En el principio no fueron los conceptos

 




No soy ni mucho menos rencoroso. Entiendo el valor metafórico y eufemístico de la cigüeña como ave transportadora de bebés que salvó a tantos niños de comprender la naturaleza del indecoroso acto sexual antes de tiempo. Igualmente, comprendo el sentido de la regla de tres como argumento lógico útil para simplificar el acceso al mundo de las proporciones, por falaz que sea su formulación. Es más, puedo presumir de haber sido un niño disciplinado y poco preguntón cuando los adultos empleaban aquel manido “cuando seas mayor lo entenderás”. Todo este preámbulo para que descarten, de antemano, que el elemento contestatario sea la base del siguiente argumento: el baloncesto estaba antes y estará después de los conceptos en virtud de los cuales muchos procuran enseñarlo.

 

Es evidente, ahora nos resulta complicado pensar en un mundo sin fronteras, imaginar que nuestro país no es una península (“casi isla”) y renunciar al orgullo que nos provoca el hecho de ser latinos (descendientes de los habitantes del Lacio, región en el entorno de Roma) o ibéricos (pueblo situado en el este y sur de la ahora llamada Península Ibérica). Pero es que la misma península es un nombre, es decir, una mera convención que, solo a veces, anuncia o enuncia su significado (esa fue siempre su intención primera, pero modificaciones a lo largo de los años pudieron extinguir este vínculo entre significante y significado). No dudo que en el principio fuera el verbo y que nuestros antepasados se vieran obligados a nombrar para conocer. Pero qué condena esta, ¿no creen?

 

Vista desde el espacio, la Tierra no presenta fronteras, todos lo sabemos, pero todos lo olvidamos. En algún momento no hubo religiones instituidas (ni siquiera para poder negarlas) porque ni siquiera había instituciones, al menos conscientes de serlo. Pues bien, lo mismo sucede con el baloncesto, cuya esencia solo podemos intuir haciendo una ardua labor de prehistoriador, y puede que ni siquiera eso importe, porque, en definitiva, a veces olvidamos la simplicidad de sus elementos básicos: objetivo, móvil, número de jugadores, manera de puntuar y evitar que el rival puntúe.



Esta es mi particular cruzada cuando afronto el reto de su enseñanza. Pido perdón de antemano si no uso una jerga especializada, parece impropio de un escritor, pero, ya les digo, aun reconociéndole valor al lenguaje, creo más en los alfabetos de consumo interno, en esos idiomas que inventábamos de niños para que, precisamente, los adultos no pudieran entendernos. Es decir, hablando en román paladino, me la quieren soplar, aunque a veces los emplee, términos como “pasar y cortar”, “dividir y doblar”, “lado fuerte”, “lado débil”, primera ayuda, segunda ayuda, incluso puerta atrás. ¿Por qué? Porque no existían y siguen sin poder apreciarse desde el espacio.

 

Por supuesto, y he cambiado cien veces de idea acerca de este punto, ahora mismo creo que es mucho más importante que los jugadores a los que entrenamos conozcan su cuerpo y sean capaces de emplearlo con equilibrio, coordinación, flexibilidad y velocidad a que conozcan conceptos que a veces parece que ejecutan más para complacer a su entrenador que a un hipotético espíritu del juego, que no sabemos cuál es, pero que, desde luego, no necesariamente atiende a la lógica que se ha impuesto en base a una presunta utilidad que ni siquiera discuto: es verdad, un equipo que juega bien pasar y cortar puede ganar el partido a uno que no lo haga (en igualdad de factores mucho más determinantes), pero eso nos debería importar lo justo.

 

También, y en esto también he cambiado de opinión, he vuelto a pensar que es más importante que dominen las tres acciones principales que se pueden hacer con balón, en aras de una autonomía decisional que los lleve a amar el juego bien a través de su dominio o el reto que les supone, a tomar las decisiones que se ajustan a un esquema lógico heredado y que, ya les digo, no niego que pueda funcionar. Esto porque pienso que solo un dominio atlético y técnico puede conducir a que el niño se centre en conseguir, para él y para su equipo, meter más, o recibir menos, canastas que el rival.

 

Sin embargo, aunque tengo claro que quiero eliminar de mi particular diccionario de baloncesto las convenciones que algunos honorables maestros (esto sin dudarlo) acordaron para generar un idioma común y dotarse de un bagaje que, a través de la simplificación de estructuras, les condujera a resultados positivos, tengo más dudas en el método a utilizar para sustituirlo. Desde luego todo pasa por la táctica individual (íntimamente relacionada con la técnica individual) puesta al servicio de la causa colectiva, imbuida de valores que permitan este ejercicio, al mismo tiempo egoísta (ambicioso, orgulloso) y solidario (pues implica renuncias) que puede permitir meter canasta y que no te la metan.



 


Admito que me gusta transportar a mis jugadores a situaciones cotidianas de la vida en las que se ven obligados a colaborar (una tarea doméstica), luchar por la obtención de un bien escaso o defender algo que tiene un valor para ellos. Al menos así, hablándoles en términos que conocen, puedo establecer con ellos un puente o canal de comunicación, pidiéndoles una interacción continua que nunca debe resultarnos irrisoria: lo único que varía es la lógica desde la que se pronuncian las palabras, y ellos, en muchas ocasiones, están menos contaminados que nosotros.

 

Por otro lado, me gusta el concepto de iniciativa. Retarles a gobernar lo que ocurre en el campo. Y para mandar hace falta captar y procesar información, conocer cómo están distribuidas las piezas, al menos las esenciales para poder tomar decisiones (yo mismo respecto al campo, yo mismo respecto a mi defensor, mi defensor respecto a mí, los compañeros respecto a mí, los defensores respecto a mis compañeros). Esto con balón y sin balón, pues quiero a cinco jugadores tomando decisiones con, eso sí, la pelota y los aros actuando como centros de nuestro campo gravitatorio y los objetivos colectivos (meter canasta y que no nos la metan) en la mente. No en vano, y esto casi no es necesario explicarlo, aunque hay muchos chicos que se “equivocan”, la mayor parte de ellos, y de manera natural, se sitúa encarando el aro rival y de espaldas al aro propio.

