El juego de las soledades




No pudo elegir Góngora mejor título para uno de sus más excelsos poemas: Soledades. Así, en plural. El mundo es un conjunto de soledades que se manifiestan e intercomunican para dejar constancia de su existencia, no para reclamar ninguna clase de vínculo con el resto. La soledad está bien cuando es buscada –no en vano es la principal compañía del creador–, pero las soledades de las que yo hablo no son conscientes de ello; caminan en compañía y se brindan sombra las unas a las otras. Las soledades de las que yo hablo son los gremios, los grupos de interés, las corporaciones; las pequeñas derivadas de este mundo complejo que coexisten bajo el único lazo común de lo, en el fondo, banal. Estas soledades solo se van a encontrar en la despiadada lucha por fondos que son escasos, en el cuadrilátero donde la “sociedad” decide qué es lo importante; qué es eso que, en definitiva, merece una subvención o una aportación privada.

El viernes asistí a la defensa de una tesis (muy buena. La defensa, digo. Formalmente, digo. El resto no lo entendí) sobre patrones en la elección del voto en América Latina. Los miembros del tribunal, el ponente, amigo mío, y su tutor, hicieron aportaciones, seguramente precisas, sobre la materia. El resto, salvo algunos eruditos en el campo tratado, asistimos de la forma más educada posible a esa “conversación” privada tratando de guardar silencio y no mirar demasiado el móvil.

Ayer sábado me desplacé a Olmedo y estuve siguiendo una competición de minibasket para los equipos de Castilla y León. En aquel pabellón, aunque seguro de poder entender todo lo que se decía, pues la comunicación se hacía en un idioma familiar para mí, sentí la ausencia de aire, la presencia de una suerte de burbuja a mi alrededor. Entre niños que solo buscaban pasarlo bien, entre algunos padres que solo querían disfrutar acompañando a sus hijos, estábamos unos cuantos entrenadores; unos tratando de sacar el máximo rendimiento a sus equipos y otros simplemente esperando un destello de talento que nos cegara. Y los hubo. Y hubo equipos que ganaron y otros que perdieron. Y todo el mundo lo hizo lo mejor que supo con sus virtudes y sus carencias. Pero y qué.

Anoche, ostensiblemente cansado, vi fragmentos sueltos de la ceremonia de los Goya, otra reunión de soledades dentro de esa particular soledad que es el cine español. Otra reunión privada a la que las otras soledades se acercan a través del televisor solo para disfrutar de ese ejercicio teatral donde lo cómico y lo grotesco se confunden. Ricardo Darín, al que admiro por hablar un idioma universal, el de la emoción, exigió de los políticos hacer algo con la cultura porque esta es en realidad su única y verdadera misión. El problema es que Ricardo Darín no explicitó qué es eso de la cultura y si va más allá de su particular soledad.

Y yo, lejos de ser el Ricardo Darín del basket (ese bien podría ser Stephen Curry), también apuesto por hacer algo. Pero no se lo pido a nadie; nos lo pido a nosotros, entrenadores de cantera. Nuestra soledad particular, que ha venido siendo definida por esa dicotómica relación victoria-derrota, debe empezar a caracterizarse en términos relacionados con la honestidad y, en todo caso, por la dualidad “actuar bien-actuar mal”. Es decir, nuestro campo de actuación, sin renunciar a sacar el máximo rendimiento deportivo a un colectivo, debe aproximarse a la soledad educativa y alejarse de los estándares que define la soledad “entretenimiento-espectáculo” que sería la que llamamos élite. De lo contrario, caeremos, como tantas otras soledades, en una banalidad onanista difícil de detectar dentro de la burbuja, pero fácilmente perceptible por todos aquellos que no entienden de lo que hablamos.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

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