Boston Celtics: el paradigma



 


Empecé siguiendo a los Celtics cuando el baloncesto era muy distinto, en aquellos remotos inicios de siglo XXI en los que aún había bases y pívots, un grado de especialización muy alta, roles muy bien definidos. Cuando se jugaba con dos o tres marchas menos, a un baloncesto más posicional en el que brillaban las ágiles caderas de Allen Iverson, los hombros bailongos de Kevin Garnett o los infinitos amagos de Kobe Bryant o Paul Pierce. Empecé a seguir a los Celtics cuando Shaquille O´Neal era el jugador más dominante de la liga y lo sigo haciendo ahora cuando tengo infinitas dudas sobre el valor que tendría una figura tan portentosa como la de Shaq en un baloncesto como el actual en el que, honestamente, creo que no podría jugar por la velocidad a la que se practica y la múltiple amenaza de tiro de todos los jugadores en cancha, lo que evita que puedas resguardar a una sola pieza en la pintura sin que le saquen continuamente los colores.

 

Andrés Montes, la añorada voz de aquellas noches de NBA, llamaba “Siglo XXI” a Tim Duncan, valorando su versatilidad como un activo nunca visto antes (aunque para mí rompieron muchos más moldes en su época Bill Russell por su omnipresencia defensiva y Magic Johnson por su capacidad para crear juego desde sus más de 2 metros). Y, sin embargo, jugadores como Duncan, Garnett o Nowitzki, a pesar de sus enormes fundamentos, son ya casi piezas de museo arqueológico, pues estamos viendo cómo jugadores de su estatura actúan ahora como aleros, se crean tiros desde cualquier posición de la cancha y se mueven como humanos de 1,80. La revolución ha venido desde el campo de la preparación física, también desde la selección de los mejores biotipos a edades cada vez más tempranas y no deja de ser una apuesta de los reclutadores de talento, tanto en el baloncesto europeo, como en el universitario, como finalmente en la NBA. El baloncesto es lo que es porque Giannis, Durant, Lebron o Tatum fueron formados, con la paciencia suficiente, en todas las artes del baloncesto, no únicamente en la que su mayor tamaño parecía indicar a priori.

 

Hoy en día, a fecha de 8 de diciembre de 2022, los Boston Celtics presentan el mejor récord de la NBA a pesar de no haber podido contar con su mejor jugador defensivo, Rob Williams, y con la aportación que hubiera podido ofrecer Danilo Gallinari. Lo están haciendo con una apuesta que, bajo mi punto de vista, representa, junto a la de otros equipos, el paradigma del baloncesto moderno, además de un caso extraordinario de atmósfera de equipo volcado en la consecución de los objetivos, con un alto grado de tolerancia al error de los compañeros y una clara vocación de servir a los jugadores estrella, empezando, tal vez, por un entrenador interino, Joe Mazzulla, que interviene de manera calmada, con indicaciones a buen seguro muy valiosas, en el quehacer del equipo, lo que revela una primera diferencia con el modelo europeo, de cine de autor y baloncesto de entrenador. En USA siguen mandando los estudios, en este caso las franquicias, cuyos objetivos están muy por encima de los de un solo mortal, se llame Obradovic o Jasikevicius.

 

En cualquier caso, las mayores diferencias entre épocas las marca la apuesta por una conformación de plantilla bastante novedosa. Brad Stevens entiende que la dirección de juego debe ser una tarea compartida, entre otras cosas porque una decidida apuesta por la transición ofensiva reduce el peso del juego posicional. Así pues, su base no es un base al uso, con mando en plaza, que asuma gran parte de los bloqueos directos y todo se genere a partir de ahí, sino que Marcus Smart es, ante todo, un excelso defensor capaz de asfixiar al portador del balón y cambiar sin graves consecuencias en los bloqueos directos. Es decir, si habláramos de perfiles, la apuesta sería por el base más físico y completo disponible, con amenaza exterior suficiente (esto se lo pide al 90% de su plantilla) y carácter ganador que tome buenas decisiones sin un alto uso de balón.

 

La mayor parte del salario de los Celtics está invertida en sus aleros. Sus estrellas son dos jugadores diferentes, pero a priori intercambiables, en el sentido de que ambos pueden defender a cualquier jugador rival y anotar ante cualquier oponente, siendo sus recursos casi inagotables. Ambos miden más de 2 metros, son buenos defensores de 1x1 y capaces de admitir cambios, son imparables en transición (rebotean mucho en defensa), meten triples con consistencia, van a la línea de tiros libres con mucha facilidad y son capaces de generar tiros para sus compañeros. Perdónenme si piensan que blasfemo, pero la dupla Tatum-Brown, más aún teniendo en cuenta que tienen 24 y 25 años, es la mejor dupla exterior desde la famosa Jordan-Pippen. E igualmente se puede observar una cierta rivalidad interna, y que no todo fluye como debería, pero todo parece ser un mal menor. Por lo tanto, si habláramos de perfiles, en las posiciones exteriores se buscaría el talento más completo y grande posible. Si un jugador de 2,03 hace lo mismo que uno de 1,95, en fin, la respuesta viene dada.

 


Avanzamos con el “4”, una extensión de los aleros, un jugador igualmente versátil, fuerte, que ayude en el rebote. Si ya has reunido tanto talento exterior en el 2-3 no es necesario que este también brille en el apartado ofensivo, pero su amenaza debe ser total y suficiente. Es decir, debe conocer el juego y ser capaz de tirar o poner el balón en el suelo en función de las necesidades. Debe ser, a cambio, un feroz defensor y competidor. Es el caso de Grant Williams o el de un Al Horford rejuvenecido que volverá a ocupar esta posición cuando Rob Williams vuelva de su lesión.

 

En el cinco caben dos perfiles. El de un undersized rocoso que mate por cada balón y abra el campo o el de un físico imponente que, si no tiene amenaza de tres, es capaz de jugar por encima del aro en ambas mitades del parqué. En defensa, eso sí, debe poder hacer múltiples esfuerzos, o lo que llamo el DIR: Disuadir, Intimidar, Rebotear. Y si además es móvil, es capaz de puntear tiros tras cambios defensivos aprovechando parte de lo anterior, en fin, es una auténtica joya que el equipo debe saber utilizar incrementando la agresividad en primera línea, contestando duro cualquier intento de lanzamiento exterior a sabiendas de que atrás habita, y utilizo una expresión acuñada por mi amigo Fernando García, el famoso león de la sabana, cuya mejor expresión humana es, sin duda, Rob Williams.

 

La apuesta para el banquillo ha sido la de jugadores con un alto basketball IQ, buenos defensores de perímetro (sin el tamaño de los titulares, claro, no hay dinero para todo) y con una amenaza potencial y real de lanzamiento exterior absoluta. La segunda unidad viene a ser, por tanto, una réplica de la primera renunciando en algunos casos a la estatura, en otros casos al talento para la generación de jugadas, pero en casi ningún caso a la capacidad defensiva, a la amenaza de tiro exterior y a la inteligencia baloncestística. Los Celtics llegaron agotados a la serie final ante los Warriors la pasada campaña y han entendido el valor que tiene el banquillo a la hora de mantener vivos parciales, ganar la batalla ante la segunda unidad rival y complementar a la perfección a los jugadores fundamentales. Malcolm Brogdon, Derrick White, Blake Griffin, Luke Kormet, Sam Hauser, Payton Pritchard y Danilo Gallinari están en Boston para ganar un anillo y conforman un supporting cast extraordinario para completar la misión.