 

Pero regreso a la iniciativa, un concepto, sí, no lo niego, pero muy anterior, pienso, a todas esas pajas mentales de profesores de la vieja escuela, a la mayoría de las cuales admiro, no me malinterpreten. Si nuestro compañero con balón lleva la iniciativa debo permanecer atento y a la expectativa de lo que pueda hacer (progresar, cocinar un ataque o demandar colaboración). Mi situación y la de mi defensor deben favorecer su acción, cualquiera que sea y, si mi defensor tiene otros planes, debo hacérselo pagar en aras de colaborar con mi compañero sin perder de vista, en todo momento, que lo que queremos es meter canasta. Lo mismo sucede con los jugadores más próximos al balón, cuya iniciativa, por este hecho, es anterior a la de un jugador más alejado de este. Esto no deja de ser una jerarquía, pero me parece más sencilla de trasladar a una lógica preverbal, preconceptual, que debería ser la propia de esos seres libres de contaminación que son los niños.

 

Podría seguir desarrollando este tema, diciendo que con la iniciativa perdida entraríamos en una fase de emergencia o cooperación humanitaria. O que con la iniciativa transformada en ventaja deberíamos jugar para aprovecharnos y reaccionar a la reacción de la forma que mejor colabore con nuestro objetivo principal, que debe ser meter canasta, algo que siempre va a ser más sencillo si progresamos con velocidad, control corporal y percepción de la pista, si somos capaces de combinar elementos, pasar con precisión, agarrar el móvil y predisponerlo para su lanzamiento en poco tiempo para hacerlo, además, con precisión.

 

En fin, creo que en el principio fue el atletismo, la psicomotricidad, los elementos condicionales, la propiocepción… Que después vinieron los fundamentos específicos relacionados con la existencia de un móvil de unas particulares características. Que al tiempo se impone una lógica que no es difícil de entender a través de la palabra iniciativa o cualquiera que se nos ocurra para que el niño comprenda que no juega para ser protagonista, sino para que el equipo meta canastas y no las reciba. Y que mucho más tarde, y solo si la suma de tácticas individuales, de inteligencias estratégicas particulares, no es positiva, va la enseñanza de conceptos que, además, no se desgasten, les va a explicar mucho mejor el entrenador senior que les pregunte por la lógica de la regla de tres y les pida que le crean cuando les cuente que los niños vienen de París, unas veces por desconocimiento, otras como demostración de fe en su ideario

 

Dicho esto, fracaso cada vez. No porque el equipo contrario nos gane por pasar y cortar. Sino por no saber explicarles que un individuo desconocido que se aproxima es peligroso y no debemos abrirle la puerta, por si se lleva nuestros Lego. Pero creo, humildemente, que al igual que el sistema educativo se equivoca al formar a los adultos del mañana con los parámetros de hoy (y no atendiendo a una mayor transversalidad en base a la humildad y conciencia de nuestra propia ignorancia), nos equivocaríamos como entrenadores si seguimos formando en conceptos que, aunque puedan llevarnos a ganar, no sabemos si seguirán vigentes cuando los alevines de hoy sean los senior del mañana y que, desde luego, no serían fáciles de explicarle a un marciano recién aterrizado en La Tierra, por producto de una simplificación que sean.

 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Niño, ponte a joder ya con la pelota

 




Hay teorías para todos los gustos, tal vez alimentadas por estos días oscuros de guerra y calima, de aniversarios de pandemia y nostalgia del confinamiento, cuando teníamos tiempo para leer y ver series y comentarlas con los amigos. Hablo de teorías acerca de la infancia, o de lo que queda de ella, ausencia reflejada en los ojerosos rostros de los niños que entrenamos, menos atentos y motivados que nunca, menos dotados para el deporte que antes por la ausencia de horas de calle, de práctica informal, ni deliberada ni no, ni práctica siquiera; jugar era lo que hacían los niños cuando eran niños.

 

A favor de los padres de hoy en día debo decir que quieren ser los mejores del mundo. Simplemente olvidan que es un error querer ser el mejor padre del mundo, igual que pensar que tienen al mejor niño del mundo. Ambas cosas son improbables, la cuenta es sencilla: uno entre miles de millones. Los de antes, menos ambiciosos, probablemente más dejados y con menos posibles, lo sabían y aceptaban sus limitaciones. La consecuencia era que los niños cogían solos el autobús, volvían andando, hablando con sus amigos, y se quedaban a jugar en cualquier manzana libre a la que de manera generosa llamaban parque.

 

Los padres de hoy en día son más conscientes de la competencia que les espera a los adultos del mañana, y esto no es un sketch de Les Luthiers. Saben lo difícil que es acceder a un puesto de trabajo en una multinacional extranjera, ser un directivo de éxito, un rostro conocido del gremio que elijan; no conciben otra cosa: los otros niños trabajarán para los suyos, de ahí que muchos no los enseñen a hacer las tareas de casa anticipando que nunca tendrán que hacerlo. La mayor parte de ellos invierten en las competencias que hoy en día parecen asegurar un futuro más o menos estable. No contemplan que estas puedan haber cambiado en unos años y no creen demasiado en el valor de aquellas otras transversales como la capacidad de comunicación, de procesar información o tomar decisiones, justo donde el juego, cualquier juego, se erige en el principal maestro.

 




Ocupan, de esta manera, sus agendas provocando la escasez de tiempo y energía, también de libertad creadora. Incluso aquellos profesionales que se especializan en la orientación personalizada en diferentes sectores se dotan de recursos, herramientas o discursos estandarizados para escalar sus actividades económicas y hacer rentable su vocación. Su vocación y todas las horas invertidas en el pasado tratando de garantizarse un futuro más o menos decente. Apenas queda margen para la autodidaxia, para la autorregulación de conductas, el diseño de estrategias. Todo les viene dado. Todo ha sido previamente diseñado. En exceso.

