Curso 21-22. Pensar o no pensar

 


Retomo aquí las conclusiones sobre la temporada que llega a su fin. Hoy, 30 de junio, se finiquitan los contratos de numerosos profesionales, no solo jugadores, y se da el inicio oficial a unas vacaciones que tendrán aroma de thriller para los que aún no saben dónde van a jugar o entrenar y de comedia chusca para quienes observan desde fuera los movimientos de todos los actores que intervienen en estos vodeviles típicos del verano.

 

Los jóvenes, por otra parte, afrontan un período clave en su formación, una sexta parte del año astronómico en la que los clubes y escuelas, salvo excepciones, no pueden asumir en primera persona su formación deportiva. Sus mejoras quedan en manos, en función de la edad, de su motivación, y la de sus padres, del grado de autonomía para operar por su cuenta y también de las opciones que se les brinden en forma de campus o competiciones callejeras, aunque ya saben que aquí somos grandes amantes de la informalidad y su valor en el ensanchamiento del bagaje motor de los chicos.

 

Se hace vital, por lo tanto, la siembra de interés y autodisciplina durante el año. Cobra especial relevancia no tanto lo que se haya enseñado como lo que se haya invitado a aprender. Es evidente que cunde más el trabajo de un profesor que incita a sus alumnos a investigar por su cuenta que el que se empeña en la transferencia instantánea de un conocimiento concreto, descontextualizado y al que cuesta otorgar un sentido. En el primer caso, es posible que el alumno termine enamorado de una materia. En el segundo, lo más probable es que el conocimiento sea temporal y caduque cuando lo haga también su función.

 




Decía Hannah Arendt que las personas que producen cosas no conocen lo que hacen, y regreso de nuevo a El artesano, de Richard Sennett, para ilustrar este debate que he mantenido durante todo el año conmigo mismo. Ello para introducir la distinción entre el animal laborans y el homo faber, una distinción que ha llegado para quedarse y que se basa, principalmente, en el hecho de que, mientras el primero solo se cuestiona el cómo, el segundo introduce la importancia del «por qué» y el «para qué». Trasladado al baloncesto, y a la comunicación que mantenemos con nuestros jugadores, parece importante determinar cuál es el grado de información que precisan los jóvenes que entrenamos, en qué medida debemos comunicar el cómo y en cual el porqué.

Coincido en una de las conclusiones que Sennett incorpora en este pequeño tratado de artesanía y, a la postre, organización de grupos humanos, del trabajo y, en fin, de tantas cuestiones relacionadas con la enseñanza, es la siguiente: Despertar la autoconciencia es, precisamente, la manera de impulsar al trabajador a que mejore su trabajo. Esto nos obliga a desentrañar y poner en palabras el conocimiento expreso, pero también el conocimiento tácito que hay detrás de lo que hacemos, todos aquellos ademanes, todos esos movimientos que podrían pasar inadvertidos y que constituyen, en cambio, la base del conocimiento acerca de una disciplina. Solo a través de una comprensión total y una verbalización o demostración  de lo que no es fácil entender podemos mejorar la calidad de los ensayos de los aprendices y alcanzar ese ideal tan preciado que linda con la máxima del violinista Isaac Stern: cuanto mejor es la técnica, más tiempo puede ensayar uno sin aburrirse.

 

Cita Sennett a John Ruskin de la siguiente manera: Puedes enseñar a un hombre a dibujar una línea recta, a trazar una curva y a moldearla con admirable velocidad y precisión; y considerarás perfecto su trabajo en su estilo, pero si le pides que reflexione acerca de cualquiera de esas formas, que vea si puede encontrar otra mejor de su invención, se detiene, su ejecución se hace vacilante, piensa y lo más probable es que piense mal, lo más probable es que cometa un error en el primer toque que como ser pensante dé a su trabajo. He aquí el dilema, el exceso de autoconciencia, la paralización que provoca la comprensión parcial, la reflexión que termina haciéndonos conscientes de nuestra ignorancia y provoca esas dudas que el juego, vertiginoso por definición, castigará.

 

Pero me contradigo una vez más, aun cuando comprendo todo lo que de coreografía tiene un deporte como el baloncesto en lo que se refiere a la relación entre cuerpo y balón, entendido este como una extensión del primero. En este proceso de conocimiento del propio cuerpo, de adquisición de habilidades motrices y en la capacidad de sincronizarlas con ese elemento extraño llamado pelota, es posible que haya que suspender el pensamiento, el razonamiento o la reflexión, pero, sin embargo, creo que no debemos olvidar que hay en el juego, en sus reglas y en su evolución histórica, huellas impresas del tipo de animal que somos, incansables urdidores de conceptos a los que les gusta mear en cualquier terreno virgen que nos encontramos.

 

Por eso se hace impensable poder jugar bien al baloncesto sin conocer sus reglas actuales y sin entender la evolución de las mismas, sin comprender los conceptos que, aunque sea por su tozudez, hoy parecen indisociables de la idea original del juego, aunque solo sea para cobrar ventaja frente al que ignora las reglas y los conceptos. Aunque sea para ir al límite de las primeras, jugando, por ejemplo, con las capacidades de la percepción humana, en este caso del árbitro, o para desafiar a los segundos, por considerarlos rígidos elementos que ensucian un paisaje mucho más amplio del que quieren encerrar tras sus barrotes.

 

En fin, puede que, como entrenador, hiciera mejor en suspender la reflexión y regresar a la acción que implica también nuestro oficio. De alguna manera, todos estos dilemas se resolvieron durante años bajo el paraguas de la disciplina y a través del seguimiento de toda una serie de rituales. Algunos equipos universitarios todavía rezan. Otros se llenan de supersticiones mientras se proclaman antirreligiosos. Los compromisos se dan de dos maneras, nos recuerda Sennett: como decisiones y como obligaciones. En la primera, juzgamos si vale la pena llevar a cabo una acción particular o dedicar tiempo a una persona en particular; en la otra nos sometemos a un deber, a una costumbre o a la necesidad de otra persona. El ritmo organiza el segundo tipo de compromiso; aprendemos a cumplir un deber una y otra vez. Como han señalado los teólogos hace ya mucho tiempo, los rituales religiosos, para hacerse convincentes, deben ser repetidos día tras día, mes tras mes, año tras año. Las repeticiones procuran estabilidad, pero en la práctica religiosa no pierden por ello frescura; en cada oportunidad, el oficiante anticipa que algo importante está a punto de suceder.

