Ni oro, ni incienso, ni mirra





Me ha llevado años comprender el misterio de los reyes magos. El misterio no del misterio en sí, que no es ninguno, sino del engaño al que nos vimos sometidos como niños estúpidos que fuimos algún día (lo listos que dirán otros). ¿O no os parece una estupidez creer en la omnipresencia de los reyes magos, imaginarlos en la cabalgata de nuestra ciudad y también en la de tantas otras y pensar que podrían llegar en una noche a todas las casas montados en unos animales que no se caracterizan, precisamente, por ser veloces?

Como niño disfruté de los regalos, de pensar que tres tipos corrientes disfrazados de reyes e investidos de poderes mágicos, pudieran acordarse de un tío vulgar y rechoncho como yo y traerle un par de juguetes y algo de dinero a cambio de unas pocas galletas siempre, eso sí, que me acordara de poner mis zapatos junto a la ventana que daba al balcón. Qué reconfortante era dormirse sabiendo que al día siguiente sería un poco más rico y, aparentemente, también más feliz. Poco después, enterado ya de la verdadera identidad de los tres farsantes, y no sólo por el hecho de tener que participar en ese intercambio de presentes pautado y orquestado por las grandes cadenas comerciales, empecé a aborrecer esta festividad, al menos en esta versión laica y azucarada de carrozas y caramelos. En éstas me mantuve durante años, defendiendo la idoneidad de regalar cuando apetece, rechazando invitaciones para asistir a esa exaltación del populacho (en el sentido más peyorativo que sean capaces de imaginar) que es la cabalgata y afirmando la necesidad de abrirle los ojos cuanto antes a los chicos para que en la escala de valores que construyan mentalmente el día de mañana (si sacan un minuto entre jugar a la Wii y a la Play) lo material ocupe siempre un segundo plano. Batallé duramente contra los defensores de la festividad, contra sus poderosos argumentos tautológicos (“La tradición es la tradición”) y demagógicos (“Con la ilusión de los niños no se puede jugar”) y perdí.

Y hoy acepto mi derrota y entiendo los porqués. Aceptar regalos porque sí es una muestra de generosidad, un don propio de los seres humanos que aún así tienen la bondad de decir “gracias” cuando son ellos los que realizan la buena acción de recibir. Recibir regalos, comer de gorra, disfrutar de invitaciones para grandes eventos son las principales acciones de los servidores públicos, de todos esos políticos que sacrifican sus carreras por levantar un país, una región o un municipio. Si ellos son nuestro ejemplo, quién soy yo para criticar esta bacanal de compras airadas y deseos espurios.

¿Por qué tanto interés, dirán, en desprestigiar esta fiesta sobre unos magos que luego fueron reyes, que luego fueron tres, que luego fueron Melchor, Gaspar y Baltasar, para después pasar a ser cada uno de un color (en Oriente Próximo debe de ser difícil ser negro)? Pues por lo perverso del mensaje, por las dificultades que introduce, aunque sea de manera inocente, en la tarea educativa.

Y es que en el contexto educativo, también en el deportivo, la recompensa no es inmediata, sino que aparece diferida en el tiempo y no es automática, sino el fruto de un trabajo previo. Que el calendario introduzca fechas que nos hagan sentir especiales por el mero hecho de existir puede ser recomendable, pero una mala lectura del “regalo porque sí” puede banalizar personalidades y hacer que afloren conductas materialistas y superficiales. Y sí, quizá sea éste un discurso gaseoso y sin sustancia, pero es mi manera de afrontar esta fiesta, tal vez más propia de un veterano de Vietnam, puede, pero no concibo otra. Creo en los fundamentos de la agricultura de toda la vida, en la parábola del sembrador y no en el oro, el incienso y la mirra. En estos consejos de Michael Jordan más que, por supuesto, en este cuento chino de los reyes magos.



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

2 comentarios:

Javier Palao dijo...

Para ser un blog de basket (o deporte), salvas el post sobre la bocina...

Tu pesimismo, negativismo y derrotista invade esta entrada de un modo injusto para la propia noche de reyes.

Si bien son ciertas algunas de las cosas que comentas, hay una parte de lágrimas que no te deja ver el bosque, en tu interpretación de esta festividad.

Creo que es importante, sobre todo para los niños, marcar fechas en el calendario que te creen ciertas ilusiones; en diferentes sentidos. Creo que la diferencia sobre los valores que apuntas y temes, está en la educación que se proporcione en cada casa, y no en la festividad en sí.

Si tu hijo marca la fecha en el calendario como un día para creer que alguien te está observando y un día en el que debes reflexionar sobre si has sido bueno, o malo para recompensar de algún modo tu esfuerzo. Puede ser educativo en el sentido cívico.

Por otro lado, no creo que un niño de 5 años se vuelva un consumista y materialista compulsivo, por el mero hecho de recibir un regalo en una fecha señalada. Si así fuera, deberíamos suprimir los CUMPLEAÑOS, SANTOS, BODAS, BAUTIZOS, GRADUACIONES, NOCHE BUENA, REYES, LICENCIATURAS, DIPLOMATURAS, DIA DEL PADRE/MADRE, ANIVERSARIOS CONYUGALES, FIESTAS, ETC, por ser fechas susceptibles de recibir regalos, y por tanto convertirte en un monstruo materialista.

No olvides que hay regalos maravillosos que pueden hacer más ilusión y no ser tan "terribles" como recibir la fantástica PS3 (ó 4). Aún a mi edad mi tía me regala todas las navidades algo hecho por ella misma, que generalmente suele ser fantásticamente estiloso y el regalo que más aprecio (sin desmerecer la estupenda GoPro de este año).

Pero por encima de todo esto, creo en los sueños, las ilusiones, la atmósfera creada para la creencia en cualquier tipo de fantasia para grandes y mayores. Los magos de oriente, el viejo San Nicolás que viene de Turquía, los dragones del pasado, los difuntos que nos miran, la magia de los hechiceros, o las musas... Cualquier fantasía que te haga la vida más feliz y entretenida me parece bien positiva.

Porque si todos los días de tu vida son iguales porque vivir... Al fin y al cabo la ilusión del regalo casi se desvanece al abrirlo, pero lo que queda es la emoción de los instantes previos, la mencionada atmósfera. ¿Cómo explicas si no, tu buen recuerdo infantil de los protocolos pre Reyes? Lo que recuerdas sobre todo, es ese momento, y no los regalos, lo que confirma mi teoría y no la tuya, pues no te tengo por una persona materialista.

Realmente el regalo, es el momento compartido con tu familia, la emoción de que algo mágico pasará esa noche y seguramente, cuando seas padre, querrás esa misma sensación para tus hijos, no porque les importe tener un camión más o menos, 20€ más o menos. Si no por la ilusión de sus caras al creer en esa magia, que solo es comparable a la de ver una final NBA (esto lo hago para hacer mi entrada más deportiva como tu post, jajajajajajajaja).

Un abrazo, amigo.

pd. Sueña más y disfruta de cada instante, es lo único que te llevarás al final. ;)

Chus dijo...

Bueno, Juanjo, ayer cuando leí tu post me suscitó la misma reflexión que a Javier, lo que pasa es que yo no sé expresarlo de una manera tan genial como lo ha expresado él. Agradezco su comentario, me ha encantado y te deseo lo mismo que te desea él.
Feliz día de Reyes, en mi casa te han dejado un regalito, te guste o no. Un beso.

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