Al rescate






Esta mañana madrugué. Como todos los días. Esta mañana salí a correr. Como casi todos los días. Esta mañana desayuné. Como cualquier otro día. Pero no, pronto me di cuenta de que no era un día más. No porque la atmósfera amaneciera caniculosa y asfixiante. Tampoco porque Jose, el del kiosco, se retrasara en la hora de apertura en algo que a cualquiera le puede ocurrir. Lo que pasó, me doy cuenta ahora, fue que esta mañana me desperté temprano, salí a correr y desayuné como todos los días, pero lo hice sobre un país diferente que miraba al mundo con una autoestima recobrada y un anhelo renovado de sobrevivir.

Todo gracias a un instante. A un instante representado por un centímetro que, caprichoso, determinó que entre el todo y la nada a España le tocara el todo. El todo en forma de victoria épica, de gesta medieval en medio de un período de crisis económica que amenaza con barrer las últimas huellas de lo conseguido. El fútbol, en este país de sol y playa, flamenco y toros que es España, se erige en un aceite con carácter balsámico, un remedio universal, la última pica en Flandes.

Cuesta creerlo. Más aún cuando en un deporte cuyo sistema de puntuación se basa en una anotación llamada gol, el partido finaliza cero a cero. En cualquier otro espectáculo, el campo estaría inundado de tomates si en ciento veinte minutos no pasara nada reseñable. Pero no, no quiero utilizar este altavoz para criticar esas taras que me hacen aborrecer el fútbol durante la mayor parte del año. Quería emplearlo para alabar la capacidad que tiene para unirnos a todos los ciudadanos en un abrazo común, para destruir fronteras interiores e ideológicas, para empalmar corazones a través de una conexión tan invisible como inmortal que nos hace sentirnos hijos de un mismo Dios. O lo que sea.

Hoy España es un país fuerte que acoge con aconsejable escepticismo la presumible subida de la prima de riesgo y el color rojo en los índices bursátiles. Hoy España no se siente ni tan pequeña como sus políticos ni tan grande como para saber que detrás de su caída viene irremediablemente la del resto de Europa. Y es que España habló con el lenguaje que más le gusta, el de sus deportistas emblema, el de los Nadal, Alonso o Gasol, el de nuestra selección de fútbol. También el de todos aquellos más modestos que esperan, ansiosos, a que la llama olímpica se encienda sobre el cielo de Londres para demostrarle al mundo que ser español es, simplemente, un honor y un privilegio. Anoche España fue rescatada y el rescate, aunque no lo creáis, se presentó en forma de balón.

Y si la noche del 27 de junio fue la del rescate definitivo de nuestra querida España, la noche del 28, también con luna creciente en el cielo estelado, supondrá un antes y un después en la trayectoria deportiva de los Hornets de Nueva Orleans. El rescate, en el Golfo de Méjico, tiene nombre y apellidos. Se llama Anthony Davis y su juego tiene tantos recursos como pelo su entrecejo. De las cualidades atléticas de este superhombre dependerá, en gran medida, el que la ciudad del jazz y del tranvía, se recupere para siempre de las secuelas del Huracán Katrina. Será en una noche, la del draft, que promete desvelarnos el futuro de Gasol y el devenir de numerosas franquicias que, como los Boston Celtics o Los Ángeles Lakers, afrontan el inevitable camino de la reconstrucción. La promoción se presenta profunda, pero sólo un hombre está llamado a jugar el rol de hombre franquicia, el de un Indiana Jones al rescate. 



UN ABRAZO Y BUEN BALONCESTO PARA TODOS

3 comentarios:

Anónimo dijo...

La crítica al fútbol me parece lamentable. Más bien deberías pensar precisamente por qué un deporte con cero a cero en 120 minutos despierta las pasiones de esta manera superlativa y otro, el baloncesto, con una media de 150 puntos no despierta más que alegrías a unos pocos y bostezos a otros muchos.

Ese sistema de anotación que se llama gol que comentas con sarcasmo, levanta más ardor aún ni siquiera necesitando ningúna anotación que el otro sistema de anotación llamado puntos que se marca compulsivamente y que va necesitando de viagra para levantar alguna emoción.

Y ES QUE NO ES LA CANTIDAD SINO LA CALIDAD LO QUE SE IMPONE, QUERIDO MUCHACHO... ya lo comprenderás con más recorrido vital.

BURGOS

JJ Nieto dijo...

Es lógico que un sistema de puntuación tan exiguo genere más emoción que otro más generoso. Se iguala la competición y se impide que se vean las diferencias reales entre unos equipos y otros haciendo, incluso, que las decisiones de un árbitro se tornen decisivas. Yo prefiero un deporte en el que todas las jugadas cuenten a otro que marca una diferencia abismal entre una misma jugada con resultado "tiro al palo" y otra "tiro al palo que entra dentro de la línea"

Anónimo dijo...

¿las decisiones arbitrales no influyen en baloncesto??????? ¿He leído bien????

Mira, hay una cosa que no sucede en baloncesto y sí en fútbol. En fútbol puede ganar un equipo peor a otro mejor. En baloncesto no. Eso es emoción.

No voy a entrar en polémicas contigo porque tus argumentos no tienen por donde cogerse.

Burgos

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