 

En fin, supongo que los equipos que entreno no tienen nada que hacer contra aquellos otros que piensan lo justo y siguen rituales que explican por sí mismos el seguimiento de unas órdenes. Los seres vacilantes y reflexivos están llamados a sucumbir ante el fervor religioso del que mataría por Dios, o por su entrenador, ante el que se santigua esperando que su dios sea más fuerte que la razón, al que le guían motivos que no cuestiona. Pero seguiré haciéndolo de esta manera, no por romanticismo, sino por interés. Desde luego, me motiva mucho más la indagación que el rezo, la reflexión que la plegaria. Y no niego que esto sea solo otra forma de religión.

 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Curso 21-22. Aprendiz de maestro.

 



Por segundo año consecutivo, tras una grata experiencia con el grupo benjamín del Club Deportivo Tizona, he vuelto a planificar y coordinar la formación humana, atlética, deportiva y baloncestística (creo firmemente en este orden) de un grupo de minibasket en una misión que, y esto sucede en todos los clubes de España, parte de un presupuesto erróneo, pues se concibe como complemento de la principal, la del equipo senior del club, la del equipo profesional o semiprofesional. Es decir, los discursos van por un lado y la realidad material por otra: si el minibasket o la formación integral de los jugadores de cantera fueran lo más importante de las cosas poco importantes, las subvenciones de las administraciones, el prestigio y las condiciones laborales de sus entrenadores (que se compadecerían con la de su formación y espíritu para el aprendizaje de por vida) se alinearían con esta afirmación y el minibasket no quedaría limitado a esa nota al margen que escribíamos en el instituto cuando nos aburríamos.

 

Aun así, he de decir que la apuesta del Club Baloncesto Clavijo y del C.D. Berón es de las más coherentes y ambiciosas que he conocido y que la implicación de todos los elementos aledaños, imprescindibles en la creación de ecosistemas de enseñanza-aprendizaje efectivos, principalmente las familias, ha sido magnífica. De esta manera, motivado no solo por mi ética profesional, sino dando un paso más ante la observación de un germen propicio y una idea impregnada de un siempre bienvenido idealismo, he estado constantemente leyendo e intentando aprender más cosas sobre el niño, sobre el niño que será adulto, sobre las bases fundacionales del juego y el modo en el que pueden interactuar con el proceso de madurez de los niños, sobre comunicación y también sobre metodología del entrenamiento para intentar dar un paso más en mi capacidad de transmisión.

 


Como sucede muchas veces, la mejor propuesta bibliográfica que puedo compartir con vosotros no vino de un libro de baloncesto, y no digo esto porque tenga nada en contra de los títulos que se dedican al estudio más específico de este deporte, sino porque encontré mucha mayor inspiración y guía en El artesano (Sennet, R., 2008)  una obra que había leído para la elaboración de mi tesis sobre didáctica de la escritura creativa, un compendio de sabiduría orientado, en principio, a la comprensión de la figura del artesano, y del maestro artesano, que se hace numerosas preguntas sobre el valor de la producción, la adquisición de habilidades, la creación de entornos de aprendizaje, los valores que impulsan y provocan la calidad de las obras terminadas…

 

Nos dice Richard Sennett, para dar contexto a mi lectura y a esta lectura en la que intentaré fusionar los contenidos de este libro con nuestra práctica profesional como entrenadores, que la palabra Artesanía designa un impulso duradero y básico: el deseo de realizar bien una tarea, sin más. Creer e insistir en este mensaje es una de las principales misiones de un entrenador de minibasket, lo que podría traducirse en volcar su firme convicción de que entrenar es suficiente aliciente para seguir entrenando. Una de nuestras funciones pasa por crear artesanos, amantes de lo que hacen, no de sus resultados. Enseñar a entrenar por entrenar y a que los niños encuentren un goce personal y duradero, como bien dice Sennett, a prueba de todo tipo de frustraciones. No hay éxito ni fracaso en la elaboración de una vasija de barro, pues, si se rompe, se hace otra, con naturalidad y sin lamentaciones.



La utilización de herramientas imperfectas o incompletas estimula la imaginación a desarrollar habilidades aptas para la reparación o la improvisación. En esta frase, los entrenadores encontramos una llamada a la puesta en práctica de métodos y estilos de enseñanza más basados en la resolución de problemas, la asignación de tareas o el descubrimiento guiado que en el mando directo y el diseño de escenarios de alto control y, por consiguiente, elevado éxito. Hay que aprender a entrenar mal, dice mi amigo y gran entrenador Jenaro Díaz a menudo. Y creo que los padres y el resto de educadores deben también leer entre líneas estas palabras antes de darle a un niño el problema con sus soluciones o antes de sentarse a investigar por él el modo en que se resuelve, pongamos, un crucigrama.

 

Citando a Williams E. Deming, Sennett introduce el concepto de «artesanía colectiva», y afirma que el cemento que aglutina una institución se crea tanto a través de intensos intercambios como mediante el compromiso compartido. Dice, además, que un solista apartado del trabajo colectivo puede, en realidad, disminuir la voluntad de los miembros de la orquesta de tocar bien. También, que las empresas que muestran escasa lealtad con sus empleados reciben, a cambio, escaso compromiso por parte de estos. Esto tanto para entrenadores como para directores técnicos. También para quienes a veces dirigimos pequeños grupos de trabajo con entrenadores que están aprendiendo. Pero sobre todo para el funcionamiento diario de los equipos, también en minibasket, donde la concepción social del deporte aún es un constructo demasiado artificial para la mente mucho más simple del niño. Pero qué bueno sería que, en cierto modo, el entrenamiento no fuera una reunión de solistas, sino ese taller de artesanía donde unos y otros comparten con absoluta naturalidad el resultado de sus descubrimientos, la última obra elaborada por sus manos sin ánimo de abrumar, solo de compartir el asombro. Creemos escenarios para ello.

 

Leía hace poco, en un libro de Alan Stein Jr, Raise your game, este sí de puro baloncesto, que la clave para que jugadores, entrenadores, directivos o cualquier persona, en general, mejoren, es incrementar su grado de autoconciencia, de conocimiento de sí mismo. Sennett nos recuerda la regla de Isaac Stern, virtuoso del violín, cuanto mejor es la técnica, más tiempo puede ensayar uno sin aburrirse, y nos aconseja lo siguiente: despertar la autoconciencia es, precisamente, la manera de impulsar al trabajador a que mejore su trabajo.