 

Los padres de hoy en día, queriendo ser los mejores padres del mundo, se hacen una trampa a sí mismos al erigirse en el pilar de la educación de sus hijos (y privando de esta misión al pueblo o sociedad del momento), aunque sea de forma vicaria o delegada en todas las instituciones a las que los confían y de las que pronto, como clientes, se convierten también en jueces y evaluadores, lo que nunca haría un padre de aquella otra época, la del tabaco en los bares, la de los corrillos donde nunca pasaba nada y uno no sabía distinguir entre la tranquilidad y el pasotismo.

 

Ahora bien, ¿qué hacemos como entrenadores? ¿Cómo enfocamos nuestra tarea con esos niños ojerosos hijos de padres jueces que valoran su presencia en nuestra escuela o club como una inversión, más o menos a fondo perdido, en la felicidad de sus hijos o en la formación en todas aquellas competencias que no es capaz de inculcar el profesor de inglés, el maestro de música, el tutor del colegio, el canguro o los abuelos? ¿Debemos estandarizar los procesos, engrasar la cadena de montaje, meter inputs, sacar outputs y presentar los resultados a los accionistas? ¿O debemos ser ese espacio de caos relativamente ordenado donde se juega de manera segura con unas habilidades que crecerán por igual de la mano del orden que de la informalidad?

 

O quizá ya sea tarde, y esos rostros ojerosos ya no sepan hacer nada por su cuenta, sin que nadie se lo explique, se lo ordene y se lo mande repetir. Y puede que jugar, después de todo, ya no sea esa cosa tan seria y divertida en la que podíamos invertir tantas horas, sino solo otra tarea más a cumplimentar para satisfacción más de otros que de uno mismo. Os cuenta todo esto un entrenador que planifica al minuto las sesiones y que emplea mucho más de lo que le gustaría el mando directo como método de enseñanza-aprendizaje, quizá aquejado por el mismo mal que afecta a los que aspiran a ser los mejores padres del mundo. Os lo cuenta convencido de que lo que tienen que hacer la mayor parte de los niños con los que coincido es ponerse a joder ya con la pelota.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Si esto es entrenar

 




Hace muchos años me comentaba un entrenador amigo, citando al entrenador principal de su equipo, que entrenar es entrenar en el conflicto, y que si este no surge es necesario preocuparse hasta el punto de tener que provocarlo. Se asume que el ser humano es por naturaleza egoísta, perezoso, indisciplinado y se acude a métodos conductivistas para corregir comportamientos cuando las narrativas se vuelven insuficientes para convocar las voluntades y provocar o conseguir las mejoras oportunas. Y lo peor es que en demasiadas ocasiones estas pautas funcionan y demuestran su efectividad por la vía de los hechos. Somos animales, me comentan a menudo, no sé si como lección o recordatorio.

 

El deporte de alto rendimiento es así, una continua lucha por fracasar mejor. Son pocos los ganadores y es difícil medir las victorias que no tienen reflejo en el resultado. La sensación del trabajo bien hecho no soporta una derrota el fin de semana, aunque el equipo contrario fuera objetivamente mejor en términos de antropometría o talento. Es más, no siempre hay un traslado eficiente del trabajo del martes, el miércoles o el jueves al domingo: competir es otra cosa, me comentan a menudo, no sé si como lección o recordatorio.

 

Ser entrenador es someterse a constantes lecciones de escepticismo y pérdida de fe en el ser humano y los principios rousseaunianos. A veces parece cierto que fracasamos educando a los niños y por eso no queda otra que castigar a los hombres, y lo peor es que a veces se comprueba: no hay rendimiento (o eso parece) sin cierta acumulación de ira, desprecio o indiferencia. No hay relato, insisto, me alecciono e intento recordar, que justifique los esfuerzos, la disolución de la identidad que exigen los deportes colectivos y que no siempre el crecimiento de dicho colectivo sirve para explicar cuando no sabemos realmente por qué lo hacemos y somos incapaces de sentir los símbolos (el escudo, la ciudad…) como nuestros.

 

O puede que suceda lo contrario, y que la misión no sea suficientemente atractiva, aunque objetivamente llevar la nave a buen puerto suponga la supervivencia en términos laborales de los marineros. No sé si nos equivocamos al dar por hecho que todo jugador de deportes de equipo ha pagado, por el hecho de serlo, el peaje de ser generoso. Estaríamos asimilando, lo que es mucho asimilar, que lo que los condujo al baloncesto, o al fútbol, o al balonmano, fue el gusto por compartir, un instinto genuinamente altruista o solidario. Sabemos que no es así, que el germen fue egocéntrico, que al niño le gustó un deporte porque se emocionó al verlo (él, no sus amigos), porque lo practicó y se divirtió (él, no sus amigos) o porque encontró un rápido reconocimiento, interno y externo, a sus competencias y habilidades. A las suyas y de nadie más.

 

Estas ideas que quieren convertirse en certezas me tienen dividido. No me gustan las estructuras, las instituciones, las religiones, los colectivos. Comprendo la necesidad de vivir en sociedad y la existencia de todas ellas, la filosofía que las inspira y apoyo alguna de sus reclamaciones, sobre todo cuando están destinadas a mejorar la vida de los individuos. Y, sin embargo, siento que muchas veces entrenar es crear una estructura por encima de las alargadas sombras de los hombres (y las mujeres) y que el equipo es una suerte de deidad en la que los jugadores tienen que creer con independencia de que se compartan, o no, las lecturas sagradas.

 

Inspirar y educar llevaría demasiado tiempo, tener un diálogo abierto y sincero con todos los miembros de la colectividad, acudir cada poco al 3ºH, no solo a por sal o aceite, es casi inviable en términos de eficiencia, así que nos vemos obligados a homogeneizar, crear estructuras, categorías, ampliamente injustas, como lo son todas en sus márgenes. Y toca tratar como animales, claro, a los niños que no fueron educados. Castigarlos para sacar rendimiento, sentarlos a rezar mirando a La Meca o en el Muro de las Lamentaciones para conseguir esas victorias que lleven la nave al puerto indicado. Y es así, me comentan, no sé si como lección o recordatorio.

