Tú a Sapporo y yo a La Flecha







Escribo esto empapado de sudor. Sudor que esta noche es agua. Agua que es transparente y lo muestra todo. Lo bueno y lo malo. Hoy, en las piscinas Picornell, en la estrellada noche de esa ciudad, Barcelona, que es patrimonio del mundo y no de unos pocos, se reflejó gota a gota la esencia del deporte con mayúsculas. Las chicas del equipo nacional de waterpolo no aspiran a mantenerse económicamente exprimiendo su pasión, aunque la expriman, pero sí a vivir momentos que contarán una y otra vez cuando los hechos del presente sean los vídeos y fotogramas del ayer. Qué envidia. Ellas sí que son ricas. Y no otros.

Este verano he visto mucho baloncesto en la ya extinta Marca TV. He leído libros y repasado lecciones escritas por alguno de los grandes maestros de la canasta. Sin embargo, en esto del entrenamiento, en ese viejo arte de la enseñanza y transmisión de conocimientos y vivencias, la mayor lección me la ha dado Miki Oca. Su liderazgo sereno y sin estridencias cunde, llega, empapa. Enhorabuena.


Pero esta semana, ante la ausencia de grandes fichajes y pese a la presentación de la selección española, dos nombres propios se elevan por encima del resto. No sé si a lo largo de su vida, en su experiencia en los banquillos, en algún clínic o alguna boda, Piti Hurtado y Roberto González han cruzado un par de palabras. Lo cierto es que esta semana ambos han tomado decisiones sorprendentes que los sitúan en caminos dispares, alejados en el mapa y orientados por diferentes filosofías.

Piti Hurtado siempre fue un culo inquieto. Nunca se impuso a sí mismo barreras geográficas. Por qué si a esto del basket se juega siempre en el mismo idioma. No es que se sintiera incómodo en casa, es que en España no hay trabajo. Ahora, como buen extremeño, se ha echado a la mar. Su próximo destino será Sapporo, ciudad olímpica y de gratos recuerdos para el esquí alpino español. Allí podrá, al menos, vivir del baloncesto, hacer lo que mejor sabe, aquello por lo que ha hipotecado miles de horas. No le habrá sido fácil explicarse en casa.

Roberto González, en cambio, ha puesto por delante de sus ambiciones a la familia, a la estabilidad financiera y anímica del núcleo central de su vida. Tras firmar una temporada inmejorable al mando de un equipo que en realidad fueron muchos debido al constante ir y venir de jugadores, lidiando además con la penosa situación financiera de su club de toda la vida, la incertidumbre pudo con él y terminó desistiendo. Tras haber permanecido a la sombra de grandes nombres de este mundillo y tras haber conseguido el mejor resultado de cantera de cualquier club masculino en la región, Campeonato de España Junior 2002, parece increíble, aunque carezcamos de argumentos para no creerle, que no haya recibido una sola oferta de un club ACB o LEB Oro.

Puede pecar de modestia, pero a Roberto González se le escapan, aunque intente disimularlas, las virtudes. Entiendo que su discurso humilde, su rústica indumentaria y su carácter campechano no calen en el aficionado. Entiendo que no encuentre lugar en los medios, ni siquiera una triste mención en el noticiario de los lunes. Pero si de formar equipos o de crecerse ante las adversidades se trata, si es eso lo que se le pide a un entrenador notable, entonces él lo es. Y no hay más que hablar.

Pero claro, de algo hay que vivir y para muy pocos ese algo puede ser el baloncesto. Por mucho que a muchos nos pese. Y en este asunto de muchos (aspirantes) y pocos (puestos) Roberto pisó el freno, se arremangó la camisa y se dijo: “volvamos a los orígenes”. Y ahora vuelve a ser maestro. Profesor. Lo que no ha dejado de ser en todo este tiempo, porque de profesor y algo más ha ejercido calmando las comprensibles ansias de sus jugadores por cobrar la nómina a final de mes, o al final del siguiente, si no era mucho pedir, mientras se jugaban la permanencia en la ACB. Antes de que se supiera, claro, que de la ACB sólo se baja si se da el improbable hecho de que algún club de LEB pueda hacer frente al aval. Ahora su profesión será la de pedagogo y su afición, cómo no, la del entrenamiento. Lo hará en el C.D. La Flecha, al sur de Valladolid, cerca del Ikea.

Este regreso al instituto y este viaje a Japón sirven para poner en su contexto la miseria que rodea a la profesión. Porque de toda la vida es que el joven deba hacerse camino labrando la tierra más ardua y dura. Pero de nunca fue que la élite, sabia y experimentada, tuviera que segar a mano por un triste jornal. El ambicioso Piti, a Japón, el ambicioso, aunque a su manera, Roberto, a La Flecha. Dos respuestas distintas ante una misma crisis. Un único nexo común, el baloncesto. 



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

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