 

Todo ello sin caer en ese perfeccionismo patológico y paralizante que empieza a extenderse como una suerte de lacra entre nuestros jóvenes. Si Bartleby prefería no hacer las tareas que se le encomendaban por pereza funcionarial, muchos de nuestros jóvenes optan por autolimitarse ante la perspectiva del fracaso, un constructo social que deberíamos limar y rebajar por sus cortantes y peligrosos bordes. En fin, como maestros deberíamos aspirar a que el niño sienta lo que Diderot debió de sentir al culminar su obra enciclopédica, ese trabajo de titanes: En la Enciclopedia percibo el sentido de paz y calma que emana de todo trabajo bien organizado, disciplinado y realizado con un espíritu tranquilo y satisfecho. En el trabajo bien organizado, disciplinado y ejecutado con limpieza y tesón deberían encontrar nuestros aprendices de artesano la satisfacción, aunque en una sociedad tan finalista sea complicado imprimir estos mensajes en sus conciencias. Y es que, en fin, solo quien acepte que probablemente no es perfecto, puede llegar a hacer juicios realistas de la vida y preferir lo limitado y concreto y, por tanto, humano. 

 

El taller del artesano es el escenario en el que se desarrolla el conflicto moderno y, tal vez, irresoluble, entre autonomía y autoridad. Y en estas seguiremos, ejerciendo esa autoridad que, como ocurría en el caso de los maestros artesanos, debe ser indistinguible de la ética, corrigiendo la crueldad que encierra a veces el “aprender haciendo”, en la medida en que muchas veces enfrenta a los aprendices a un sentimiento de insuficiencia, procurando generar atmósferas, diseñar tareas, sembrar valores, realizar rituales y acompañar a los aprendices de modo que sientan que pueden utilizar el modelo ideal a su manera, de acuerdo con su propio entendimiento (en este caso también de manera coherente con sus aptitudes físicas, su estructura anatómica, sus conocimientos previos…). Y creo firmemente que, aun en entornos colectivos en los que, como ya hemos dicho, aborrecemos a los solistas, contra la exigencia de perfección podemos reivindicar nuestra propia individualidad, que da carácter distintivo al trabajo que hacemos. Porque también somos un poco artistas.




 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

 

 

Curso 21-22. Contradicciones.

 



Si durante todo este tiempo he permanecido en silencio es porque no tenía nada que decir que no tuviera un carácter transitorio, perecedero. Las palabras mueren cuando el sonido se vuelve inclasificable o intraducible y su significado está llamado a caer en el olvido. En la denodada lucha por la coherencia, el ser humano, en todos los ámbitos del conocimiento, ha renunciado a explorar lo que quedaba fuera de su esquema de pensamiento. Sin margen para la contradicción, cuyo peaje social es muchas veces tan elevado, es imposible tomar esas sendas que, como nos recordaba Robert Frost, harán toda la diferencia.

Lo que voy a exponer a continuación es una relación de contradicciones, de afirmaciones que desafían los parámetros de la lógica aristotélica. Voy a defender, porque así lo he interpretado al seguir con atención el curso baloncestístico que ayer tocaba a su fin, que A es igual a B y que A no es igual a B, así que bájense del barco de esta lectura quienes no puedan aceptar este contrasentido y disfrutar con las rugosidades de la superficie del planeta, nada más alejado de esa esfera perfecta que aún luce en las estanterías de sus dormitorios (o los de sus hijos).

 

Es posible jugar sin “bases”. En fin, lo habrán visto. El Real Madrid ha ganado una liga con Carlos Alocén, Williams-Goss y Thomas Heurtel lesionados, con Llull claramente afectado por problemas físicos y con Abalde, la solución más habitual en los tiempos de carestía, también dolorido. Con un fantástico combo como es Causeur, eso sí, rejuvenecido y especialmente motivado, y con una versión Z de Rudy, muy unido a su recientemente fallecido padre.

El Madrid ha controlado las dos transiciones gracias a un balance que comenzaba por su presencia en el rebote ofensivo y, contra todo pronóstico, ha podido correr dando libertad para salir en bote a su fantástico elenco de aleros. Puede que el dominio del rebote sea más importante que la agilidad, la capacidad para distribuir y la visión de juego de los directores de juego más clásicos, incluso que la amenaza de tiro, pero creo que todo esto solo ha sido posible por el grave error estratégico de un Barça poco valiente, cuya defensa conservadora, basada en la flotación, ha permitido al Madrid jugar a una mezcla de balonmano y volley que le ha permitido terminar la eliminatoria con un saldo compensado de robos y pérdidas (toda una hazaña estadística).



Es decir, solo es posible jugar sin directores de juego, manejadores puros de balón capaces de ejecutar con timing el ataque, gracias a planes estratégicos basados en el miedo y el conservadurismo o ante plantillas diseñadas antes para atacar que para defender. Era indecente ver la facilidad con la que el Barcelona permitía la circulación de balón de un Madrid al que habría que haber forzado a jugar desde el bote y a una velocidad superior en ambas canchas, una velocidad que ante la falta de talento ofensivo hubiera sido demasiado alta. Que el Madrid no terminara cada partido con más de quince pérdidas es el resultado de un Barça que zoneaba para protegerse de Tavares, cuando lo que debió hacer es correrle, atacarle con el short roll o con el roll tardío y, por supuesto, poner presión en el perímetro para que el Madrid no pudiera pensar y triangular tan a placer. En resumen, todas las fórmulas que planteó Pedro Martínez en el partido de Manresa y que hacen bueno a los maestros sencillos en la comparación con los aprendices de brujo.

 

No es posible jugar sin “bases”. Los Celtics se dieron cuenta de que, por momentos, defensas asfixiantes como las de Miami y Golden State eran conscientes de que ni Smart ni White son bases de alto nivel. De que Brown y Tatum, desde su atalaya por encima de los dos metros, y aunque cada vez lo hacen mejor, sufren cuando se ven obligados a tomar decisiones sobre bote, a hacer lecturas propias de un base. Sin ningún interior que pudiera hacer las veces de creador desde el poste medio o alto, los Warriors han sabido atascar el arco y provocar numerosas pérdidas en unos Celtics que, además de madurar, deben diversificar su ofensiva y hacerse con algo más de talento en el perímetro. Las 22 pérdidas del último partido contrastas con las 8 del Madrid tanto como para afirmar que no es posible jugar sin bases si el equipo contrario lo sabe y lo explota.

 




El baloncesto es un deporte para especialistas. Si concluimos que no es posible jugar sin bases, que los tiradores letales valen muchísimo, que los treses altos siguen teniendo un gran valor, que los cuatros abiertos son imprescindibles y que los cincos, aunque hayan evolucionado, siguen condicionando el juego, parece que el baloncesto sigue siendo un deporte de especialistas y que tiene sentido eso que dice el entrenador del infantil. Juan, base; Ramón, alero; Jorge, pívot. Qué sé yo, quizá en mi equipo tuvieran siempre sitio un escolta como Kuric, un ala pívot de manual como Mirotic y, desde luego, un cinco como Tavares.

