La Canasta del año




Pocas horas después de publicar mi particular previa del Celtics-Lakers de esta noche, una canasta de Austin Rivers sobre la bocina me recordó que ni siquiera el duelo entre los de verde y los de púrpura y oro puede equipararse, en términos de emoción y competitividad, al que tiene lugar cada año entre dos de los programas universitarios más exitosos del país, el que enfrenta a los dos College más importantes del estado de Carolina del Norte. Duke y North Carolina.

Si Boston y Los Ángeles representan modelos de vida opuestos separados por más de 4.000 kilómetros de distancia, apenas 14 separan a los dos campus antes mencionados. 14 kilómetros que en torno la Autopista 15-501 conforman un corredor de alto contenido tecnológico especializado en la investigación médica. Los alumnos de uno y otro campus comparten restaurantes y cines. Quizá se corten el pelo en el mismo establecimiento. Pero no durante la semana del partido.

Ni siquiera el alto nivel intelectual que caracteriza a los miembros de uno y otro college impide que sean los instintos más primitivos los que reinen durante los días previos a la gran cita. Desde este punto de vista se entiende que sea el resultado del partido el que determine la superioridad de unos, los ganadores, sobre otros, los perdedores. 




La discusión sobre esta rivalidad también se puede entablar en términos filosóficos. Así, si los Blue Devils (Duke) representan valores como la renuncia al ego y la fe en el colectivo, los Tar Heels se caracterizan por haber fabricado alguno de los mayores talentos ofensivos de la NBA encarnados en hombres como Worthy, Jordan o Vince Carter. De ser esto cierto se pondría de manifiesto que los caminos de la victoria pueden llegar a ser muy diferentes, pero yo prefiero recordar que por Duke han pasado jugadores de la talla de Elton Brand (Míster 20-10 no por nada) o Grant Hill (el llamado a suceder a Jordan), mientras que también la Universidad de Carolina del Norte ha cosechado títulos con rosters más modestos como el que encabezaba Tyler Hansbrough (un séptimo hombre en la rotación de Indiana Pacers) en la primavera de 2009. Eso sí, parece que los jugadores de Duke son más grandes bajo el cobijo de Coach K, mientras que los graduados de North Carolina no experimentan tal sentimiento de dependencia saliendo mejor preparados para volar con sus propias alas.

Pero más allá de la lucha por la jerarquía dentro de la región y de cuestiones filosóficas, lo cierto es que si esta rivalidad ha ido creciendo a lo largo de los años es porque grandes jugadores, grandes técnicos y grandes momentos han contribuido a dicho crecimiento. No en vano, el partido de anoche se disputaba en el pabellón Dean Smith en honor al mítico técnico, quizá el único hombre ante cuyos pies el Dios Jordan se postraría.

Con 22.000 almas vestidas del azul celeste que caracteriza a los Tar Heels y, muchas de ellas, con sus caras pintadas, los chicos de Duke parecían condenados a la derrota. Los de Coach K presentaban los peores números defensivos de la historia del mítico entrenador y todo hacía indicar que el factor cancha jugaría un papel determinante en la resolución del compromiso. Además, el poderío de Tyler Zeller bajo los tableros decantaría pronto la balanza del rebote en favor de los de Roy Williams poniendo mucha presión en los talentosos aleros de Duke quienes, ante la falta de rebote ofensivo y de capacidad defensiva, se vieron pronto obligados a conseguir altos porcentajes de acierto.

Y así, según lo previsto, se fue desarrollando el partido. Las ventajas de North Carolina rondaron siempre los diez puntos durante la segunda parte y todo parecía controlado cuando a falta de dos minutos y 35 segundos el marcador reflejaba un 82-72 tras la canasta de la futura estrella Harrison Barnes. Fue entonces cuando los aleros de Duke sacaron su fusil demostrando tener el mejor juego exterior de toda la competición. Kelly, Thornton, Curry (el hermano menor de Stephen) y Rivers se turnaron para anotar y destrozar el perímetro de North Carolina hasta llegar a los últimos 13 segundos con posibilidades de victoria. Con 82-83 en el marcador el siete pies antes mencionado, Tyler Zeller, disponía de dos tiros libres para garantizar, al menos, la prórroga para su equipo. Sin embargo, un fallo en el segundo fue reboteado por Mason Plumlee quien rápido le entregó el balón a Austin Rivers para que éste, en las narices del propio pívot rival, con poco más de un segundo en el reloj, clavara un triple desde más allá de la línea para conseguir la victoria más prestigiosa que puede obtener un alumno de Duke en su primer año de carrera.

29 puntos y 5 rebotes ante la atenta mirada de un padre orgulloso que se camufló entre la airada afición de Carolina del Norte para seguir los pasos de un hijo que pronto hará que Doc Rivers deje de ser recordado por sus años de jugador en Atlanta o por sus éxitos en el banquillo de Orlando o los Celtics (no olvidemos que ya posee dos galardones a mejor entrenador del año) para pasar a la historia como el padre de uno de los mejores bases que han llegado a jugar en la liga. De momento, este chico de 19 años ya ha metido la canasta del año. Muchos méritos habrán de hacer Lebron, Durant o Rose para superar el significado de un triple, en el último segundo y en territorio enemigo que sirvió para silenciar a 22.000 almas que desde ayer saben que durante unos cuantos días son los de Duke los que mandan. 




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

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