 

Pero uno duda, aunque la duda sea enemiga del rendimiento y ganen siempre los chicos duros de la clase, los que menos piensan o mejor se engañan. Y renuncia al silbato a la hora de entrenar porque en el principio fue el verbo y porque el lenguaje, junto al uso de las herramientas, es la principal nota distintiva de nuestra subespecie. Y al pavlovianismo como método de mejorar el rendimiento porque no sé si determinados medios justifican determinados fines, aunque medie una relación contractual, un pacto que se firma en la quietud del verano y que debería firmarse, para garantizar su validez, al concluir una serie de diez suicidios.


Y se pregunta si esto es ser entrenador. Si puede serlo. Si quiere serlo. Si merece la pena. 

 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS


A buen exprimidor...

 




Es natural. No los culpo. La función de un exprimidor es exprimir las naranjas hasta la última capa superficial de su piel. Hasta que no quede nada de pulpa, nada. Exprimir, exprimir y volver a exprimir, que diría Luis Aragonés. El problema se multiplica cuando el exprimidor funciona como una institución cuyo principal incentivo, como el del resto, es sobrevivir. Sobrevivir para exprimir. Exprimir para sobrevivir. Miento, el verdadero problema es creer ser naranja y sentir que necesitas del exprimidor para vivir y ponerte en sus manos cada año, como si nadie pudiera exprimirlas mejor.

 

Esto no sería un problema si los miembros que forman las piezas del exprimidor sintieran que su futuro depende de cultivar más naranjos, recolectar, y por lo tanto exprimir, más naranjas, no de exprimir con más esmero las que hay. Pero eso lleva tiempo, exige talento y esfuerzo y ellos se dedican solo a exprimir. No saben hacer otra cosa. Algunos ascendieron de naranja a exprimidor y ya se han aprendido el lema de Bartleby: «preferiría no hacerlo». No crear, no difundir, no promocionar, no educar. En fin, pudiendo exprimir…

 

El tema es que la naranja apenas presenta ya la última frontera de su piel. Hasta el punto de que apenas es posible sacar unas rozaduras para aromatizar un cóctel o algún postre casero. A la naranja se le cayeron los patrocinios de marcas de alcohol y otras drogas, el apoyo de las inmobiliarias y la industria que las complementaban, el dinero procedente de las arcas municipales, que siguen raquíticas, solo que ahora más fiscalizadas, las subvenciones autonómicas, que ya no son las de antes de la crisis. En fin, no queda naranja, pero, en vez de cultivadores, el exprimidor jefe ha decidido poner más exprimidores.

 

Expandir el número de ligas, repartir la pobreza, endeudar más a las cuatro naranjas, y a los cuatro cultivadores, locas que todavía creen y apuestan por esto. Ello para seguir dando de comer a su hornada de nuevos exprimidores, que se ríen de las naranjas que aspiran a ser hoja nueva, árbol, cultivador, que intentan hacer crecer el deporte del baloncesto alejándose de los debates inútiles, de las tertulias de barra de bar, del reparto de la miseria, de la indolencia de la mayoría. Pero quién puede culpar a los exprimidores por tener hijos exprimidores que se dedican a exprimir para sobrevivir, a sobrevivir para exprimir. La familia es la familia y la familia es lo primero.

 

En fin, a buen exprimidor…

 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

50 años y 50 puntos después

 




Cincuenta años después, cincuenta puntos después, los Bucks son otra vez campeones. En la capital del estado de la cerveza han sobrado los motivos para que corran las jarras. Como diría Tolstoi en el inicio de Anna Karenina, todos los proyectos perdedores se parecen, pero los ganadores lo son cada uno a su manera. O algo así.

 

El de Milwaukee es un caso paradigmático de estabilidad, ello pese a que el pasado febrero llevaran a cabo movimientos decisivos, especialmente con la incorporación de Jrue Holiday. Y ojo, esta estabilidad va más allá de las caras y los nombres, que, en determinados puestos, como el del primer entrenador y el General Manager, han cambiado en los últimos cinco años, sino en las ideas, pues las bases están sentadas desde, aproximadamente, 2015, cuando los directivos hicieron una apuesta muy clara por atletas de largas extremidades, ideales para practicar una defensa individual de ajustes, con principios (triángulos amplios, cambios de asignación manteniendo posiciones…) y actitudes zonales (abiertos a balón, brazos extendidos) que colapsaría todas las líneas de penetración sin renunciar a molestar las líneas de pase y puntear un alto porcentaje de tiros. 

 




Paradójicamente, es mucho más fácil aplicar cambios, probar estrategias, sobre la base de una estabilidad, sin que las piezas sientan que, al moverse, ponen en riesgo la estabilidad del edificio y su propia supervivencia. No en vano, los de Budenholzer han concebido la temporada regular como un laboratorio o banco de pruebas en el que han puesto en marcha numerosas combinaciones sacrificando un cuantioso número de victorias. Y tal y como ha quedado demostrado, a pesar del regreso de los aficionados a los pabellones, esta puesta a punto ha sido más valiosa que el factor cancha.

 

De estas probaturas ha devenido una variedad estratégica que no ha encontrado parangón en ningún otro equipo de la NBA. Cinco pequeños, tres grandes, alineaciones más ordenadas, variantes en el esquema general de cinco abiertos con colocación de jugadores pequeños en la cercanía del aro, apuestas puntuales y decididas por dominar el rebote ofensivo, alguna que otra zona para ahogar al manejador… Una variedad que ha enriquecido los planes de partido y ha posibilitado llevar ajustes que no hubiera sido posible plantear sin estos ases guardados bajo la manga, entrenados y dominados. Además, esta temporada regular llena de altibajos, en el conocimiento general de la existencia de un plan, ha fortalecido los vínculos entre compañeros y los ha convertido en el equipo mentalmente mejor preparado, mens sana in corpore sano, aunque no haya faltado a su cita la suerte



Y queda hablar de la plantilla, claro. Porque tiene mérito juntar a dos de los cinco mejores defensores de perímetro de la liga. A un siete pies con rango de tiro. Al típico jugador que aporta toda clase de intangibles saliendo desde el banquillo. A la reencarnación mejorada de una hipotética fusión perfecta entre Allan Houston y Reggie Miller, fino y certero como nadie en los momentos decisivos. Y, por supuesto, a Giannis Antetokounmpo, número 15 del draft de 2013, por detrás de tipos entrañables como Olynik o Shabazz Muhammad, una fusión, en este caso, entre Lebron James y Wilt Chamberlain que Budenholzer finalmente ha sabido aprovechar en una posición mixta, interior y exterior, que ni es 3 ni es 4 ni es 5 (aunque esto es lo que más ha sido), que certifica la superación del basket de especialistas al tiempo que da por buena la teoría de Noah Harari sobre el tránsito de Sapiens a Deus, de hombres a dioses. Al menos en su caso. 