 

El baloncesto avanza hacia un juego sin posiciones estancas. Hay muchas situaciones de juego en equipos como Boston Celtics o Golden State Warriors en que no están claros los roles y es difícil saber quién es cada cual en ese esquema clásico de pensamiento. Que tipos como Green dirijan la ofensiva desde el arco, que gente como Curry pueda renunciar al balón durante numerosos ataques, hace complicado saber quién es el verdadero base del equipo. Lo mismo sucede en los Celtics, donde todo parte de una ofensiva con alternancia de posiciones en la que las mismas situaciones son jugadas para unos u otros, todos bloquean y todos son bloqueados y prácticamente cualquiera puede subir el balón en la transición.



Es el triple, estúpidos.  El baloncesto ha cambiado mucho desde que los San Antonio Spurs ganaran el campeonato en 2014 tirando una media de veintidós triples por encuentro. La amenaza es clave para ensanchar los espacios, ampliar los tiempos y dificultar la toma de decisiones de la defensa, es evidente. La potencial amenaza de tiro exterior debe informar la confección de cada plantilla, pues son evidentes todas estas cuestiones, y, por supuesto, los entrenadores de formación deberíamos darle el peso suficiente a la enseñanza de este fundamento.

 

Es el triple, estúpidos. El equipo que ha cambiado el baloncesto ha ganado el cuarto y el quinto partido de su serie contra los Boston Celtics tirando con peor porcentaje. Y qué decir del Madrid, cuyo déficit de amenaza exterior no fue penalizado, sino que además colaboró al invitar al rival a flotar y conservar, con cinco jugadores pisando la zona en todo momento. La contención, la diversificación del juego ofensivo, la paciencia para buscar una nueva penetración que desordene definitivamente el sistema defensivo de rotaciones y la ampliación de los recursos para finalizar en la media distancia, aunque sea principalmente con tiros por elevación, han demostrado ser claves más importantes de lo que lo han sido los porcentajes de tiro de tres.

 

En fin, toda una serie de contradicciones aparentes que ni me atrevo ni pretendo resolver y que servirán de prólogo a un artículo con conclusiones que sí me parecen incontestables y que contribuirán igualmente, junto a estas contradicciones, a nuestra formación baloncestística.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

En el principio no fueron los conceptos

 




No soy ni mucho menos rencoroso. Entiendo el valor metafórico y eufemístico de la cigüeña como ave transportadora de bebés que salvó a tantos niños de comprender la naturaleza del indecoroso acto sexual antes de tiempo. Igualmente, comprendo el sentido de la regla de tres como argumento lógico útil para simplificar el acceso al mundo de las proporciones, por falaz que sea su formulación. Es más, puedo presumir de haber sido un niño disciplinado y poco preguntón cuando los adultos empleaban aquel manido “cuando seas mayor lo entenderás”. Todo este preámbulo para que descarten, de antemano, que el elemento contestatario sea la base del siguiente argumento: el baloncesto estaba antes y estará después de los conceptos en virtud de los cuales muchos procuran enseñarlo.

 

Es evidente, ahora nos resulta complicado pensar en un mundo sin fronteras, imaginar que nuestro país no es una península (“casi isla”) y renunciar al orgullo que nos provoca el hecho de ser latinos (descendientes de los habitantes del Lacio, región en el entorno de Roma) o ibéricos (pueblo situado en el este y sur de la ahora llamada Península Ibérica). Pero es que la misma península es un nombre, es decir, una mera convención que, solo a veces, anuncia o enuncia su significado (esa fue siempre su intención primera, pero modificaciones a lo largo de los años pudieron extinguir este vínculo entre significante y significado). No dudo que en el principio fuera el verbo y que nuestros antepasados se vieran obligados a nombrar para conocer. Pero qué condena esta, ¿no creen?

 

Vista desde el espacio, la Tierra no presenta fronteras, todos lo sabemos, pero todos lo olvidamos. En algún momento no hubo religiones instituidas (ni siquiera para poder negarlas) porque ni siquiera había instituciones, al menos conscientes de serlo. Pues bien, lo mismo sucede con el baloncesto, cuya esencia solo podemos intuir haciendo una ardua labor de prehistoriador, y puede que ni siquiera eso importe, porque, en definitiva, a veces olvidamos la simplicidad de sus elementos básicos: objetivo, móvil, número de jugadores, manera de puntuar y evitar que el rival puntúe.



Esta es mi particular cruzada cuando afronto el reto de su enseñanza. Pido perdón de antemano si no uso una jerga especializada, parece impropio de un escritor, pero, ya les digo, aun reconociéndole valor al lenguaje, creo más en los alfabetos de consumo interno, en esos idiomas que inventábamos de niños para que, precisamente, los adultos no pudieran entendernos. Es decir, hablando en román paladino, me la quieren soplar, aunque a veces los emplee, términos como “pasar y cortar”, “dividir y doblar”, “lado fuerte”, “lado débil”, primera ayuda, segunda ayuda, incluso puerta atrás. ¿Por qué? Porque no existían y siguen sin poder apreciarse desde el espacio.

 

Por supuesto, y he cambiado cien veces de idea acerca de este punto, ahora mismo creo que es mucho más importante que los jugadores a los que entrenamos conozcan su cuerpo y sean capaces de emplearlo con equilibrio, coordinación, flexibilidad y velocidad a que conozcan conceptos que a veces parece que ejecutan más para complacer a su entrenador que a un hipotético espíritu del juego, que no sabemos cuál es, pero que, desde luego, no necesariamente atiende a la lógica que se ha impuesto en base a una presunta utilidad que ni siquiera discuto: es verdad, un equipo que juega bien pasar y cortar puede ganar el partido a uno que no lo haga (en igualdad de factores mucho más determinantes), pero eso nos debería importar lo justo.

 

También, y en esto también he cambiado de opinión, he vuelto a pensar que es más importante que dominen las tres acciones principales que se pueden hacer con balón, en aras de una autonomía decisional que los lleve a amar el juego bien a través de su dominio o el reto que les supone, a tomar las decisiones que se ajustan a un esquema lógico heredado y que, ya les digo, no niego que pueda funcionar. Esto porque pienso que solo un dominio atlético y técnico puede conducir a que el niño se centre en conseguir, para él y para su equipo, meter más, o recibir menos, canastas que el rival.