 

En fin, como sostengo desde el inicio del artículo, creo que los Boston Celtics representan un extraordinario caso de estudio para los directores deportivos de la NBA y el resto de ligas profesionales. Obviamente, aunque cada cual en su escala, su modelo revela la existencia de una visión, una misión y una estrategia definitivamente enfocada a la victoria, amparada, a buen seguro, en la estadística avanzada y construida a partir de una inteligencia superior como la de Brad Stevens, no solo como un reflejo del pasado, sino también como un anticipo de lo que será el baloncesto en un futuro a corto plazo.

 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Cómo formar beduinos

 




Me acuerdo de algo que había dicho Bruno, nos dice Ernesto Sabato en su obra La resistencia: siempre es terrible ver a un hombre que se cree absoluta y seguramente solo, pues hay en él algo trágico, quizá hasta de sagrado, y a la vez de horrendo y vergonzoso. Por su parte, Saint Exupéry, en el relato sobre dos “naúfragos” en el desierto, relata las palabras de uno de ellos tras haber sido salvados por un beduino después de tres días vagando tras haber aterrizado de emergencia su avioneta. Todos mis amigos, todos mis enemigos en ti marchan hacia mí, y no tengo ya un solo enemigo en el mundo.

 

En fin, el baloncesto como escenario en el que se representan actos aislados de la gran comedia humana no es ajeno a la tendencia general de fragmentación de la comunidad y del sentimiento colectivo. Con independencia de la categoría, cada jugador es un proyecto de presidente de gobierno o astronauta, o de Michael Jordan o Kevin Durant. O de mejor hijo del mundo. O de mejor escolta o alero de su categoría o de futuro jugador del primer equipo del club (en el que, según él y sus padres, merecía estar desde alevín). Una marca en sí misma, así de horrenda es la dialéctica neocapitalista que hemos ido asumiendo desde la ignorancia y, peor aún, desde la pereza. También abrumados con nuestra pequeñez ante el tsunami de mensajes e informaciones de tipos tan brillantes como desalmados y desprovistos de toda ética que se arrogaron de un púlpito del que tardamos en echarlos a pedradas.

 

Los anunciantes, los asesores de los políticos, los mismos políticos, conocen la cartografía de sus mensajes, su origen cínico e hipócrita, su lógica sofista, pero se sienten bien porque creen que hay un bien mayor detrás de los mismos: su sueldo, su puesto o su gloria. Así, poco a poco, entre su falta de escrúpulos y nuestra pereza intelectual, nuestra carencia de lecturas y nuestro exceso de televisión, nuestro miedo y nuestra vagancia, la sociedad se ha ido transformando en un supermercado donde cotizan a la baja la empatía y el cuidado y en el que todos estamos en venta.

 

El trabajo absorbe nuestras energías y consume nuestros espíritus como nunca lo había hecho, no porque trabajemos más que en el siglo XIX, sino porque lo hacemos todo el tiempo, desde cualquier lugar. La sociedad, y no me parece mal, ha perdido a las grandes maestras y enfermeras, las madres, y las ha suplido con criados y canguros, sin ningún afecto natural (sí profesional, claro, no lo dudo. Los educan, pero no son sus hijos) por las criaturas que cuidan, quienes, en el futuro, no lo duden, transmitirán también esta indiferencia recubierta de profesionalidad, que es a lo máximo a lo que aspiramos en medio de este monocultivo del trabajo, en esta lógica de la supervivencia económica y emocional.

 

Hemos cambiado los rezos, las lecturas colectivas en torno al fuego, por un sinfín de experiencias, tantas como esqueletos, narradas en primera persona a través de las redes sociales. De hecho, ya no importa la lectura, importa nuestra experiencia como lectores, lo que el relato o libro nos generó. Se muere un genio y colgamos la foto que nos hicimos con él en un aparente homenaje a su figura que en realidad lo es a la nuestra, por lo demás insignificante. Hay una guerra y lo que cuenta es nuestra reivindación como pacifistas, como antirrusos o poseedores del carné de europeo o humanista. Qué exceso de yo. 

 

Lo observo, y eso que estoy contento con los grupos humanos que entreno y dirijo este año, cada día. Escucho juicios sobre otros de los que pretenden hacerme partícipe mientras yo callo y lloro por dentro: siempre empiezan por sus defectos, pocos se detienen en alabar los talentos de sus compañeros. Mis propias correcciones son asumidas por los otros como un señalamiento del interpelado, no como una lección general, un consejo dado con la intención de mejorar de la que todos pueden extraer una ayuda para su juego, que es el de todos. Quizá yo mismo esté cayendo en esto que critico con la redacción de este párrafo, con la diferencia de que en mi caso procuro reflejar compasión y piedad, no celo o envidia.  

 

La cuestión es cómo crear equipos, palabra tan grandilocuente como vacía de significado en sí misma en este contexto en el que cada individuo es una trinchera. Si el baloncesto, un deporte de cooperación-oposición no lo logra por sí mismo, con sus magníficas reglas concebidas para alentar este espíritu de colaboración, si la elección de deporte de los chicos y sus familias no facilita este hecho (suponer que la apuesta por un juego de equipo lo es también de sus presupuestos y principios es mucho suponer, ya lo hablábamos en el pasado: el germen es otro), ¿qué podemos hacer como entrenadores?

 

  • 1.       Elevar los niveles de sacrificio colectivo: en la agonía el ser humano se muestra más humilde; si sigo vivo, decía hace poco Carlos Boyero en una entrevista, es porque he pedido ayuda. Cuanto más duro el entrenamiento, más colaboración se van a prestar entre sí los miembros del equipo. Sufrir unidos en la persecución de un objetivo lleno de sentido es terapéutico y refuerza el nosotros.
  • 2.       Dar importancia al fundamento del pase como elemento clave del respeto que se prestan unos a otros. Limitar el número de botes, dar por perdido cualquier pase que llega desviado, invita a dar importancia al juego sin balón y a la precisión con la que se comparte el móvil, objeto en el que reside la energía del equipo, energía, por cierto, que se pierde con cada bote de más, con cada tiro contra dos defensores, con cada compañero solo obviado por un arrogante poseedor que piensa que es mucho más capaz que este para resolver con éxito una acción.
  • 3.       Diseñar tareas y dinámicas que solo puedan resolverse favorablemente con la participación de todos. Retos para todo el equipo, retos deliberadamente alcanzables que generen una autoestima grupal.
  • 4.       Rituales que sustituyan a los rezos comunitarios (corros, cánticos, recibir en pie a los compañeros sustituidos), que recuerden a la íntima relación entre una unidad de infantería o una hermandad, pero sin esa carga simbólica o religiosa. Lo dice alguien que no cree en Dios ni en sus sustitutos (ídolos, instituciones…), pero sí en los indudables beneficios de caminar de la mano.
  • 5.       Un mensaje coherente y un millón de veces repetido que ponga en valor lo necesitados que estamos del otro, lo necesarios que somos también para él. Establecer vínculos, crear una red de cuidado mutuo. Desdramatizar el error, celebrar los progresos de unos y otros, corregir con una visión universalista en grupo y de manera más personalizada en privado para evitar el efecto imitación de una corrección airada, la sensación de que todos puedan sentirse jueces severos del comportamiento del otro.

 

También crear relatos como el de Saint Exupéry que hagan ver a los chicos que cualquier día su avión puede tener que aterrizar de urgencia en el desierto y que, a punto de fallecer por la ausencia de agua y alimento, ellos, que se creían tan autosuficientes, pueden llegar a necesitar de ese beduino que no juzgó su apariencia ni su color de piel, que simplemente los atendió y los llevó hasta el oasis más cercano. Para que sean conscientes de nuestra debilidad y, sobre todo, para que deseen ser ese beduino. Todos los días. No a la espera de ninguna recompensa o zanahoria colgante. El premio es ser el beduino.

 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Baloncesto preinfantil. La resistencia.



 

En el deporte no existe el principio democrático, no hay una igualdad real de oportunidades y de su reglamento y actual evolución no podemos esperar concesiones. Tampoco existe el engaño o la opacidad: las reglas son conocidas, las canastas están siempre, o casi siempre, a la misma altura del suelo. Tampoco es una meritocracia estricto sensu, no se engañen: la planta de los equipos, la capacidad natural de sus miembros para la resistencia, el desarrollo de la fuerza (la velocidad, el salto, los empujes…) o para asimilar el entrenamiento no son siempre las mismas, menos aún en equipos o escuelas donde no se llevan a cabo procesos de selección. 


Normalmente, como sucede en tantos otros campos, los mejores en determinadas capacidades lo serán siempre, más aún cuando nuestras horas de entrenamiento son tan pocas comparadas con las que se emplean en la adquisición de habilidades musicales o artesanales, insuficientes en todo caso para alterar el orden natural. Muchas veces siento que no somos agentes de cambio, sino notarios de la realidad. Inevitablemente nos gusta más la asistencia que la pérdida, el triple que entra limpio que el que cruza de lado a lado convirtiéndose en el primer pase del contraataque rival. Y de alguna manera lo hacemos saber. Y quizá deba ser así. 


Por este motivo pienso que nuestra principal función es la motivadora, antónima del “no pasa nada” y del “pasémoslo bien” que tanto desprecia el tiempo invertido y que, además, más daño hace a los jugadores menos aptos, a los menos capaces de partida, provocando que se lo pase mucho mejor el que ya sabe. Nuestra segunda función es la de incitadores o provocadores del intento por aprender algo nuevo, una auténtica prueba de fuego para la autoestima del chico o chica que lleva poco tiempo jugando al baloncesto a través del condicionamiento del contexto (forzar que se produzcan determinadas conductas). Ante el más que probable fallo, debemos reaccionar con mesura, creo que tampoco ayudamos cuando acudimos al “fracasa mejor” de Beckett porque el jugador nos toma por un trasnochado después de fallar una bandeja o de quedarse corto por atender a nuestras demandas. Y eso lima la confianza si no hay una correcta pedagogía detrás: una llamada a la humildad y a la paciencia que debe enseñarse a través del ejemplo (¿somos humildes y pacientes?). 




Este año, entre otras tareas, entreno a un grupo infantil, la categoría más salvaje para los niños y niñas, quienes ven cómo cambian repentinamente las condiciones: el volumen y la masa del balón, la altura de la canasta, las dimensiones del campo… En un deporte sin especialistas (en el que Yao Ming sabe lo que tiene que hacer, al igual que Muggsy Bogues) y sin demasiadas normas espaciales y temporales asumidas, sin una técnica individual asimilada, sin, en muchos casos, sobre todo cuando en mini se dedicaban a pasarlo bien, un bagaje motor suficiente, la pista de baloncesto se convierte en una gymkhana en la que saldrán victoriosos aquellos con la mejor combinación posible de cineantropometría, inteligencia y conocimiento del juego, una sabiduría que a edades tan tempranas va a depender fundamentalmente de los entrenadores que hayan tenido, una elección muchas veces azarosa tomada por unos padres que no tienen tiempo de hacer un análisis concienzudo (después de hacerlo de todos los profesores, de las academias y los conservatorios) de las aptitudes del profesor de baloncesto. 


Desde luego, el reto es monstruoso. En mi equipo hay jugadores que se caen hacia adelante por llevar el peso del cuerpo desplazado en esa dirección, hay jugadores que botan el balón delante del tronco, otros que son incapaces de desplazarse entre bote y bote porque no hay nada de gasolina en sus piernas o porque hay algo de exceso de peso en su tren superior o porque tienen los pies planos. Jugadores altos que no saben qué hacer con sus extremidades, silenciosas compañeras de viaje con las que llevan años conviviendo sin conocerse. La mayoría no podrían ver América en la proyección Mercator al observar únicamente lo que queda a la derecha de su nariz y muchos tendrían que comprar un billete de avión para separarse del suelo, incapaces de desencadenar el mecanismo del salto vertical. 


No sé si hacemos bien poniéndolos a jugar y me cuesta comprender cómo la experiencia puede resultarles gratificante, supongo que desde su punto de vista todo es distinto, y que a pesar de ello les resulta divertido. No tengo nada en contra de los que defienden las ventajas de la competición, pero creo que esta solo es maestra a partir de un determinado grado de habilidad adquirida. En las artes marciales se retrasa el inicio de las competiciones, el el rugby se empieza jugando sin contacto, en el volley hay muchas alturas distintas de red, en el fútbol se juega a 7 hasta determinadas edades, y en el baloncesto (y es peor en otros países) los mandamos a la guerra en partidos que más bien parecen de balonmano. Los invitamos a hacer lo que puedan para que, como sucederá también a los 18 años gane, como siempre sucede, el mejor: el niño mejor hecho por sus padres


En fin, todo esto para decir que yo entrenaría los sábados (abierto a los padres, por si les apetece asistir al ensayo y no a la función), que jugaría menos, con menos jugadores a la vez, con la canasta a 2,90, con un balón tamaño 6 y algún que otro ajuste reglamentario sobre los que no me quiero detener. Esto si quisiéramos avanzar hacia un principio meritocrático más relacionado con el esfuerzo y la capacidad de sacrificio que con la combinación natural de dones, aunque no termino de tener claro si el esfuerzo y el sacrificio no son también virtudes heredadas o aprendidas en casa, lo que fosilizaría el determinismo contra el que los tontos románticos luchamos sin demasiado éxito. Los partidos antes de la práctica y la asimilación de conceptos son, apenas, una ecografía del nasciturus. Cualquiera podría decir quién era el mejor el año pasado y quién lo será el próximo si no abandona su actividad. Otra cosa es que nos resulte divertido. Y que no pueda ser de otra manera (porque siempre ha sido así).


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS


La ley del banco




Vigente en todos los espacios y épocas, su validez se renueva año a año como garantía del buen funcionamiento de los equipos y las sociedades. Prohibida en mini por temor a la falta de capacidad de los llamados a aplicarla y en previsión de posibles abusos o erróneas interpretaciones, y muchas veces suspendida en el ámbito profesional por hallarse sus ejecutores secuestrados emocionalmente (cuando solo es emocionalmente) por los administrados (o los dueños) o, simplemente, pensando en otra clase de beneficios más allá de lo ético y estético, la Ley del Banco seguirá siendo una de las mejores herramientas del entrenador para sancionar lo prohibido, reprochar lo incorrecto, llamar a la reflexión sobre lo desviado o erróneo y, a través de ello, instituir en el equipo toda una serie de valores a promover, repetir y reafirmar.


Este otorgamiento de competencias y poderes engendra en el entrenador una gran responsabilidad. Lo obligan a ser un atento observador, lo que no evita que se le pasen muchas cosas; un juez ecuánime (en la medida de lo posible) que no evalúe individuos, sino conductas (no sea que al malo lo pille con mayor frecuencia que al bueno, en fin, esta nos la sabemos todos); es más, lo obligan a comprender la visión tomista de la justicia, que no es tratar a todos igual, sino dar a cada uno lo suyo, algo que exige un alto conocimiento de todos y cada uno de los jugadores. Le exigen ser didáctico en la explicación de los porqués, a actuar desprovisto de rencor, a abrazar, literal o figuradamente, al jugador equivocado en su camino al banquillo, al que explicará los motivos e invitará a reflexionar para que en su vuelta al campo no se repita la conducta. Lo encomiendan a ponderar un equilibrio virtual entre las necesidades individuales y las del equipo. En fin, lo obligan a ser Dios por 150 euros al mes. 


La ley del banco no encierra un mensaje coaccionador, sino uno de corte posibilista: actúa siguiendo los valores que el equipo quiere representar (honestidad, respeto, sacrificio) y jugarás hasta que la resistencia ceda, o hasta que sea el momento de que otro compañero salte a la pista y pueda él también practicar lo entrenado. La ley del banco está basada en un ideal de justicia que es también un ideal meritocrático: los minutos en pista representan un bien escaso y hay que ganárselos entrenamiento a entrenamiento, pero también minuto a minuto, con una actitud ejemplar, haciéndose merecedor del apelativo de jugador de baloncesto, algo que puede no significar nada o, al contrario, que puede serlo todo, al igual que las palabras soldado o caballero. 


En mi caso distingo tres faltas merecedoras de la aplicación, ya digo que sin rencor, de la ley del banco. Las primeras son de respeto, ya sea a los árbitros (con los que procuro que los jugadores que entreno no hablen, también por un tema de atención y concentración que mencionaré más adelante), a la figura del entrenador (con quien pueden hablar, pero no a voces ni con ademanes exagerados), a los compañeros (a los que no reprocharán nada en absoluto) o, por supuesto, a los rivales, habiendo diferentes gradientes, alguno de los cuales, obviamente, puede suponer el no retorno al partido. 


Las segundas son de concentración, atención o falta de sacrificio y humildad. Estas también tienen que ver con el foco o la falta de control, pues se basan en estar pendientes de aspectos que no deben interesarnos, pero también tienen que ver con la autopercepción del jugador y la visión de sí mismo dentro del conjunto del equipo. Un jugador que opta deliberadamente (aquí reside una gran dificultad de juicio) por terminar contra dos defensores juzgando este tiro como mejor que el que podría hacer un compañero sin defensa, es un jugador que se pone por encima del equipo, del progreso que también deben llevar a cabo sus compañeros y de la concepción del baloncesto como deporte de equipo (¿se equivocó de deporte?). Esto en términos generales y habilitándose las debidas excepciones. Lo mismo sucede con el exceso de frustración motivado, generalmente, con un “cómo puedo fallar” (si soy tan bueno) que debemos combatir por ser opuesto a la humildad que se requiere para seguir aprendiendo. Aceptar el error y estar en lo siguiente es también algo de buen jugador. No hacerlo debe suponer minutos de reflexión en el banco. 



Finalmente, hay faltas de concepto ligadas a una carencia de comprensión, a la escasa atención durante los entrenamientos, pero, también, probablemente, a cuestiones o limitaciones de los propios individuos. Con estas, así como con las malas decisiones ocasionadas por una natural cobardía o retraimiento, tenemos que ser mucho más prudentes como entrenadores y tratarlas de manera más discreta. Ahora bien, si los errores son continuos y dificultan el buen funcionamiento del juego colectivo, esto es, también el crecimiento baloncestístico del grupo, es posible que haya que actuar aplicando la ley del banco por motivos de fuerza mayor, pero desde el compromiso del entrenador por brindar un mayor apoyo al jugador insuficientemente preparado en este momento. 


Hasta ciertas edades, categorías y niveles, la ley del banco no debería atender a las diferencias de nivel existentes siempre que se consiga el objetivo de competir: el equipo esté en partido, bien organizado y practicando lo entrenado pudiendo ofrecer suficiente resistencia al rival (de aquí la importancia de las ligas) y viceversa. Y, desde luego, debería aplicarse sin miramientos, sin atender al resultado si fue el jugador más capaz o competente el que incurrió en una falta de estas características. En fin, como ya adelantaba, la Ley del Banco nos pone a prueba primero a nosotros, los entrenadores, a nuestro ego y también al de todos aquellos que esperan victorias en el marcador, sin importar las manchas que dejan en el espíritu, para siempre, los comportamientos incorrectos no sancionados. Estoy seguro de que la corrupción, por ejemplo, es un vicio que se mama en casa, una conducta equivocada que se aprueba por acción u omisión en la más tierna infancia.


En fin, todo esto para poner de manifiesto la importancia de la dirección de partido en categorías inferiores, en los patios de colegio y los modestos pabellones de barrio, lugares en los que saldrá algún jugador de liga zonal o nacional y, ojalá, muchos jugadores de baloncesto, ciudadanos ejemplares, individuos investidos de valores que ganarán cada día partidos mucho más importantes si entienden el valor del respeto, del trabajo bien hecho, de cuidar al otro o de manejarse con humildad por esta puta vida. 


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS


El Código del entrenador

 


Existe una tentación cada vez mayor, yo mismo la siento, por caer en una suerte de nihilismo que resta peso e importancia a los valores, a las creencias e incluso a los hechos, en eso que se conoce como posverdad o visión alternativa, tan cierta en la mente de sus creadores como la probada o cierta a ojos de la ciencia o los sentidos. Ante la sucesión de acontecimientos que nos recuerdan nuestra pequeñez, la insuficiencia de nuestra voluntad particular ante la avalancha de procesos que se nos imponen, es natural invocar el nada importa nada o el si total…

 

Pero nos debe quedar el baloncesto. El baloncesto como cualquier otra actividad que recuerde de alguna manera a aquellas desempeñadas con espíritu caballeresco (o damesco, en fin), en las que las formas sigan constituyendo un fin en sí mismo, en las que veamos al oponente como un compañero de juego que simplemente comparece en la batalla con intereses opuestos, aspirando a lo que nosotros tenemos, protegiendo lo que deseamos. Una actividad que nos devuelva la esperanza en las nuevas generaciones, para que no solo sean más preparadas para procesar información, tomar decisiones basadas en cálculos fríos o manejar nuevas herramientas, sino para que estén dotadas de humanidad, compasión y valores éticos compatibles con la convivencia profunda y afectuosa con el otro. También con las herramientas para sobrevivir, con la humildad, la curiosidad y, sobre todo, el tesón, que conducen al aprendizaje y la maestría.

 

Sin embargo, como entrenadores, antes de ponernos ante un grupo, de liderar una colectividad, esa pequeña aldea en la que la unión no procede de la consanguinidad que es un equipo, debemos autoevaluarnos. La verdad, siento pena por algunos modelos que se nos imponen a través de las pantallas. Siento que la norma sea apretar al árbitro, desestabilizar a los contrarios o tratar como animales de carga a los empleados, llámense en este caso jugadores de baloncesto. Podría poner nombres y apellidos, pero no se trata de esto, primero porque ellos se desenvuelven en entornos de máxima competencia (y lucha por la supervivencia) y segundo porque coincido con Eleanor Roosevelt: los hombres pequeños hablan sobre los demás.



Quede el aprendizaje, el debate de ideas. Sirva para que los entrenadores, a los que en los cursos solo se les habla de formar deportivamente o de ganar, no seamos simplemente unos frikis de la técnica individual o de la táctica colectiva, unas bibliotecas andantes de jugadas, un cofre de situaciones en las que seres humanos se convierten en ejecutores dentro de una gran maquinaria ajena a estados de ánimo, problemas personales o valores universales relacionados con la templanza, la bonhomía o la ya mencionada humanidad.

 

Urge, de esta manera, operar con códigos, es decir, con una legislación autoimpuesta que si la profesión, quizá por no ser tal, no la exige, sí lo haga, en cambio, nuestra conciencia, nuestro sentido del honor y del deber. Andar por la vida sin ellos, sin códigos de conducta o valores a vigilar, es hacerlo borracho al volante de un deportivo en medio de la noche. Es decir, poniendo en peligro a todos los que se cruzarán en el camino. Y en nuestro caso no serán ciervos o jabalíes. En fin, las temporadas están recién iniciadas o a punto de comenzar, así que, entrenador, si aún no lo tienes, revisa tu formación, recuerda las palabras de tus padres y abuelos, acude a las lecturas sagradas o profanas que iluminan tu espíritu y hazte con un código. Aquí algunas normas del mío, siempre en constante revisión.

 

¿Y si sí? En la fábula de Pedro y el lobo yo siempre creeré a Pedro. Como creeré siempre, tras haber reclamado desde el primer día su honestidad, la palabra de los jugadores. Será un modo ingenuo de acercarme a ellos, pero nada más dañino para una relación de confianza que el prejuicio o la presunción de dolo, engaño o reserva.  En fin, con esta postura también me ayudo a mí mismo. Puedo vivir siendo engañado, no soy rencoroso, pero no podría vivir no habiendo creído las palabras de un jugador en el caso de que estas fueran ciertas y mi descrédito le condujera a una situación peor. En mi código de conducta como entrenador, la presunción de veracidad y honestidad de los miembros de un equipo no se discute.



 

Hard on the issue, soft on the person. Duro con el delito, suave con el delincuente. Así adaptó las palabras de Henry Cloud la magnífica Concepción Arenal. Esta es una llamada a terminar con las relaciones de causalidad precipitadas (falló una vez, fallará siempre) que conducen a etiquetas limitadoras y a pensamientos excesivamente rígidos. En un régimen de derecho como en el que creo no hay nada peor que el derecho penal de autor, asociar a una persona los prejuicios que pesan sobre un grupo o colectividad, asumir que el pasado determina hasta tal punto el presente de un individuo que le está prohibido tener un futuro distinto. Seamos educadores.

 

Nada de lo humano me es ajeno. En el momento en que al entrenar piense únicamente en el equipo como en una maquinaria o institución al margen de sus miembros, en el que la masa ingiera al individuo hasta despojarlo de sus cualidades e impedirle pensar por sí mismo, habrá llegado el momento de dejar este modesto oficio. Humano soy, nada de lo humano me es ajeno, es una buena traducción de la máxima de Terencio, como también es una buena traducción de los versos de John Donne la siguiente: la muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad, así que no preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti. Quede dicho.

 

Un Samurai es cortés incluso con sus enemigos. Creo firmemente en el valor del respeto, en que nuestra calidad humana se demuestra en el modo en que tratamos a todos los agentes involucrados en un equipo o competición. En primer lugar, con el compañero, con el que debemos aplicar dosis añadidas de compasión ante el error, pues él mismo está experimentando su propio proceso de aprendizaje. Ser ejemplo en este punto es, desde mi particular punto de vista, clave. Y el rival o los árbitros son también compañeros. Entre todos hacemos posible el juego, esta divertida herramienta pedagógica.



No sin un plan. Luego el azar dictará sentencia, pero ni siquiera Alonso Quijano dejó aquel lugar de la Mancha sin un propósito. O Cervantes, aunque en su idea inicial aquello no pretendiera ser más que una nouvelle. Cuando se nos confiere la responsabilidad de liderar un equipo debemos prefigurar para él un plan, una idea. Necesitamos divisar un destino, describir una misión. Nos viene a decir Kavafis que Ítaca fue el viaje, pero el viaje de Ulises no hubiera existido sin Ítaca, así que, si no la tenemos, tendremos que inventárnosla.

 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Al Fer lo que es del Fer

 




Al Fer lo que es del Fer. Y hablo de mi amigo Fernando, Fernando García, un estudioso y sabio del baloncesto que no deja cabo suelto cuando se trata de hacer un análisis a fondo de lo sucedido y por suceder. Al Fer lo que es del Fer, digo, porque él era de los pocos optimistas que hace más de un mes, incluso tras caer con estrépito ante Grecia, veía mimbres suficientes para competir en este Eurobasket siempre que se dieran las circunstancias adecuadas, lo que se resume en “siempre que el cuerpo técnico hiciera su trabajo de manera maravillosa”, tal y como ha sucedido.

 

En los tres años, aproximadamente, en que llevamos hablando con frecuencia de lo divino y lo humano (poesía y baloncesto), lo propio y lo ajeno (baloncesto específico y general en jerga más precisa), uno va descubriendo por qué a Fernando le obsesiona lo que le obsesiona y cómo lo que le obsesiona tiene mucho que ver con el resultado final de los equipos. Y en este campeonato no ha sido distinto: las obsesiones de mi amigo Fernando también podrían llamarse a sí mismas claves de la victoria de España en este campeonato.

 

La primera de ellas es la involucración o integración de todos los miembros, hacer que todo el mundo se sienta partícipe de lo sucedido y tenga un hueco razonable en la rotación. Y no solo por la "piña", otra de sus obsesiones, sino porque "ocho minutos son muchos minutos", como me recuerda a menudo, pensando en la aportación de un eventual décimo o undécimo jugador. Más vale que sienta que este tiempo es importante, más vale que salte a la pista bien escoltado y no en pelotas frente a la audiencia. Esto debe quedar incluido en el plan de partido: ¿cuándo y con quién va a salir al campo el jugador joven a dar minutos de descanso imprescindibles a la estrella veterana que debe terminar el partido? ¿A qué vamos a jugar entonces? ¿Cómo vamos a defender?

 

La segunda es la diversificación que conduce a la incertidumbre. Y aquí España, al menos en la fase de juego que se corresponde con la defensa posicional, ha estado de diez. De los errores se aprende y de salir a porta gayola contra Eslovenia en los pasados juegos, enseñando una mixta que Doncic no tardaría en comprender y aniquilar, España ha pasado a manejar tres y cuatro defensas distintas cada partido y, además, las ha ejecutado con diferentes niveles de presión e intensidad en función del quinteto propio y rival en pista.

 

La tercera es la fluidez e intencionalidad del juego ofensivo, cuya ausencia ha coincidido con los peores minutos de juego de la selección, generalmente cuando a Lorenzo se le agotaban las muñecas de tanto amasar el balón. Sin embargo, cuando España ha jugado mejor, como insistía también Pepu Hernández en las retransmisiones, es cuando ha sabido apurar las opciones de la transición, con Brown, precisamente, como ejecutor.

 

Parece evidente que nuestro éxito en los deportes de equipo de invasión (cooperación/oposición) tiene que ver con las dimensiones estratégico y táctica. Ayer me dio la sensación de que los franceses, en la víspera de la batalla, se sentaron junto al fuego a beber champagne y contar anécdotas particulares, cada uno la suya. Siendo un equipo más completo, apenas aprovecharon sus ventajas. Siendo un equipo más profundo, salieron a especular y permitieron que Brown o los Hernangómez llegaran frescos al final del partido. En cambio, en el campamento español se sacaron los tableros y los ordenadores y se estudió al más mínimo detalle el plan que nos llevaría a la victoria.

 

Esta superioridad estratégico-táctica es la que viene a explicar este verano glorioso para la marca FEB, su presidente y, sobre todo, su director deportivo, mi paisano José Ignacio Hernández, la definición de un ganador. Tras los distintos confinamientos, los franceses, por ejemplificar en ellos lo sucedido, siguen siendo más altos, más fuertes y completos que los españoles, pero no han evolucionado en la comprensión de lo que hace que un equipo gane a otro después de cuarenta minutos, más allá del talento, el acierto o la suerte. Esto es la estrategia, la táctica y, también, por qué no, un espíritu competitivo que se alimenta de estas dos primeras dimensiones, pues no es lo mismo luchar cada balón en un marco de improvisación o mediocridad intelectual que por una causa bien argumentada, en la teatralización de un guion escrito y reescrito durante horas.

 

Creo que es en esta parte donde cobra más sentido el trabajo de un entrenador. En la concepción de la estrategia y el relato, en la guionización de lo que va a suceder no a partir de la magia o la adivinación, sino a través de un estudio concienzudo del juego, un análisis experto que parte de la recogida y selección de datos y que, a través del procesamiento de estos, alcanza unas conclusiones que el necio califica de inmutables y el sabio de provisionales y transitorias. De ahí que a mi amigo Fernando, y repito esta fórmula desde el orgullo que me provoca emplearla, también le obsesione la capacidad de adaptación, la flexibilidad ante un cambio en las circunstancias o ante un cambio en el observador de las circunstancias. Y aquí nuestra selección volvió a estar de diez, incluso desde la polémica convocatoria o la respuesta a la lesión de Llull.

 

ENHORABUENA A TODOS LOS INTEGRANTES DE LA SELECCIÓN

 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Focus, entrenador, Focus





No se engañe, querido lector, se dispone a hacer una lectura diagonal de este artículo. Es decir, va a cometer dos errores: por un lado ha seleccionado esta entrada entre el millar de artículos mucho más interesantes sobre esta temática y, por otro, va a dedicarle unos minutos de escasa atención, incurriendo en una lectura pobre, versión hermanada con la escucha pobre, uno de los males que señala Daniel Goleman en su obra Focus, de imprescindible lectura (lectura atenta y concentrada, me refiero), esta sí. 



De esta obra se pueden sacar innumerables conclusiones relacionadas con el funcionamiento del cerebro humano, esto es, del ser humano, en la medida en que a través de este órgano se programan todos los razonamientos y conductas, ya sea de una manera meditada o de otra más visceral. Una lectura atenta podría servirnos para la programación y planificación de las temporadas, los mesociclos, los microciclos y las sesiones, en la medida en que nos permite comprender el modo en el que se recibe una indicación y se gestiona la información, pero yo prefiero quedarme con todo lo que tiene de guía para los propios entrenadores, es decir, como manual de autoentrenamiento. 


Somos perezosos por naturaleza, ahorradores, si lo prefieren, pues por pura supervivencia tendemos a optar por la fórmula que demanda menor energía. Los entrenadores y el resto del mundo, sobre todo los aquejados de falta de pasión y de voluntad. De ahí que prefiramos seleccionar solo aquella información que confirma que estamos en el buen camino, que nos reafirma y mantiene nuestros niveles de agitación bajo control. Sin embargo, Goleman insiste en que el proceder propio de los expertos lucha, precisamente, contra la automatización de los pensamientos y la adopción de rutinas pues persigue, entre otras cosas, el ajuste de los modelos o esquemas mentales, algo que, si usted se detiene en la lectura de este párrafo y no ha pasado por encima, seguro que reconoce. 


Bueno, quiero decir, seguro que reconoce en la medida en que practique y se eduque en la autoconciencia, uno de los secretos del éxito que menciona Alan Stein en su obra Raise your game. La autoconciencia suele ser dolorosa y suele exigir, además, un grado de libertad de pensamiento muy elevado que Goleman define a través de la metáfora de la brújula interna. De lo contrario, es muy posible que caigamos en el gregarismo y que adoptemos de manera acrítica pensamientos grupales. Y es que huir de estos pensamientos grupales, y cito literalmente, requiere de metacognición, es decir, conciencia de la conciencia, de arrojar luz sobre lo que un grupo ha sepultado bajo la alfombra de la indiferencia o la represión



En todo caso, debemos admitir la dificultad de nuestra empresa. Muchas veces, ser un buen entrenador implica activar circuitos cerebrales contrapuestos, como los que refuerzan la concentración en estados de estrés emocional y aquellos otros, en cambio, que habilitan la empatía emocional y la intuición social. Por otro lado, los mecanismos de la percepción, también los emocionales, suelen ser ciegos a los sistemas, dificultando los análisis, la captación, comprensión y aplicación de información relevante. Qué difícil ser estrategas militares y tutores de jóvenes. Qué difícil manejar el estrés, tomar decisiones, mantener un nivel de concentración óptimo y, al mismo tiempo, contar con una conciencia abierta que nos permita evitar la reactividad más animal y los juicios precipitados. Liderar, en definitiva, en un sentido muy amplio de la palabra. 


De liderazgo habla también este libro de lectura obligatoria. Y la primera clave de un buen líder es acertar en la elección del marco, del enfoque, en la medida en que este va a determinar la realidad no solo del líder, sino de todo el grupo. Suya será la elección de la visión y los valores que motiven al conjunto de la organización y sus integrantes; suya también la determinación de la estrategia o atención grupal: qué metas perseguimos, cómo las vamos a materializar. Todo a través del análisis de una serie de datos a los que conviene interrogar sobre su procedencia y sobre las propias creencias que encierra el algoritmo que nos los proporciona.


Vuelva aquí, entrenador, aléjese de la especulación infructuosa, del chismorreo propio de las redes y reflexione de manera productiva, no al hilo de este artículo sobre el que ha posado su vista de manera anárquica, sino a través de la lectura del libro de Daniel Goleman, un libro que le hará comprender mejor los mecanismos aún poco explorados de la mente, en qué consiste una práctica inteligente o en qué debe basarse la intervención de un entrenador, por ejemplo, durante una sesión de entrenamiento. Un libro que comprenderán mejor si se toman el tiempo que yo no me he tomado en operar con el foco abierto (tras haber mantenido una atención cerrada) y dejar paso a los hallazgos fortuitos, las intuiciones creativas, aquellas de las que nos priva el día a día, “la catástrofe completa de la vida”, como cita literalmente su autor. 


Aprovechen que todavía es agosto y autoentrénense sin olvidar que las mejores organizaciones funcionan mejor bajo la ratio de 2,9 sentimientos agradables por cada sentimiento desagradable. Luego, hayan leído o no con la concentración necesaria este artículo, no se preocupen en exceso y hagan caso a Van Gogh: encuentra bello todo lo que puedas


UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS


Curso 21-22. Pensar o no pensar

 


Retomo aquí las conclusiones sobre la temporada que llega a su fin. Hoy, 30 de junio, se finiquitan los contratos de numerosos profesionales, no solo jugadores, y se da el inicio oficial a unas vacaciones que tendrán aroma de thriller para los que aún no saben dónde van a jugar o entrenar y de comedia chusca para quienes observan desde fuera los movimientos de todos los actores que intervienen en estos vodeviles típicos del verano.

 

Los jóvenes, por otra parte, afrontan un período clave en su formación, una sexta parte del año astronómico en la que los clubes y escuelas, salvo excepciones, no pueden asumir en primera persona su formación deportiva. Sus mejoras quedan en manos, en función de la edad, de su motivación, y la de sus padres, del grado de autonomía para operar por su cuenta y también de las opciones que se les brinden en forma de campus o competiciones callejeras, aunque ya saben que aquí somos grandes amantes de la informalidad y su valor en el ensanchamiento del bagaje motor de los chicos.

 

Se hace vital, por lo tanto, la siembra de interés y autodisciplina durante el año. Cobra especial relevancia no tanto lo que se haya enseñado como lo que se haya invitado a aprender. Es evidente que cunde más el trabajo de un profesor que incita a sus alumnos a investigar por su cuenta que el que se empeña en la transferencia instantánea de un conocimiento concreto, descontextualizado y al que cuesta otorgar un sentido. En el primer caso, es posible que el alumno termine enamorado de una materia. En el segundo, lo más probable es que el conocimiento sea temporal y caduque cuando lo haga también su función.

 




Decía Hannah Arendt que las personas que producen cosas no conocen lo que hacen, y regreso de nuevo a El artesano, de Richard Sennett, para ilustrar este debate que he mantenido durante todo el año conmigo mismo. Ello para introducir la distinción entre el animal laborans y el homo faber, una distinción que ha llegado para quedarse y que se basa, principalmente, en el hecho de que, mientras el primero solo se cuestiona el cómo, el segundo introduce la importancia del «por qué» y el «para qué». Trasladado al baloncesto, y a la comunicación que mantenemos con nuestros jugadores, parece importante determinar cuál es el grado de información que precisan los jóvenes que entrenamos, en qué medida debemos comunicar el cómo y en cual el porqué.

Coincido en una de las conclusiones que Sennett incorpora en este pequeño tratado de artesanía y, a la postre, organización de grupos humanos, del trabajo y, en fin, de tantas cuestiones relacionadas con la enseñanza, es la siguiente: Despertar la autoconciencia es, precisamente, la manera de impulsar al trabajador a que mejore su trabajo. Esto nos obliga a desentrañar y poner en palabras el conocimiento expreso, pero también el conocimiento tácito que hay detrás de lo que hacemos, todos aquellos ademanes, todos esos movimientos que podrían pasar inadvertidos y que constituyen, en cambio, la base del conocimiento acerca de una disciplina. Solo a través de una comprensión total y una verbalización o demostración  de lo que no es fácil entender podemos mejorar la calidad de los ensayos de los aprendices y alcanzar ese ideal tan preciado que linda con la máxima del violinista Isaac Stern: cuanto mejor es la técnica, más tiempo puede ensayar uno sin aburrirse.

 

Cita Sennett a John Ruskin de la siguiente manera: Puedes enseñar a un hombre a dibujar una línea recta, a trazar una curva y a moldearla con admirable velocidad y precisión; y considerarás perfecto su trabajo en su estilo, pero si le pides que reflexione acerca de cualquiera de esas formas, que vea si puede encontrar otra mejor de su invención, se detiene, su ejecución se hace vacilante, piensa y lo más probable es que piense mal, lo más probable es que cometa un error en el primer toque que como ser pensante dé a su trabajo. He aquí el dilema, el exceso de autoconciencia, la paralización que provoca la comprensión parcial, la reflexión que termina haciéndonos conscientes de nuestra ignorancia y provoca esas dudas que el juego, vertiginoso por definición, castigará.

 

Pero me contradigo una vez más, aun cuando comprendo todo lo que de coreografía tiene un deporte como el baloncesto en lo que se refiere a la relación entre cuerpo y balón, entendido este como una extensión del primero. En este proceso de conocimiento del propio cuerpo, de adquisición de habilidades motrices y en la capacidad de sincronizarlas con ese elemento extraño llamado pelota, es posible que haya que suspender el pensamiento, el razonamiento o la reflexión, pero, sin embargo, creo que no debemos olvidar que hay en el juego, en sus reglas y en su evolución histórica, huellas impresas del tipo de animal que somos, incansables urdidores de conceptos a los que les gusta mear en cualquier terreno virgen que nos encontramos.

 

Por eso se hace impensable poder jugar bien al baloncesto sin conocer sus reglas actuales y sin entender la evolución de las mismas, sin comprender los conceptos que, aunque sea por su tozudez, hoy parecen indisociables de la idea original del juego, aunque solo sea para cobrar ventaja frente al que ignora las reglas y los conceptos. Aunque sea para ir al límite de las primeras, jugando, por ejemplo, con las capacidades de la percepción humana, en este caso del árbitro, o para desafiar a los segundos, por considerarlos rígidos elementos que ensucian un paisaje mucho más amplio del que quieren encerrar tras sus barrotes.

 

En fin, puede que, como entrenador, hiciera mejor en suspender la reflexión y regresar a la acción que implica también nuestro oficio. De alguna manera, todos estos dilemas se resolvieron durante años bajo el paraguas de la disciplina y a través del seguimiento de toda una serie de rituales. Algunos equipos universitarios todavía rezan. Otros se llenan de supersticiones mientras se proclaman antirreligiosos. Los compromisos se dan de dos maneras, nos recuerda Sennett: como decisiones y como obligaciones. En la primera, juzgamos si vale la pena llevar a cabo una acción particular o dedicar tiempo a una persona en particular; en la otra nos sometemos a un deber, a una costumbre o a la necesidad de otra persona. El ritmo organiza el segundo tipo de compromiso; aprendemos a cumplir un deber una y otra vez. Como han señalado los teólogos hace ya mucho tiempo, los rituales religiosos, para hacerse convincentes, deben ser repetidos día tras día, mes tras mes, año tras año. Las repeticiones procuran estabilidad, pero en la práctica religiosa no pierden por ello frescura; en cada oportunidad, el oficiante anticipa que algo importante está a punto de suceder.

 

En fin, supongo que los equipos que entreno no tienen nada que hacer contra aquellos otros que piensan lo justo y siguen rituales que explican por sí mismos el seguimiento de unas órdenes. Los seres vacilantes y reflexivos están llamados a sucumbir ante el fervor religioso del que mataría por Dios, o por su entrenador, ante el que se santigua esperando que su dios sea más fuerte que la razón, al que le guían motivos que no cuestiona. Pero seguiré haciéndolo de esta manera, no por romanticismo, sino por interés. Desde luego, me motiva mucho más la indagación que el rezo, la reflexión que la plegaria. Y no niego que esto sea solo otra forma de religión.

 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

Curso 21-22. Aprendiz de maestro.

 



Por segundo año consecutivo, tras una grata experiencia con el grupo benjamín del Club Deportivo Tizona, he vuelto a planificar y coordinar la formación humana, atlética, deportiva y baloncestística (creo firmemente en este orden) de un grupo de minibasket en una misión que, y esto sucede en todos los clubes de España, parte de un presupuesto erróneo, pues se concibe como complemento de la principal, la del equipo senior del club, la del equipo profesional o semiprofesional. Es decir, los discursos van por un lado y la realidad material por otra: si el minibasket o la formación integral de los jugadores de cantera fueran lo más importante de las cosas poco importantes, las subvenciones de las administraciones, el prestigio y las condiciones laborales de sus entrenadores (que se compadecerían con la de su formación y espíritu para el aprendizaje de por vida) se alinearían con esta afirmación y el minibasket no quedaría limitado a esa nota al margen que escribíamos en el instituto cuando nos aburríamos.

 

Aun así, he de decir que la apuesta del Club Baloncesto Clavijo y del C.D. Berón es de las más coherentes y ambiciosas que he conocido y que la implicación de todos los elementos aledaños, imprescindibles en la creación de ecosistemas de enseñanza-aprendizaje efectivos, principalmente las familias, ha sido magnífica. De esta manera, motivado no solo por mi ética profesional, sino dando un paso más ante la observación de un germen propicio y una idea impregnada de un siempre bienvenido idealismo, he estado constantemente leyendo e intentando aprender más cosas sobre el niño, sobre el niño que será adulto, sobre las bases fundacionales del juego y el modo en el que pueden interactuar con el proceso de madurez de los niños, sobre comunicación y también sobre metodología del entrenamiento para intentar dar un paso más en mi capacidad de transmisión.

 


Como sucede muchas veces, la mejor propuesta bibliográfica que puedo compartir con vosotros no vino de un libro de baloncesto, y no digo esto porque tenga nada en contra de los títulos que se dedican al estudio más específico de este deporte, sino porque encontré mucha mayor inspiración y guía en El artesano (Sennet, R., 2008)  una obra que había leído para la elaboración de mi tesis sobre didáctica de la escritura creativa, un compendio de sabiduría orientado, en principio, a la comprensión de la figura del artesano, y del maestro artesano, que se hace numerosas preguntas sobre el valor de la producción, la adquisición de habilidades, la creación de entornos de aprendizaje, los valores que impulsan y provocan la calidad de las obras terminadas…

 

Nos dice Richard Sennett, para dar contexto a mi lectura y a esta lectura en la que intentaré fusionar los contenidos de este libro con nuestra práctica profesional como entrenadores, que la palabra Artesanía designa un impulso duradero y básico: el deseo de realizar bien una tarea, sin más. Creer e insistir en este mensaje es una de las principales misiones de un entrenador de minibasket, lo que podría traducirse en volcar su firme convicción de que entrenar es suficiente aliciente para seguir entrenando. Una de nuestras funciones pasa por crear artesanos, amantes de lo que hacen, no de sus resultados. Enseñar a entrenar por entrenar y a que los niños encuentren un goce personal y duradero, como bien dice Sennett, a prueba de todo tipo de frustraciones. No hay éxito ni fracaso en la elaboración de una vasija de barro, pues, si se rompe, se hace otra, con naturalidad y sin lamentaciones.



La utilización de herramientas imperfectas o incompletas estimula la imaginación a desarrollar habilidades aptas para la reparación o la improvisación. En esta frase, los entrenadores encontramos una llamada a la puesta en práctica de métodos y estilos de enseñanza más basados en la resolución de problemas, la asignación de tareas o el descubrimiento guiado que en el mando directo y el diseño de escenarios de alto control y, por consiguiente, elevado éxito. Hay que aprender a entrenar mal, dice mi amigo y gran entrenador Jenaro Díaz a menudo. Y creo que los padres y el resto de educadores deben también leer entre líneas estas palabras antes de darle a un niño el problema con sus soluciones o antes de sentarse a investigar por él el modo en que se resuelve, pongamos, un crucigrama.

 

Citando a Williams E. Deming, Sennett introduce el concepto de «artesanía colectiva», y afirma que el cemento que aglutina una institución se crea tanto a través de intensos intercambios como mediante el compromiso compartido. Dice, además, que un solista apartado del trabajo colectivo puede, en realidad, disminuir la voluntad de los miembros de la orquesta de tocar bien. También, que las empresas que muestran escasa lealtad con sus empleados reciben, a cambio, escaso compromiso por parte de estos. Esto tanto para entrenadores como para directores técnicos. También para quienes a veces dirigimos pequeños grupos de trabajo con entrenadores que están aprendiendo. Pero sobre todo para el funcionamiento diario de los equipos, también en minibasket, donde la concepción social del deporte aún es un constructo demasiado artificial para la mente mucho más simple del niño. Pero qué bueno sería que, en cierto modo, el entrenamiento no fuera una reunión de solistas, sino ese taller de artesanía donde unos y otros comparten con absoluta naturalidad el resultado de sus descubrimientos, la última obra elaborada por sus manos sin ánimo de abrumar, solo de compartir el asombro. Creemos escenarios para ello.

 

Leía hace poco, en un libro de Alan Stein Jr, Raise your game, este sí de puro baloncesto, que la clave para que jugadores, entrenadores, directivos o cualquier persona, en general, mejoren, es incrementar su grado de autoconciencia, de conocimiento de sí mismo. Sennett nos recuerda la regla de Isaac Stern, virtuoso del violín, cuanto mejor es la técnica, más tiempo puede ensayar uno sin aburrirse, y nos aconseja lo siguiente: despertar la autoconciencia es, precisamente, la manera de impulsar al trabajador a que mejore su trabajo.




 

Todo ello sin caer en ese perfeccionismo patológico y paralizante que empieza a extenderse como una suerte de lacra entre nuestros jóvenes. Si Bartleby prefería no hacer las tareas que se le encomendaban por pereza funcionarial, muchos de nuestros jóvenes optan por autolimitarse ante la perspectiva del fracaso, un constructo social que deberíamos limar y rebajar por sus cortantes y peligrosos bordes. En fin, como maestros deberíamos aspirar a que el niño sienta lo que Diderot debió de sentir al culminar su obra enciclopédica, ese trabajo de titanes: En la Enciclopedia percibo el sentido de paz y calma que emana de todo trabajo bien organizado, disciplinado y realizado con un espíritu tranquilo y satisfecho. En el trabajo bien organizado, disciplinado y ejecutado con limpieza y tesón deberían encontrar nuestros aprendices de artesano la satisfacción, aunque en una sociedad tan finalista sea complicado imprimir estos mensajes en sus conciencias. Y es que, en fin, solo quien acepte que probablemente no es perfecto, puede llegar a hacer juicios realistas de la vida y preferir lo limitado y concreto y, por tanto, humano. 

 

El taller del artesano es el escenario en el que se desarrolla el conflicto moderno y, tal vez, irresoluble, entre autonomía y autoridad. Y en estas seguiremos, ejerciendo esa autoridad que, como ocurría en el caso de los maestros artesanos, debe ser indistinguible de la ética, corrigiendo la crueldad que encierra a veces el “aprender haciendo”, en la medida en que muchas veces enfrenta a los aprendices a un sentimiento de insuficiencia, procurando generar atmósferas, diseñar tareas, sembrar valores, realizar rituales y acompañar a los aprendices de modo que sientan que pueden utilizar el modelo ideal a su manera, de acuerdo con su propio entendimiento (en este caso también de manera coherente con sus aptitudes físicas, su estructura anatómica, sus conocimientos previos…). Y creo firmemente que, aun en entornos colectivos en los que, como ya hemos dicho, aborrecemos a los solistas, contra la exigencia de perfección podemos reivindicar nuestra propia individualidad, que da carácter distintivo al trabajo que hacemos. Porque también somos un poco artistas.




 

UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS