puesto de escolta Navarro sentó cátedra. Sin tener que recurrir a actuaciones gloriosas estuvo cuando se le llamó y jugó una gran final de campeonato ante los griegos.

Jiménez era imprescindible. Aún lo sigue siendo en el Unicaja de Aíto. Y lo es saltando más bien poco, siendo más bien lento y sin una mano prodigiosa. Carlos Jiménez es el Raúl del fútbol. Un 8 en todo y siempre necesario. En Saitama tuvo actuaciones defensivas estelares y sus ayudas y buena colocación fueron imprescindibles para la consecución del éxito final.

Como ala pívot Jorge Garbajosa dio una auténtica exhibición. En el verano previo a su salto a la NBA y pocos meses después de dar una lección de liderazgo en el doblete del Unicaja, el de Torrejón de Ardoz cumplió con su papel abriendo el campo para Pau y poniendo la inteligencia como mejor aval.

Y qué decir de Gasol, el mejor jugador del campeonato. Ello sin poder jugar la final por una lesión en el pie que le apartó de las canchas durante más de cuatro meses. Gasol animó como un “hooligan” desde el banquillo y lloró como un niño cuando recibía el trofeo que debería haber alzado Carlos Jiménez sobre el podio. Aún no sabía lo que es ganar anillos uno tras otro o lo de jugar en una de las dos mejores franquicias de la historia. Por entonces, se sentía el hombre más feliz de la Tierra y es que había conseguido, con sus amigos de toda la vida, un éxito con el que siempre soñaron y del que seguro hablaban con ojos brillantes cuando aún eran juniors y el acné atacaba su piel.

No me quiero dejar el banquillo. A Felipe y su garra, a Marc y su defensa en la final, a Berni y sus apariciones puntuales, a Rudy y su capacidad para ser un microondas, a Cabezas para enfriar el fuego que encendía un Sergio Rodríguez sin los complejos con los que juega hoy día y a un Mumbrú siempre cumplidor.

Tampoco sería justo dejar de mencionar a José Vicente Hernández, Pepu. Dirigió con acierto al grupo, les dejó jugar con libertad y aunque su pizarra no sea la más envidiada del mundo, ni sus esquemas referencias entre la élite de los banquillos, su labor fue positiva. El hecho de recibir la noticia de la muerte de su padre y de encajarla con firmeza poco antes de que se disputara la final es una señal de hombre maduro y preparado. Sin duda, Pepu era, entonces, el hombre adecuado.

Fue un verano magnífico en el que los aficionados del baloncesto pudimos disfrutar del gran juego de un grupo humilde que liderado por una gran estrella pudo alcanzar el sueño de tantas otras generaciones que tuvieron que retirarse sin alcanzar tales logros.

Fueron 15 días en que de verdad llegué a creer en esa frase que dice que la vida puede ser maravillosa. Nos lo contó Montes y esa final ante Grecia es ya historia de nuestro deporte, de un deporte herido tras los últimos casos de presunto dopaje, pero un deporte que tiene mitos que nos permiten decir orgullosos que un día lo hicimos, que un día fuimos “the world´s greatest”.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

2 comentarios:

Explorador dijo...

Que cierto. Fue increíble, literalmente, poder ver a España jugar y ganar así, un estado de perfección casi imposible de alcanzar en el deporte. Cada pieza encajaba a la perfección, todos los registros eran alcanzables y era una gozada de ver.

Sigo confiando en que la selección pueda aspirar a ganar más campeonatos...pero creo que ese nivel no lo veré más. Y bueno, eso tampoco está tan mal. No es fácil abusar de la excelencia y uno se va haciendo cada vez más exigente, hasta límites que rozan el capricho.

Un saludo :)

Javier Palao dijo...

Jajajaja, lo mejor el titulo de Loquillo para el post.

Veo que temerosamente repites que Pepu era el más adecuado para entonces. Es que acaso no lo sigue siendo... Sin duda Mr. Gomina no está a la altura del equipo, los jugadores, ni mucho menos a la de Pepu, pues creo que hoy en día nadie valora la virtud más importante de un buen enrtenador... La psicología y la química con sus jugadores.

Buenos ejemplos de ello, son Pat Riley, Pepu o el mismísimo Phil Jackson que supo domar a Rodman, Artest, y otros tantos... Con Kobe aún está en ello, pero Pau está ayudando mucho.

(Ni comento a tu adorado Doc, que también.)

El caso es que no debes dudar ni decirlo con la boca pequeña. Pepu juto con Díaz Miguel han sido los mejores entrenadores de la selección de largo.

abrazos

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