 

Sin embargo, aunque tengo claro que quiero eliminar de mi particular diccionario de baloncesto las convenciones que algunos honorables maestros (esto sin dudarlo) acordaron para generar un idioma común y dotarse de un bagaje que, a través de la simplificación de estructuras, les condujera a resultados positivos, tengo más dudas en el método a utilizar para sustituirlo. Desde luego todo pasa por la táctica individual (íntimamente relacionada con la técnica individual) puesta al servicio de la causa colectiva, imbuida de valores que permitan este ejercicio, al mismo tiempo egoísta (ambicioso, orgulloso) y solidario (pues implica renuncias) que puede permitir meter canasta y que no te la metan.



 


Admito que me gusta transportar a mis jugadores a situaciones cotidianas de la vida en las que se ven obligados a colaborar (una tarea doméstica), luchar por la obtención de un bien escaso o defender algo que tiene un valor para ellos. Al menos así, hablándoles en términos que conocen, puedo establecer con ellos un puente o canal de comunicación, pidiéndoles una interacción continua que nunca debe resultarnos irrisoria: lo único que varía es la lógica desde la que se pronuncian las palabras, y ellos, en muchas ocasiones, están menos contaminados que nosotros.

 

Por otro lado, me gusta el concepto de iniciativa. Retarles a gobernar lo que ocurre en el campo. Y para mandar hace falta captar y procesar información, conocer cómo están distribuidas las piezas, al menos las esenciales para poder tomar decisiones (yo mismo respecto al campo, yo mismo respecto a mi defensor, mi defensor respecto a mí, los compañeros respecto a mí, los defensores respecto a mis compañeros). Esto con balón y sin balón, pues quiero a cinco jugadores tomando decisiones con, eso sí, la pelota y los aros actuando como centros de nuestro campo gravitatorio y los objetivos colectivos (meter canasta y que no nos la metan) en la mente. No en vano, y esto casi no es necesario explicarlo, aunque hay muchos chicos que se “equivocan”, la mayor parte de ellos, y de manera natural, se sitúa encarando el aro rival y de espaldas al aro propio.

 

Pero regreso a la iniciativa, un concepto, sí, no lo niego, pero muy anterior, pienso, a todas esas pajas mentales de profesores de la vieja escuela, a la mayoría de las cuales admiro, no me malinterpreten. Si nuestro compañero con balón lleva la iniciativa debo permanecer atento y a la expectativa de lo que pueda hacer (progresar, cocinar un ataque o demandar colaboración). Mi situación y la de mi defensor deben favorecer su acción, cualquiera que sea y, si mi defensor tiene otros planes, debo hacérselo pagar en aras de colaborar con mi compañero sin perder de vista, en todo momento, que lo que queremos es meter canasta. Lo mismo sucede con los jugadores más próximos al balón, cuya iniciativa, por este hecho, es anterior a la de un jugador más alejado de este. Esto no deja de ser una jerarquía, pero me parece más sencilla de trasladar a una lógica preverbal, preconceptual, que debería ser la propia de esos seres libres de contaminación que son los niños.

 

Podría seguir desarrollando este tema, diciendo que con la iniciativa perdida entraríamos en una fase de emergencia o cooperación humanitaria. O que con la iniciativa transformada en ventaja deberíamos jugar para aprovecharnos y reaccionar a la reacción de la forma que mejor colabore con nuestro objetivo principal, que debe ser meter canasta, algo que siempre va a ser más sencillo si progresamos con velocidad, control corporal y percepción de la pista, si somos capaces de combinar elementos, pasar con precisión, agarrar el móvil y predisponerlo para su lanzamiento en poco tiempo para hacerlo, además, con precisión.

 

En fin, creo que en el principio fue el atletismo, la psicomotricidad, los elementos condicionales, la propiocepción… Que después vinieron los fundamentos específicos relacionados con la existencia de un móvil de unas particulares características. Que al tiempo se impone una lógica que no es difícil de entender a través de la palabra iniciativa o cualquiera que se nos ocurra para que el niño comprenda que no juega para ser protagonista, sino para que el equipo meta canastas y no las reciba. Y que mucho más tarde, y solo si la suma de tácticas individuales, de inteligencias estratégicas particulares, no es positiva, va la enseñanza de conceptos que, además, no se desgasten, les va a explicar mucho mejor el entrenador senior que les pregunte por la lógica de la regla de tres y les pida que le crean cuando les cuente que los niños vienen de París, unas veces por desconocimiento, otras como demostración de fe en su ideario

 

Dicho esto, fracaso cada vez. No porque el equipo contrario nos gane por pasar y cortar. Sino por no saber explicarles que un individuo desconocido que se aproxima es peligroso y no debemos abrirle la puerta, por si se lleva nuestros Lego. Pero creo, humildemente, que al igual que el sistema educativo se equivoca al formar a los adultos del mañana con los parámetros de hoy (y no atendiendo a una mayor transversalidad en base a la humildad y conciencia de nuestra propia ignorancia), nos equivocaríamos como entrenadores si seguimos formando en conceptos que, aunque puedan llevarnos a ganar, no sabemos si seguirán vigentes cuando los alevines de hoy sean los senior del mañana y que, desde luego, no serían fáciles de explicarle a un marciano recién aterrizado en La Tierra, por producto de una simplificación que sean.

 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Niño, ponte a joder ya con la pelota

 




Hay teorías para todos los gustos, tal vez alimentadas por estos días oscuros de guerra y calima, de aniversarios de pandemia y nostalgia del confinamiento, cuando teníamos tiempo para leer y ver series y comentarlas con los amigos. Hablo de teorías acerca de la infancia, o de lo que queda de ella, ausencia reflejada en los ojerosos rostros de los niños que entrenamos, menos atentos y motivados que nunca, menos dotados para el deporte que antes por la ausencia de horas de calle, de práctica informal, ni deliberada ni no, ni práctica siquiera; jugar era lo que hacían los niños cuando eran niños.

 

A favor de los padres de hoy en día debo decir que quieren ser los mejores del mundo. Simplemente olvidan que es un error querer ser el mejor padre del mundo, igual que pensar que tienen al mejor niño del mundo. Ambas cosas son improbables, la cuenta es sencilla: uno entre miles de millones. Los de antes, menos ambiciosos, probablemente más dejados y con menos posibles, lo sabían y aceptaban sus limitaciones. La consecuencia era que los niños cogían solos el autobús, volvían andando, hablando con sus amigos, y se quedaban a jugar en cualquier manzana libre a la que de manera generosa llamaban parque.

 

Los padres de hoy en día son más conscientes de la competencia que les espera a los adultos del mañana, y esto no es un sketch de Les Luthiers. Saben lo difícil que es acceder a un puesto de trabajo en una multinacional extranjera, ser un directivo de éxito, un rostro conocido del gremio que elijan; no conciben otra cosa: los otros niños trabajarán para los suyos, de ahí que muchos no los enseñen a hacer las tareas de casa anticipando que nunca tendrán que hacerlo. La mayor parte de ellos invierten en las competencias que hoy en día parecen asegurar un futuro más o menos estable. No contemplan que estas puedan haber cambiado en unos años y no creen demasiado en el valor de aquellas otras transversales como la capacidad de comunicación, de procesar información o tomar decisiones, justo donde el juego, cualquier juego, se erige en el principal maestro.

 




Ocupan, de esta manera, sus agendas provocando la escasez de tiempo y energía, también de libertad creadora. Incluso aquellos profesionales que se especializan en la orientación personalizada en diferentes sectores se dotan de recursos, herramientas o discursos estandarizados para escalar sus actividades económicas y hacer rentable su vocación. Su vocación y todas las horas invertidas en el pasado tratando de garantizarse un futuro más o menos decente. Apenas queda margen para la autodidaxia, para la autorregulación de conductas, el diseño de estrategias. Todo les viene dado. Todo ha sido previamente diseñado. En exceso.

 

Los padres de hoy en día, queriendo ser los mejores padres del mundo, se hacen una trampa a sí mismos al erigirse en el pilar de la educación de sus hijos (y privando de esta misión al pueblo o sociedad del momento), aunque sea de forma vicaria o delegada en todas las instituciones a las que los confían y de las que pronto, como clientes, se convierten también en jueces y evaluadores, lo que nunca haría un padre de aquella otra época, la del tabaco en los bares, la de los corrillos donde nunca pasaba nada y uno no sabía distinguir entre la tranquilidad y el pasotismo.

 

Ahora bien, ¿qué hacemos como entrenadores? ¿Cómo enfocamos nuestra tarea con esos niños ojerosos hijos de padres jueces que valoran su presencia en nuestra escuela o club como una inversión, más o menos a fondo perdido, en la felicidad de sus hijos o en la formación en todas aquellas competencias que no es capaz de inculcar el profesor de inglés, el maestro de música, el tutor del colegio, el canguro o los abuelos? ¿Debemos estandarizar los procesos, engrasar la cadena de montaje, meter inputs, sacar outputs y presentar los resultados a los accionistas? ¿O debemos ser ese espacio de caos relativamente ordenado donde se juega de manera segura con unas habilidades que crecerán por igual de la mano del orden que de la informalidad?

 

O quizá ya sea tarde, y esos rostros ojerosos ya no sepan hacer nada por su cuenta, sin que nadie se lo explique, se lo ordene y se lo mande repetir. Y puede que jugar, después de todo, ya no sea esa cosa tan seria y divertida en la que podíamos invertir tantas horas, sino solo otra tarea más a cumplimentar para satisfacción más de otros que de uno mismo. Os cuenta todo esto un entrenador que planifica al minuto las sesiones y que emplea mucho más de lo que le gustaría el mando directo como método de enseñanza-aprendizaje, quizá aquejado por el mismo mal que afecta a los que aspiran a ser los mejores padres del mundo. Os lo cuenta convencido de que lo que tienen que hacer la mayor parte de los niños con los que coincido es ponerse a joder ya con la pelota.


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Si esto es entrenar

 




Hace muchos años me comentaba un entrenador amigo, citando al entrenador principal de su equipo, que entrenar es entrenar en el conflicto, y que si este no surge es necesario preocuparse hasta el punto de tener que provocarlo. Se asume que el ser humano es por naturaleza egoísta, perezoso, indisciplinado y se acude a métodos conductivistas para corregir comportamientos cuando las narrativas se vuelven insuficientes para convocar las voluntades y provocar o conseguir las mejoras oportunas. Y lo peor es que en demasiadas ocasiones estas pautas funcionan y demuestran su efectividad por la vía de los hechos. Somos animales, me comentan a menudo, no sé si como lección o recordatorio.

 

El deporte de alto rendimiento es así, una continua lucha por fracasar mejor. Son pocos los ganadores y es difícil medir las victorias que no tienen reflejo en el resultado. La sensación del trabajo bien hecho no soporta una derrota el fin de semana, aunque el equipo contrario fuera objetivamente mejor en términos de antropometría o talento. Es más, no siempre hay un traslado eficiente del trabajo del martes, el miércoles o el jueves al domingo: competir es otra cosa, me comentan a menudo, no sé si como lección o recordatorio.

 

Ser entrenador es someterse a constantes lecciones de escepticismo y pérdida de fe en el ser humano y los principios rousseaunianos. A veces parece cierto que fracasamos educando a los niños y por eso no queda otra que castigar a los hombres, y lo peor es que a veces se comprueba: no hay rendimiento (o eso parece) sin cierta acumulación de ira, desprecio o indiferencia. No hay relato, insisto, me alecciono e intento recordar, que justifique los esfuerzos, la disolución de la identidad que exigen los deportes colectivos y que no siempre el crecimiento de dicho colectivo sirve para explicar cuando no sabemos realmente por qué lo hacemos y somos incapaces de sentir los símbolos (el escudo, la ciudad…) como nuestros.

 

O puede que suceda lo contrario, y que la misión no sea suficientemente atractiva, aunque objetivamente llevar la nave a buen puerto suponga la supervivencia en términos laborales de los marineros. No sé si nos equivocamos al dar por hecho que todo jugador de deportes de equipo ha pagado, por el hecho de serlo, el peaje de ser generoso. Estaríamos asimilando, lo que es mucho asimilar, que lo que los condujo al baloncesto, o al fútbol, o al balonmano, fue el gusto por compartir, un instinto genuinamente altruista o solidario. Sabemos que no es así, que el germen fue egocéntrico, que al niño le gustó un deporte porque se emocionó al verlo (él, no sus amigos), porque lo practicó y se divirtió (él, no sus amigos) o porque encontró un rápido reconocimiento, interno y externo, a sus competencias y habilidades. A las suyas y de nadie más.

 

Estas ideas que quieren convertirse en certezas me tienen dividido. No me gustan las estructuras, las instituciones, las religiones, los colectivos. Comprendo la necesidad de vivir en sociedad y la existencia de todas ellas, la filosofía que las inspira y apoyo alguna de sus reclamaciones, sobre todo cuando están destinadas a mejorar la vida de los individuos. Y, sin embargo, siento que muchas veces entrenar es crear una estructura por encima de las alargadas sombras de los hombres (y las mujeres) y que el equipo es una suerte de deidad en la que los jugadores tienen que creer con independencia de que se compartan, o no, las lecturas sagradas.

