De sí mismo, para sí mismo






Patrimonio de la humanidad. Así habría que calificar la exuberante carrera de un ser tan excepcional como lo fueron sus números. Y es que Wilton Norman Chamberlain, autor de cien puntos en un partido, amante de más de veinte mil mujeres e icono involuntario de toda la generación de homosexuales que salió a la luz al amparo de los movimientos en pro de la defensa de los derechos civiles, es también un emblema de ese período clásico del baloncesto norteamericano que los estudiosos sitúan en la década de los sesenta.

Aunque Philadelphia fue su cuna él siempre presumió de ser de sí mismo y de con ello ya tener bastante. Sin banderas ni patrias que defender, pululando libre por un mundo que asistía incrédulo a la puesta en acción de sus facultades físicas, empezó a despuntar en el instituto Overbrook de su ciudad natal. Desde allí, tras desentenderse de los cantos de sirena procedentes de los Celtics que le invitaban sibilinamente a formar parte de una universidad de Nueva Inglaterra para luego ejercer los derechos de proximidad, recaló en la Universidad de Kansas a la que condujo en su primer año a la final estatal en una cita, la primera con la gloria, que le enseñó el que iba a ser su desgraciado destino: Perder. Y no de cualquier manera. Tras tres prórrogas y siendo nombrado jugador más impactante del torneo.

La realidad es que Wilt Chamberlain venció en muchas más ocasiones de en las que fue derrotado. Lideró durante catorce años a franquicias (Philadelphia/San Francisco Warriors, Philadelphia Seventysixers, Los Ángeles Lakers) con récords positivos a través de números tan asombrosos por su grandeza como achacables a una época distinta, a un período jugado por hombres normales, criaturas en su mayoría blancas de brazos y piernas mundanas que poco o nada podían hacer ante superhombres del talante y el talento de Wilt Chamberlain o de su homólogo contemporáneo Bill Russell. A ambos les ayudó compartir cancha con chavales que fallaban tiros uno detrás de otro multiplicando exponencialmente las opciones de rebote, con jugadores que lanzaban desde la cintura y que se desplazaban a velocidad de crucero.

De las aptitudes atléticas de Wilt poco más se puede añadir. Era más alto, más fuerte y estaba mejor coordinado que cualquiera de sus rivales. Por una mezcla de indefensión y acomplejamiento a los estamentos de la liga sólo les quedó tirar de ley, acotar su imperio a través de variaciones en el reglamento que le impidieron habitar en la zona o desviar los tiros en trayectoria descendente así como tocar todo balón que sobrevolara la prolongación vertical del aro. A pesar de ello sus rivales tuvieron que convertir la finta, un recurso, en una filosofía de vida. Para el recuerdo los dos tapones consecutivos que, ya en el ocaso de su carrera, le colocó a Kareem a dos de sus ganchos venidos del cielo, a dos de esos tiros llamados “intaponables”, llamados “imposible de defender”. 



Saben a poco los dos anillos con que puso fin a su carrera. Sorprende que de ocho ocasiones en que se viera las caras con Russell sólo resultara vencedor en una. Bueno, en realidad Chamberlain cogía más rebotes, anotaba más puntos, taponaba más balones,... Pero el 6 de los Celtics metía el tiro libre decisivo (cosa que Wilt con su 51% no pudo nunca conseguir), palmeaba pelotas para que las cogieran sus compañeros o convertía un tapón en un outlet pass para sacar con celeridad el contraataque. Russell conocía el secreto del juego tan bien como Wilt lo menospreció a costa de alimentar su ego. Muchos especialistas coinciden a la hora de apuntar que sus mejores temporadas fueron las últimas, en los Lakers, jugando para ganar y no para sí mismo. 



Para sí y para nadie más, aunque la historia terminara por adoptar aquella noche de récord, fueron los cien puntos del 2 de marzo de 1962. Los 100 puntos que el acta acredita y que necesitaron de 63 tiros de campo y de 32 tiros libres para materializarse. Aquella noche Chamberlain acreditó él solo la estadística de un equipo completo. En unas declaraciones posteriores al final de su carrera comentaba lo siguiente: “No sé cómo pude utilizar tantos tiros en aquel partido. Hoy me doy cuenta de que fue un error, un error que encuentra su razón de ser en todos los entrenadores que a lo largo de mi carrera me insistieron para que tirara una vez tras otra. Algunas veces aquellos tiros fueron buenos, pero en otras ocasiones no fueron más que un error”. 



Pero si el paso del tiempo le dotó de una nueva perspectiva, el final de su carrera baloncestística fue sólo el comienzo de sus exhibiciones en otros deportes y en otras materias. La negativa de los Lakers a que formara parte del equipo de la ABA, San Diego Conquistadors, provocó una reacción en cadena que condujo a Wilt a hacer sus pinitos en la liga de volleyball, en el tenis, corriendo maratones o incluso jugando al polo. Es más, durante meses llegó a entrenarse con la convicción de que Muhammad Ali aceptaría una pelea contra él con el título en juego. El que sí aceptaría el reto sería Arnold Schwarzenegger en Conan El Destructor. 



A pesar de estas exhibiciones no fue el jugador más querido por los fans pues como él mismo decía “nadie apoya a Goliath”. Aun así, se labró el respeto de quienes compartieron cancha con él. Kareem dijo de él que “el juego no volvería a ver a nadie como él”. Russell, por su parte, reconoció que Wilt y él iban a ser amigos para toda la eternidad. Oscar Robertson no lo dudó ni un segundo cuando le preguntaron si Chamberlain había sido el más grande: “Los libros no mienten”, dijo.

A su obsesión por los récords y a su pasión por las mujeres habría que añadir su afición por la lectura y su dedicación a la escritura. Si tuviera la ocasión de encontrarme con él en esta vida o en la otra me gustaría preguntarle cómo pudo hacer tantas cosas en tan poco tiempo, cómo pudo dominar el juego, amar a tantas señoras y ser tan culto en una vida cuyo epílogo llegó a los 63 años de edad a causa de un fallo cardíaco. Vivió deprisa y murió joven. Lo hizo sin ser de nadie y de ningún lugar. Siendo de sí mismo. Y en su caso, creo que estaréis de acuerdo, fue más que suficiente.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

2 comentarios:

Explorador dijo...

Un exceso de jugador y posiblemente de persona. Capaz de correr maratones, leí, con casi 50 años. Posiblemente jugaba tan sobrado que no tuvo que esforzarse en comprender secretos sutiles del juego. Y aún así, grandísimo. Fue más que suficiente, sí.

Un abrazo :)

Javier Palao dijo...

Sin duda una fuerza de la naturaleza, en un tiempo en el que solo Bill Russell podía competir físicamente con él, ya que Kareem coincidió muy poco.

Para mi no es de los mejores de la historia por el nivel de competitividad de los 60. La NBA hasta mediados de los 70 no se convirtió en una liga competida de verdad.

Pero estoy seguro que de haber jugado en otra década 80-90-hoy, seguro que sería un grandísimo jugador a la altura de David Robinson o Hakim Olajuwon.

Lo mejor que tenía era su físico, capaz de realizar múltiples saltos en una jugada, correr y girar de una forma coordinada, seguro le hubieran valido un 20pts, 15rebs, 2 tap en la época actual, pero 50pts - 27 rebs de media es imposible en cualquier otra década.

Nos queda la leyenda, el mito, sus historias tal y como las has contado, y en cierto modo ayudó mucho al baloncesto con todo ello.

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