 




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

El mayordomo de los fundamentos

 




El bote, cuando no es útil, no es bote, es abuso. De la paciencia y la confianza de los compañeros. Del entusiasmo y el dinero de los espectadores. Esto es lo que he querido transmitir en el primer turno del Campus Gigantes de Valladolid, organizado por Javier Hernández Bello y David Barrio, y acompañado por grandes amigos y compañeros, mientras, a través de la visualización de imágenes y la ejecución de tareas más o menos emparentadas con el juego real, hemos querido imitar el buen uso del bote del jugador del momento, un Cris Paul que ha venido a alcanzar la madurez cuando a otros se le agolpan las telarañas y solo piensan en la jubilación.

 

El bote es un fundamento medial, una herramienta que construye la casa pero que no forma parte de ella, que aquilata triunfos más por defecto que por exceso, pero que necesitamos, toda vez que fue incluido en unas reglas que originalmente no lo contemplaban. El bote, tal y como apunté al final del vídeo y de los entrenamientos, es el Robin de los fundamentos, o Alfred, el mayordomo, como sugirió uno de los jugadores. Suple, acompaña y complementa a los dos fundamentales: el pase y, desde luego, el tiro (finalizaciones), que vendrían a ser Batman.

 

Sobre él se han elaborado muchas teorías, algunas con la visión nublada del enamorado y otras con la perspectiva nostálgica del que lo prohibiría de nuevo, por fomentar el egoísmo, dificultar la circulación de balón o atentar contra el noble espíritu del baloncesto que se jugaba en sus tiempos, eso sí que era baloncesto. Lo cierto es que con el trabajo realizado, también el previo de preparación de los materiales didácticos y las sesiones, y con estas reflexiones a posteriori, no vengo ni a demostrar ni a desmontar, sino a proponeros algunas ideas que nos hagan pensar al respecto.  

 

Con relación a las caras del balón creo que hay un consenso generalizado sobre la necesidad de manejar y estar familiarizados con todas ellas. En situaciones de lectura o desplazamientos laterales sin perder de vista la canasta (y con el cuerpo orientado hacia ella), también en el inicio de los cambios de ritmo y las frenadas o antes, por supuesto, de iniciar una acción de pase o tiro, la mano debe recorrer al menos dos de ellas, alargando el tiempo que el balón pasa en la mano y escondiendo, así, la verdadera intención. No solo por reglamento, sino también por ser un obstáculo para la coordinación de tren superior e inferior en la mayor parte de los casos, desecharía la idea del acompañamiento o manejo, aunque jugadores como Luka Doncic alarguen la pausa en el bote llegando a colocar la mano en la cara inferior del balón.

 



En cuanto a la disociación del trabajo de los pies y el de la mano o bote, creo que también existen consensos, aunque aquí, como en los puntos que veremos a continuación, lo importante es manejarse en la armonía y en el ruido, ser a veces metrónomo y, otras, improvisadores. Desde luego, tener la capacidad de mostrar cosas diferentes (no solo con los ritmos, sino también con la colocación o dirección de los distintos segmentos corporales), de anunciar intenciones distintas, es siempre útil en un deporte de oposición y de objetivos contrapuestos.

 


También me parece clave jugar con el binomio actitud-intención. De ahí que sea relevante adelantar, aunque sea en décimas de segundo, la toma de decisiones; basarla en una intuición y no en una lectura a posteriori que desencadene una reacción, aunque siempre debamos estar alerta. Ante la visión, casi premonitoria (aunque basada en la experiencia y la memoria de acciones anteriores, vistas o vividas), de lo que va a suceder, el jugador toma una decisión y debe, por lo tanto, esconderla hasta el último momento, debiendo disociar en todo caso su actitud corporal de su verdadera intención.

 

Utilicé a Elastic man, de los Cuatro Fantásticos, para hablar de la amplitud del bote y la necesidad, nuevamente, de manejar cualquier anchura, pues no es siempre lo ideal llevar el balón muy lejos del tronco para ganar libertad de movimientos y engaño y será necesario también llevarlo delante y lejos de un defensor que nos persigue, o meterlo por un espacio reducido buscando esos espacios intermedios donde el atacante reina mientras los defensores se miran y repasan las reglas defensivas buscando una explicación y, muchas otras veces, demasiadas, un culpable.

 

Me serví de un duelo a espada de La máscara del zorro para hablar del bote de amenaza y de la necesidad de tantos y tantos jugadores que observo de elevar la altura de los hombros e intercambiar, en general, los diferentes grados de angulación de la espalda y de amplitud de los pies durante el ataque con vistas a poner máxima presión en el defensor. Para ello, con el símil de Los Picapiedra, quise explicar la necesidad de cambiar ritmos y velocidades en muy poco espacio, de acelerar de súbito y frenar en seco, una tarea a realizar, como casi todas, en estrecha colaboración con los preparadores físicos.

 


Por último, me serví del caballo del ajedrez para explicar la necesidad de jugar con ángulos y variar trayectorias (algo que aprendí de las reflexiones de Jenaro Díaz), saltando por encima de las piezas defensivas hasta insertarnos, nuevamente, en esos espacios intermedios de duda y desconcierto. Cris Paul dibuja eles por el campo, mezclando ataques y retiradas, provocando la somnolencia de defensores que despertarán demasiado tarde.

 

En fin, hay mil detalles a aportar con el bote y muchas de las normas, interesantes dentro del proceso de enseñanza, se muestran rígidas ante las nuevas necesidades. Ya no sirve el bote plano, ya no vale manejar con una mano, ya no bale el bote bajo ni únicamente el bote lejos, ya no vale echarla cuanto más adelante mejor ni usar el menor número de botes posibles, pues el último, un bote fuerte, casi en el pie, amplía el arsenal consecuente y mejora la siguiente acción, a la que el bote se debe como buen mayordomo, como buen Sancho del pase, el tiro y, por lo tanto, de los éxitos del conjunto. 




 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

El camino del Breogan, el camino de Epi

 




Sirva esta entrada para darle las gracias al Club Baloncesto Tizona de Burgos y a las personas que me eligieron para su proyecto pues, aunque los resultados no fueron los esperados (asumo aquí mi parte de responsabilidad), me han permitido seguir formándome y acceder, no solo como espectador, a un conocimiento mayor de la liga LEB Oro, una competición entretenida y rica en detalles en la que participan muy buenos jugadores y entrenadores.

 

De no haber sido parte de un club de esta categoría, ayer hubiera visto el partido entre Coviran Granada y Leche Rio Breogan, hubiera asistido con curiosidad al desenlace de la competición y hubiera flipado, por supuesto, con la superioridad de los lucenses. Pero todo cobra más sentido tras haber jugado dos veces contra ellos, después de haber seguido la liga con el interés de quien trabaja en ella y debe estudiar y aprender de los rivales.

 

No se puede ser el mejor todo el tiempo

 

Esta es la primera y principal lección, pues ilustra el que debería ser el primer punto de toda planificación y, al mismo tiempo, predispone mentalmente a todos los miembros de la plantilla para no endiosarse en el triunfo ni fustigarse en la derrota, ya saben, el famoso adagio importado del inglés: Never too low, never too high. Las temporadas son muy largas, los rivales también juegan, los procesos llevan tiempo, el trabajo tarda en dar sus frutos y esto es algo que hay que comprender.

 

Esto en la gran escala, la de la temporada, en la que ha habido altibajos, pero resulta que, además, el Breogan también ha sabido gestionar los tiempos de los partidos, incluso los tiempos dentro de los tiempos. En partidos clave han sabido recuperarse de parciales muy malos y gestionar resultados favorables, han sabido apretar cuando tocaba y remontar marcadores que parecían definitivos. Esta fortaleza mental, insisto, que es la que suele acompañar a todos los grandes equipos, parte de la aceptación tranquila y pausada de lo que decíamos: no se puede ser el mejor todo el tiempo.

 

Físico y versatilidad…

 

De la plantilla de Breogan se pueden destacar varias cualidades. Sin duda, las estructuras anatómicas, los valores cineantropométricos y las condiciones físicas generales de sus jugadores estuvieron muy bien elegidas. Los Quintela pueden figurar, perfectamente, entre los mejores atletas de la liga por su explosividad y capacidad para repetir esfuerzos explosivos en espacios reducidos y de muy corta duración. Y qué decir de Soluade o Kacinas (en menor medida también Sollazzo), figuras hechas para jugar al baloncesto. Y ojo con Larsen, mucho más móvil de lo que aparenta, al igual que Aboubacar.

 

Sin embargo, serían otros los factores a destacar. En primer lugar la polivalencia de sus figuras clave. Sergi Quintela es un dos que, bien acompañado, puede hacer el 1, Adam Sollazzo un 2 alto o un 3 dinámico, Mindaugas Kacinas un 4 abierto o un 3 alto, Kevin Larsen un 4 polivalente o un 5 capaz de jugar en todas las posiciones del ataque, con todo lo que eso implica también en defensa. Esta versatilidad, unida a la profundidad de la plantilla, puede ser un valor en sí mismo, pero lo ha sido mucho más de la mano de un gran entrenador como Epi.

 

…Alternativas y profundidad

 

Breogan ha explorado múltiples fórmulas de quinteto y no lo ha hecho únicamente con intenciones decorativas, sino ajustando en cada caso el guion de juego a las características de los jugadores (propios y del rival) y al esquema de quinteto seleccionado. Breogan ha jugado con doble base, con cuatro pequeños, con tres grandes, con dos interiores puros… Y cada cambio ha tenido implicaciones en el ritmo de juego, en la táctica ofensiva asociada, en lo extendido o replegado de su balance y su presión, en las distintas formas de defensa del bloqueo directo, en la posiblidad de defensas alternativas, mutantes o zonales...

 

Foto obtenida en https://soundcloud.com/cbbreogan/diego-epifanio-rp-971977424



Todos los jugadores se han sentido útiles, lo que ha implicado, obligatoriamente, que todos hayan pasado por valles y picos en su trayectoria, algo que requiere de un extra de paciencia y de mucha pedagogía por parte del cuerpo técnico. Estoy seguro de que este hecho, esta profundidad y, por lo tanto, este reparto de minutos, han desembocado en  conflictos, en frustración y desencanto, pero, como todo en este año, gracias a la psicología de su técnico, estos sentimientos han sido pasajeros. Nuevamente, esta profundidad ha colaborado decisivamente con el umbral de exigencia, el mantenimiento del desempeño físico durante los cuarenta minutos de juego y las alternativas tácticas a las que antes he hecho mención.

 

Hard on the practices… Soft on the matches

 

Parafraseo con extrema libertad el siguiente lema sobre liderazgo que dice algo así como “Hard on the issue, soft on the person” (duro con el problema, suave con la persona) para definir el estilo de trabajo de Diego EpifanioEpi, un entrenador al que es muy fácil querer, pero no tan fácil, por lo que sea, admirar. Y es que la normalidad es aburrida, el trabajo callado no vende, el estilo de dirección y liderazgo tranquilo algo que es muy fácil de confundir con lo blando, lo insípido o lo falto de carácter.

 

Y lo que le sobra a Epi es carácter. Porque hay que tener carácter para liderar así a los equipos, con las manos en los bolsillos durante los partidos, seguro de haberlas tenido en el barro durante la semana, cerrando al más mínimo detalle el plan del encuentro, preparando a los jugadores física, técnico-tácticamente y mentalmente para la batalla. Probando todas las combinaciones, dotándolos de autonomía hasta el punto de, precisamente, llegar al partido y poder dejar las manos en los bolsillos, ahorrarse aspavientos, dialogar con unos y con otros, conectar con las almas de sus jugadores, ajustar una cosa, máximo dos, en el tiempo muerto y en el descanso o hacer un cambio que todos (menos el rival) ya saben lo que supone en términos estratégicos hasta conseguir, así, un nuevo ascenso.


En realidad, sí han sido los mejores todo el tiempo

 

Un ascenso que han logrado siendo los mejores todo el tiempo en términos de diseño de plantilla, planificación y trabajo, he mentido con el título, sin ser los mejores todo el tiempo (las circunstancias no lo permiten) para poder ser los mejores cuando había que serlo, en lo que ha representado toda una lección de entrenamiento y vida.

 

Muchas gracias, Breogan. Muchas gracias, Epi. Habéis hecho muy felices a vuestros seguidores. Nos habéis hecho mejores a todos con vuestro ejemplo.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

El secreto peor guardado

 




Junio siempre ha sido mi mes favorito. Los vencejos apuran sus últimos vuelos en estas latitudes, los aromas de plantas como el romero o la madreselva alcanzan su apogeo, los días son largos y calurosos y las noches breves pero intensas. Durante la infancia, el mes de junio inauguraba la temporada de juegos estivales, los partidos al caer la tarde, los escarceos amorosos, protoeróticos, al filo de la medianoche. Junio era el comienzo de un largo verano en chanclas y bañador, en moto o bicicleta.

 

Junio era, al menos en los años pares, el mes de mundiales y eurocopas, el epílogo del Giro, la ACB y Roland Garros, el prólogo de Wimbledon y el Tour. Es decir, época de héroes inalcanzables, ídolos de tez ennegrecida y gotas de sudor que, desde la sien, descienden por los carrillos hasta acabar mezcladas con el polvo o el asfalto. Junio encendía la imaginación de quienes ensayábamos burdas imitaciones de Baggio, Edberg o Indurain en los parques del barrio.

 

Hablo en pasado. No de los vencejos y los olores, tampoco de las circunstancias meteorológicas estacionales. Sí del deporte, claro, aunque los calendarios, más allá de las circunstancias pandémicas, se repitan con estudiada cadencia, convocándonos al ejercicio ritual del sacrificio, de la contemplación extasiada de los hombres en el ejercicio agonístico, de la guerra en las modernas trincheras. Cerrado por mundiales, se leía en la puerta de Eduardo Galeano, cuando llegaba tal acontecimiento.

 

Hablo en pasado porque la emoción ya no es la misma. Uno crece, claro, y humaniza, por la vía de la comprensión, lo que le rodea, empezando por la divinidad de sus progenitores. Uno estudia y analiza, escruta y valora, piensa y contempla desde todos los puntos de vista la realidad hasta acabar amoldándola a unos esquemas mucho más primarios, que son los que nos ponen cachondos y nos alinean, irracionalmente, del lado de una bandera, un escudo o una idea. Los argumentarios relacionados con el deporte se han sofisticado tanto como los de los políticos, tanto como se ha domesticado la emoción, sujeta a cuestiones tan triviales como el lucro o la necesidad.

 

Y entonces perdimos junio. No el recuerdo de aquellos junios, ni de aquellos veranos, pero sí los junios de emoción inenarrable, de alegría anticipatoria por todas las promesas que anunciaban los sonidos y los olores de aquel mes en el que nos pasábamos la vida mirando fútbol, tenis o ciclismo, recreando las imágenes en la cama, justo antes de dormir. La culpa la tuvimos nosotros, que le contamos el secreto a los adultos, que compartimos la información, el contenido del baúl, la fórmula de la emoción incontenible.

 

Ignorábamos que la utilizarían para transformar la batalla en un campo de batalla, la emoción en un escenario para la emoción, el deporte en un espectáculo, los sueños en una pesadilla con forma de casa de apuestas y tertulias infumables; junio en una sucursal del Banco Hispano Americano.

 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Y "mañana" llegó (Brooklyn Nets)

 




Esta entrada va dirigida a todos aquellos entrenadores que no creyeron en aquello de sembrar para mañana, de plantar árboles que no verán crecer. Que planificaron la temporada pensando en el campeonato que, por casualidad, disputarían sus equipos; la semana, en el partido que estaba por llegar. Esta entrada va dirigida a mí, entrenador corto de miras por excelencia, práctico y concreto por falta de talento y de visión.

 

Esta entrada no es necesariamente una crítica, es muy probable que nunca hayamos entrenado al próximo Kevin Durant, pero sí es una advertencia, porque tal vez sí y ahora nunca lo sepamos. El mañana que no veíamos aquella tarde fría de jueves ha llegado. Se llama Brooklyn Nets.

 

La falta de perspectiva de muchos frente a la visión de unos pocos

 

El gordo estiró, el largo musculó y el pequeño jugón sigue siendo el pequeño jugón. El talento hay que entrenarlo, adquiera la forma que adquiera en una edad temprana. El talento puede venir en envoltorios de distinta belleza, pero es el contenido lo que cuenta. El talento hay que educarlo y motivarlo para que no caiga en la pereza, para que no busque nuevos estímulos fuera de la cancha. Desde aquí, como espectador maravillado de lo que están haciendo los Nets en estos Playoffs… Gracias.

 




Gracias, sí, a todos los entrenadores de formación que invirtieron horas junto a Kevin Durant, Kyrie Irving y James Harden, entre otros. Principalmente por no haber sido fronteras insuperables en un desarrollo que seguramente se hubiera producido de igual manera, al margen de sus propuestas, aunque no de igual modo. Gracias también a los que se abstuvieron de dar su opinión, a los que los tuvieron al lado, siendo pequeños, y no supieron, o no pudieron, convencerlos e introducirlos en su visión mediocre de la vida y el baloncesto.

 

Todos hacen de todo… Porque todos hacen de todo

 

Gracias también a Steve Nash. Por crear el ambiente necesario para que estos jugadores se desarrollen. Por basarse en la distribución de espacios, en la organización de la salida de contraataque y en los roles de rebote y balance, en aspectos básicos del juego que no van mucho más allá de la planificación de un buen equipo infantil, que es, por otra parte, en lo que se convierte, de nuevo, el baloncesto, cuando completa el círculo y se libra de los lastres de que se sirve cuando el pequeño pájaro aún no sabe volar, o cuando nosotros, cigüeñas extremadamente protectoras, pensamos que no sabe. 




 

Para que todos hagan de todo hay que pasar por largos períodos de sequía, por largas sesiones aburridas, también para los entrenadores. Hay que pasar por una ingente suma de repeticiones y un no menos ingente número de tareas que concentran la atención y la demanda atencional para fortalecer la adquisición y mecanización de gestos que luego se aplicarán de un modo más global e incierto en el juego.

 

Y por eso, y no me contradigo (aunque no me importaría hacerlo) hay que jugar, y jugar a juegos que compartan las bases fundacionales del baloncesto, no necesariamente a baloncesto. Y fomentar el multideporte, y celebrar que los niños de nuestra escuela vayan también a la de fútbol y se formen en el uso de espacios reducidos, en la percepción disociada, en ejecuciones complejas que suponen verdaderos desafíos motrices y cognitivos en sentido amplio.

 

Y sin embargo se mueve. El balón, digo. Pese a los pronósticos.

 

Para jugar como juegan los Nets hay que ser muy buenos atletas, hay que tener talento, este tiene que haber sido educado global y analíticamente y, además, debes contar con jugadores que dominen los tres fundamentos básicos del baloncesto, pero fundamentalmente dos: el tiro y el pase (y jugar sin balón).

 

El balón de los Nets se mueve tan rápido porque todos los jugadores son una triple amenaza potencial antes de recibir el balón, tal y como demuestran cuando, efectivamente, lo reciben. Los espacios se maximizan, la presión sobre la defensa se vuelve insoportable y, en este contexto, todos ellos son capaces de reconocer las ventajas antes de que existan, de anticipar las reacciones de la defensa antes de que se den y de intuir dónde se moverán los compañeros.

 

En el baloncesto moderno, a la velocidad que se juega, no hay nada que leer. No hay que pensar, contra lo que normalmente se dice. Hay que intuir e inventar colectivamente. Hay que probar y saber vivir con el fallo, es más, hay que saber suplirlo con un esfuerzo extra de rebote o balance que será el que terminará de unir a una plantilla que, a estas alturas, solo puede perder la NBA si median lesiones.

 

No hay ritmo de entrenamiento sin recursos y un nivel de desempeño alto


Como os decía, esta entrada va dirigida a entrenadores como yo, también a los obsesionados con el ritmo de entrenamiento, antesala, por supuesto, del ritmo de juego que he venido alabando en esta entrada y que es consecuencia, no solo del esfuerzo, la intensidad y la preparación física, sino también de mentes y cuerpos bien educados, con paciencia, en el espacio reducido, la práctica deliberada y la repetición consciente. Que puedan ejecutar acciones con notable éxito de forma continuada. 





Que no se nos olvide, por si el mañana nos vuelve a sorprender entrenando para el próximo sábado.  


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

El adiós de un buen maestro

 




Los buenos maestros no ejercen de maestros, recordaba Andreu Buenafuente en una entrevista reciente con Álex Fidalgo, citando un consejo, que no era tal, de su buen amigo Karlos Arguiñano. O no deberían, coincido con Buenafuente, partiendo de los principios de modestia y humildad que encarnaban, precisamente, los buenos maestros, los de antaño, guiados por una vocación impenitente que actuaba como única recompensa a sus esfuerzos.  

 

Los buenos maestros, añadiría, no son conscientes de que lo son. No tienen tiempo para autoafirmarse porque siguen en la búsqueda, continúan en la senda, explorando la naturaleza, indagando en las lecturas, estudiando sin que nadie se entere. Sin que necesiten que nadie se entere. Los buenos maestros no están seguros de nada, de ahí que duden, de ahí que expresen y transmitan ciertas dudas y que necesiten la complicidad de los alumnos, de los buenos alumnos, cuando, al borde del abismo, otros, muchos otros, se limitarían a empujarlos enterrando así a la duda y al que duda.

 

Zidane es un gran maestro. Porque no ejerce, porque es humilde, porque en él es fácil seguir viendo al niño que empezó a patear balones en los barrios de Marsella y no al producto que Adidas convirtió en ZZ, lo que no ocurre en muchos otros casos. Zidane es un buen maestro porque no se preocupa en autoafirmarse, porque respalda siempre a los jugadores en público y los reprende, estoy seguro, en privado. Porque durante cinco temporadas ha sabido rodearse de cómplices que, al borde del abismo de las dudas, lo tomaron del hombro, lo miraron a los ojos y se confabularon para seguir luchando unidos.

 

Zidane es un buen maestro porque sabe que el Madrid estaba antes que Zidane, y el fútbol antes que el Madrid y que Zidane. Y la comunidad antes que el fútbol, que el Madrid y que Zidane. Y así hasta remontarnos hasta el núcleo primero de este milagro que es la vida. Y por esto era y seguirá siendo, aunque no ejerza, el entrenador perfecto para un club llamado a padecer megalomanía, con más o menos fundamento: Zidane bajó del cielo de Glasgow aquel balón y ha hecho lo mismo con su ego y el de todos sus jugadores.

 

Contra lo dicho anteriormente, me atrevo a decir que el fútbol, y el deporte, y la sociedad, incluso, necesitan a Zidane: su normalidad, su prudencia, su sonrisa desprovista de ironía como respuesta a la provocación maledicente de los mediocres portavoces del morbo y los morbosos. Su amor primigenio y agradecido a lo que hace, al fútbol, el modo tranquilo con el que ha ido redimiéndose de aquellos accesos de rabia que revelaban un primitivo rencor hacia el que jugaba con el fútbol, su querido fútbol, de manera mezquina e insidiosa.

 

Disfruta del retiro, Zizou. Tú, que de adolescentes nos hiciste creer en los cielos gracias a tus controles imposibles, y que ahora, ya de adultos, nos elevaste a la superficie desde los inmundos cenagales en los que el fútbol, como espectáculo, se empeña en sumergirse de la mano de dirigentes, técnicos y jugadores que ya olvidaron el primer día que patearon un balón, algo que tú nunca has hecho.

 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS