El Diablo viste de azul




Orígenes humildes. Inagotable tesón. Formación militar. Servicio fiel a la patria. Discípulo de un inmejorable mentor. Cinco pistas para descubrir a un hombre (sexta pista) que se crió en los suburbios de Chicago (séptima) para acabar triunfando en una ciudad media y muy innovadora del estado de Carolina del Norte (octava). Se llama Durham y acoge uno de los programas de baloncesto más exitosos del país (además de una de las universidades más pujantes en el campo de las nuevas tecnologías). Creo que ya todos sabéis que estoy hablando de la Universidad de Duke y de su particular John Wooden, Mike Krzyzewski, el hombre cuyo apellido tiene menos vocales por consonante del mundo, Coach K dentro del mundillo.

Coach K acude a misa todos los domingos. En el templo reza porque su familia esté bien, porque la salud les acompañe. Aun así, quienes le conocen bien afirman que, seguramente, mientras el pastor sermonea a la feligresía, Mike puede estar pensando en su programa de baloncesto, en esos chicos recién llegados del instituto que aún no saben lo que la vida les puede deparar. Y piensa no sólo en sus aptitudes baloncestísticas, en la mejora de su tiro exterior o de su penetración a canasta por la izquierda. Es más, quienes le conocen te dirán que su objetivo principal fue siempre, es y será, formar buenas personas. Él mismo nos deja en uno de sus libros la siguiente frase: “Meter tiros es importante, pero no tanto como las personas que los convierten”.

En 1974, cuando había alcanzado el rango de capitán, renunció a su puesto en la US Army para aceptar una beca como asistente de quien antes le había entrenado en el equipo de la Armada, un tal Bobby Knight, el entrenador al que con la victoria ante Michigan State del pasado miércoles, superó en el número total de triunfos como entrenador en el Torneo Universitario. 903. Todas ellas en Duke, pero ésa es otra historia.

Centrémonos antes de su periplo por Durham en lo que representó Bobby Knight en el proceso de aprendizaje de Coach K. El propio Bobby Knight afirma en la siguiente entrevista que tardó poco en descubrir todo lo que Mike podía ofrecer. “Ya como jugador era inteligente, podía atacar y defender, elegía siempre frenar al mejor oponente rival. Era un ganador. Jugaba con corazón”. En los seis años que pasó en Indiana tomando notas y aprendiendo del maestro, Mike Krzyzewski terminaría de definir su particular librillo basado en los mismos principios en los que creía Knight: planificación, método y, al mismo tiempo y aunque pueda parecer contradictorio, PASIÓN. Sin secretos. Tal vez sólo uno, la capacidad para comunicar (él mismo reconoce que “el trabajo de equipo comienza y termina en una buena comunicación”).



Para comunicar y para enseñar. Desde que llegara a Duke en 1980, Coach K ha sido el responsable y mentor de varias estrellas de la NBA (Grant Hill, Elton Brand, Carlos Boozer), de muy buenos jugadores profesionales (Christian Laettner, Shane Battier, Danny Ferry, Trajan Langdon,...), pero, sobre todo, de personas que no gozaban del talento necesario para vivir de este deporte. Para ellos el baloncesto fue parte de su formación, un campo en el que compartieron experiencias y sumaron aprendizajes. Un medio a través del cual conocieron a una de las personas más influyentes de sus vidas. Mike Krzyzewski. Quizá porque siempre les fue sinceros. Así se refiere el eterno entrenador de Duke al valor de la verdad. “En nuestro programa la sinceridad es la base de todo lo que hacemos. No hay nada más importante que la verdad porque no hay nada más poderoso que la verdad. Por ello, en nuestro equipo, siempre somos honestos el uno con el otro. No hay otro camino.”

Mucho más que un entrenador, Coach K ha sido considerado por muchos de sus antiguos jugadores como un verdadero referente vital, como una de esas personas a las que no dudarían en confiar un secreto hasta el punto de que, en cada decisión que la vida les invita a tomar, siempre acaban preguntándose: “¿Qué haría él en estas circunstancias?”.

Chris Duhon, alumno de Duke, lo dice claramente: “Es el padre que nunca tuve”. En el mismo sentido se pronuncia Jay Bilas, pívot titular en la primera aparición de Duke en una Final Four allá por 1986: “Ha habido dos personas realmente influyentes en mi vida. Una fue mi padre, la otra fue Coach K. No ha habido un sólo día de mi vida en el que no haya actuado según los principios que ellos me enseñaron. Siempre que me preparo para un trabajo o para un partido pienso en lo que aprendí estando en Duke”. Quizá, sea “sólo” que tal y como apunta Bobby Hurley, “Coach K se mantuvo fiel a sus principios, nunca olvidó lo dura que fue su vida en sus orígenes en el noroeste de Chicago. Simplemente buscó algo en la vida por lo que sentir la pasión. Y ese algo fue el baloncesto”.

El baloncesto y Duke. Sus modernos edificios, el espíritu religioso de una comunidad volcada hacia la Universidad, el Cameron Indoor Stadium con su nombre, el de Mike, rotulado en el parqué, el templo en el que los diablos azules juegan sus partidos como locales ante una afición entregada, ante un graderío que directamente arde cuando se juega el derby estatal contra los Tar Heels (Carolina del Norte). Sólo este amor puede explicar la renuncia de Mike a entrenar a los Lakers. Sólo este amor puede explicar una fidelidad que va camino de cumplir 32 años. 



32 años adornados con multitud de récords. El último en el tiempo, el logrado el pasado miércoles. Máximo número de victorias por parte de un entrenador universitario. A éste hay que sumar sus cinco presencias consecutivas en la Final Four entre 1988-1992 que lo igualan a John Wooden, el mayor número de victorias en Final Four sólo por detrás, nuevamente, de “el mago de Westwood”, el mejor récord victorias-derrotas en el Torneo Final y un sinfín más de pequeños hitos que son el resultado de la aplicación de unos principios en los que cree con la misma fe con que los aplica. Cada día, sin descanso. Lo dice JJ Reddick: “Para Coach K no existen los días libres. Siempre que he estado cerca de él, me ha parecido muy grande”.

Pero Mike Krzyzewski sabe muy bien, tras haber trabajado con 32 generaciones de jugadores en constante renovación, que el éxito no lo construyen los individuos, sino los equipos. Equipos que él ha liderado con una profunda ética de trabajo y con una delirante pasión. Liderazgo y equipo son, por tanto, las dos piezas que faltaban para terminar de perfilar este puzzle victorioso en que se convirtió el programa de baloncesto de Duke desde la llegada, en 1980, de Coach K. Esa combinación de ambas variables queda resumida genialmente en la siguiente frase del entrenador: “Visualiza una rueda de un carro como si fuera un equipo. El líder estaría en el centro. Ahora supón que los radios son los mecanismos de comunicación que el líder está estableciendo con las partes exteriores que bordean la rueda. Si el núcleo de la rueda se viene abajo, toda la rueda se va con él. Así, por tanto, si un equipo pierde a su líder, también así el equipo se ve perdido”. ¿Y en qué se basa el liderazgo? Mike lo tiene muy claro: “En generar confianza”. ¿Y cómo se genera la confianza? “mirando a los ojos de los jugadores”. Y tras recordarnos la importancia del papel del líder nos recuerda que “en determinados momentos críticos un líder no puede permitirse sentir lástima de sí mismo, no puede venirse abajo, no puede parecer enfadado. Tampoco débil. Los líderes deben dejar atrás todo este tipo de emociones”.

Pasión, comunicación, liderazgo, confianza, principios éticos y morales y más pasión. Recetas que todos conocemos, pero que sólo unos pocos maestros logran convertir en obras de arte. Fidelidad y lealtad a una universidad, Duke. Compromiso y respeto hacia unos jugadores, los blue devils, que a su vez sienten devoción por el que fue y sigue siendo su capitán. La historia de un ganador, de un entrenador de baloncesto que se define a sí mismo como “un líder que, por casualidades de la vida, ejerce esta cualidad en un banquillo”. Espero que la hayáis disfrutado tan sólo una décima parte de lo que yo lo he hecho recopilando aspectos sobre su vida, sobre su manual y sobre lo que quienes pasaron por sus manos sienten hacia quien fue un humilde joven de Chicago, hacia quien, hoy, es uno de los tres mejores entrenadores de baloncesto universitario de la historia. 


P.D. Echaréis en falta una referencia a su papel como entrenador de la selección estadounidense de baloncesto. Sin embargo, he creído oportuno enfocar este artículo hacia su periplo universitario pues entiendo que son dos realidades muy distintas, poco menos que dos deportes diferentes.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

6 comentarios:

JordanyPippen dijo...

Solo conocía a Coach K de oídas y al igual que sus logros... gracias por hacernos conocer en profundidad a este gran "coach"...
Gente como él hace grande el basket!!!

Anónimo dijo...

Fantástico repaso del recetario que ha llevado a Coach K a ser uno de los mejores entrenadores de la historia. Del baloncesto universitario y del baloncesto en términos generales. Basta observar la progresión de sus equipos, analizar cómo empiezan jugando en noviembre y cómo terminan jugando en marzo para saber que hay un gran entrenador detrás de ellos. Saludos,

NCAA fan

Anónimo dijo...

Refrito insufrible.

Lo que me parece mas triste es que te han quitado la NBA y apenas puedas escribir de una Liga Europea de calidad y una ACB. Tu táctica de querer desprestigiarlas para así surtirnos de refritos precocinados hace semanas no me engaña, al menos a mi.

Lo dicho.

Luis

Juan José Nieto dijo...

Gracias JordanyPippen y NCAA fan. Se agradecen vuestros comentarios.

Gracias también a ti Luis, por dedicar veinte segundos de tu vida a comentar este insoportable refrito. Te aseguro que no tengo ningún afán por desprestigiar las competiciones FIBA que sigo (cuando puedo) y de las que intento aprender. Sin embargo, creo que el hombre del momento en nuestro deporte es el señor Mike Krzyzewski, un auténtico ejemplo.

Explorador dijo...

Saludos desde Irlanda. No me da tiempo a leer ahora, que tnego que cenar, solo un apunte que a lo mejor y sabes. Celtics se pronucnia Keltiks ;PP

Ah, y un abrazo :)

Juan José Nieto dijo...

Un fuerte abrazo Explorador. Qué suerte la tuya de estar en tierras celtas.

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