 

Inspirar y educar llevaría demasiado tiempo, tener un diálogo abierto y sincero con todos los miembros de la colectividad, acudir cada poco al 3ºH, no solo a por sal o aceite, es casi inviable en términos de eficiencia, así que nos vemos obligados a homogeneizar, crear estructuras, categorías, ampliamente injustas, como lo son todas en sus márgenes. Y toca tratar como animales, claro, a los niños que no fueron educados. Castigarlos para sacar rendimiento, sentarlos a rezar mirando a La Meca o en el Muro de las Lamentaciones para conseguir esas victorias que lleven la nave al puerto indicado. Y es así, me comentan, no sé si como lección o recordatorio.

 

Pero uno duda, aunque la duda sea enemiga del rendimiento y ganen siempre los chicos duros de la clase, los que menos piensan o mejor se engañan. Y renuncia al silbato a la hora de entrenar porque en el principio fue el verbo y porque el lenguaje, junto al uso de las herramientas, es la principal nota distintiva de nuestra subespecie. Y al pavlovianismo como método de mejorar el rendimiento porque no sé si determinados medios justifican determinados fines, aunque medie una relación contractual, un pacto que se firma en la quietud del verano y que debería firmarse, para garantizar su validez, al concluir una serie de diez suicidios.


Y se pregunta si esto es ser entrenador. Si puede serlo. Si quiere serlo. Si merece la pena. 

 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS


A buen exprimidor...

 




Es natural. No los culpo. La función de un exprimidor es exprimir las naranjas hasta la última capa superficial de su piel. Hasta que no quede nada de pulpa, nada. Exprimir, exprimir y volver a exprimir, que diría Luis Aragonés. El problema se multiplica cuando el exprimidor funciona como una institución cuyo principal incentivo, como el del resto, es sobrevivir. Sobrevivir para exprimir. Exprimir para sobrevivir. Miento, el verdadero problema es creer ser naranja y sentir que necesitas del exprimidor para vivir y ponerte en sus manos cada año, como si nadie pudiera exprimirlas mejor.

 

Esto no sería un problema si los miembros que forman las piezas del exprimidor sintieran que su futuro depende de cultivar más naranjos, recolectar, y por lo tanto exprimir, más naranjas, no de exprimir con más esmero las que hay. Pero eso lleva tiempo, exige talento y esfuerzo y ellos se dedican solo a exprimir. No saben hacer otra cosa. Algunos ascendieron de naranja a exprimidor y ya se han aprendido el lema de Bartleby: «preferiría no hacerlo». No crear, no difundir, no promocionar, no educar. En fin, pudiendo exprimir…

 

El tema es que la naranja apenas presenta ya la última frontera de su piel. Hasta el punto de que apenas es posible sacar unas rozaduras para aromatizar un cóctel o algún postre casero. A la naranja se le cayeron los patrocinios de marcas de alcohol y otras drogas, el apoyo de las inmobiliarias y la industria que las complementaban, el dinero procedente de las arcas municipales, que siguen raquíticas, solo que ahora más fiscalizadas, las subvenciones autonómicas, que ya no son las de antes de la crisis. En fin, no queda naranja, pero, en vez de cultivadores, el exprimidor jefe ha decidido poner más exprimidores.

 

Expandir el número de ligas, repartir la pobreza, endeudar más a las cuatro naranjas, y a los cuatro cultivadores, locas que todavía creen y apuestan por esto. Ello para seguir dando de comer a su hornada de nuevos exprimidores, que se ríen de las naranjas que aspiran a ser hoja nueva, árbol, cultivador, que intentan hacer crecer el deporte del baloncesto alejándose de los debates inútiles, de las tertulias de barra de bar, del reparto de la miseria, de la indolencia de la mayoría. Pero quién puede culpar a los exprimidores por tener hijos exprimidores que se dedican a exprimir para sobrevivir, a sobrevivir para exprimir. La familia es la familia y la familia es lo primero.

 

En fin, a buen exprimidor…

 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

50 años y 50 puntos después

 




Cincuenta años después, cincuenta puntos después, los Bucks son otra vez campeones. En la capital del estado de la cerveza han sobrado los motivos para que corran las jarras. Como diría Tolstoi en el inicio de Anna Karenina, todos los proyectos perdedores se parecen, pero los ganadores lo son cada uno a su manera. O algo así.

 

El de Milwaukee es un caso paradigmático de estabilidad, ello pese a que el pasado febrero llevaran a cabo movimientos decisivos, especialmente con la incorporación de Jrue Holiday. Y ojo, esta estabilidad va más allá de las caras y los nombres, que, en determinados puestos, como el del primer entrenador y el General Manager, han cambiado en los últimos cinco años, sino en las ideas, pues las bases están sentadas desde, aproximadamente, 2015, cuando los directivos hicieron una apuesta muy clara por atletas de largas extremidades, ideales para practicar una defensa individual de ajustes, con principios (triángulos amplios, cambios de asignación manteniendo posiciones…) y actitudes zonales (abiertos a balón, brazos extendidos) que colapsaría todas las líneas de penetración sin renunciar a molestar las líneas de pase y puntear un alto porcentaje de tiros. 

 




Paradójicamente, es mucho más fácil aplicar cambios, probar estrategias, sobre la base de una estabilidad, sin que las piezas sientan que, al moverse, ponen en riesgo la estabilidad del edificio y su propia supervivencia. No en vano, los de Budenholzer han concebido la temporada regular como un laboratorio o banco de pruebas en el que han puesto en marcha numerosas combinaciones sacrificando un cuantioso número de victorias. Y tal y como ha quedado demostrado, a pesar del regreso de los aficionados a los pabellones, esta puesta a punto ha sido más valiosa que el factor cancha.

 

De estas probaturas ha devenido una variedad estratégica que no ha encontrado parangón en ningún otro equipo de la NBA. Cinco pequeños, tres grandes, alineaciones más ordenadas, variantes en el esquema general de cinco abiertos con colocación de jugadores pequeños en la cercanía del aro, apuestas puntuales y decididas por dominar el rebote ofensivo, alguna que otra zona para ahogar al manejador… Una variedad que ha enriquecido los planes de partido y ha posibilitado llevar ajustes que no hubiera sido posible plantear sin estos ases guardados bajo la manga, entrenados y dominados. Además, esta temporada regular llena de altibajos, en el conocimiento general de la existencia de un plan, ha fortalecido los vínculos entre compañeros y los ha convertido en el equipo mentalmente mejor preparado, mens sana in corpore sano, aunque no haya faltado a su cita la suerte



Y queda hablar de la plantilla, claro. Porque tiene mérito juntar a dos de los cinco mejores defensores de perímetro de la liga. A un siete pies con rango de tiro. Al típico jugador que aporta toda clase de intangibles saliendo desde el banquillo. A la reencarnación mejorada de una hipotética fusión perfecta entre Allan Houston y Reggie Miller, fino y certero como nadie en los momentos decisivos. Y, por supuesto, a Giannis Antetokounmpo, número 15 del draft de 2013, por detrás de tipos entrañables como Olynik o Shabazz Muhammad, una fusión, en este caso, entre Lebron James y Wilt Chamberlain que Budenholzer finalmente ha sabido aprovechar en una posición mixta, interior y exterior, que ni es 3 ni es 4 ni es 5 (aunque esto es lo que más ha sido), que certifica la superación del basket de especialistas al tiempo que da por buena la teoría de Noah Harari sobre el tránsito de Sapiens a Deus, de hombres a dioses. Al menos en su caso. 

 




UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

El mayordomo de los fundamentos

 




El bote, cuando no es útil, no es bote, es abuso. De la paciencia y la confianza de los compañeros. Del entusiasmo y el dinero de los espectadores. Esto es lo que he querido transmitir en el primer turno del Campus Gigantes de Valladolid, organizado por Javier Hernández Bello y David Barrio, y acompañado por grandes amigos y compañeros, mientras, a través de la visualización de imágenes y la ejecución de tareas más o menos emparentadas con el juego real, hemos querido imitar el buen uso del bote del jugador del momento, un Cris Paul que ha venido a alcanzar la madurez cuando a otros se le agolpan las telarañas y solo piensan en la jubilación.

 

El bote es un fundamento medial, una herramienta que construye la casa pero que no forma parte de ella, que aquilata triunfos más por defecto que por exceso, pero que necesitamos, toda vez que fue incluido en unas reglas que originalmente no lo contemplaban. El bote, tal y como apunté al final del vídeo y de los entrenamientos, es el Robin de los fundamentos, o Alfred, el mayordomo, como sugirió uno de los jugadores. Suple, acompaña y complementa a los dos fundamentales: el pase y, desde luego, el tiro (finalizaciones), que vendrían a ser Batman.

 

Sobre él se han elaborado muchas teorías, algunas con la visión nublada del enamorado y otras con la perspectiva nostálgica del que lo prohibiría de nuevo, por fomentar el egoísmo, dificultar la circulación de balón o atentar contra el noble espíritu del baloncesto que se jugaba en sus tiempos, eso sí que era baloncesto. Lo cierto es que con el trabajo realizado, también el previo de preparación de los materiales didácticos y las sesiones, y con estas reflexiones a posteriori, no vengo ni a demostrar ni a desmontar, sino a proponeros algunas ideas que nos hagan pensar al respecto.  

 

Con relación a las caras del balón creo que hay un consenso generalizado sobre la necesidad de manejar y estar familiarizados con todas ellas. En situaciones de lectura o desplazamientos laterales sin perder de vista la canasta (y con el cuerpo orientado hacia ella), también en el inicio de los cambios de ritmo y las frenadas o antes, por supuesto, de iniciar una acción de pase o tiro, la mano debe recorrer al menos dos de ellas, alargando el tiempo que el balón pasa en la mano y escondiendo, así, la verdadera intención. No solo por reglamento, sino también por ser un obstáculo para la coordinación de tren superior e inferior en la mayor parte de los casos, desecharía la idea del acompañamiento o manejo, aunque jugadores como Luka Doncic alarguen la pausa en el bote llegando a colocar la mano en la cara inferior del balón.

 



En cuanto a la disociación del trabajo de los pies y el de la mano o bote, creo que también existen consensos, aunque aquí, como en los puntos que veremos a continuación, lo importante es manejarse en la armonía y en el ruido, ser a veces metrónomo y, otras, improvisadores. Desde luego, tener la capacidad de mostrar cosas diferentes (no solo con los ritmos, sino también con la colocación o dirección de los distintos segmentos corporales), de anunciar intenciones distintas, es siempre útil en un deporte de oposición y de objetivos contrapuestos.

 


También me parece clave jugar con el binomio actitud-intención. De ahí que sea relevante adelantar, aunque sea en décimas de segundo, la toma de decisiones; basarla en una intuición y no en una lectura a posteriori que desencadene una reacción, aunque siempre debamos estar alerta. Ante la visión, casi premonitoria (aunque basada en la experiencia y la memoria de acciones anteriores, vistas o vividas), de lo que va a suceder, el jugador toma una decisión y debe, por lo tanto, esconderla hasta el último momento, debiendo disociar en todo caso su actitud corporal de su verdadera intención.

 

Utilicé a Elastic man, de los Cuatro Fantásticos, para hablar de la amplitud del bote y la necesidad, nuevamente, de manejar cualquier anchura, pues no es siempre lo ideal llevar el balón muy lejos del tronco para ganar libertad de movimientos y engaño y será necesario también llevarlo delante y lejos de un defensor que nos persigue, o meterlo por un espacio reducido buscando esos espacios intermedios donde el atacante reina mientras los defensores se miran y repasan las reglas defensivas buscando una explicación y, muchas otras veces, demasiadas, un culpable.

 

Me serví de un duelo a espada de La máscara del zorro para hablar del bote de amenaza y de la necesidad de tantos y tantos jugadores que observo de elevar la altura de los hombros e intercambiar, en general, los diferentes grados de angulación de la espalda y de amplitud de los pies durante el ataque con vistas a poner máxima presión en el defensor. Para ello, con el símil de Los Picapiedra, quise explicar la necesidad de cambiar ritmos y velocidades en muy poco espacio, de acelerar de súbito y frenar en seco, una tarea a realizar, como casi todas, en estrecha colaboración con los preparadores físicos.

 


Por último, me serví del caballo del ajedrez para explicar la necesidad de jugar con ángulos y variar trayectorias (algo que aprendí de las reflexiones de Jenaro Díaz), saltando por encima de las piezas defensivas hasta insertarnos, nuevamente, en esos espacios intermedios de duda y desconcierto. Cris Paul dibuja eles por el campo, mezclando ataques y retiradas, provocando la somnolencia de defensores que despertarán demasiado tarde.

 

En fin, hay mil detalles a aportar con el bote y muchas de las normas, interesantes dentro del proceso de enseñanza, se muestran rígidas ante las nuevas necesidades. Ya no sirve el bote plano, ya no vale manejar con una mano, ya no bale el bote bajo ni únicamente el bote lejos, ya no vale echarla cuanto más adelante mejor ni usar el menor número de botes posibles, pues el último, un bote fuerte, casi en el pie, amplía el arsenal consecuente y mejora la siguiente acción, a la que el bote se debe como buen mayordomo, como buen Sancho del pase, el tiro y, por lo tanto, de los éxitos del conjunto. 




 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS