Capitán de su destino




En Virginia Occidental los inviernos siempre son crudos. Apenas hacen concesiones y son el preludio perfecto de una lluviosa primavera. Allí, en la falda de los Apalaches, en una localidad volcada hacia la minería, nacería y crecería una de las más grandes figuras que nos ha dejado la historia del baloncesto, Jerry West.

Todavía hoy, cuando habla de su infancia, se aprecia un leve temblor en la parte central de su labio inferior. Quizá porque recuerda la prematura muerte de su hermano en una de esas guerras, la de Corea, que por entonces practicaban los Estados Unidos bajo la lógica de que era mejor y menos gravoso contener al enemigo comunista lejos de las propias fronteras. Por este fatal acontecimiento y, sobre todo, por los malos tratos a los se vio sometido por parte de su padre, el propio Jerry West ha terminado por reconocer en un libro de reciente publicación en Estados Unidos que padece, desde entonces, una profunda depresión con la que ha convivido toda la vida.

De ahí su carácter introvertido, su liderazgo silencioso y su pasión por el baloncesto. Jerry encontró en la combinación de pelota y aro la mejor vía de escape para soportar los golpes que le estaba asestando la vida. Se define autodidacta, pero no se lamenta por ello. Reconoce que el hecho de haberlo aprendido todo por su cuenta le permitió ser más imaginativo que la gran mayoría de los jugadores de su época. Si era verano se calzaba sus botas y se vestía con una camiseta de tirantes. Si era invierno, a ello le añadía unos guantes. Entrenó sin descanso. Pisar la cancha del barrio fue, para él, su mejor Prozac.

El trabajo pronto empezaría a dar sus frutos. En realidad siempre lo hace. Más aún, si cabe, si estás dotado de un talento especial como del que gozaba el eterno número 44 de los Mountaineers y de Los Ángeles Lakers. Tanto sus años de instituto, como su periplo por la universidad estuvieron plagados de reconocimientos a título individual. Anotaba, asistía, reboteaba (a pesar de no llegar al 1,90). Lo hacía con el gesto torcido, con ese temperamento forjado a base de golpes y de frío, de mañanas de sangre y tardes de lluvia. A base de noches pegado al dispositivo de radio escuchando los partidos de West Virginia, la Universidad en la que lo conseguiría prácticamente todo.

Y digo prácticamente de forma premeditada. A un punto se quedaría de lograr el campeonato en su año junior (tercer año universitario) tras caer 71-70 ante UCLA. Y como le pasaría más adelante, también fue nombrado mejor jugador de la Final Four sin haber conquistado el título tras conseguir 28 puntos y 11 rebotes. Batió todos los récords en West Virginia y aún hoy conserva la primacía histórica de la liga universitaria en anotación, rebotes, tiros libres,... Muchos comparan su carrera colegial (también compartían un fantástico tiro en suspensión) con la de Pete Maravich, pero las cifras demuestras que Jerry West puede ser declarado como el mejor jugador de college de todos los tiempos... Al menos si atendemos a los números.

La espina clavada que supuso no poder alzarse con un trofeo de la NCAA pareció quedar olvidada tras el oro que cosecharía como principal estrella del combinado estadounidense en los Juegos Olímpicos de Roma en 1960 compartiendo cartel y balones con Mr Triple Doble, Oscar Robertson.

Debutó en la NBA poco antes de que John Fitzgerald Kennedy se alojara en la Casa Blanca tras ser elegido como la segunda elección por parte de Los Ángeles Lakers, franquicia en la iniciaría una meteórica carrera de 15 temporadas en la que disputaría 13 veces el All Star.

Su técnica labrada en las largas y productivas sesiones en las canchas de Chelyan, le convirtió en un jugador casi indefendible. La plasticidad de sus bandejas en extensión, de sus ganchos y de sus tiros por elevación pronto atraerían las alabanzas de sus contemporáneos. Y si bien su principal tarea pasó siempre por anotar, sus cifras de asistencias y de rebotes nos permiten deducir, sin haberle visto jugar, que se trataba de un jugador con una inteligencia privilegiada, con un basketball IQ al nivel de unos pocos, muy pocos, elegidos.

Como ese Poulidor que se encontró con Anquetil, o ese Zülle a la sombra de Indurain, West arrastró una inmerecida fama de perdedor que no se ajusta en absoluto a la capacidad que tenía para anotar en las últimas posesiones (le llamaban Mr Clutch) y al afán con el que peleaba cada balón suelto o cada rebote. Si alguien jugó con pasión a este juego, ése fue Jerry West. Y éste, a pesar de haber cedido una final universitaria por un punto y de haber desaprovechado numerosas ocasiones de alcanzar el anillo de la NBA (perdió 8 finales, a pesar de promediar en la de 1965 46,3 puntos) no podrá ser declarado jamás como un derrotado. Su mala fortuna fue coincidir en el tiempo con unos Celtics demoledores, fue jugar con Chamberlain y no con Russell, contra Auerbach y no para él.

No sé si hubo momentos en los que Jerry pensó que se retiraría del juego sin ganar un campeonato de la NBA. Tal vez lo hiciera cuando los Lakers, con factor cancha a favor y con el confeti preparado, cedían en el séptimo partido de las finales de 1969 tras asistir atónitos a la afortunada canasta de un Don Nelson al que la suerte jamás volvería a acompañar de tal manera. Entonces, al igual que en la final universitaria, fue declarado MVP de las finales violándose la norma no escrita que dice que este galardón ha de corresponder a un miembro del equipo ganador. 



Y los Celtics se hicieron mayores y entraron en crisis toda vez que Russell decidió abandonar por completo (pues venía haciendo la doble labor de entrenador-jugador) las canchas para centrarse en la lucha por los derechos civiles de las minorías. Pero surgieron los Knicks. Y Willis Reed llenó de moral a un Madison hambriento en un séptimo partido que nunca olvidarán los más viejos habitantes de la Gran Manzana. Jugó lesionado de gravedad y aun así cosechó unos números más que aceptables. Aun así, el cuento habría sido diferente si la canasta más famosa de Jerry West se hubiera producido diez años más tarde, toda vez que se implantara la línea de tres puntos. Así, ese memorable tiro desde el medio campo hubiera valido tres puntos y habría supuesto la victoria en el tercer encuentro de la serie, partido que a la postre se tornaría definitivo. En 1971 reinaron los Bucks de Kareem y aquel verano el principal camarada de Jerry, Elgin Baylor, decidió dejar el baloncesto en activo tras trece años de una intensa y exitosa carrera que no pudo tener el broche de oro del campeonato. 



Así, en 1972, los Lakers afrontarían la temporada del ahora o nunca. Y ese sentido de la urgencia y ese deseo irrefrenable les llevó a firmar el mejor récord de la historia de la liga con 69 victorias por 13 derrotas que mantendrían hasta que los Bulls de la 95-96 lo dejaran en el ya mítico 72-10. A sus 33 años West cosechaba en nombre de toda esa generación de Lakers ensombrecida por los Celtics y los Knicks, el premio que este deporte le debía, el anillo de campeón. Lo que siempre fue. 



Dos años más tarde se retiraría, pero su relación con el baloncesto no acabaría ahí y en su labor en los despachos terminaría por perfilar los dos períodos más exitosos de la franquicia angelina: el de Magic-Kareem-Worthy y compañía a lo largo de los ochenta y el de Kobe-Shaq a principios del nuevo siglo (aunque él dejara el cargo tras el primero de los tres anillos del threepeat a causa de una serie de dolencias cardíacas que vinieron a enmascarar el verdadero motivo que no era otro que sus desavenencias con Phil Jackson).

Su porte y elegancia formarán siempre parte de la historia de la mejor liga de baloncesto porque su figura botando la pelota con la mano izquierda es la que aparece dibujada en el logotipo de la NBA. Sin embargo, son sus valores, su forma de entender el juego y, sobre todo, la manera de amarlo, los aspectos por los que siempre recordaremos al número 44 de los Lakers, un esforzado del parqué que no paró de insistir hasta que pudo demostrarle al mundo que somos nosotros los que dibujamos nuestro propio destino.

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

8 comentarios:

Juan José Nieto dijo...

Hablando de clutch players podéis votar en la encuesta por alguno de los mejores de la historia. Ha habido otros muy buenos, pero creo que los cuatro nombres que aparecen estarían en cualquier lista.

sraly dijo...

Buen repaso a la carrera del 'icono', todo un jugón que sigue siendo una leyenda viva y un hombre al que escuchar cuando habla de baloncesto, pero de los Lakers en particular.

Un abrazo desde Puertatrás

Explorador dijo...

Muy bueno, y muy interesante, conocá poco de este hombre, pero es na buena muestra de que primero viene el amor por el baloncesto y las ganas de mejorar, y luego, el triunfo, que no es tan importante como el disfrute.

Por cierto, ¿este permitió la operación Gasol a LA, no? Bendito sea... ;P

Un saludo :)

Juan José Nieto dijo...

Otro abrazo para ti Sraly. Os sigo de cerca. A ver si encuentro tiempo en mi agenda para comentar.

Gracias Explorador. Efectivamente, todo un símbolo del trabajo. Y sí, permitió la operación Gasol, pero hizo que Marc aterrizara en Memphis. No creo que en su momento les importara a los Lakers, pero ese as se lo guardó en la manga.

JordanyPippen dijo...

Gran entrada Juanjo!!!
Que el icono de la NBA sea en su honor, ya dice todo sobre Jerry West.

Anónimo dijo...

comenta algo del fin del terrorismo de eta, una buena noticia que ha influido en el deporte ya que el deporte tambien ha sido victima
gracias

Anónimo dijo...

Refrito denso, deslabazado,desestructurado.

Te lo dice alguien que trabaja de periodista 8 años ya.

Carlos

Juan José Nieto dijo...

@anónimo. Intentaré hacerlo cuando la situación se estabilice y podamos asegurar de todas todas que no habrá más muertos con el sello de ETA.

@Carlos. Admito tu crítica y lo haría igualmente sin que presentaras tus avales como periodista. En mi defensa, lo pillado que voy de tiempo y lo densa que fue la carrera de Don Jerry West y que quizá no he sabido condensar de forma armoniosa. Gracias.

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